- EVANGELIO -

 

En aquel tiempo, 27 mientras Jesús hablaba a la gente, una mujer de entre el gentío, levantando la voz, le dijo: “Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron”. 28 Pero Él dijo: “Mejor, bienaventurados los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen” (Lc 11, 27-28).

 

 


 

COMENTARIO AL EVANGELIO – SOLEMNIDAD DE LA ASUNCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA (MISA DE LA VIGILIA) - Como María, nadie más

 

La Asunción de la Virgen a los Cielos en cuerpo y alma nos revela los frutos de la escucha fiel de la Palabra de Dios, que supo guardar en su corazón y poner en práctica.

 


 

I – LA PERSPECTIVA SOBRENATURAL DEBE GUIAR NUESTRA VIDA

 

A veces consideramos con superficialidad los episodios que presenciamos y, en consecuencia, no ahondamos en su sentido más profundo. Cuando vemos, por ejemplo, una estrella fugaz, un cometa u otro astro, somos propensos a considerarlos como fenómenos puramente materiales sin ninguna relación con Dios. No obstante, hemos de tener en cuenta que “en Él vivimos, nos movemos y existimos” (Hch 17, 28) y que, por tanto, no hay nada que sea absolutamente independiente del Creador. La existencia de algo desvinculado de Dios significaría que dejara suelto en el universo a un ser tras haberlo creado y se olvidara de él, lo que de suyo es imposible.

 

El Espíritu Santo, por los labios de San Pablo, enseña un principio de extrema utilidad para la vida espiritual: “A los que aman a Dios todo les sirve para el bien; a los cuales ha llamado conforme a su designio” (Rom 8, 28). Esta osada afirmación, propia de la fogosidad del Apóstol, está llena de sustancia, porque si todo está en Dios y posee un vínculo con Él, se concluye de aquí que lo que ocurra en el universo —sea angélico, humano o de naturaleza animal, vegetal o mineral— podrá ser permitido o no por Él, buscando su gloria y el beneficio de los que le pertenecen.

 

Esta verdad debería estimularnos a estar siempre atentos para percibir el aspecto sobrenatural incluso en los más pequeños acontecimientos. Al analizar bajo ese punto de vista la bellísima liturgia que la Santa Iglesia ha establecido en la Vigilia de la Asunción de la Virgen María, podemos prepararnos para aprovechar mejor esta gran solemnidad.

 

Traslado del Arca de la Alianza, por un autor anónimo de
la Escuela de Umbría - Colección particular

El Arca, signo de la presencia de Dios

 

La primera lectura, extraída del primer libro de las Crónicas (1 Crón 15, 3-4.15-16; 16, 1-2), narra cómo David congregó a todo el pueblo en Jerusalén. Había construido una tienda para el Arca de la Alianza y quería que su trasporte se realizara de modo solemne por los hijos de Aarón y otros levitas, designados por Dios para el ejercicio de dicha función (cf. 1 Crón 15, 1-2). En medio de alegres cánticos y numerosos sacrificios, el Arca fue introducida en un lugar de honor y David bendijo a toda la asamblea. Además de rey era profeta y, aunque no fuera sacerdote, estaba —como todos los reyes israelitas— revestido de un carácter sagrado que le confería, entre otros privilegios, el poder de bendecir.1 Dios valora bastante la intercesión de los que han sido puestos entre Él y el pueblo y por eso acompaña con abundantes gracias la bendición del mediador.

 

El Arca de la Alianza guardaba las Tablas de la Ley (cf. Dt 10, 1-5) y constituía un símbolo de la presencia de Dios en Israel, porque Él oía con mayor benevolencia las peticiones que ante ella se hacían. Esta Arca era una prefigura de la verdadera, que vendría siglos más tarde. Mientras la primera custodió la Antigua Ley, había otra que sin dejar de guardar la Ley también contenía la Gracia. Esa Arca se llama María. A partir del momento en que el ángel le anunció su elección como Madre del Redentor empezó a ser el Arca de la Nueva Alianza y a engendrar a un Dios hecho hombre para la salvación de los hombres —el Creador del universo y de Ella misma—, que durante nueve meses vivió en su claustro virginal. Si para el resto de la humanidad el tributo del pecado original fue pagado después de adquirida la mancha, en el caso de la Virgen Santísima el Señor aplicó el precio de su sangre preciosísima antes de crearla, convirtiéndola en la única criatura exenta de la culpa original desde su concepción.

 

La garantía de nuestra resurrección

 

La segunda lectura de esta Vigilia nos ofrece, a través de la pluma del Apóstol, un paradigma del destino que les espera a los que, habiendo muerto en la amistad con Dios, estén a su derecha el día de la resurrección de la carne: “Cuando esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: ‘La muerte ha sido absorbida en la victoria. ¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón?’. El aguijón de la muerte es el pecado, y la fuerza del pecado, la ley. ¡Gracias a Dios, que nos da la victoria por medio de Nuestro Señor Jesucristo!” (1 Cor 15, 54-57).

 

En nuestro tiempo, inundado de imágenes fantásticas difundidas por el cine y por la televisión o divulgadas por internet, repletas de superhombres y genios extravagantes, hemos de considerar cómo todo eso, además de irreal, es ínfimo al lado de un cuerpo glorioso. Éste, que goza de los atributos de la claridad, la impasibilidad, agilidad y sutileza,2 es incomparablemente superior a cualquier ficción científica que nos puedan presentar. Sobre las características de dicho estado, en la vida eterna, enseña San Agustín: “Entonces veremos, alabaremos, permaneceremos. Allí no habrá indigencia alguna ni se requerirá ningún remedio; no hallarás ningún mendigo con quien repartir tu pan o peregrino al que recibir en tu casa; no hallarás ningún sediento a quien dar de beber, ni desnudo a quien cubrir, ni enfermo a quien visitar, ni litigantes a quienes poner de acuerdo, ni muerto a quien sepultar. Todos serán saciados con el alimento de la justicia y la bebida de la sabiduría; todos están vestidos de inmortalidad, todos moran en su patria eterna; la salud de todos es la misma eternidad, la salud y la concordia eternas. Nadie recurre al juez, nadie busca componendas ni sentencias con carácter de venganza; no habrá enfermedad, no habrá muerte”.3

 

¿Murió la Santísima Virgen?

 

Es sabido que en el Cielo se encuentran en cuerpo y alma Jesús, “el primogénito de entre los muertos” (Ap 1, 5), María, que como criatura puramente humana está mucho más cerca de nosotros, y, según una sólida línea teológica, también José.4 Ignoramos si María murió o no, pues la Santa Iglesia hasta hoy se abstiene de precisarlo. Cuando Pío XII definió el dogma de la Asunción de la Virgen, eludió esa cuestión al incluir la siguiente fórmula en la constitución apostólica Munificentissimus Deus: “La inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial”.5 Por lo tanto, no determina si pasó por el trance de la muerte, para resucitar enseguida o si, libre de ésta, subió al Cielo en cuerpo y alma, como hubiera ocurrido con la humanidad en el paraíso terrenal si nuestros primeros padres no hubieran desobedecido. Esa transición se debía a un privilegio por el cual, según Santo Tomás, el “cuerpo no era incorruptible por virtud propia, sino por una fuerza sobrenatural impresa en el alma que preservaba el cuerpo de corrupción mientras estuviese unida a Dios”.6 Sin embargo, como consecuencia de la caída de Adán y Eva todos estamos sujetos a la muerte, e incluso el mismo Cristo quiso padecerla.

 

Ante esto surgen dos corrientes en la mariología: una sustenta que la Virgen no podría dejar de experimentar los dolores de la muerte, ya que había sido llamada a seguir a su divino Hijo en todo. Otros afirman que el Señor la habría librado de la muerte, como la libró también de la mancha del pecado. Puesto que la Iglesia no se ha pronunciado al respecto, se puede optar por una o por otra tendencia. De cualquier manera, Cristo llevó consigo al Cielo el Arca que dio origen a su humanidad santísima, como reza el salmo responsorial: “Levántate, Señor, ven a tu mansión, ven con el arca de tu poder” (Sal 131, 8).

 

Estas lecturas, que nos invitan a tener presente la figura de María el día de su Asunción, son propias para llenarnos de esperanza, porque también nosotros, aunque concebidos en el pecado, hemos sido creados con vistas a la resurrección y llamados a gozar un día de la gloria del Cielo, de esa sublime realidad que hoy contemplamos con los ojos de la fe.

 

Para entender mejor tal perspectiva es necesario que meditemos detenidamente los dos versículos del corto pasaje del Evangelio seleccionado para esta Vigilia, el cual arroja una luz muy especial en ese grandioso misterio.

 

II – EN LA RAÍZ DE LA GLORIA DE MARÍA ESTÁ LA FIDELIDAD A LA PALABRA

 

Elogio hecho desde una perspectiva humana

 

En aquel tiempo, 27 mientras Jesús hablaba a la gente, una mujer de entre el gentío, levantando la voz, le dijo: “Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron”.

 

La mujer pronunció esas palabras en voz alta para que fuera escuchada “entre el gentío”. Era una persona equilibrada, piadosa y de buen espíritu, a quien se la ve conmovida y asumida de creciente admiración por Jesús. Ciertamente también ella era madre y sabía valorar lo que significaba poseer tan gran hijo, alegría deseada por todas las madres. Es comprensible que, ante este varón extraordinario, que hacía milagros espectaculares y enseñaba una doctrina arrebatadora, expuesta con tanta fuerza y belleza, se supusiera igualmente la existencia de una madre fuera de lo común. No fue minimalista y percibió lo que algunos, que profesan ciertas teorías heréticas que no reconocen los valores de la Virgen, se niegan a admitir: “Si ese hombre es así —habría pensado— bendita es su madre. Qué madre tan sublime debe ser”. En determinado momento, según la locuacidad propia al temperamento oriental siempre dispuesto a manifestarse, no se contuvo y, tal vez ya compenetrada de que Jesús era el Mesías, quiso alabarlo de la manera más perfecta honrando a quien le había dado la vida. La intimidad entre madre e hijo era tanta que, al exaltar a María, la mujer le hacía al Señor uno de los mejores elogios. Si bien tuvo el hermoso gesto de glorificar al Arca, sólo la consideró desde un prisma humano. Cierto es que discerniría algo sobrenatural y lo hizo incluso con amplitud, porque había visto en el Señor una grandeza fuera de serie, pero... humanizó esa grandeza. Y por ese motivo enalteció a la madre, para dar a entender, en el fondo, que al estar repleta de dones naturales supo transmitirlos con maestría a su hijo.

 

 

Al mismo tiempo, al colocar a la madre en el centro de las atenciones podría ocurrir que la doctrina que el Señor predicaba en ese momento fuera puesta de lado. Ésta, además de atrayente, exigía adhesión, pedía su cumplimiento. Y dado que la tendencia del ser humano, cuando es corregido, es la de buscar un pretexto para legitimar sus faltas, entrar en consideraciones familiares a respecto del Maestro era un medio utilizado por el demonio para promover el olvido de una ley y de una moral austera, arduas de practicar. A pesar de esa equivocación, Jesús deseaba estimular hacia el bien a esa mujer y a los demás, porque vino para salvar. Y en esa circunstancia va a ayudarla a perfeccionar su admiración, mostrándole la realidad por su valor más alto.

 

Por su fidelidad a la Palabra, María la engendró en el tiempo

 

28 Pero Él dijo: “Mejor, bienaventurados los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen”.

 

Las palabras del Señor encierran una profundidad enorme. Esa mujer ponía de relieve la maternidad divina de María, el más importante de los cuatro dogmas que tienen relación con Ella. De hecho, ni siquiera una inteligencia angélica sería capaz de imaginar la existencia, dentro de la naturaleza humana, de una Madre de Dios, privilegio único al cual Él había predestinado eternamente a la Santísima Virgen. No obstante, la buena mujer omite otra cualidad de Nuestra Señora que Jesús quiso destacar. En este versículo Él dice que la maternidad divina, aunque es un don insuperable, tiene menos bienaventuranza que escuchar la Palabra de Dios y cumplirla.

 

Por acción de la plenitud de gracia y de la ciencia infusa que poseía, María concibió que habría una unión de la naturaleza humana con la divina para obrar la Redención y empezó a conjeturar sobre las cualidades de aquel que sería, al mismo tiempo, Dios y hombre. Cuando, arrebatada por esa idea y “habiendo concebido a Cristo antes en su mente que en su seno”,7 alcanzó el auge de la elaboración interior de la figura del Mesías, el ángel Gabriel se le apareció y la saludó: “Alégrate, llena de gracia” (Lc 1, 28), anunciándole que daría a luz al Emmanuel. Fue por la fidelidad a la Palabra de Dios que la Virgen respondió al mensajero celestial: “Ecce ancilla Domini. Fiat mihi secundum verbum tuum — He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38), y “el Verbo se hizo carne” (Jn 1, 14). Y mientras engendraba a la Palabra de Dios, María asimilaba, contemplaba, admiraba y, sobre todo, ponía en práctica todo lo que oía en su interior, proveniente de Él, conforme referiría más tarde el evangelista: “María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón” (Lc 2, 19).

 

Misa de la Solemnidad de la Asunción, presidida por Mons. João Scognamiglio Clá Dias y concelebrada por
sacerdotes heraldos - Basílica de Nuestra Señora del Rosario, Caieiras, 15/8/2018

“Hizo sin duda Santa María —comenta San Agustín— la voluntad del Padre; por eso, más es para María ser discípula de Cristo que haber sido madre de Cristo. Más dicha le aporta el haber sido discípula de Cristo que el haber sido su madre. [...] Por eso era bienaventurada María, porque oyó la Palabra de Dios y la guardó: guardó la verdad en la mente mejor que la carne en su seno. Verdad es Cristo, carne es Cristo; Cristo verdad estaba en la mente de María, Cristo carne estaba en el seno de María: más es lo que está en la mente que lo que es llevado en el vientre”.8 De manera que María recibe de su divino Hijo dos elogios: uno por la maternidad divina y otro, aún mayor, por su eximia adhesión a los designios de Dios.

 

III – UN CAMINO ABIERTO PARA LA HUMANIDAD

 

Los dos versículos del Evangelio de hoy nos presentan una invitación extraordinaria, mucho más importante que si fuéramos destinados a ser padre o madre de Jesucristo, nuestro Señor. A imitación de María debemos escuchar y cumplir la Palabra de Dios, que en nuestro caso significa atender al llamamiento universal a la santidad que todo bautizado recibe y ser completamente dóciles a lo que la Providencia inspiró en nuestros corazones. Estamos llamados a constituir las piedras vivas del edificio de la Santa Iglesia en el mundo actual, tan desvariado por el pecado e inundado de horrores; estamos llamados a abrazar la virtud y a levantar el estandarte de la fidelidad a la Iglesia de Cristo. Si así procedemos, seremos felices, tanto como cabe a nuestra naturaleza caída, como lo fue la Virgen María, guardando las debidas proporciones.

 

La vocación del cristiano exige el cumplimiento íntegro de la moral católica, condensada en el Decálogo, e impresa en lo hondo de nuestra alma. Dios está todo el tiempo convocándonos a una entrega, un combate, un progreso, un paso adelante, para que realicemos durante nuestra existencia la profecía del Protoevangelio: “Pongo hostilidad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y su descendencia” (Gén 3, 15). Nosotros somos, al poner en práctica la Palabra de Dios, esa descendencia en constante hostilidad con la descendencia de la serpiente. María Santísima, el Arca de la Nueva Alianza, Madre de Dios y Madre nuestra, en este día en el que se elevó gloriosamente a los Cielos en cuerpo y alma, anticipó la victoria final prevista en la maldición de la serpiente: “Esta [la mujer] te aplastará la cabeza” (Gén 3, 15). Una victoria triunfal que será completa en la resurrección de los muertos, al final de los tiempos, cuando el mal sea definitivamente derrotado en el Juicio universal, y el Hijo de Dios pronuncie la sentencia conclusiva: “Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el Reino preparado para vosotros desde la Creación del mundo” (Mt 25, 34).

 

 

1 Cf. TUYA, OP, Manuel de; SALGUERO, OP, José. Introducción a la Biblia. Madrid: BAC, 1967, v. II, pp. 364-366.

2 Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO. In Symbolum Apostolorum. Art. 11.

3 SAN AGUSTÍN. Sermo CCCV/A, n.º 8. In: Obras. Madrid: BAC, 1983, v. XXV, p. 445.

4 Cf. SAN FRANCISCO DE SALES. Entretien XIX. Sur les vertus de Saint Joseph. In: OEuvres Complètes. Opuscules de spiritualité. Entretiens spirituels. 2.ª ed. Paris: Louis Vivès, 1862, v. III, p. 546; LLAMERA, OP, Bonifacio. Teología de San José. Madrid: BAC, 1953, pp. 629-630.

5 PÍO XII. Munificentissimus Deus, n.º 44.

6 SANTO TOMÁS DE AQUINO. Suma Teológica. I, q. 97, a. 1.

7 SAN AGUSTÍN Sermo CCXV, n.º 4. In: Obras. Madrid: BAC, 1983, v. XXIV, p. 180.

8 SAN AGUSTÍN. Sermo LXXII/A, n.º 7. In: Obras. Madrid: BAC, 1983, v. X, pp. 364-365.