Bondad, suavidad e indulgencia

Publicado el 05/19/2017

Gracias al afecto con el cual Doña Lucilia trataba al Dr. Plinio desde la cuna, él conoció la bondad de Nuestra Señora y del Sagrado Corazón de Jesús.

 


 

Durante las reflexiones que hice sobre Nuestra Señora [del Buen Consejo] de Genazzano, con motivo de mi enfermedad 1 , me llamó mucho la atención la completa intimidad del Niño Jesús con María Santísima. Él incluso pasa su mano por detrás del cuello de Ella.

 

Respeto, admiración, veneración y ternura

 

Y me acordaba de la intimidad que yo tenía con mi querida y saudosa madre; una intimidad tan llena de respeto, de admiración, de veneración y de ternura, mas sin embargo una verdadera intimidad. Ella sabía ser pequeña, afable, cariñosa, aun cuando yo fuese un niño que dependía completamente de ella.

 

Por eso, desde mis primeros días yo la llamaba “mãezinha” 2 ; como no sabía hablar bien, le decía “manguinha”, pero era ya la idea de lo que en ella había de delicado, de pequeño, de proporcionado, de exorable y de compasivo para conmigo. Era la idea que brotaba de mí con respecto a toda su mansedumbre y su bondad. La bondad de Doña Lucilia fue para mí el modo por el cual conocí la bondad de Nuestra Señora y del Sagrado Corazón de Jesús.

 

De aquello que mi madre me legó, las dos cosas más preciosas que conozco en el orden moral, no en el orden religioso, fueron exactamente, por un lado, la bondad, y por otro lado, la severidad sabia.

 

¡Mi madre era tan bondadosa que ni sabría qué decir! Incluso en el momento de perdonar aquellas cosas en las cuales yo andaba mal, manifestaba una indulgencia, una suavidad, y nunca un reclamo porque en algo la hubiese alcanzado. Por lo tanto, jamás entraba la reivindicación de un derecho suyo.

 

Las reprensiones de Doña Lucilia

 

Por el hecho de poseer la cultura de una señora de antiguamente, mi madre no sabría explicitar bien un principio, pero tenía los principios en su espíritu.

 

Así, una reprensión suya nunca era motivada por una irritación personal, sino por un principio ofendido, inclusive el de la autoridad materna, y siempre con tanta bondad, con tanto perdón y tanta paciencia en lo que decía a su respecto. Lo peor que yo hiciese, siendo niño, o que otras personas hiciesen de horrible a mi madre – y que yo presenciaba –, en cuanto algo ofensivo a ella, Doña Lucilia lo engullía quietecita y no decía una sola palabra.

 

¡Cómo me acuerdo de sus reprensiones! ¡Qué seriedad en la mirada, qué persuasión de que se trataba de hacer prevalecer un principio! ¡Qué convicción de que, si no conformase mi vida con esos principios, yo valdría mucho menos para ella! Mi madre veía en mí más al hijo que debía amar los principios, que al hijo que necesitaba quererla bien.

 

¡Y cuánta sabiduría en lo que ella decía! ¡Qué voz grave! Y, al mismo tiempo, la bondad no estaba ausente. Su intransigencia para conmigo llegaba hasta ese punto: creo que ya conté eso aquí, pero me estoy expandiendo un poco.

 

De larvas que somos, Nuestra Señora nos transformará en crisálidas

 

Una vez – fue el apogeo de mi vida colegial, aunque nunca fui el primero de mi salón de clase – volví de la fiesta de distribución de premios en el Colegio San Luis, con cuatro medallas en el pecho; los niños iban por la calle ostentando las medallas, en aquellos tiempos ingenuos.

 

Me acuerdo que yo estaba vestido con traje de marinero; mi madre abrió la puerta de la casa y me agradó; fue una alegría.

 

Al año siguiente regresé con tres medallas; ella abrió la puerta, miró y dijo:

– ¿Sólo tres?

Mas, intransigente. Y añadió:

– ¿Qué pasó para decayeses?

Decía eso mezclado con tanto afecto, que puedo afirmar que fue una preparación para que yo comprendiese la misericordia de Nuestra Señora.

 

Muchos de los que aquí están la conocieron –inclusive algunos bien de cerca – y podrán pensar que hay una exageración en lo que digo, pero no que hay una invención.

 

No quiero decir que las madres de los presentes en este auditorio no les hayan enseñado eso; tampoco deseo afirmar que yo haya aprendido enteramente lo que ella me enseñó. Digo eso para ejemplificar un poco lo que estoy pensando.

 

Yo no veo que nuestra devoción a la Santísima Virgen sea enteramente así. En ese sentido, nosotros somos aún como larvas que se van arrastrando por el piso, hasta el momento en el cual María Santísima nos transforme en crisálidas.

 

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1) Diabetes, cuya crisis duró desde diciembre de 1967 hasta mayo de 1968.

2) N. del T.: Diminutivo de mamá, en portugués.

(Revista Dr. Plinio, No. 182, mayo de 2013, p. 6-9, Editora Retornarei Ltda., São Paulo – Extraído de conferencias del 6.5.1968 y del 18.6.1968).

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