Caridad sin fronteras

Publicado el 11/10/2020

Nuestro Señor dice en el Evangelio que el mérito de la virtud de la caridad se multiplica cuando no oponemos obstáculos para dejar de practicarla en todas las circunstancias de la vida cotidiana, incluso con los que no conforman nuestro ambiente familiar.

La joven difunta vestida de novia…

      Todavía prosperaban los espejismos creados por escritores como José de Alencar y Casimiro de Abreu¹; los perfumes, las sombras de un Lamartine flotaban aún en el ambiente familiar. En esa atmósfera de romanticismo², una prima de Lucilia, llamada Georgina, se enamoró de un joven, primo de ambas, el cual también se prendó de ella y decidieron casarse. Pero… sorprendentemente, el joven decidió sacrificar sus sentimientos en favor de un ventajoso noviazgo con la heredera de una gran fortuna.

Georgina, nieta del Tte. Cnel. João Ribeiro dos Santos Camargo

      La amargura que esta ruptura causó a la prometida abandonada dio origen a una escena digna de figurar en el más genuino melodrama. Lucilia, que siempre mantuvo su alma incontaminada en relación al romanticismo, acabó participando tangencialmente en un capítulo de la «historia», sin perder la ocasión de demostrarle su afecto a su desolada prima.

      El hecho decisivo se produjo durante una fiesta de cumpleaños realizada en casa de los Ribeiro dos Santos, donde los ex-novios estaban presentes. Lucilia, siempre amante de la música, propuso a Georgina que cantase mientras ella la acompañaba al piano. La invitada, dotada de una bonita voz, eligió una melodía, común en aquella época, cuya letra describía y reprobaba la maldad de una persona ingrata. En medio de los acordes que sobre él recaían, el pobre personaje, desconcertado, no encontró otra salida para la embarazosa situación en que se encontraba, sino esconderse detrás de una cortina… mientras fumaba para acallar la conciencia.

      Terminada la música, ¿qué podía hacer?, ¿abrir la cortina y aparecer en «escena»? No tenía valor para hacerlo… Optó, entonces, por una vergonzosa fuga: saltó por la ventana y escabulléndose entre las ramas y follajes del jardín, alcanzó la calle.

      Pasa el tiempo. Una bonita noche, Lucilia —que se encuentra de vacaciones en la hacienda Jaguary— sueña que su desdichada prima, diabética y gravemente enferma, acababa de morir. Por la mañana temprano, se apresura a relatar el sueño al Dr. Antonio, pero éste le recomienda que no se deje impresionar por el hecho, y ella le obedece prontamente. Transcurridas algunas horas, llega un mensajero con un telegrama que comunica la muerte de la joven.

      Nunca se borrará de la mente de Lucilia la escena a lo «Romeo y Julieta» del velatorio: la joven difunta yacía en el ataúd vestida de novia (como era costumbre cuando se trataba de una joven soltera) y, junto al féretro, sentado en una silla, el primo «ingrato», profundamente abatido.

      Pero la virtud de Lucilia tenía un amplio campo de aplicación, mucho más allá de las fronteras de la propia familia. Es lo que se apreciará en el siguiente episodio.

Respeto por la infelicidad de quien no se daba cuenta de su propio ridículo

      En el pasado existía la costumbre, universalmente aceptada, de celebrar con discursos elogiosos todo y cualquier acontecimiento. Sin embargo, después de un período áureo, la verdadera elocuencia fue cediendo lugar a la insipidez. En efecto, hombres tediosos empezaron, cada vez más, a hacer uso de la palabra, ansiosos de aprovechar la primera oportunidad que apareciera para «regalar» a su obligada audiencia con la lectura de algún texto, preparado con antelación, y guardado durante largos meses en un cajón.

      Uno de los acontecimientos más aprovechados por dichos oradores eran las fiestas de fin de curso. En una ocasión, Lucilia y algunos de sus parientes participaban de una de esas conmemoraciones cuando, aproximadamente a la mitad de la cena, un señor se levantó y dijo:

      — ¡Fulano! ¡Quiero saludar esta gran fecha, tan significativa para ti, con un discurso!

      Bastaron esas palabras para hacer cesar todas las conversaciones, estampándose el desencanto en la fisonomía de los presentes. Ajeno a la reacción del auditorio, el hombre «soltó la lengua», ¡hasta el punto de que la comida terminó y él aún proseguía!…

      Uno a uno, todos los que podían se iban marchando. El Dr. Antonio, al notar lo que ocurría, lanzó una discreta mirada sobre sus hijos que les hizo comprender su obligación de no levantarse. Sería una falta de caridad que sus padres no tolerarían. Al final de la perorata, quedaban sólo los Ribeiro dos Santos y tres personas…

      Doña Lucilia, al terminar de narrar este hecho, comentaba:

      Papá era encantador. No se preocupaba solamente por nosotros. Él procuraba siempre comprender la infelicidad de los otros. Viendo en una situación tan difícil a un hombre que no se daba cuenta de lo que podían estar pensando de él, acudía a socorrerlo. Y para no herir a nadie, imponía su autoridad sobre nosotros. Con una mirada penetrante nos mantenía quietos
en nuestros lugares, y nada más era necesario si teníamos los ojos puestos en los suyos.

      Incluso en aquellos tiempos era raro encontrar una persona que tuviese la actitud de espíritu de la joven Lucilia, de practicar y admirar constantemente la bondad. Era decidida. No daba ningún paso atrás en esa materia. Como se puede comprobar en las fotografías de aquella época, estaba resuelta a caminar por las sendas de la virtud.

¹ Escritores románticos brasileños. (N. del T.).

² Movimiento artístico y literario que dominó el siglo xix, el Romanticismo, junto a
pésimas vetas filosóficas, presentaba interesantes trazos culturales y psicológicos.
La razón de ello estaba en que la
intelligentzia del movimiento había sido obligada
a contentar a una sociedad que, tras pasar por las desventuras de la Revolución
Francesa, tendía a abrazar una posición melancólica en relación a los infortunios
de que había sido víctima, así como a reaccionar contra el racionalismo y la frivolidad del clasicismo. Si, por una parte, se glorificó la tristeza en dramas y óperas
trágicas, por otra se propició la aparición de estudios históricos que rehabilitaron
la Edad Media, favoreciendo la tendencia a lo sacral y a lo maravilloso. He aquí,
en la conjugación de esos elementos, el telón de fondo de tantos acontecimientos
del siglo
xix.

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“Caballeros de la Virgen” es una Fundación de inspiración católica que tiene como objetivo promover y difundir la devoción a la Santísima Virgen María y de colaborar con la “La Nueva Evangelización” , la cual consiste en atraer los numerosos católicos no practicantes a una mayor comunión eclesial, la frecuencia de los sacramentos, la vida de piedad y a vivir la caridad cristiana en todos sus aspectos. Como la Iglesia Católica siempre lo ha enseñado, el principal medio utilizado es la vida de oración y la piedad, en particular la Devoción a Jesús en la Eucaristía y a su madre, la Santísima Virgen María, mediadora de las gracias divinas. Sus miembros llevan una intensa vida de oración individual y comunitaria y en ella se forman sus jóvenes aspirantes.

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