La distinción católica, contrarrevolucionaria, evidencia la superioridad de Occidente sobre Oriente, por más que sea rico en piedras preciosas, tejidos y otros ornamentos.

 


 

Hojeando una colección de fotografías de pretendientes a tronos en diversas naciones, constaté que en medio de ellas había unos marajás, un sultán de Afganistán y otros personajes así. Entonces, llamé la atención de los circunstantes sobre la diferencia entre las actitudes, el porte y la posición entre los monarcas o de los pretendientes al trono occidentales - descendientes, por lo tanto, de las antiguas dinastías históricas de Occidente -, y las de Oriente.

 

Un preconcepto revolucionario: tener miedo de parecer demasiado maravilloso

 

En Oriente, las piedras preciosas son mucho mayores, más bonitas, de mejor quilate, el subsuelo es mucho más rico en ese género de esplendores. También las perlas que se pescan en algunos lugares de Oriente son de una belleza incomparable. De manera que ellos pueden constituir para sí ornatos mucho más ricos que los príncipes de Occidente. Además de eso, disponen de tejedores que trabajan con tejidos a mano y pueden encomendar tejidos manufacturados de una calidad muy superior a la de los industrializados, comunes en Occidente. Por eso, desde el punto de vista de la indumentaria, los dignatarios orientales se presentan mucho mejor que los de Occidente. Tanto más cuanto ellos tienen una cierta fantasía y no son inhibidos por preconceptos revolucionarios, por la idea de tener miedo de parecer demasiado maravillosos. Un occidental tiene recelo de parecer demasiado maravilloso.

 

Examinen, por ejemplo, los uniformes oficiales de los diplomáticos y de los militares de alta graduación – generales, mariscales, etc. – del siglo XIX y los del siglo XX. Es un desmoronamiento tremendo. En el siglo XIX, había aquel sombrero de dos picos, con alas que se reunían encima, y adentro tenían aigrettes blancas; las ropas eran bordadas con alamares y otros adornos muy bonitos, con condecoraciones, una cosa que tiende a lo lindo. Pero el hombre de hoy tiene vergüenza de presentarse con esos trajes porque el espíritu de la Revolución acható todas las tendencias para lo bello.

 



Por el contrario, en Oriente eso no era así; había una clase que soñaba con lo maravilloso. Entonces, marajás, rajás, sahs, sultanes, que aparecen con esas ropas lindas. Pero si analizamos a los hombres, vemos que ellos son muy inferiores, en el porte, en las maneras, en las posturas, que los de Occidente. ¿Por qué? Porque durante siglos, desde que la Iglesia Católica penetró en Occidente, comenzó a germinar la Moral católica. Y cuando consideramos a alguien que observa en todos sus pormenores esa Moral católica, esa persona – sino ella, su hijo o su nieto – acaba siendo de una educación y de un porte perfectos.

 

La moral católica genera la educación, la distinción y la corrección perfectas

 

Para una persona que practica la Moral católica perfectamente, es instintivo, inclusive no habiendo recibido una educación de salón, practicar, por ejemplo, actos como el siguiente: está comiendo con un convidado que merece una especial honra y atención, sirve al convidado antes de servirse a sí mismo. Ahora eso que es enseñado como una regla de educación – “Tú, en tu casa, debes ser el último en servirte; cuando estuvieres en presencia de personas de más edad, haz que ellos se sirvan antes; delante de personas superiores a ti, reconoce de buena voluntad esa superioridad, préstales honras, haz que se sirvan antes” – son aplicaciones de principios de Moral a cuestiones de buen procedimiento.

 

Si en una primera generación de católicos muy buenos no hubo tiempo de modelar todas esas costumbres de acuerdo con los principios morales, al cabo de algún tiempo esos principios filtran y nace de ahí una actitud, una distinción, una amabilidad, una cortesía, que en el fondo forma parte de la Moral católica. La Moral perfecta debe generar necesariamente la educación, la distinción y la corrección perfectas.

 



A veces hasta sucede que una persona practique la Moral perfecta, pero que no tenga una educación perfecta, porque no hubo tiempo de que se filtrase en el ambiente donde ella fue educada, de manera que comenzó a prestar atención en esas pequeñas cuestiones de las buenas maneras y a practicarlas. Cuestiones que, evidentemente, en materia de Moral, están en un plano secundario, no son la esencia de ella. Pero al cabo de algún tiempo aquello filtra. Puede acontecer que una persona, por el contrario, no tenga buena Moral, pero posea una educación perfecta. Sin embargo, aún ahí es un resto de Religión Católica. Ella, sin percibir, cumple reglas de la Religión Católica porque percibe que es bonito en la práctica, en la actitud concreta. Infelizmente ella con eso no tiene intención de dar gloria a Dios, pero imita a los que dan gloria a Dios. Imitándolos ella involuntariamente glorifica a Dios.

 

El Kaiser Guillermo II y Sissi

 

En sus memorias, el Kaiser Guillermo ll, último Emperador de Alemania, hace una descripción que me impresionó mucho. Él estaba en un jardín del palacio de su abuelo, entonces Emperador de Alemania. Como la Emperatriz había muerto, la madre del futuro Guillermo ll, casada con el entonces Príncipe Heredero, estaba haciendo las honras de la casa a una visitante muy ilustre, la Emperatriz de Austria, princesa bávara casada con Francisco José, Emperador de Austria. ¡Ésta, además de ser dotada de una belleza famosa, tenía una distinción de maneras, una línea, una categoría, extraordinarias!

 

El Kaiser cuenta que estaba en el jardín del palacio, viendo a su madre que, un poco más adelante, de espaldas hacia él, recibía la visita de la Emperatriz de Austria. En cierto momento ésta dio señales de querer partir, y su madre se dio vuelta procurando a alguien que cargase la cola del vestido de la noble visitante. No viendo a nadie además del hijo, el futuro Emperador Guillermo ll, ella dijo: “Hijo mío, venga a llevar la cola del vestido de Su Majestad la Emperatriz de Austria.”

 

Cuando se aproximó, la Emperatriz Elisabeth – la famosa Sissi – estaba apenas levantándose muy despacio, con las maneras y todo el protocolo de la antigua corte. Guillermo ll describe la inolvidable impresión que le causó. Todo ese protocolo le daba a Ella una elegancia, una distinción, realzaba de tal manera su belleza que quedó deslumbrado. Todas las reglas seguidas por ella – la corte austríaca era muy conservadora - , de cerca o de lejos, se relacionaban con la formación católica, con el ideal de perfección moral enseñado por la Religión Católica.

 

Se debe hacer prevalecer las cualidades del espíritu

 

Soberanos de las naciones europeas reunidos con
ocasión de la sepultura del Rey Eduardo VII, en 1910

Eso se refleja en cosas insignificantes. Hubo un tiempo en que era contrario a las reglas de buena educación apoyarse en el respaldo de las sillas, en determinadas circunstancias. Era la imagen de la ascesis católica, llevando a la persona a dominarse a sí misma.

 

Doy otro ejemplo: hay personas que tienen el hábito de hacer sonar los dedos. En la intimidad se comprende, pero no se hace eso delante de otros, porque llama demasiado la atención sobre el cuerpo, cuando todas las actitudes de porte, de línea y de distinción del hombre deben recordarle que él es principalmente un alma, haciendo ver con eso el elemento más noble de su ser, que es el elemento espiritual y no físico.

 

Eso lleva a las cosas de Occidente a ser así: un ingeniero o arquitecto católico, al planear la decoración externa e interna de un palacio para un rey también católico, que ejercerá el poder católicamente sobre un pueblo igualmente católico, el propio brío de su alma católica lo lleva a ornamentar de manera a hacer prevalecer las cualidades del espíritu, los elementos que poseen categoría, finura, distinción, en los cuales el alma humana aparece en su excelencia. Por el contrario, el hombre sin esa asistencia de la gracia y esa inspiración de la fe, no es capaz de eso.

 



Príncipe Guillermo

Emperatriz Elisabeth (Sissi)

Entonces, vemos marajás, sultanes y otros tipos, distendidos, chupando indefinidamente el narguile1, porque no aprendieron de la Religión Católica las buenas maneras. Eso se retrata evidentemente también en los edificios, en el urbanismo; en fin, en mil cosas de mil modos eso se manifiesta.

 

Es lo que hace la superioridad de Occidente, el cual tiene menos rubíes, perlas, esmeraldas, zafiros, brillantes; no posee rajás ni marajás, pero tiene la distinción católica, contrarrevolucionaria, que domina todo el resto.

 

El resplandor de la gracia

 

Me acuerdo de otro episodio ocurrido con la propia Sissi, Emperatriz de Austria. Antiguamente, los potentados de Oriente casi nunca iban a Europa, porque eran viajes muy largos y sujetos a riesgos. Mas cuando se establecieron, con los medios de comunicación modernos, la posibilidad de viajes seguros y con relativa comodidad, en los primeros trasatlánticos, en los primeros trenes del siglo XIX, los potentados orientales comenzaron a venir a Occidente, trayendo todo el lujo oriental.

 

Al recibirlos, las cortes europeas seguían todo el protocolo con que se acogía a un jefe de Estado extranjero. Por lo tanto, ceremonial muy bonito, esplendoroso, rico. Los orientales a su vez, venían con riquezas fabulosas e iban a las fiestas con sus trajes peculiares.

 

Entonces, el Sha de Persia fue a visitar las principales capitales de Europa, entre las cuales Viena. La fiesta se desarrollaba y en cierto momento, llegó la Emperatriz de Austria, a quién el potentado persa fue presentado. Él hizo unas zalamas a la moda oriental, y ella respondió con distinción, con gracia, un poco sonriendo, como delante de un “cuento de las mil y una noches”, de una fábula.

 

Oración de Jesús en el Huerto
Catedral de Córdoba, España

Quedó deslumbrado con la belleza y la distinción de la Emperatriz. Probablemente él, un hombre, tenía joyas mucho más bonitas que las de ella, que era una dama. ¡Sin embargo, ella era una joya de la Cristiandad! Todo eso son frutos de la Civilización Cristiana.

 

En la Civilización Cristiana los hombres, poseyendo por la gracia la virtud de la Fe y las demás virtudes teologales y cardinales, acaban teniendo toda esa grandeza personal que es el resplandecer de la gracia.

 

¿Pero quién nos obtuvo la gracia? Fue Nuestro Señor Jesucristo en el momento de morir en la Cruz, y antes de eso cuando Él comenzó a sentir tedio y pavor delante de lo que le acontecería durante la Pasión, en aquella meditación sumamente majestuosa y linda en el Huerto de los Olivos. Cuando la gracia penetra en los hombres, conquistada para nosotros por la Sangre de Cristo, produce todo el resto.

 

(Extraído de conferencia de 13/1/1989)

 

1) Pipa para fumar muy usada por los orientales, compuesta de un largo tubo flexible, del recipiente en que se quema el tabaco y de un vaso lleno de agua perfumada, a través de la cual se aspira el humo.