Al sentir una luz caliente y fuerte que le bañaba su rostro, Marcos se despertó de un sobresalto. El potente sol matutino inundaba su habitación, pero no había rastro de planetas o cometas... Toda aquella conversación no pasaba de haber sido un sueño.

 


Arrodillado al pie de la cama, el pequeño Marcos rezaba las oraciones de la noche. Pero su ánimo se hallaba todavía alterado por la discusión que había presenciado entre sus compañeros mientras estaban esperando a que llegara el profesor. Cada cual, ufanos de sus propias cualidades, se aferraban a proclamarlas y si el maestro hubiera tardado un poco más en empezar la clase la discusión podría haber sido mucho más violenta...

 

Tras rezar fervorosamente el “Ángel de Dios, bajo cuya custodia me puso el Señor con bondad infinita...”, el niño añadió: “Por favor, mi buen protector, ayúdame. ¿Es que nos vamos a pasar el resto del curso riñendo sobre quién es el mejor? Todos tenemos nuestras capacidades y virtudes, pero no pueden ser motivo de pelea. ¡Debe de haber un medio de armonizarlas!”.

 

Marcos hizo la señal de la cruz y se acostó. Ya estaba a punto de dormirse cuando un extraño ruido le despierta. No era el familiar traqueteo del tren que pasaba cerca de su casa, ni el habitual rumor de voces de los trabajadores de la fábrica vecina durante el cambio de turno. Bueno, eran voces, sí; pero... venían de lo alto, ¡bastante alto!

 

El niño apartó un poquito las cortinas y, apoyado en el antepecho de la ventana, se dio cuenta de que se trataba de ¡una disputa entre los planetas!

 

—Contemplad mis anillos — proclamaba, lleno de orgullo, el imponente Saturno—. Todos los hombres de la Tierra ya han querido viajar por ellos. ¡Mirad cuántos colores! Soy el único planeta que los posee tan espléndidos y suntuosos... Decidme, modestia aparte, ¿no soy el más encantador?

 

—No, no, no. Sólo dices eso porque nunca te has parado a observar mi incomparable tono rojizo. ¿Sabes una cosa? Los científicos afirman que tengo agua, ¡igual que la Tierra!

 

—replicó Marte, algo sofocado.

 

Enseguida se oyó una sonora carcajada venida de muy lejos. Con cierta dificultad descubrieron que se trataba de Plutón, el cual, aunque pequeño de tamaño, no lo era en arrogancia.

 

—¡Ay, bobitos! Soy el que está más alejado de vosotros y el menor entre todos. Algunos ni siquiera me consideran un planeta... Sin embargo, soy la puerta de entrada y de salida hacia un mundo maravilloso que no conocéis. ¡Estáis a una distancia enorme de las galaxias, nebulosas y demás astros que yo contemplo de cerca!

 

—Ya, pero eres muy frío —atajó Venus—. Yo no tengo ese problema; mi temperatura puede alcanzar más de 460 °C. Y tanto les gusto a los habitantes de la Tierra que hasta me apodan como Lucero del alba, ¡Estrella de la mañana!

 

—Muy bien, muy bien... Sé que eres el más caliente, no obstante, ¡yo soy el más grande! —dijo Júpiter—. Mi volumen es 1300 veces mayor que el de la Tierra. Sin contar que mi rotación dura tan sólo 9 horas y 54 minutos, es decir, ¡soy también el más rápido!

 

—¿De qué valen celeridad y tamaño al lado de mi arrebatadora hermosura? Miradme y veréis el azul más precioso de todo nuestro sistema, ¡superior incluso al de la Tierra! Y como tardo 164 años terrestres en recorrer mi órbita alrededor del Sol, tengo tiempo de sobra para charlar con estrellas y asteroides, entre los que me he hecho muy célebre —dijo Neptuno pausadamente.

 

Pero inmediatamente le cortó el impaciente Mercurio:

 

—Venga, reconocedlo; si el Sol es realmente el centro de todos los planetas, ¡su mejor amigo soy yo! Como estoy más cerca de él también soy el más famoso. Parece que sus rayos han sido creados para iluminarme...

 

De repente, se hizo un profundo silencio. Entonces, desde un rincón del firmamento, entre Venus y Marte, resuena una voz cristalina. Era la Tierra que, extasiada al ver pasar a su lado a un maravilloso cometa, exclamaba con candor:

 

—Oh astro lleno de encanto, ¿cómo te llamas? ¿De dónde vienes? Nunca te había visto por aquí. ¡Qué felicidad poder contemplarte!

 

—Oh hermosa Tierra, la alegría es toda mía. Desde hace mucho tiempo he oído historias y más historias sobre ti, noble planeta, aunque no había tenido la oportunidad de conocerte personalmente. Mi nombre y mi procedencia poco importan, pero puedes llamarme Admiración. Dios me creó ágil para que recorriera el universo contemplando la grandeza de sus obras; brillante, para que me acordara siempre de su gloria; pequeño, para que nunca me olvidara de mi propia insuficiencia.

 

—Oh, qué maravilla. ¿Y qué me dices de nuestro querido sistema solar?

 

—Lo he recorrido casi por completo antes de llegar hasta aquí. Es muy bonito y bien ordenado. En él se ve cómo nuestro Creador es perfecto: si esos astros estuvieran solos, no serían tan hermosos como lo son en su conjunto. Todos tienen una peculiaridad, insuperable e irrepetible por los demás.

 

“He recorrido el sistema solar casi por completo
antes de llegar hasta aquí...”

Al oír esto, los otros cuerpos celestes, desconcertados, dejaron de discutir. Se dieron cuenta de lo vacías que eran las consideraciones llenas de orgullo que poco antes estaban haciendo. De hecho, cada uno de ellos destacaba sobre los demás por algún aspecto, pero esas cualidades y excelencias sólo tenían verdadero valor como parte de un conjunto.

 

Entonces fue cuando se volvieron hacia la fulgurante estrella que los mantenía unidos y daba sentido a su existencia. Todos saludaron al Sol, alrededor del cual giraban. ¡Era el único indispensable en aquel sistema!

 

El pequeño Marcos también se volvió hacia el astro rey. Una luz caliente y fuerte bañó su rostro, haciéndole que se despertara de un sobresalto. ¡Eran las seis y media de la mañana! El potente sol matutino inundaba su habitación, pero no había rastro de planetas o cometas... Aquella conversación no pasaba de haber sido un sueño.

 

Mientras se arreglaba iba rememorando los detalles de lo ocurrido y pensaba consigo mismo: “¡Qué fácil fue acabar con la discusión de esos planetas! Bastó que apareciera alguien llamado Admiración para que todos se volvieran hacia el centro. Y, a la vista del astro rey, las diferencias se transformaron en armonía”.

 

Alegre y saltarín, Marcos se fue corriendo hasta la cocina, donde su madre ya le estaba esperando con el desayuno preparado. Quería contarle el sueño que había tenido y, tan pronto como llegara al colegio, desvelarles a sus compañeros la clave para acabar con discusiones como la del día anterior: admirar, en función de Dios, las cualidades que Él ha puesto en cada uno de nosotros.

 

Quién sabe si una imaginaria conversación entre planetas le ayudaría a hacerse entender...