Los corazones de los fieles se consternaron cuando vieron en llamas la catedral de Notre Dame. Pero tal pesar no sobrepujó a la esperanza: si Dios permite algún desastre es porque hará que nazca de él algo mejor.

 


Fachada sur de la catedral de Notre Dame

 

Fachada sur de la catedral de Notre Dame

Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12, 32). Estas palabras salidas de los labios del divino Maestro muy bien pueden ser aplicadas a la catedral de Notre Dame de París.

 

Desde que fue erigida, en el período medieval, la altanera construcción no ha dejado nunca de atraer hacia sí a peregrinos de todo el mundo, deseosos de admirar su grandeza y esplendor, además de venerar las preciosas reliquias para las cuales sirve de monumental joyero.

 

Ante su imponente fachada se detuvieron, embelesadas, almas inocentes y generosas, sedientas de contemplar un sublime reflejo de la gloria de Dios en esta tierra y que, sensibles a todo lo que se relaciona con esa misma gloria, allí lloraron de emoción.

 

Relicario de la Corona de
espinas de Nuestro Señor Jesucristo;

En el transcurso de los siglos ha asistido al vaivén de alegrías, tristezas, tragedias y victorias que han ido componiendo la historia de la encantadora París, y en todas las ocasiones seguía invitando a todos los que a ella se acercaban, cautivados por su belleza, a que no clavaran sus ojos en las cosas pasajeras de esta vida, sino que se elevaran al Cielo, hacia donde apuntaba su elegante aguja.

 

Sea en la penumbra de la noche, sea bañada por los rayos del sol, la noble catedral se presentaba como una genuina flor de la civilización, permitiéndoles a los hombres de hoy conocer y encantarse con aquella primavera de la fe que la engendró y a soñar con los esplendores del Reino de María anunciado por numerosos santos y profetas.

 

El Prof. Plinio Corrêa de Oliveira delante de la
catedral en la década de 1980

Por todo ello, los corazones de los fieles se consternaron cuando vieron al magnífico templo en llamas. Conscientes, sin embargo, de la victoria definitiva de Cristo en la cruz, tal pesar no sobrepujó a la esperanza de contemplar en breve el surgimiento de maravillas aún mayores. Las obras del Altísimo nunca fracasan: cuando permite un desastre, es porque de ahí hará que nazca algo mejor. ¡Acaso no fue que de su Pasión y Muerte sobrevino su Resurrección!

 

Quizá la lección más grande que la venerable catedral ha dado al mundo mientras las llamas la consumían haya sido la de atraer una vez más hacia sí la mirada de los hombres, haciéndolos que se elevaran hasta la cruz. En este trono de dolor y gloria el Cordero Inmolado espera la llegada de almas valientes que se levanten para extinguir el funesto incendio de pecado y relativismo que asola nuestra sociedad...

 

Dios quiere ser servido por hijos que, fortificados por el inefable e ilimitado poder de la gracia divina, no vacilen en desafiar el fuego y las nubes negras del humo que nos rodean y que con ello demuestren que, en medio al desmoronamiento general, existe un refugio seguro. Éste se encuentra junto aquella que se mantuvo de pie en el Calvario y que jamás abandonará a la Santa Iglesia.