En la vida y obra del Dr. Plinio, tanto en su labor apostólica como en los combates por la fe, encontraremos que siempre lo inspira un acendrado amor a la verdadera Cruz de Nuestro Señor Jesucristo. Como dan fe los pronunciamientos seleccionados a continuación, él concebía el trabajo y la lucha siempre bajo el signo de la Cruz.

 

 

Primera misa en Brasil, óleo sobre lienzo hecho por
Victor Meirelles. Actualmente se encuentra en el Museo
Nacional de Bellas Artes, Brasil.

Profesor de historia que soy, habituado desde mi remota juventud a volcarme sobre los hechos históricos en procura de las leyes con que Dios rige la existencia, el porvenir de los pueblos, y en ellos inscribe las señales de su misericordia y de su justicia, siempre me llamó la atención un hecho que tiene su proyección sobre la realidad natural, aun en el mundo animal y vegetal.

 

No es verdad que alcanza la grandeza efectiva, durable y plena el pueblo que apenas trabajó por su propia grandeza. La grandeza verdadera se adquiere cuando, además, el hombre sabiendo que encontrará en su camino al adversario, que lo va agredir en la justicia de sus vías y en la santidad de sus propósitos, se prepara para la lucha, la enfrenta, confía en la Providencia y vence en esa lucha.

 

Los pueblos que saben aliar la lucha al trabajo, bajo el signo de la Cruz, se tornan verdaderamente grandes.

 

Cuando Brasil asuma ese deber de aliar lucha y trabajo, ¿cuál será su grandeza? Nadie podrá decirlo. Tendrá la grandeza de alma proporcionada al vigor de la lucha que las circunstancias le hayan impuesto y él sepa trabar.

 

Sobre él, eterna, inmutable, brillará la Cruz del Sur, que ya Pedro Álvarez Cabral vio cuando las naves con el signo de Cristo llegaron a nuestro territorio. Y el Brasil de hoy, echando una mirada al Brasil de ayer y maravillado con el Brasil del mañana, podrá exclamar: “¡Vivimos días amargos, pero, por la gracia de Dios, supimos ser grandes, a la altura de nuestro pueblo, de nuestro territorio, de la Señal de la Cruz esculpida en nuestros cielos!

 

Sin embargo, en nuestros días, más que nunca, la gran cruz del hombre es la espada. Ser combativo hasta el fin, con toda la energía, sin ninguna tolerancia rancia, sin defecciones, sin retrocesos medrosos: esto es cargar nuestra cruz. A veces debemos representar dentro de la Iglesia a la espada.

 

Hay, por así decir, tres secciones en la Iglesia: la Iglesia gloriosa está en el cielo, ella ya venció todo, está en la gloria de Dios por toda la eternidad; la Iglesia penitente está en el purgatorio; la Iglesia militante está en la tierra, en el combate. Si deja de combatir, no es militante, y si no es militante, no es Iglesia Católica.

 

El florecer de un alma no es un proceso pacífico como el de una flor. Las almas florecen crucificándose. La cruz para nosotros tiene forma de espada. ¡Nuestra cruz es luchar!

 

* Extractos de un discurso de noviembre de 1976 y de conferencias de 16/5/1981 y 17/12/1986

 

 

Declaración: Conformándonos con los decretos del Sumo Pontífice Urbano VIII, del 13 de marzo de 1625 y del 5 de junio de 1631, declaramos no querer anticipar el juicio de la Santa Iglesia en el empleo de palabras o en la apreciación de los hechos edificantes publicados en esta revista. En nuestra intención, los títulos elogiosos no tienen otro sentido sino el ordinario, y en todo nos sometemos, con filial amor, a las decisiones de la Santa Iglesia.