Un palacio nacido en el lodazal

Publicado el 08/25/2019

El castillo de Chantilly fue construido hace muchos siglos sobre un peñasco rodeado por un terreno pantanoso. Pero, ¿quién se acuerda de esto mientras considera el esplendor de tan magnífica obra y la riqueza de su intrincada historia?

 


 

Arriba, el castillo de Chantilly visto desde el

Jardín inglés (foto 1) y desde la esplanada de

entrada al parque (foto 2), Cámara del príncipe

de Condé (foto 3), Sala de los ciervos (foto 4)

y “La rotonde”, donde se exhiben algunos de los

principales cuadros de la Pinacoteca (foto 5)

Florencia (Italia)

Al ser la primogénita de la Iglesia, Francia les otorga a sus hijos el don de marcar con una nota de maravilloso las obras más características engendradas por ellos. En éstas se percibe una síntesis de encanto y grandeza que remite a lo sobrenatural y raramente se encuentra en otros pueblos.

 

Es lo que se verifica al recorrer su rica gastronomía tradicional, compuesta de platos legendarios como el pato a la naranja, la sopa bouillabaisse o la crepe Suzette. También en las porcelanas, tejidos, cristales o licores producidos en ese país se nota ese singular talento. Sin embargo, nada refleja tanto la armónica conjugación entre magnificencia y delicadeza, entre lo terreno y lo eterno, que distingue al pueblo francés, como sus suntuosos y encantadores châteaux.

 

El de Chantilly, por ejemplo, parece como si transportara a quien lo contempla a un cuento de hadas. O quizá sea mejor decir a las moradas de los santos en el Paraíso celestial.

 

Edificado en el siglo IX, sufrió sucesivas remodelaciones de acuerdo con el estilo de cada período histórico y los gustos de las familias que lo poseyeron. A los Bouteiller, que erigieron la primigenia fortaleza protegida por siete torres, le siguieron los Orgemont, y a éstos la célebre estirpe de los Montmorency. Fueron ellos los que transformaron en palacio renacentista el antiguo castillo medieval.

 

Especialmente marcado quedó Chantilly por la presencia del príncipe Luis II de Borbón-Condé, apodado el Gran Condé. A él se debe el espectacular jardín que lo rodea, proyectado por André Le Nôtre, tal vez el mejor paisajista de todos los tiempos. Tan faustuoso llegó a ser el château en su época que el Gran Condé recibió de Luis XIV la recomendación de que no lo embelleciera más, para evitar que hiciera sombra a los palacios de la casa real. El Louvre, Fontainebleau, las Tullerías y el aún incipiente Versalles corrían el riesgo de ver su brillo ofuscado por el potente esplendor de Chantilly.

 

Más tarde, el famoso arquitecto Jules Hardouin-Mansart restauró el interior del edificio y rediseñó su fachada. En el siglo XVIII se añadieron las Grandes Caballerizas y el Château d’Enghien, y, tras haber sido casi enteramente destruido durante la Revolución francesa, el conjunto fue rehecho por Enrique de Orleans, duque de Aumale.

 

Para quien se acerca hoy al château le llama la atención especialmente las torres redondas y fuertes, vestigio de la antigua fortaleza. Ellas lo sujetan sólidamente al suelo, sin hacerle perder su elegancia, y su reflejo en el espejo del agua que rodea el edificio refuerza la sensación de estar ante una obra más celestial que terrena.

 

Impresiona, sobre todo, saber que los cimientos de Chantilly fueron construidos sobre un peñasco rodeado por un terreno pantanoso. Es decir, ¡tamaña maravilla surgió en medio del lodazal! No obstante, ¿quién se acuerda de esta circunstancia al considerar el esplendor de la magnífica obra y la riqueza de su intrincada historia?

 

Si analizamos las almas de nuestro alrededor, no dejaremos de encontrar algunas cuya vida podría ser simbolizada por el castillo de Chantilly. Sobre un pedazo de roca a veces muy pequeño, cercado de un terreno fangoso, se esforzaron en construir un sólido edificio. En los tiempos de bonanza creció en tamaño y belleza, pero no faltaron épocas de tragedias, que amenazaron con destruirlo hasta sus fundamentos.

 

Ahora bien, esas almas siempre confiaron en el infalible auxilio divino y eso las hizo atravesar incólumes todas las crisis y tormentas. Parece que rigieron su existencia por la máxima tantas veces repetida por Santa Maravillas de Jesús: “Si tú le dejas…” .

 

Si le dejamos actuar, el Señor hará de nosotros grandes santos. Sobre quien en Él confía podrán soplar huracanes, rugir terremotos o caer las destructivas bombas de una guerra. Siempre que nos mantengamos fieles a Él y nos abandonemos en las manos de su Santísima Madre, el Espíritu hará en nosotros obras extraordinarias, como extraordinaria es esa joya de la cristiandad que acabamos de considerar.

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