Por haber roto el hombre con la justicia, la paz había desaparecido de la faz de la tierra. Era necesario que Jesús la devolviera.

 


 

Yo traeré la paz al país y dormiréis sin que nadie perturbe vuestro sueño; haré desaparecer del país las fieras, y la espada no traspasará vuestras fronteras” (Lv 26, 6). En el Antiguo Testamento, la paz era considerada uno de los mayores dones ofrecidos por Dios al pueblo elegido, y el bien más deseado por éste.

 

Jesús bendiciendo
Catedral de Barcelona (España)

“Señor, tú nos darás la paz”

 

Conturbados por los terribles efectos del castigo derivado del pecado original, los hombres se sentían inquietos. No sólo la muerte, sino también privaciones, enfermedades y tantos otros males les impedían disfrutar de una existencia serena. La intranquilidad los atormentaba. Les faltaba un elemento esencial constitutivo de la paz, definida por San Agustín como “la tranquilidad del orden”.1

 

Por eso ansiaban esa paz, obra exclusivamente divina a sus ojos, que les sería concedida como premio a su fidelidad: “Señor, tú nos darás la paz, porque todas nuestras empresas nos las realizas tú” (Is 26, 12).

 

La idea del varón justo, amado por Dios, era la del hombre pacífico. “Quien fomenta la paz produce alegría” (Pr 12, 20), y su recompensa será la plenitud de esa paz.

 

Llegó el Libertador esperado

 

Ahora bien, por haber roto el hombre con la justicia, la paz había desaparecido de la faz de la tierra y era necesario que alguien la devolviera para que, por fin, se realizara lo que había dicho el rey profeta: “la misericordia y la fidelidad se encuentran, la justicia y la paz se besan” (Sal 84, 11). El profeta Jeremías había presagiado al Libertador esperado, portador de tan anhelada paz mesiánica, aplicándole estas palabras: “Pues sé muy bien lo que pienso hacer con vosotros: designios de paz y no de aflicción, daros un porvenir y una esperanza” (Jr 29, 11).

 

Su nacimiento no estuvo cubierto de pompa y gloria, sino que nació pobre, en una gruta de los alrededores de Belén. No era —como soñaban los judíos— la figura del Mesías dominador enviado para romper las pesadas cadenas del yugo romano y exterminar a filo de espada a todos los enemigos del pueblo elegido. No. Fue un tierno niño que escondió bajo la fragilidad de la infancia el poder de un Dios. Fue el verdadero “Príncipe de la paz” (Is 9, 5), prometido por Isaías, que vino a traer a la tierra un océano de bien y de amor, capaz de transmitir la felicidad plena al universo entero, y a mil y un mundos si existiesen. Los ángeles del Cielo, heraldos de su advenimiento, trasmitieron la buena noticia cantando un himno de paz: “Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad” (Lc 2, 14).

 

“La paz os dejo, mi paz os doy”

 

A lo largo de su vida pública, Jesús se mostró todo amor y misericordia. Hacer el bien era su lema. No vino a condenar, sino a perdonar, para aliviar nuestros hombros de la carga pesada y traer al mundo una economía de la gracia totalmente nueva. Lloró sobre la ciudad de Jerusalén expresándose con esta conmovedora lamentación: “¡Si reconocieras tú también en este día lo que conduce a la paz!” (Lc 19, 42). Llamó bienaventurados a los pacíficos (cf. Mt 5, 9) y a sus discípulos les ordenó: “Cuando entréis en una casa, decid primero: ‘Paz a esta casa’ ” (Lc 10, 5).

 

Después de la Última Cena, antes de marchar al Padre, cuando se preparaba para derramar toda su sangre como precio de nuestra redención, dejó a los suyos un precioso legado que los sustentaría en medio de las tribulaciones que se acercaban: “La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no se turbe vuestro corazón ni se acobarde” (Jn 14, 27).

 

La tranquilidad y el equilibrio, arrebatados al hombre después del pecado, le fueron restituidos con este saludo: “Paz a vosotros” (Jn 20, 19), que Cristo empleó, victorioso sobre la muerte, cuando se apareció milagrosamente en medio de sus discípulos.

 

Por consiguiente, la paz entre Dios y los hombres fue restablecida por la Muerte y Resurrección del propio Hijo de Dios, el Verbo eterno hecho carne, el cual se sometió, obediente, a lo que el Padre en su justicia le había mandado. Pero más tarde, San Pablo realzaría esa pacificación afirmando: “Así pues, habiendo sido justificados en virtud de la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo” (Rm 5, 1).

 

Que el Espíritu Santo reflorezca la virtud en la tierra

 

Sin embargo, echando un vistazo al mundo de hoy día, lo encontramos en el extremo opuesto de la paz. En el interior de los corazones entraron el hastío, la aprensión, la angustia y la frustración, por no hablar del gusano roedor del orgullo y de la sensualidad. La institución de la familia se ha convertido, en muchos sitios, en una pieza de museo. Los hombres luchan entre sí, sin tomar en cuenta los derechos ajenos. En síntesis, no hay paz individual, ni familiar, ni mundial.

 

Una vez más en la Historia el pueblo camina en la oscuridad y yace en las más pavorosas tinieblas. La humanidad parece que anda a tientas y se hace más apremiante la necesidad de una luz que la ilumine y guíe, cual nueva estrella de Belén.

 

Por esa razón, nuestra mirada se vuelve a la Reina de la Paz a fin de suplicar su poderosa intercesión para que el Espíritu Santo, repitiendo el milagro de Pentecostés, encienda en los corazones el fuego de la caridad. Si Él hace que reflorezca la virtud en la tierra, los hombres buscarán a Dios con toda su alma, orientarán sus pasos en las huellas de Jesús, “el camino y la verdad y la vida” (Jn 14, 6), y tomarán como fuente de conocimiento y modelo a ser imitado a Aquel que dijo: “aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11, 29). De ese modo, tendremos una sociedad impregnada de santidad, reflejo de la sublimidad de Dios. Una sociedad donde la fuerza y la conmiseración, la majestad y la bondad, la seriedad y la suavidad caminarán juntas y se besarán. ¡Cuánta dulzura! ¡Cuánto orden! ¡Qué paz!

 

Se realizará al final aquella profecía de Isaías: “Si hubieras atendido a mis mandatos, tu bienestar sería como un río, tu justicia como las olas del mar, tu descendencia como la arena, como sus granos, el fruto de tus entrañas; tu nombre no habría sido aniquilado, ni eliminado de mi presencia” (Is 48, 18-19). Es decir, se establecerá en el mundo, como nunca antes, la paz de Cristo en el Reino de Cristo.

 

1 SAN AGUSTÍN. De Civitate Dei. L. XIX, c. 13, n.º 1.