El encuentro de dos miradas…

Publicado el 11/30/2019

Un espectáculo cargado de significado y de tan grandiosos sentimientos que penetra hasta lo más hondo de las almas.

 


 

La comunicación humana, al contrario de lo que a menudo aparenta, no se restringe únicamente a la expresión verbal. El hombre se relaciona con el mundo exterior —incluso con los otros seres humanos— por medio de todos sus sentidos, a través de las más diversas manifestaciones. Sin embargo, entre los sentidos externos uno de ellos es superior a los demás: la vista.

 

La Virgen Blanca – Catedral de Toledo (España)

¡Se pude decir mucho con una mirada!… Con razón afirmaba una sapiencialísima mujer que, después del servicio a Dios, “vivir es estar juntos, mirarse y quererse bien”. Cuán profunda y verdadera enseñanza encierra esa frase, porque mediante un intercambio de miradas las almas se comunican de manera inefable, transmitiendo emociones y sentimientos que no se pueden expresar con palabras.

 

Podemos remitir esta idea al intercambio de dos augustas miradas, en los momentos más simbólicos de la Historia de la humanidad: la mirada de María Santísima en los divinos ojos de Jesús, su Hijo, en el camino del Calvario y, posteriormente, en la aparición del Señor resucitado a su Madre.

 

Dos encuentros cargados de significado y de tan grandiosos sentimientos que, al contemplarlo, rebasan las comprensiones intelectivas y sensitivas. De manera casi incomprensible, este espectáculo penetra hasta lo más hondo del alma, elevándola a las alturas de la sublimidad.

 

El primer cruce de esos santos pares de ojos, durante la Pasión, contenía el auge del dolor de un Dios que, por amor, se hizo criatura para con su muerte rescatar a la Creación amada, dándole la Vida; contenía el auge de la consternación del Hombre Dios que, al ver a María transida de amargura, sabía que era la causa del sufrimiento de esa criatura amada, la más perfecta de entre todas, la única que no merecía sufrir; contenía, además, la mirada dolorida de una Madre celosa y afectuosísima, que consideraba el indescriptible padecimiento de su divino Hijo. Ambas miradas, inmóviles y silenciosas, no obstante, tan elocuentes en su amoroso dolor.

 

En el segundo momento, sin embargo, ¡qué contraste con la primera situación! ¡Cuánto júbilo había en el intercambio de miradas del Señor resucitado y de la Santísima Virgen! Miradas gozosas que penetraban mutuamente y festejaban la derrota de la muerte, el triunfo de la Vida y la gloria de la Resurrección.

 

Aunque bastante diferentes, los dos encuentros revelan una nota común, un sello que imprime el sentimiento que los corona: la participación recíproca de la extensión, de la plenitud y del auge de un amor desmedido. Con toda seguridad se puede afirmar que las miradas de esas dos ocasiones abarcan a la humanidad entera y repercuten por los siglos, en una ininterrumpida invitación a los hombres, para que se lancen en el valiente enfrentamiento del dolor —por amor a Aquellos que sufrieron por nosotros—, cuyo final culminará en la gloria eterna. 

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