Después de las grandes locuras causadas por la super velocidad, la Revolución crea una solución antinatural, artificial, con apariencia de super calma, que es otra forma de desequilibrio. Cuando el individuo queda muy desequilibrado, en las horas de depresión él quiere la super tranquilidad, la cual es una especie de identificación con un vacío, con un no ser.


 

 

Consideremos las dos fases del proceso de la Revolución Industrial. En una primera fase ella produce barullos, ruidos, velocidades vertiginosas, comunicaciones super rápidas, etc. y crea el estado nervioso que amenaza generar, a su vez, una crisis nerviosa que puede ser universal. Y, por otro lado, ese estado nervioso no es propiamente el fin de la Revolución, sino un elemento que ella usa para caminar por la vía que quiere.

 

Disfraces de la Revolución

 

Como ese estado nervioso es, sobre todo, un elemento intermediario, la Revolución, habiéndolo producido, comienza en la segunda fase a pasar del estado de destrucción del orden psicológico antiguo, así como de las costumbres, de los modos de ser, y da frutos para no agredir a los hombres más allá de una determinada medida.

 

Y lanza una obra que comienza a ser positiva, y lo es en profundidad. Esta obra puede ser vista en dos perspectivas: una es el desequilibrio de la Humanidad, mas no el desequilibrio frenético, por una parte. Y, por otra parte, una situación que prepara el espíritu humano para la venida del demonio.

 

Entonces, ¿en qué consiste este comer los propios frutos envenenados, para que los hombres no los coman demasiado y puedan continuar en su ruta de perdición?

 

Consiste en lo siguiente: la Revolución engulle, tanto cuanto es técnicamente posible, los barullos que ella produjo. Las velocidades que la Revolución puso en escena no las engulle, pero hace que las personas pierdan, tanto cuanto es posible, la noción de velocidad, de manera que queden connaturales con la velocidad. Y, dentro de ese mundo que de suyo, en la fase de destrucción, ponía a las personas locas, la Revolución hace un disfraz por el cual la persona se equivoca sobre aquello que está ejecutando.

 

Contradicción entre la sensibilidad y la razón.

 

Por ejemplo, el avión. Todo ambiente aeronáutico de hoy tiende a hacer olvidar el riesgo y hasta la propia super velocidad. Cuando la persona se encuentra en el avión, ella se olvida de que está haciendo algo enteramente prodigioso.

 

La velocidad del automóvil era una forma de belleza. Los automóviles de carreras tenían su atracción propia como lo embriagador de la velocidad. Hoy la velocidad ya no embriaga más, pasó a ser algo común.

 

El aterrizaje de un avión no tiene nada de extraordinario, es la operación más común que pueda haber. El altavoz interno anuncia: “Señoras y señores, estamos volando a quince mil metros de altura”. Al mismo tiempo la azafata pregunta: “¿Quiere un tecito? De menta, hierbabuena o...”. Y el pasajero escucha que está a una altura inhumana, de quince mil metros, pero al mismo tiempo le ofrecen los tecitos más caseros para satisfacer los gustos que su abuelo tenía cuando estaba de pantuflas.

 

Contradicción entre la sensibilidad y la razón. Y además el avión todo revestido de unas materias plásticas claritas, la música ambiente tranquilizadora -al menos la que yo oí-, aquella fastidiosa. Se diría que se está en tierra firme en todos los sentidos de la palabra. Y, por otro lado, las estadísticas son ultra-favorables y los números de los accidentes de aviación van disminuyendo cada vez más, al punto de que, encontrándose en el aire a quince mil metros de altura, se está más seguro que andando en la calle en automóvil. Esto añade a la sensación de seguridad una certeza racional.

 

Dentro del avión, del ruido de los motores apenas se oye un zumbido que, acompañado por la música, tiene un cierto efecto muy especial, indicando una velocidad o una eficacia de dar vértigo. Cuando comienza a oscurecerse, se encienden luces de gas neón, no hay sombras, pues el gas neón las eliminó. Entonces todo queda tan casero, tan normal, tan divertidito… Por otro lado, el sindicato garantiza la jubilación, el remedio, el médico, etc., está todo arreglado… Después, cuando llega la hora de salir, la persona encuentra afuera un auto que viene a esperarlo, porque vive un poco lejos. Todo procurando la más completa tranquilidad.

 

Pérdida del sentido de la realidad

 

Hay situaciones fantasmagóricas así: en el quinto subsuelo de un banco, para no dar la idea de que es el quinto subsuelo, ponen papeles de pared con escenas de Francia y tocan música. En ningún lugar de la verdadera Provence y del verdadero Artois el panorama suscitará la impresión aguda causada por aquel papel de pared. De manera que casi se diría que no vale la pena hacer turismo: “Baje al quinto subsuelo de tal banco y ¡la Provence está allí!”

 

Tras las grandes locuras que comenzaron, se crea una solución antinatural, artificial, con apariencia de super calmo, super acogedor, super afable, que es otra forma de desequilibrio. Porque cuando el individuo queda muy desequilibrado, en las horas de depresión quiere la super tranquilidad.

 

Ahora bien, la verdadera salud no está en querer una calma absoluta. Si alguien me dijera: “Fulano de tal es tan calmado que desea la calma absoluta”, tendría ganas de dar un salto hacia atrás, porque si él fuese verdaderamente calmado, viviría tranquilo con los barullos normales de la realidad, y se impresionaría no con los papeles de pared super excitantes, sino con la realidad que él miraría yendo, por ejemplo, a Provence. Entre tanto, es propiamente el sentido de la realidad el que escapa, desde el comienzo. Ya comenzó a escapar con la super velocidad y esto se acentúa con la inmersión depresiva en la super calma.