Pero qué pregunta… ¡Claro que no! Sin embargo – y sólo entre nosotros, lector, sin que nadie nos oiga–, si existieran, podría decirse que el castillo de Chenonceau fue obra de un hada.

 

En efecto, si pudiéramos ver cómo era originalmente y lo comparamos con lo que hoy es, nos sentiríamos tentados a creer que uno de esos genios de la literatura infantil lo tocó con su varita mágica, la misma capaz de transformar piedras brutas en joyas. El sólido y austero torreón medieval que vemos al lado izquierdo da una idea de la construcción primitiva, que incluía un molino fortificado.

 

Infelizmente no se guardaron “fotos”… pero, por el estilo de la vieja torre circular, podemos imaginar la fortaleza: murallas vigorosas y altas, recortadas por almenas en la cima, y reforzadas por torreones en los ángulos de la construcción; a la entrada, un portón infranqueable, delante del cual un puente levadizo, suspendido por gruesas cadenas de hierro, constituía una defensa eficaz contra ataques sorpresivos. Todo el castillo era robusto y volcado hacia la lucha.

 

Pero en cierto momento el genio de la guerra fue vencido por el espíritu de la paz. Fue entonces cuando un hada transformó las rústicas piedras del molino en el hermoso palacio que hunde sus cimientos en las aguas del río Cher y apunta las agujas de sus elegantes torres hacia el cielo. La solidez cedió el lugar a la levedad.

 

La construcción de un puente, uniendo el palacio a la otra orilla, fue obra de un talentoso ingeniero. Pero solamente un hada sería capaz de concebir la idea de prolongar el palacio sobre las aguas del río.

 

Cuando las hadas iban a contemplar la construcción, haciendo brotar en el margen opuesto una nueva maravilla, los monarcas franceses fijaron la corte en París, abandonando las residencias reales que poseían en otras regiones del país. Y se llevaron consigo a casi todas las hadas de Francia para construir en aquella ciudad palacios que deslumbran hasta hoy al mundo entero.

 

Chenonceau deja aflorar mejor su belleza cuando se mira en las aguas mansas, profundas y pensativas del Cher; sobre todo en las noches de fiesta, al presentarse solemnemente engalanado. Su imagen deslumbrante emerge del fondo del río y casi dudamos de la realidad; tan bonito es, que no parece hecho por manos humanas… Sentimos, entonces, nostalgia de un mundo mucho más hermoso y perfecto, que no pudimos conocer pero en el cual querríamos vivir: el Paraíso.

 

Si nuestros primeros padres no hubieran pecado, ciertamente la humanidad en el Edén conformaría una civilización perfectísima, de un esplendor difícil de imaginar. Con el pecado de Adán, sin embargo, el hombre fue desterrado, perdiendo muchos dones con que Dios lo había favorecido. Pero la añoranza de aquella felicidad permaneció en su alma.

 

Esa añoranza del Paraíso se manifiesta en muchas actividades, sobre todo en el arte; por eso, en tantas civilizaciones que logran un cierto auge de refinamiento descubrimos la tendencia a construir palacios suntuosos, pues el hombre ansía continuamente una existencia donde no se trasluzcan los efectos del pecado original.

 

Pese a quedar inconcluso, Chenonceau atrae la admiración del mundo entero. Sus torres siguen erguidas en contra de un enemigo ya inexistente; sus salones dejaron de ser un marco para la corte de los reyes de Francia; sus días de esplendor acabaron. No obstante, sabe despertar en quien lo contempla el deseo de habitarlo. No tanto para llevar una vida más cómoda o deliciosa, sino principalmente para huir de un mundo en el que no hay hadas y que no es capaz de construir palacios, ni bellos edificios, porque no desea el Cielo.

 

Si el castillo de Chenonceau, lector, le hizo salir del alma una exclamación de encanto, contemple las fotos por unos instantes antes de dar vuelta la página. Después, cierre los ojos e imagine cómo sería si las hadas existieran… y hubieran completado la construcción en la otra ribera. ¿No es cierto que habría sido un verdadero castillo de “cuento de hadas”?