El curso de los acontecimientos humanos no se desarrolla divorciado de Dios.

Por el contrario, al ser Él quien gobierna la Historia, es un constante combate contra el mal y, a pesar de las apariencias, el bien siempre es invencible.

 


 

El proceso gradual de cambios, en el modo de sentir y de vivir, por el que pasa la humanidad, desde hace siglos, ha alcanzado su auge en el mundo actual. Las modificaciones provocadas por él son tan radicales que, como comentaba Benedicto XVI en sus tiempos de Cardenal Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, no es posible “siquiera vislumbrar ni su dirección ni lo que pueda venir de ahí”.  

 

Se trata de un fenómeno “impalpable, sutil, penetrante como si fuera una poderosa y temible radioactividad”, en el decir del Profesor Plinio Corrêa de Oliveira. Fruto de dicho proceso, a veces rápido, a veces lento, es la crisis moral sin precedentes que abarca todas las actividades humanas de nuestra época, conduciendo a los hombres a hundirse cada vez más en un neopaganismo que parece quitarles la esperanza.

 

Existe una lucha sorda entre el bien y el mal en la Historia, un enfrentamiento entre los que representan los intereses de Dios y los que se oponen a un caminar hacia lo religioso a través del tiempo.

 

¡Así son los días en que vivimos! Lances supremos de una lucha, que llamaríamos de muerte si uno de sus contendientes no fuera inmortal.  Una guerra en la cual los enemigos de la Iglesia pretenden que se extinga de la sociedad la vida cristiana y la consiguiente visión religiosa del universo, con el objetivo de sustituirlas por modos de ser y de actuar diametralmente contrarios.

 

A finales de 1958, San Juan XXIII animaba a los católicos a ver de frente este panorama y a adoptar una posición: “En esta hora tremenda en la que el espíritu del mal se vale de todos los medios para destruir el Reino de Dios, debemos dedicar todas las energías para defenderlo”.  Algunos años después, uno de los documentos más importantes del Concilio Vaticano II advertía: “a través de toda la historia humana existe una dura batalla contra el poder de las tinieblas, que, iniciada en los orígenes del mundo, durará, como dice el Señor, hasta el día final” (GS, 37).

 

En otros términos, afirmaba San Juan Pablo II: “mientras dure este mundo, la Historia será siempre teatro del enfrentamiento entre Dios y Satanás, entre el bien y el mal, entre la gracia y el pecado, entre la vida y la muerte” (15-8-98).

 

Pasado el umbral del tercer milenio y adentrados en el siglo XXI, este proceso ha cambiado un poco su figura y, al mismo tiempo, ha llegado a su paroxismo.

 

Con enérgicas palabras alertaba el Papa Emérito Benedicto XVI, al Colegio Cardenalicio, a propósito de la peligrosa táctica de los enemigos de la Iglesia, de disfrazarse de bien, para atacarla: “Hoy la palabra Ecclesia militans está algo pasada de moda; pero en realidad podemos entender cada vez mejor que es verdadera, contiene verdad. Vemos cómo el mal quiere dominar en el mundo y es necesario entrar en lucha contra el mal. Vemos cómo lo hace de tantos modos, cruentos, con las distintas formas de violencia, pero también disfrazado de bien y precisamente así destruyendo los fundamentos morales de la sociedad” (21-5-2012).

 

Su afirmación, “el mal quiere dominar en el mundo”, equivale a reconocer que la obra de Satanás tiene por finalidad conquistar todo el orbe. Muchas veces actuando de manera disimulada para lograr con mayor facilidad su objetivo, alcanzando las sagradas puertas de la vida eclesial, cuando no llegando hasta su interior.

 

Esta situación se ve agravada por el hecho de que, en numerosísimos fieles, se ha perdido el sentido vivo de esta verdad de fe, se ha olvidado que la vida del católico es una pugna dramática e ininterrumpida contra el Maligno y sus secuaces.

 

El discípulo amado menciona explícitamente esa militancia en su primera carta: “El Hijo de Dios se manifestó para deshacer las obras del diablo” (1 Jn 3, 8). Poco antes de recibir el ministerio petrino, el cardenal Ratzinger declaraba que “la Iglesia existe para exorcizar el avance del infierno sobre la tierra, y hacerla habitable por la luz de Dios” (Convocados en el camino de la Fe, 2004).

 

También Pío XII, en la encíclica “Evangelii præcones” (72), escrita en 1951, alertaba al mundo católico: “Casi toda la humanidad tiende hoy a dividirse en dos campos opuestos: con Cristo o contra Cristo”.

 

Estamos viviendo tiempos que podríamos calificar de desafío a Dios. Se van acumulando toda clase de situaciones y problemas en el mundo moderno. Mientras se multiplican los avances en el terreno de la ciencia y de la tecnología, crece la iniquidad y se extiende el mal.

 

No faltan, en nuestros días, hostilidades contra la acción salvífica de la Iglesia. La corriente hedonista y relativista de la sociedad del consumo intenta desarraigar la cultura cristiana de los pueblos.  La gran mayoría de los hombres se deja arrastrar por los placeres pecaminosos y por los vicios. Se ha puesto una campana de silencio sobre el continuo avance del mal. Los buenos se atemorizan. Crece la cizaña al lado del buen grano.

 

En estos difíciles días, es urgente que les recordemos a los hombres la belleza, la santidad y la inmortalidad de la Iglesia. Más que nunca es necesario darle a la humanidad un testimonio de santidad, a fin de conducirla a la conversión.

 

Es bueno dirijamos nuestros pensamientos hacia las proféticas palabras de Nuestra Señora en Fátima: “Por fin, mi Inmaculado Corazón triunfará”.

 

En los tenebrosos panoramas del mundo actual, donde el predominio del mal ha llegado a un auge inimaginable, la promesa de la Santísima Virgen resuena en los oídos de todos como garantía del triunfo del bien.

 

A confiar en esa promesa nos alienta Mons. João Scognamiglio Clá Dias: “Se trata de una majestuosa promesa portadora de paz, de entusiasmo y de luz. Podemos afirmar con toda seguridad que la era de la maldad y alejamiento de Dios en que vivimos está próxima a su fin”.

 

No podemos quedar indiferentes ante la avalancha que se precipita sobre la Iglesia y los valores que ella defiende. Pidamos a Dios Nuestro Señor, por intercesión de la Inmaculada Virgen María, fuerzas para tomar posición por Dios y contra el demonio, por la verdadera Iglesia y contra el mundo de las tinieblas, por la familia y contra la carne.

 

La Prensa Gráfica, 17 de noviembre de 2019.