El supremo acto de piedad – la recepción de la Comunión – debe repercutir de una forma especial en nuestra alma

 


 

La Misa es la renovación incruenta del Santo Sacrificio del Calvario, en el cual Nuestro Señor Jesucristo se ofreció como víctima expiatoria por todos los hombres; Él, el Hombre Dios, Inocente, en su naturaleza humana pasó por el castigo que Adán nos mereció, y rescató a todos los hombres.

 

En el momento en que el sacerdote pronuncia las palabras de la Consagración, la hostia es consagrada, ransubstanciándose en el Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo.

 

De la renovación de este sacrificio del Divino Redentor resulta un don napreciable: su visita a nuestras almas.

 

Lo inefable de la Sagrada Eucaristía, sentido por el alma católica

 

Si Él estuviese sensiblemente presente – está realmente presente –, y yo pudiese ver, por ejemplo, un pequeño movimiento de su mano divina, y observar su pulso, ¡considerando que allí pulsa el Sagrado Corazón de Jesús, dado que la pulsación del Corazón se refleja en esas venas! De esas pulsaciones divinas vive todo lo que tiene vida en el orden espiritual de las cosas. ¡Qué respeto!

 

¡Si yo consiguiese, además, tocar el borde de su manto como aquella mujer que se curó al tocarlo 1 ! Y si pudiese con ese acto alcanzar, en un momento, el grado de santidad que querría obtener, ¿no sería natural que me alegrase completamente?

 

Recuerdo las palabras de un salmo, que me parecen una belleza: “...se regocijarán mis huesos humillados”.2 Un individuo está reducido a huesos, a una calavera; ¿puede estar en una situación más baja? ¡Pero Nuestro Señor dice una palabra y la calavera se rehace, resucita de júbilo!

 

Las palabras de Él son palabras de vida eterna. ¡Oír una palabra de Jesús! Él está en la Hostia; yo no lo veo, pero creo.

 

Cuando llega la hora de comulgar, Nuestro Señor estará realmente en mí.

 

¿Será que Él no me va a decir nada?

Sí, en el interior de nuestras almas, Él dirá:

– Hijo mío, cuando dos están juntos, uno siente al otro. ¿Será que cuando Yo estoy en ti no sientes nada? Oye el lenguaje silencioso de mi presencia, que no te habla a los oídos.

A veces el silencio dice de una persona lo que no llega a expresar la fisionomía, las maneras, o el modo de ser o la palabra.

“¿Hijo mío, tú sabes eso? ¡Préstame atención! Yo estoy en ti y la gracia te habla. ¿Tú no sientes nada?”

 

Así es lo inefable de la Sagrada Eucaristía que el alma católica siente. Puedo decir que siento algo que comunica luz, amor, fuerza, y permanece en nuestra alma, aunque a muchos les parezca pasajero.

 

Gracias a la Sagrada Comunión, la inteligencia se vuelve más perspicaz para los asuntos de la fe; en cuanto al amor, se abre más a todas las virtudes; en relación a la fortaleza, queda más dispuesta a hacer todos los sacrificios y la voluntad de luchar se multiplica por sí misma.

 

¿Cómo repercutirá en el Cielo una Misa celebrada en la tierra?

 

Esa es una hora de gran solemnidad, para la cual debemos impostar el alma en una posición de veneración, de gravedad y de seriedad.

 

A medida en que se acerca la hora de la Consagración, yo no puedo dejar de pensar en lo que debe estar pasando tan solemne, festivo, victorioso y grandioso en el Cielo en ese momento.

 

¡Qué alegría y qué gloria para Dios! Aun cuando el Cielo y la Tierra hubiesen sido creados para que hubiese una sola Misa, todo estaba justificado.

 

Al comenzar una Misa, ¿no estarán los ángeles – para emplear un lenguaje antropomórfico – preparándose solemnemente? Me imagino que en ese momento el Cielo debe estar como una corte cuando se va a realizar un acto más grave y más augusto que la coronación de un rey.

 

Poco después del tintinar de las campanillas, termina la Consagración y el Cielo relucirá de gloria.

 

¡La Santa Misa causa terror a los demonios!

 

Hablé de la comunicación de las almas entre sí en la Tierra. Y también respecto a la comunicación más perfecta de las almas en el Cielo, así como de la visión beatífica. Sin embargo, esas consideraciones quedarían incompletas si no yo no agregase lo siguiente. Aunque de cierto modo toda la Creación haya sido considerada sumariamente, falta algo: el infierno.

 

Cuando se acerca la Consagración, yo me imagino que el infierno queda aterrorizado, debe rugir de odio y le gustaría hacer explotar el mundo para evitar la celebración de una Misa. Él sabe la derrota renovada que sufrirá.

 

La celebración eucarística le recuerda a Satanás el momento de su derrota

 

Su derrota se dio en el momento en que Nuestro Señor Jesucristo murió y el género humano fue rescatado. Hubo un aquelarre horrible allá abajo, en el cual todos se arañaron y se atormentaron en términos indecibles.

 

El alma santísima de Nuestro Señor Jesucristo, sin jamás abandonar la unión hipostática, fue al limbo – con una alegría prodigiosa para todos los justos, comenzando por Adán y coronándose en San José – y los llevó a todos al Cielo.

 

Podemos imaginar a Jesús que, al llegar al limbo, les habló a todos sobre la Redención. Adán y Eva, que estaban esperando hacía millares de años... San Adán y Santa Eva aguardaban el momento en el cual aclamarían a su Hijo. Ellos, pecadores, aclamaban a su Hijo Redentor.

 

La Misa es la renovación incruenta del Santo Sacrificio. Y todas esas vergüenzas se le acumulan al demonio.

 

El demonio retrocede cuando la persona comulga

 

Cuando estemos en el Cielo, tal vez tengamos algún conocimiento – que no nos molestará en lo más mínimo – de los rugidos del infierno, y veremos la negrura hedionda y horrible, del mal; y cantaremos entonces con vigor redoblado, porque estaremos aplastando a los demonios.

 

El maligno hizo tantas infiltraciones en las almas y las agita tan sádicamente, puercamente, criminalmente. Pero cuando la persona comulga crece en ella esa luz del sentido católico, esa fuerza, ese amor, y el demonio retrocede y se queda torturado.

 

Al acercarse el momento de recibir la Sagrada Eucaristía, podemos decir contra el demonio: “¡Ahora retrocederás, bandido!” De retroceso en retroceso, después de expulsiones provisorias, se llegará a la expulsión total.

 

Ahí están las consideraciones que pueblan mi alma con motivo de la Comunión.

 

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1) Cfr. Mc 5, 25-31.

2) Sal 50, 10.

(Revista Dr. Plinio, No. 156, marzo de 2011, p. 28-31, Editora Retornarei Ltda., São Paulo – Extraído de una conferencia del 13.11.82).