La producción en serie y la artesanal

Publicado el 04/26/2019

La Revolución Industrial impone la producción en serie, eliminando prácticamente el artesanado. En cuanto a la fabricación en serie, incluso para las cosas necesarias, el Dr. Plinio levanta una importante objeción: el hombre debe ejercer su derecho de modificar la naturaleza con respeto, teniendo el cuidado de no contrariar el orden natural.

 


 

Todo cuanto es oficial precisa estar dotado de un cierto decoro que, según el caso, debe llegar hasta una cierta pompa.

 

Inmensas fábricas que son penitenciarías monumentales

 

No es fácil decir en qué reside la pompa del nombre de una ciudad, por ejemplo. Sin embargo, ella existe. A mi juicio, es indiscutible que Moscú, con sus evocaciones zaristas, es una ciudad con un nombre que significa un mundo. Como también San Petersburgo.

 

Ahora bien, con harta frecuencia se adopta como título un nombre vulgar, cuando lo decoroso sería indispensable. Y lo prosaico proyecta su efecto desfavorable sobre algo o alguien que nació en aquel lugar, porque queda ridículo tener como patronímico una cosa que se revela un horror.

 

Imaginemos, por ejemplo, que en el municipio de Anta Gorda se estableciera una fábrica de calzados “Bata”, y se decidiese, por eso, cambiar el nombre de la ciudad. Sustituir Anta Gorda por Batatuba sería peor. Digo más: en la hora de hacer este cambio, el título “Anta Gorda” quedaría simpático, y seríamos favorables a mantenerlo.

 

La civilización industrial, en algunos de sus aspectos, tiene una cierta monumentalidad. Las fábricas gigantes, con porterías enormes, fichas de control, la máquina que marca en una tarjeta la hora de entrada y salida de los empleados, esto tiene aspectos de cierta pompa.

 

Con todo, lo glorioso de la civilización industrial se diferencia de la pompa de la Edad Media o del Ancien Régime por un aspecto muy característico. Es que lo pomposo de la civilización industrial acaba con toda forma de familiaridad, de intimidad y de comodidad. Casi se podría decir que esas inmensas fábricas son penitenciarías monumentales. Además, son igualitarias porque en función de ellas todo el mundo queda reducido a un gusanito.

 

Algo íntimo, acogedor, que atraiga la buena conversación, con el buen aroma del carácter orgánico de la sociedad familiar, por ejemplo, la sociedad industrial no lo tiene. Y en esto podemos ver uno de los efectos de la Revolución Industrial.

 

Por un lado ella da origen, como residencia, a casas comunales, tugurios, barrios industriales horrendos. Pero, por otro lado, produce una monumentalidad que es lo contrario de aquello.

 

La máquina es un spray de desequilibrio

 

O sea, es el prosaísmo versus el ceño fruncido del totalitarismo. Y la Revolución Industrial, cuando no es prosaica y no tiende a la autogestión inmunda y ultra-plebeya, se inclina hacia el otro lado, hacia el ceño fruncido totalitario completo.

 

El término medio, equilibrado, apropiado a una cosa con dignidad y categoría, pero donde cabe lo familiar, los propulsores de la Revolución Industrial no lo conciben.

 

Si analizamos a fondo, veremos cómo las formas de gobierno suscitadas por la Revolución tienden a esta blecer en un pueblo siempre la misma cosa: o una monumentalidad napoleónica que deja aplastado a todo el mundo, y es el totalitarismo; o bien el prosaísmo.

 

Fábrica de sombreros, 1941

La civilización industrial tiene algo congénitamente anti-armónico, por el cual la armonía es un fruto que ella no produce en nada: ni en las relaciones humanas, ni en los aspectos de las máquinas. Por el contrario, lo artesanal tiene todas las fuentes de armonía.

 

Lo propio de la máquina es aumentar la cantidad, pero muy raramente la calidad. Tal vez, algún remedio fabricado en una máquina pueda tener aumentada su calidad, no tengo certeza, pero admitamos que sí. No obstante, la máquina es un “spray” de desequilibrio.

 

Otro aspecto interesante: aquello que el artesano haría con mucho esfuerzo para que quede bien, la máquina lo fabricaría mucho mejor. Sin embargo, después de haberlo producido, se ve que no vale nada.

 

Doy como ejemplo la caligrafía. Tengo la certeza de que los calígrafos anteriores a la máquina de escribir hacían lo posible para que siempre las letras por ellos manuscritas saliesen iguales unas a las otras. Se comprende que se quiera esto, pues una misma letra debe tener, a lo largo de todo el texto, el mismo aspecto físico. Sin embargo, nunca la escritura a mano consiguió la identidad de letras de la grafía a máquina.

 

Al cabo de algún tiempo, dejando atrás la “admiración” con la máquina de escribir, se ve que se trata de un aspecto secundario que desmerece el documento, y se pasa a resaltar las reglas de cortesía por las cuales ciertas cartas sólo se hacen a mano. Surgen entonces las reacciones contra la máquina porque, de repente, se dieron cuenta de que ella ofreció algo de inferior calidad.

 

Fabricación en serie

 

La cuestión de hacer en serie es la mayor objeción existente en este campo contra la máquina. Las necesidades humanas son tan delicadas que, a medida que el hombre se refina, pasa a tener necesidad de cosas que no pueden ser fabricadas en serie.

 

Calígrafo medieval escribiendo el Libro de las Horas

No obstante, dado que hay algunos artículos en los cuales la exigencia no es de esta perfección artesanal, el desarrollo humano pediría una fabricación en serie de ciertas cosas, y habría ventaja en la máquina, desde que se admita siempre la posibilidad de que aparezca en aquel género una encomienda que suponga esta perfección. A partir de esto, al lado de la cosa industrial deberá aparecer la artesanal que la industrial no busque eliminar. Ahora bien, muy frecuentemente sucede que la cosa industrial, aún más cuando es apoyada por la propaganda, aplasta la artesanal.

 

Considerando la cuestión del lado doctrinario, se podría admitir que algún producto fuese fabricado a millares por una máquina, en materias secundarias, para atender ciertas necesidades. Con todo, se puede decir que en la gran mayoría de los artículos que no son básicos, la serie es peligrosa y el efecto de la máquina deprimente.

 

Evidentemente, no se trata de ser contrario a todo progreso, sino de levantar el problema en cuanto al progreso en cantidad, y si la máquina utilizada adecuadamente no podría llegar a ser un elemento de refinamiento y no de masificación.

 

La cuestión más profunda paréceme ser la siguiente: hasta qué punto la acción del hombre modificando la naturaleza – a lo que tiene derecho de hacer por ser rey de la creación – pide respeto, cuidados y lentitudes sin los cuales alguna cosa medio inefable del orden de la naturaleza queda contrariada, debido a esos procesos muy rápidos. Esa sería, a mi juicio, la mayor objeción contra la fabricación en serie, incluso de las cosas necesarias.

 

La gran máquina y la gran industria, contra las cuales tenemos objeciones, en último análisis son hijas de los medios de comunicación excesivamente fáciles, del encuentro de mercados fabulosos en los que se pueden acumular fortunas, trayendo consigo la posibilidad de manipular la materia y la técnica en un sentido hostil al hombre.

 

Proporcionalidad

 

Esta temática contiene una pluralidad de aspectos que nos obliga a un estudio cuidadoso, siempre orientado con un criterio contrarrevolucionario. Por ejemplo, hacer un edificio grandioso es, de suyo, una cosa muy bonita. Pero en la realidad ¿hasta qué punto lo grande es siempre lo óptimo? Leyendo, por ejemplo, La ciudad antigua, de Fustel de Coulanges, vemos que la Roma republicana, la de la república aristocrática, no era tan grande como la Roma imperial, propia a la monarquía plebeya. Esa Roma republicana es incomparablemente más simpática, más limpia y real. No llegó a la decadencia que vino con la Roma imperial.

 

Cuando yo era pequeño, oía a toda mi familia, habitualmente con el silencio de mamá – no me acuerdo de que ella haya aprobado esa posición ninguna vez – comentar: “¡San Pablo se está volviendo una ciudad industrial magnífica!” Y ya imaginaban una Nueva York aquí, con rascacielos, aviones, etc.

 

Ahora bien, comparemos la pequeña San Pablo de aquel tiempo, elogiada por Clemenceau1, con la San Pablo de hoy y comprenderemos que algo cambió para peor.

 

¿Es verdad que cuanto más crezca algo es mejor? ¿Qué papel debería ocupar la proporcionalidad?

 

En mis tiempos de niño hacían un concurso para ver cuáles eran los niños más gordos, y esos ganaban un premio. Se veían entonces, en los estudios fotográficos de la época, a los niños que iban a hacerse fotografiar, gordos al punto de tener dobleces de gordura en las rodillas y codos, y sonriendo… Era el auge del hombre grande, la cantidad sustituyendo a la calidad.

 

¿Cuál es la proporción adecuada? A veces los niños gordos ya estaban cansados de cargar la gordura que habían puesto en ellos, y los larguiruchos ya no sabían qué hacer con los pies que les pesaban mucho. Ahora bien, en todo esto que pensamos, la proporción entre la cantidad y la calidad debería ser estudiada con mucho más cuidado. La teoría de las proporciones es tan sabia que pide desproporciones para quedar proporcionada a sí misma. Un orden de cosas completamente proporcionado, sin excepciones, sería desproporcionadamente proporcionado.

 

(Extraído de conferencia del 11/9/1986)

 

1) Clemenceau, Georges. Notes de voyage dans l’Amérique du Sud. París. Hachette. 1911.

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