MEDITACIÓN PARA EL PRIMER SÁBADO – Marzo 2020

Publicado el 03/02/2020

MEDITACIÓN PARA EL PRIMER SÁBADO

3er. Misterio Luminoso

EL ANUNCIO DEL REINO DE DIOS INVITANDO A LA CONVERSIÓN

 


 

Introducción:

En la devoción de la Comunión Reparadora del primer sábado, contemplaremos el Tercer Misterio Luminoso del Santo Rosario: “El anuncio del Reino y la invitación a la conversión”. La meditación de hoy nos lleva a considerar que nuestra conducta terrena tiene que ser pautada en función de la gloria eterna. Es decir, estamos aquí de paso y debemos habituarnos a los conceptos de la verdadera patria, el Cielo. Siguiendo las enseñanzas del Apóstol Santiago, es fundamental que seamos simples y humildes de corazón, para ser “ricos en la fe y herederos del Reino” que Dios prometió a todos aquellos que le amen por encima de todas las cosas (Sant 2,15).

 

Composición de lugar:

Nuestra composición de lugar será imaginarnos en las márgenes del mar de Galilea en Tierra Santa: el inmenso lago circundado de playas y poblaciones que se extienden a los pies de bellas montañas. Algunos barcos de pescadores navegan en medio del mar, en cuanto otros están atracados en las playas con sus pescadores limpiando las redes o recogiendo la pesca reciente. Vemos a Jesús caminar por una de esas playas y dirigiendo la palabra a las personas que se aglomeran a su alrededor. En determinado momento Jesús se detiene junto al barco de unos pecadores y los llama para que lo sigan.

 

Oración preparatoria:

¡Oh, Virgen de Fátima!, iluminad nuestros corazones y mentes para que, durante este piadoso ejercicio de la meditación del 3er. Misterio Luminoso, podamos recoger todos los beneficios reservados para nuestras almas. En este misterio Jesús nos anuncia nuestro destino eterno: el Reino de los Cielos, y nos invita a la conversión, a la renuncia de nuestros defectos y pecados, como condición para ser dignos de sus promesas. Madre Santísima, alcanzadnos de vuestro Hijo las gracias necesarias para que correspondamos bien a este misericordioso apelo de nuestro Divino Salvador. Amén.

 

San Mateo (4, 17 y ss)

“17Desde entonces comenzó Jesús a predicar diciendo: “Convertíos, porque está cerca el Reino de los Cielos” .18 Paseando junto al mar de Galilea vio a dos hermanos, a Simón, llamado Pedro, y a Andrés, que estaban echando la red en el mar, pues eran pescadores. 19 Les dijo: Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres. 20 Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. 21 Y pasando adelante vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, su hermano, que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo, su padre, y los llamó. 22 Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron. 23 Jesús recorría toda Galilea enseñando en sus sinagogas, proclamando el Evangelio del Reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo.”

 

I- EL REINO DE DIOS Y LA INVITACIÓN A LA CONVERSIÓN

Jesús dio inicio a su ministerio público junto al mar de Galilea, donde comenzó a predicar y a decir: “conviértanse porque el Reino de los Cielos está cerca”. Este apelo a la conversión es parte esencial del anuncio del Reino de Dios, pues es a partir de nuestra enmienda de vida, de la reparación de nuestros pecados por medio del sacramento de la confesión, y de una justa penitencia, que nos volvemos dignos de participar de ese Reino – el Cielo – al cual somos llamados.

 

1- La Iglesia Católica, semilla del Reino de Dios en la tierra

Para cumplir la voluntad del Padre, Jesús inauguró el Reino de los Cielos en la tierra. Ahora bien, la voluntad del Padre es elevar a los hombres a la participación de la Vida Divina, y realiza ese deseo reuniendo a los hombres alrededor de su Hijo: esta reunión es la Iglesia Católica, que en la tierra es la semilla y el comienzo del Reino de Dios. Por eso, si queremos hacer parte del “Reino de los Cielos que está cerca”, debemos tener todo nuestro amor y nuestra dedicación vueltos hacia la Santa Iglesia. 

Cabe aquí entonces preguntarnos: ¿Esa dedicación y ese amor están vivos en mi alma? ¿Tengo para con la Santa Iglesia Católica, que es nuestra Madre y

Maestra, los sentimientos vívidos y palpitantes que un hijo y discípulo verdadero debe tener? ¿La honro y la sirvo, como Ella espera que lo haga?

 

2- La conversión nos lleva al Reino de Dios

Todos los hombres son llamados a entrar en el Reino de Dios, y para tener acceso a él es preciso acoger las palabras y las enseñanzas de Jesús. Ante todo, el apelo que Jesús nos hace es a la conversión y al cambio de vida, para despojarnos de nuestros defectos y pecados. En la vida presente se nos ofrece la elección entre la vida y la muerte eterna. Infelizmente, la mayoría de los hombres no conserva intacta e inmaculada la túnica de la gracia santificante que recibimos en el Bautismo. A lo largo de nuestra trayectoria en este Valle de Lágrimas, nos dejamos llevar por nuestras malas inclinaciones y nos desviamos del camino de la virtud. Así, solo por el camino de la conversión podremos entrar en el Reino, del cual somos excluidos por nuestras faltas graves. Convirtiéndonos a Cristo por la penitencia y por la fe, pasamos de la muerte a la vida (Jn 5,24).

 

3 – Esperar en la bondad infinita de Dios y en el socorro de María

SJesús, al mismo tiempo que nos invita a la conversión, nos muestra con palabras y actos la misericordia sin límites del Padre por todos y cada uno de nosotros. La prueba suprema de esa bondad infinita es el sacrificio de su propia vida en el Calvario, en remisión de nuestros pecados. Sabiendo que el llamado de Cristo siempre entrará en choque con nuestros apegos a las cosas terrenas y nuestras inclinaciones hacia el mal, debemos esforzarnos por mantenernos en el camino del bien y de la santidad, rogando para eso el incansable auxilio y la maternal protección de María Santísima.

¿He actuado así? ¿Procuro examinar constantemente mi conciencia, para arrepentirme de mis faltas (o de mis pecados graves), retornando al camino de la virtud cuando de él me aparto? ¿O he postergado negligentemente la conversión y la enmienda de mi vida a la cual Jesús me invita con tanta bondad?

 

II – NUESTRO SEÑOR NOS LLAMA A SEGUIRLO

De la predicación general sobre el Reino de Dios y del apelo a la conversión, Jesús pasa a un llamado personal: “Seguidme y Yo os haré pescadores de hombres”. Los primeros discípulos inmediatamente dejaron las redes y lo acompañaron.

 

1- La luz de Cristo resplandece ante todos

Los primeros apóstoles experimentaron la fascinación de la luz divina que emanaba de Nuestro Señor Jesucristo, lo siguieron sin demora para que iluminase con su fulgor el camino de sus vidas. Ahora bien, esa luz de Jesús resplandece para todos nosotros. Cristo, la luz del mundo, llamó primero a algunos hombres simples de Galilea, iluminó sus vidas, los ganó para su causa y les pidió una entrega sin condiciones. Aquellos pescadores salieron de la penumbra de una vida sin relieve ni horizontes para seguir al Maestro, tal como muchos hombres y mujeres lo harían después, a lo largo de los siglos.

 

2- Nosotros también debemos seguirlo

A cada uno de nosotros el Señor ahora nos llama a seguirlo y para que iluminemos la vida de los hombres y sus nobles actividades con la luz de la fe. El remedio para tantos males que afectan a la humanidad contemporánea es la creencia inquebrantable en Jesucristo, nuestro Maestro y Señor, la razón de ser de nuestra existencia. Sin Él, caminamos a oscuras y por eso tropezamos y caemos. La certeza que tenemos en las palabras y enseñanzas eternas del Salvador ilumina nuestra inteligencia, fortalece nuestra voluntad, ordena nuestra sensibilidad, para en todo andar conforme a la voluntad de Jesús.

¿He alimentado en mi alma esa fe ardorosa en el Redentor? ¿He seguido a Jesús en mi vida diaria, obedeciendo sus enseñanzas y colocándolas en práctica en mi vida espiritual y terrena, así como en mis relaciones con el prójimo? ¿He pedido a Nuestra Señora que me ayude a crecer en esa fe y en el amor a Jesús?

 

III – LA ETERNA FELICIDAD EN EL REINO DE DIOS

Estando aún en el inicio de su predicación pública, Nuestro Señor proclamó las bienaventuranzas en el Sermón de la Montaña.

Allí, el Divino Maestro, ampliando su llamado a la conversión y el anuncio del Reino, promete a los hombres una felicidad ordenada no más al simple bienestar gozoso en la tierra, sino al Reino de Dios en la eternidad. Las Bienaventuranzas son el centro de la predicación de Jesús, y en ellas el Señor nos llama a su propia bienaventuranza. 

 

1 – Promesa de felicidad eterna

En efecto, al crear el alma humana, Dios le infunde un fuerte anhelo de felicidad. Por eso el hombre la busca con tanto afán en este mundo. Especialmente en épocas como la nuestra, atravesada por crisis dramáticas, aprensiones, sufrimientos, esta apetencia vehemente se vuelve más aguda. Pero, ¿dónde encontrarla con entera seguridad? Dios no crea a no ser para sí. Por esta razón, los seres inteligentes —ángeles y hombres— fuera de Dios no obtienen la verdadera felicidad, a no ser cumpliendo con la finalidad última para la cual fueron creados. Es sobre esta relación entre el hombre y Dios que incide la gran promesa hecha por Jesús: la de ser bienaventurados en esta tierra y post-mortem, por toda la eternidad, en el Cielo. 

 

2 – Solo en Dios encontramos la verdadera felicidad

La bienaventuranza eterna prometida que Jesús proclama, elemento esencial del anuncio del Reino, nos coloca delante de elecciones morales decisivas. Nos convida a purificar nuestro corazón de sus malos instintos y a procurar el amor de Dios por encima de todo. Nos enseña, además, que la verdadera felicidad no está en las riquezas o en el placer transitorio, ni en la gloria humana o en el poder, ni en cualquier otra obra humana, por más útil que sea, como las ciencias, la técnica y las artes, ni en otra criatura cualquiera, sino apenas en Dios, fuente de todo bien y de todo amor.

 

3 –¿Deseo, de hecho, las cosas del Cielo?

Sin embargo, aunque las promesas de felicidad verdadera y eterna hechas por Cristo resuenan todos los días en nuestros corazones, ellas parecen no producir hoy los mismos efectos que producían otrora en los corazones de los santos, que renunciaron a los bienes terrenos para desear apenas los del Cielo.

 

Infelizmente, la raíz de los males actuales que tanto apartan a las almas de la santidad se encuentra en una postura que podríamos describir así: “La finalidad última del hombre se cumple en esta tierra, por eso él debe disfrutar de todos los placeres que la vida en este mundo le ofrece, pues Dios no existe”.

 

En último análisis, ¿Deseamos de hecho la alegría eterna que nos está reservada en el Cielo? ¿Amamos a Dios por encima de todas las cosas, desapegados de los bienes pasajeros de este mundo? ¿Nos hemos esforzado por renunciar a aquello que nos aparta del bien y de las virtudes, por atender el llamado de Cristo a la conversión y al Reino de Dios?

 

 

CONCLUSIÓN

El catecismo nos enseña que los Diez Mandamientos, el Sermón de la Montaña y la catequesis de la Iglesia nos describen el camino que lleva al Reino de los Cielos. En ese camino, debemos seguir paso a paso la práctica de la virtud en las acciones de cada día, sustentados por la gracia divina y por el amparo misericordioso de la Santa Madre de Dios.

Al terminar esta meditación, volvámonos hacia la Virgen de Fátima y roguémosle que interceda por nosotros ante su Hijo y nos obtenga la gracia de atender a sus llamados, con una conversión profunda y sincera, deseando siempre como nuestra suprema felicidad el Reino de los Cielos. Que Ella nos ayude a purificar nuestros corazones y a colocar nuestra esperanza en las promesas de Cristo, confiando, no en nuestras fuerzas, sino en el socorro de lo Alto que jamás

nos faltará.

Dios te salve, Reina y Madre…

 

 

Referencia bibliográfica:

Catecismo da Igreja Católica, Edições Loyola, São Paulo, 2000.

Mons. João S. Clá Dias, O inédito sobre os Evangelhos, Libreria Editrice Vaticana, 2013, vol. VI.

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