Cuadros impregnados de sobrenatural

Publicado el 01/27/2019

Giotto

Al aplicar su don de discernimiento de los espíritus en el análisis de algunos cuadros de Giotto, el Dr. Plinio describe, además de semblanzas de las almas de diversos personajes, la atmósfera inocente y sobrenatural que los envuelve.

 


 

Giotto es un pintor italiano del fin de la Edad Media, casi Renacimiento, admirable. No sé si fue un santo como Fray Angélico – que es el grande de la pintura de la gracia –, desconfío que sí y desconfío que no. Porque en la literatura común – la que llegó a mi alcance, nunca tuve tiempo de procurar un libro especial sobre él – hay un silencio sobre su persona. O porque él fue muy bueno, y los malos quieren esconder eso; o fue muy malo y los buenos desean ocultarlo. Pero hay cualquier cosa que no está clara. En fin, Giotto pintó muchos cuadros, a mi ver intensamente impregnados de sobrenatural.

 

Inocencia y dignidad ante la hipocresía de los prevaricadores

 

En Padua, en la Capella degli Scrovegni, aparecen escenas caracterizadas por una inocencia aún toda medieval, en una atmósfera sobrenatural magnífica.

 

Esta famosa capilla se sitúa en un parque muy bien cuidado. Adentro, todo el piso es de mármol espléndido, con un diseño agradable, un juego de colores bonito. De un lado y de otro, vemos sillas de coro reservadas con una especie de enrejado de mármol también, muy bonito y muy bien trabajado.

 

San Joaquín y Santa Ana son los padres de Nuestra Señora. La construcción del fondo simboliza vagamente lo que Giotto imaginaba como Templo de Jerusalén, pero es mucho más algo medieval con reminiscencias románicas, o con preanuncios renacentistas, de que cualquier otra cosa. En primer plano, vemos un personaje vestido de color rosado que conversa con otro; ambos usan hábitos a la manera de sotanas, lo que era común para todo el mundo en la Antigüedad. El color de uno de esos trajes sería un poquito verde arveja, mezclado con un poco de dorado. Vean como el color rosado es mucho más delicado. Uno de los dos debe ser un sacerdote judío; y el otro es San Joaquín.

 

Él y Santa Ana no tenían hijos y eso era considerado una vergüenza, porque quién no tenía hijos estaba condenado a renunciar a la esperanza de ser un antepasado del Mesías. La gran alegría era vivir con los ojos dirigidos hacia el futuro a la espera del Mesías que vendría a salvar al mundo, y sería el centro de la Historia de Israel y de la Humanidad. San Joaquín está siendo conducido hacia afuera y se ve en su actitud una cierta vergüenza. Él quiere resistir un poco, argumentar porque se siente inocente, pero el otro, mucho más corpulento que él y con la autoridad de sacerdote, parece decirle que no hay más remedio y que se vaya. Atrás, un personaje mucho más importante, con una capa roja sobre una túnica que parece medio dorada, el cual mira la escena como quién hace ejecutar sus órdenes por un sacerdote de posición inferior. Es la humillación de este hombre que sería un antepasado del Mesías.

 

Noten el color del cielo, la luz esparcida es inocente, no tiene nada de común con la polución de la luz en las babeles modernas, ni con la luz del sol hoy en día. Es una luz diáfana, bonita, encantadora, que parece perpetuamente matutina.

 

San Joaquín, en la humillación en que él está, parece muy virginal, muy digno. El sacerdote, medio misterioso. Se ve que San Joaquín es un hombre limpio, hasta físicamente. Respecto al sacerdote, se tiene la impresión de que, por debajo de esas sotanas hay suciedad. Y más sucia es la figura de rojo allí atrás. San Joaquín representa la dulzura de la Nueva Ley, los otros expresan la hipocresía y la dureza del sacerdocio prevaricador a fines del Antiguo Testamento.

 

San Joaquín hace penitencia

 

A San Joaquín le pareció que tenía faltas. Era generalmente admitido que quién no tenía hijos pesaba sobre él el castigo de ser estéril para el Mesías. Entonces, hace penitencia, en un lugar yermo, desierto. Ahí lo vemos en una actitud muy digna, triste, angustiada de quién está haciendo un examen de conciencia inútil, porque él no consigue encontrar su falta.

 

Y dos pastores vienen a hablar con él. ¡Noten como se vestía un pastor en aquel tiempo! ¡Como están bien trajeados, y es acertada la elección de colores en ese cuadro penitencial! San Joaquín una vez más de color rosado. Un hombre viejo, cuyo cabello es entre rubio y canoso, profundamente compenetrado y avergonzado, pidiendo perdón por las faltas que no cometió. Él no sabía, mas así expiaba las faltas que los otros tienen, pero que no quieren reconocer. Y los pastores con certeza están queriendo ofrecerle alguna cosa. En el suelo hay unas ovejas y adelante un perro pastor. Es interesante lo siguiente: los pastores están con trajes medio rosados; las rocas que indican una naturaleza un tanto desértica, tienen cualquier cosa de rosado también. Y la ingenuidad de los arbolitos que nacen de la roca es encantadora. Si un niño inocente pintase arbolitos los pintaría así, y nosotros sonreímos encantados con la frescura de alma que ellos expresan. Más aún: el aspecto de ese perro pastor – que debería atacar al lobo – delante de ese verdadero cordero que era San Joaquín, demuestra simpatía, se siente contento.

 

Observen el salto de ese perro, la manera como desea recibir una caricia de San Joaquín, que no presta mucha atención en él porque está meditando. En el propio perro hay cualquier cosa de puro. Un alma virginal que pintase un perro pastor saltando, lo pintaría así. Toda esa candidez agrada enormemente a quién gusta de la inocencia. ¡El azul del cielo contrasta con ese color rosado con una armonía perfecta!

 

Un hecho bonito y noble

 

Viene entonces la primera gota de luz, en medio de esas tinieblas. Santa Ana está rezando sola en un cuartico – que el autor procuró imaginar como sería en aquella época – y recibe una revelación, en la cual le es dicho que ella va ser antepasada del Mesías, y entonces su tristeza se va transformar en una super alegría. Una criada está afuera con una especie de rueca – es frecuente ver eso en cosas medievales – y ajena a la escena. El modo por el cual Giotto presenta a Santa Ana enteramente entretenida en la revelación, y la criada completamente ajena – ésta, pensando en cosas terrenales, en sus hilos, y aquella, en el tercer cielo – es muy bonito.

 

Es interesante notar también la ingenuidad del diseño: el cuarto de Santa Ana, un toldito de albañilería, y encima una terracita para las noches calientes. Abajo la criada trabaja.

 

El arcángel San Gabriel, que fue quién avisó a Nuestra Señora de la Encarnación del Verbo, habla a San Joaquín y le explica lo que sucederá. El Santo, entonces, está ofreciendo un sacrificio a Dios para agradecer esa gran dádiva, ese gran don que él está recibiendo. Pero se ve que está con la fisonomía más animada, más alegre, y que él es un sacrificador serio. Y se tiene la impresión de que un buen número de la manada que está cerca de él va a perecer.

 

San Joaquín tuvo un sueño respecto del futuro nacimiento de Nuestra Señora. No es un sueño en su casa, sino al aire libre; el techo es la bóveda celeste. Un ángel desciende y le comunica el nacimiento de una hija. Y aquí está el misterio: el derecho de primogenitura y los derechos sucesorios en la Casa de David se transmitían entre hombres, no entre mujeres; ¿cómo es que él teniendo una hija y no un hijo, sería el abuelo del Mesías? Pero le fue revelado, y él cree.

 

Cerca de San Joaquín están pastores, campesinos, vestidos exactamente como en las miniaturas o grabados medievales. Es muy bonita la tonalidad que le da al cielo, un azul que no es día, más una especie de claridad nocturna que también no es claro de luna, y que circunda un hecho tan bonito y noble como cuanto ese.

 

Jerusalén era fortificada, como todas las ciudades de aquel tiempo, con almenas un poquito a la medieval. San Joaquín y Santa Ana se encuentran en la Puerta de Oro.

 

Nacimiento de Nuestra Señora

 

María Santísima nace y es presentada por sus asesoras. La que está vestida medio de verde parece ser una mujer especializada en asistir señoras en ocasiones de ese tipo; atrás hay alguien de la familia que también está asistiendo. Y Santa Ana está recibiendo esa Niña que ella sabe que es la madre del Mesías. De allí que ella acoge a la Niña, no como tantas madres reciben una hija – una muñequita y comienzan a jugar con ella –, sino con profunda seriedad contemplativa, mirando a la Niña.

 

La Niña está toda envuelta. De acuerdo con el hábito debe haber sido bañada y después presentada a Santa Ana, pero ya con la aureola de santidad alrededor de la cabeza. Porque como Ella fue concebida sin pecado original, y recibió desde el primer instante de su ser una inteligencia muy superior a la de todos nosotros – a la de Santo Tomás de Aquino, de San Antonio de Padua, de quién quisieren –, ya tiene en grado eminentísimo la santidad. Y Santa Ana está recibiendo Aquella que es el Vaso de Elección, el Vaso Sagrado de toda especie de gracias, y Ella mira como quién dice: “De esta nacerá el Mesías esperado por las generaciones.”

 

Noten unos pormenores bien curiosos: ¿la combinación de colores de la frazada de Santa Ana es bonita? Tiene cualquier cosa de contemporáneo. Y dentro de un cuadro actual, el negro tomaría un realce que no posee en el cuadro que está presentado aquí. Y es agradable mirar. Puesta en un ambiente moderno, esta frazada me daría la impresión de mal gusto.

 

Abajo está la escena. Es sucesiva como en unas historietas: una parte en el fondo, una encima y otra abajo. Nuestra Señora va a ser acostada en una especie de cuna. Entonces hay una criada que está empacando – o es una cunita y ella debe hacer un poco de ninna nanna (1), con certeza –, y otra criada hace que Ella trague algún alimento. La mujer que se encuentra en el ángulo está con las manos juntas, rezando; ella percibe algo de extraordinario en la escena. La profesional tiene una cara de profesional, apenas muy atenta a lo que está pasando.

 

San José, modesto, humilde, recogido y calmo

 

María Santísima va a ser presentada en el Templo. Esa construcción es una idealización de como ese hombre imaginaba la parte del Templo donde Nuestra Señora iba a ser presentada.

 

Santa Ana es esa de rojo que la está cargando. Y San Santa Ana es esa de rojo que la está cargando. Y San Joaquín me parece ser aquel que está en el fondo vestido con una ropa un poco violácea, con las manos juntas y una aureola de santidad en la cabeza, con barba, etc. Ambos son viejos y van a presentar en el Templo a Nuestra Señora.

 

Pero lo que importa especialmente en el caso es lo siguiente: hacer notar el escándalo de los que hablaban contra ellos porque no podían tener hijos. Mas al mismo tiempo escepticismo: “Es verdad, al final tuvieron una hija. ¿Pero de qué les sirve tener una hija mujer?” De manera que para ellos era una victoria, sin embargo, una victoria que no daba en nada. Ellos están calmadamente presentando a Nuestra Señora que ya anda con los propios pies, es una jovencita. En el Templo todo estaba muy adornado con oro, mármoles, etc. Vemos ahí candidatos a la mano de María Santísima, que se presentan al rabino llevando ramos secos. Aquel cuyo ramo florezca es el que debe casarse con Nuestra Señora.

 

Encontramos a San José a la izquierda. Aquel cuyo ramo de hecho va a florecer está colocado de lado, es el último. Él es modesto, humilde, tiene el halo de santidad, mas no quiere sobresalir. Los otros desean destacarse y están presentando el ramo seco casi como cheques, pues creen que van a vencer. San José está recogido y tranquilo. Evidentemente sólo su ramo florecerá. Él es quién va quedarse con la mano de la Santísima Virgen. Su fisonomía es presentada con cierta perplejidad. ¿Por qué? Porque él había hecho voto de ser virgen. Él había recibido una revelación de que debía casarse con Nuestra Señora, pero no sabía cómo sería eso. Mas obedeció y llevó su ramo también. Podemos imaginar la sorpresa que tuvo cuando su ramo floreció.

 

Soy muy sensible a los colores

 

Yo quería llamar la atención para este punto en particular: yo soy – como ya dije, es un modo de ser legítimo como otros – muy sensible a los colores. Y las armonías de colores me interesan especialmente. Giotto juega predominantemente con dos especies de recursos cromáticos: algunos son colores muy claritos, delicados. Vean el verde bonito del primer portador de ramo. Uno que debe ser ayudante del sacerdote tiene una túnica lila y una especie de capa ligeramente verdosa, pero combinando muy bien. Y atrás hay otro portador de ramo cuyo traje es de un color que no se definir, mas que es hecho de colores muy claros.

 

San José está vestido con colores un poco más oscuros, pero aún son bastante claros. Entre ellos hay uno con un color más oscuro, o mejor dicho, menos claro. Sería una composición de color bordeaux con un poco de azulado. Los colores de otros trajes casi no se distinguen, porque aparecen pedazos pequeños de ropa. El rabino está con un traje de un color que se parece un poco al de aquel personaje de ropa más oscura.

 

Hay una especie de radicalidad en eso. Es la radicalidad en lo claro y la radicalidad en lo cargado, que forma en el todo un contraste interesante. Imaginen que ese sacerdote estuviese con un color clarito, y el otro que está atrás también. ¡Como quedaría todo insípido! Ese tono oscuro confiere una nota de seriedad a lo clarito, y es un equilibrio de colores muy bonito.

 

¡La escena es tan característica, tan expresiva! Hay una especie de empeño por parte de los pretendientes de casarse con Nuestra Señora. Era noble querer eso. ¿Se puede desear algo mejor que María Santísima? Entre las hipótesis posibles, en este momento me alegra imaginar que todos los pretendientes rechazados eran llevados por la gracia, y que después se tornaron grandes devotos de Nuestra Señora.

 

Pero el elegido ya estaba determinado por Dios, quien operó el milagro en la vara cargada por el hombre casto por excelencia.

 

(Extraído de conferencia de 25/11/1988)

1) Canción de cuna.

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