Una de las principales diversiones en Europa, cuando llega el otoño, es la caza. Antiguamente, cuando los padres daban a sus hijos lecciones sobre el arte de bien cazar, solían contarles esta historia.

 


 

El joven Conde Rodolfo, hombre saludable y fuerte, de hermosa apariencia, diestro en el manejo de las armas, eximio caballero y hábil cazador, imaginaba que jamás habría de morir o que, al menos, eso sólo sucedería tras muchos y muchos años.

 

Una fría tarde de octubre de 1321 se internó profundamente en el denso bosque, persiguiendo la presa que intentaba escapársele. Cuando ya empezaba a oscurecer, atisbó entre los árboles algo que le pareció una pared. Cansado de cabalgar desmontó, se aproximó y vio que se trataba de una antigua capilla abandonada. Entró. Todo estaba en ruinas: vitrales rotos, bancos volcados, polvo acumulado, murciélagos, etc. “De cualquier manera —pensó— hay paredes y techo; es mejor que nada.” Juntando algunos bancos, improvisó un lecho y, exhausto como estaba, se durmió enseguida.

 

Entrada la noche, se despertó al oír un sonido de campanas. Sorprendido en extremo, frotaba sus ojos no consiguiendo creer lo que veía: la pequeña capilla se encontraba iluminada y repleta de fieles. En el altar, un sacerdote celebraba la Misa. Cerca del presbiterio, había un cajón. Era, pues, una Misa de cuerpo presente, concluyó él.

 

—Discúlpeme, señora, ¿en intención de quién se está celebrando esta Misa? —preguntó.

 

—Así pues, ¿Vuestra Señoría no sabe quién ha muerto? Es un noble caballero de la región de Zúrich, que se perdió en este bosque durante una cacería y que ha sido encontrado muerto hoy... día 26 de octubre de 1371.

 

El Conde Rodolfo se estremeció todo él. Con un extraño presentimiento, quiso saber quién era ese caballero. Se aproximó al cajón, levantó el velo que cubría el rostro del difunto y... sintió un terrible escalofrío. ¡El muerto era él! Estaba ya avejentado, es verdad, pero no había duda alguna de que era él mismo quien estaba en aquel cajón.

 

Dando un grito de susto... despertó.

 

Notó entonces que aquel terrible sueño era un aviso del Cielo: moriría exactamente dentro de 50 años.

 

Salió de la iglesia y retornó al espléndido castillo de su familia, donde se iba a realizar una fiesta. En medio de la alegría y de las diversiones, pensó: “50 años es mucho tiempo. ¿Sabes una cosa? Voy a hacer una división inteligente: los primeros 25 años gozaré la vida, y los otros 25 restantes me prepararé seriamente para la muerte.”

 

De esta manera, pasó 25 años de diversiones, cacerías, fiestas y alegría continua. Pero... ¡pasaron muy rápidamente! Entonces, el Conde decidió: “Bien, bien, 25 años es tiempo de sobra para prepararse para la muerte. Así, los próximos 15 años serán una prolongación de los 25 que ya se han ido. Cuando falten sólo 10, ahí entonces sí, me prepararé seriamente.”

 

Y así sucedió... Pasaron otros 15 años más de placeres, que transcurrieron aún más rápidos que los 25 anteriores. Con cada término de plazo, el Conde hacía una nueva “división inteligente” del tiempo restante, llegando, de esta manera, al postrero mes de su vida.

 

¡Un mes apenas!... Era preciso, por lo tanto, despedirse de los familiares y amigos. Envió una carta a todos los nobles vecinos, invitándolos a una gran cacería. A los 25 días, se encontraban todos reunidos en su castillo. Fueron tres días de intensa conmemoración.

 

¡Ahora tan sólo le restaban dos días!

 

—No puedo dejar irse a mis invitados sin un banquete de despedida —pensó el Conde. Y marcó una monumental comida para el día 25 de octubre, ¡su último día de vida!

 

Tras el banquete, sintió la necesidad de descansar un poco para poder, así, hacer una buena confesión. Cuando estaba ya echado, sintió los primeros dolores de la muerte inminente; llamó a un criado y, con voz cavernosa, mandó que trajera aprisa un sacerdote.

 

El fiel siervo corrió al villorrio cercano, procurando al párroco. Mientras tanto, el Conde Rodolfo —que había desperdiciado 50 años de plazo para prepararse empezó a ver bultos que se movían en torno a su cama, como que esperando el momento de llevarlo al infierno. Jadeando, observaba la ampolla del reloj de arena, casi agotándose. Cuando faltaban apenas cinco minutos para la media noche, escuchó el ruido del carruaje que se aproximaba, trayendo al sacerdote.

 

¡Demasiado tarde!... ¡Antes de entrar éste, sonó la primera campanada que anunciaba el nuevo día!

 

Desesperado, el Conde soltó un horrible alarido y... se despertó de verdad. Con gran alivio, notó que estaba frente al crucifijo enmohecido de la capilla en ruinas, en mitad del bosque, donde había entrado para reposar unas horas antes.

 

Todo no pasó de un sueño. ¡De un mero sueño, no! Pues el joven Conde Rodolfo se tomó en serio el misericordioso aviso. De ahí en adelante, siguió decididamente el camino de la virtud y de la devoción a la Santísima Virgen. Mediante el examen de conciencia diario y por la confesión frecuente, se mantuvo siempre preparado para el último y más importante día de su vida: el día de su encuentro con Dios.