Meditación para el Primer Sábado de Mes JESÚS CARGA LA CRUZ A CUESTAS CAMINO DEL CALVARIO

Publicado el 09/03/2020

Introducción

Iniciemos la meditación reparadora de los primeros sábados, pedida por Nuestra Señora en Fátima. Hoy vamos a considerar el 4º Misterio Doloroso del Santo Rosario: “Jesús con la Cruz a cuestas camino del Calvario”, considerando la Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz que se celebra en este mes de septiembre . El símbolo glorioso de los cristianos, la fuente de nuestra esperanza y de nuestra salvación eterna, fue un instrumento de castigo y de humillación hasta el holocausto redentor de Jesús en el Gólgota. Después de la Pasión se convirtió en nuestra señal de triunfo perenne. Por la Cruz, llegamos a la Luz imperecedera del Cielo.

Composición de lugar

Imaginemos cómo el Divino Salvador, después de ser sentenciado a muerte en el tribunal de Pilatos, abrazó con suma resignación su cruz. Jesús la quiso con todo el deseo de consumar el sacrificio por nuestra Redención. Veamos con los ojos del alma a Jesús cargando su cruz a lo largo de la Vía Dolorosa, hasta lo alto del Calvario.

 

Oración preparatoria

Oh, Santísima Virgen de Fátima, Vos que pedisteis en la Cova de Iria la reparación por los pecados cometidos contra vuestro Corazón Inmaculado, alcanzadnos de vuestro amado Hijo las gracias para que meditemos bien este Misterio del Rosario, donde lo contemplamos cargando su cruz camino del Calvario.

Que Él ilumine nuestro entendimiento y nos haga comprender el amor infinito que lo llevó a sacrificarse por nuestra salvación, abrazando un instrumento de oprobio y de castigo para rescatarnos de la muerte y del pecado. Que por su misericordia seamos capaces de corresponder – con nuestro deseo de santidad – a ese amor indecible por nosotros. Amén.

“ Era el día de la Preparación de la Pascua, hacia el mediodía. Y dijo Pilato a los judíos: «He aquí a vuestro rey». Ellos gritaron: «¡Fuera, fuera; crucifícalo!». Pilato les dijo: «¿A vuestro rey voy a crucificar?».Contestaron los sumos sacerdotes: «No tenemos más rey que al César». Entonces se los entregó para que lo crucificaran. Tomaron a Jesús, y, cargando él mismo con la cruz, salió al sitio llamado «de la Calavera» (que en hebreo se dice Gólgota).” Jn 19. 14-17.

1- Cordero que quita los pecados del mundo

San Juan Bautista, al mostrar al Mesías que se aproximaba al río Jordán, exclamó: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Jn 1, 29). Jesús ya había sido prefigurado en las Escrituras como el Cordero pascual inmolado en el tiempo de Moisés, así como por el sacrificio de un cordero cada mañana en el templo de Jerusalén. Todos esos animales, sin embargo, no podían abolir ni siquiera un pecado, y solo servían para representar el holocausto del Cordero Divino, Jesucristo, que con su sangre debería lavar nuestras almas y librarlas de la mancha de la culpa original. Jesús con su muerte en la cruz tomó sobre sí la obligación de satisfacer la justicia divina por nosotros.

2- Nuestra obligación para con Jesús

Al contemplar a Jesús cargando el madero rumbo al Calvario donde iba a ser crucificado, San Cirilo de Alejandría observa que “Uno es trucidado por todos, para ganar para Dios Padre todo el género humano”. Jesús quiso dejarse matar para ganar para Dios a todos los hombres que se habían perdido. Por eso, pondera San Alfonso de Ligorio, inmensa es nuestra obligación para con Dios. Pues, ¿cuán grande debería ser la obligación de un reo, ya condenado a muerte, para con alguien que libremente tomase su lugar y lo librase del suplicio? ¿Cómo no debería amar y reconocer a ese bienhechor? Ahora bien, esto fue justamente lo que hizo Jesús: tomó nuestro lugar como condenado y quiso morir en la cruz para librarnos de la muerte eterna.
Y yo, ¿cómo me he colocado ante esta gran obligación para con mi Salvador? ¿Cuánto ha crecido mi amor y reconocimiento por el sacrifico que hizo por mí? ¿Mis actitudes cotidianas reflejan una búsqueda constante de la práctica de la virtud, a fin de corresponder a los crueles sufrimientos que Jesús padeció por mí con su cruz a cuestas?

EL CIELO LO MERECEMOS EN ESTA TIERRA

Esta tierra, por ser lugar de merecimientos, es llamada con justa razón de valle de lágrimas, pues la Providencia permite que el sufrimiento nos aparezca en muchas esquinas de la vida. Así mismo, el mérito no consiste solamente en sufrir, sino en padecer con resignación delante de la voluntad divina.

1- Jesús nos enseñó a sufrir con paciencia

Ahora bien, por ser la naturaleza humana contraria al sufrimiento, el Verbo Eterno bajó del cielo a la tierra para enseñarnos a cargar nuestras cruces con paciencia. Jesucristo quiso, por lo tanto, sufrir para animarnos al sufrimiento, y no solo en el tiempo de la Pasión, sino durante toda su vida. De donde San Alfonso nos censura: “¡Qué vergüenza para nosotros, que nos gloriamos de seguir a Jesucristo y le somos tan desemejantes! ¡Adoramos la Santa Cruz, celebramos sus fiestas, nos gloriamos de combatir bajo este estandarte triunfante, y somos tan ávidos de placeres! ¿Hasta cuándo seremos así?”

2- El ejemplo de los santos

Animados por el ejemplo de Jesucristo, los santos siempre consideraron las adversidades como un tesoro. Muchos renunciaron a las riquezas, posesiones, dignidades y honras del mundo para cumplir la vocación de abrazar la Cruz de Cristo y subir con Él al Calvario, por un camino sembrado de espinas. El Señor, sin embargo, nunca se deja vencer en generosidad, recompensando ya en esta tierra a esas almas generosas, haciéndoles muy suaves los frutos del árbol de la Cruz. Tanto así, que estos santos se regocijaban en medio de las tribulaciones, y tal vez un mundano nunca se mostrase tan ávido de placeres como los santos lo fueron de sufrimientos.

Por eso, San Alfonso nos exhorta a no ser “del número de los locos que se asustan a la vista de la Cruz” y huyen de ella porque la conocen solo por fuera. Al contrario, abracemos de buena voluntad las tribulaciones que el Señor juzgue por bien enviarnos y consideremos atentamente las ventajas que de ellas nos resultan. Y cuando la naturaleza se rebele contra los sufrimientos, lancemos una mirada sobre el Redentor con la cruz a cuestas y digamos con el Apóstol: “si sufrimos con él,
seremos también glorificados con él” (Rm 8, 17).

3- La cruz nos espera en todas partes

Como afirma San Alfonso de Ligorio, en este mundo procuramos la paz y desearíamos encontrarla sin sufrimiento, pero eso es imposible en el estado presente, pues las cruces nos esperan en todo lugar en que nos encontremos.

¿Cómo pues, encontrar la paz en medio de esas cruces? Por la paciencia, abrazando la cruz que se nos presenta. Dice Santa Teresa que todo aquel que arrastra su cruz con mala voluntad, siente el peso de ella por menor que sea. Quien, por el contrario, la abraza con buena voluntad, no la siente, aun cuando sea muy pesada. Y Tomás de Kempis agrega que quien lleva la cruz con resignación, la misma cruz lo conducirá al fin deseado, que en este mundo es agradar a Dios y en el otro amarlo por toda la eternidad.

SÍMBOLO DEL TRIUNFO DE JESUCRISTO Y DE LOS CRISTIANOS

La Cruz, otrora considerada como el peor de los desastres en la vida de un hombre, un símbolo de ignominia que sirvió para la ejecución de tantos criminales, es hoy exaltada por la Iglesia porque Nuestro Señor Jesucristo vino al mundo para mostrar cuánto ella le es propia. Es “la señal del Hijo del hombre” (Mt 24 ,30), ¡y Él la transformó en símbolo
de triunfo! Por eso la Cruz brilla en lo alto de las catedrales, en la punta de las coronas y en el centro de las más importantes medallas.

1 – Seguir a Jesús con la cruz a cuestas

No sin razón, pues, Jesús fundó su realeza sobre el suplicio de la cruz, humillándose y padeciendo, y de buena voluntad se sujetó a llevarla en ese viaje doloroso para, con su ejemplo, darnos el coraje de abrazar con resignación su cruz y así seguirlo. Con bondad y gravedad, Jesús se dirige a todos sus discípulos: “Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga.” (Mt 16, 24).

2 – Nuestra esperanza y consejera

Los mismos santos, que con tanta generosidad abrazaron la cruz del Señor,no se cansaron de exaltarla. Como lo hizo San Juan Crisóstomo, que la saluda con bellas expresiones, llamándola de “Esperanza de los despreciados”: ¿Qué esperanza tendrían los pecadores de salvarse si no fuese la cruz en que Jesucristo murió para redimirlos? “Guía de los navegantes”: la humillación que nos viene de la cruz (es decir, del sufrimiento) es la causa de que obtengamos en esta vida, como en un mar lleno de peligros, la gracia de observar la ley divina y, si la transgredimos, la de enmendarnos. “Consejera de los justos”: los justos sacan de las adversidades motivo y razón para unirse más a Dios. Y la llama también de “Alivio de los atribulados”: ¿De dónde sacan los afligidos el mayor lenitivo sino del aspecto de la cruz, en la cual murió, lleno de dolores por su amor, su Redentor y su Dios?

3 – Por la Cruz llegamos a la Luz

Por fin, consideremos que la Cruz de Cristo es la vía de la gloria. Por eso se dice con tanta razón: “Per crucem ad lucem” – Por la Cruz se llega a la luz”. Este es el principio que la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz nos ofrece para nuestro beneficio espiritual. Si queremos alcanzar la santidad, nada es tan central cuanto saber sufrir. El momento decisivo de nuestra perseverancia no es aquel en que la gracia sensible nos toca y damos pasos vigorosos en la virtud, sino en la hora de la prueba, cuando las tentaciones nos asaltan y experimentamos nuestra debilidad.

Ser tentados es algo inevitable y necesario después del pecado original. En esa hora debemos resistir abrazados a la cruz, seguros de que en ella encontraremos nuestro consuelo, nuestra fuerza y nuestra única esperanza.

CONCLUSIÓN

Desde el Viacrucis de Jesús cargando su instrumento de suplicio a sus espaldas, generaciones y generaciones pasaron, pero la Cruz del Redentor permanece como señal de triunfo, de misericordia y de perdón. Por la Cruz, Dios manifiesta continuamente al mundo su infinito amor por los hombres, un amor que ningún mal es capaz de vencer. A través de la Cruz son salvados el mundo y la humanidad. La mayor palabra que Dios reveló a la humanidad a través de su Unigénito es la palabra de la Cruz. Ella es la señal de que la fe vino a esta tierra y en ella permanecerá hasta el fin de los tiempos.

Pidamos a la Virgen Santísima de Fátima que grave de modo indeleble en nuestro corazón esta verdad sobre la Santa Cruz de Nuestro Señor Jesucristo, y que por ella, al término de nuestra carrera en este mundo, nos haga llegar a la luz de la bienaventuranza eterna.

Oh Madre nuestra, rogad por nosotros a vuestro Divino Hijo que tanto padeció por nuestra salvación, y alcanzadnos la gracia de imitarlo en la paciencia y en la resignación a la voluntad del Padre, cuando encontremos en nuestro camino la cruz. Que sepamos cargarla por amor a Él y a Vos, con entera confianza en vuestro maternal auxilio, seguros de que, así amparados, después de padecer con Vos, con Vos también seremos glorificados en la eterna bienaventuranza.

Referencias bibliográficas:
San Alfonso María de Ligorio, Meditaciones para todos los días del año, Tomo III, Herder y Cia., Friburgo, Alemania, 1921. / A Paixão de Nosso Senhor Jesus Cristo, V. I y II, edición en PDF de Fl. Castro, 2002.

Mons. João Scognamiglio Clá Dias, Revista Arautos do Evangelho, nº 153, septiembre de 2014.

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