Cada día, cada minuto, cada instante de mi vida, mi corazón busca a la Iglesia Católica. Deseo vivir sólo para ella, de tal manera que pueda decir al morir: “¡Realmente fui un varón católico apostólico romano!”.

 


 

En virtud de una gracia especial concedida por Dios, a medida que iba conociendo a la Iglesia, me unía a ella sin discutir, con una adhesión serena y profunda. Y cuando supe que había gente que ponía en duda la divinidad y la propia existencia de Nuestro Señor pensaba yo: “¿Acaso habrán perdido el sentido común? Basta considerar una imagen piadosa suya para percibir que se trata de una realidad. Para que alguien pudiera inventarlo tendría que ser mayor que Él. Ahora bien, nadie puede ser mayor que Jesucristo; por tanto, no ha sido inventado”.

 

Dr. Plinio en la década de 1940

Un modo de pensar, hacer y sentir

 

Auxiliado por la Virgen, nunca he sido capaz de pronunciar sin entusiasmo la palabra católico. Me acuerdo de mí de pequeño reflexionando así: “Curioso, la palabra católico parece una melodía”.

 

Obsérvese que yo desconocía el origen griego del vocablo y su significado: universal. Sin embargo, me encantaba: “¡Qué linda palabra! Ca-tólico. Tres notas: la gradación forte de la ‘a’ empieza irrumpiendo y proclamando; luego la ‘ó’ exclama, estando en el apogeo; y la ‘i’ termina con delicadeza. ¡Qué palabra tan a mi gusto!”.

 

A continuación, pensé: “Aunque, ya he oído hablar de ‘católico apostólico romano’; lo que quiere decir que esto constituye un único conjunto. Apostólico parece una reedición de católico, presentada de otro modo, como una guirnalda que desciende, aumenta de longitud y sube. Romano —yo ni siquiera lo relacionaba con Roma— da idea de algo fuerte, serio, sólido y bueno. ¡Romano! Tengo la impresión de un río que discurre por debajo de un arco, las aguas pasan, fluyen, pero el puente permanece. ¡Romano! Le preguntaré a mamá qué significa todo esto”.

 

Recibí de Dña. Lucilia la explicación deseada, adecuada a la mentalidad de un niño, pero proporcionándome las nociones precisas. Cuando me habló del Pontífice Romano comprendí la importancia que tenía ser el Vicario de Cristo y entonces nació mi entusiasmo por la infalibilidad papal. Y pensaba: “¡Qué hermosas palabras! Pontífice Romano. Se halla en lo más alto, es infalible, ordena y todos le obedecen. ¡Ah, ser católico es una cosa excelente! No hay igual. ¡Es el pináculo!”.

 

Y Nuestra Señora me ayudó a darme cuenta de que la fe era indispensable, celestial y admirable; no obstante, sólo creer no era suficiente. Había que tener el estado de espíritu, la mentalidad, el modo de pensar, hacer y sentir católicos. Yo tendía hacia esa postura de alma y no deseaba otra cosa más que ser, enteramente, ¡católico apostólico romano!

 

Desde muy temprano empecé a amarla

 

Puedo decir que conocí a la Iglesia en uno de sus buenos períodos, cuando la generalidad de los católicos estaba reunida en torno a su Pastor Supremo, bajo la desvelada conducta de los respectivos episcopados nacionales, haciendo que fuera completa la unión entre clero y fieles, así como la de los clérigos entre sí. En una palabra, reinaba en la Iglesia la paz de Cristo.

 

Hijo, como ya dije, de una mujer eminentemente católica, cuya influencia en mi formación religiosa fue de las más profundas, empecé desde muy temprano a amar a la Santa Iglesia con transportes de entusiasmo. Sin embargo, nada pequeña fue mi sorpresa cuando, al entrar en contacto con compañeros y amigos de mi generación, ajenos a mi círculo familiar, constaté que había una parte de la opinión pública —más considerable en las capas altas de la sociedad— que se mostraba reticente con relación a la Iglesia. En esos medios se entendía que los hombres no debían mostrarse católicos, tan sólo se veía bien que el sexo femenino practicara la religión.

 

La imagen de San Pedro de la
basílica vaticana revestida con los ornamentos
pontificales con ocasión de la fiesta de la
Cátedra de Pedro

Un joven que profesara abiertamente el catolicismo se vería encuadrado dentro de los beatos, ratas de sacristía, personas de capacidad intelectual y humana insuficiente. Tal discriminación hacía que muchos hombres, atemorizados por el juicio de los demás, no tuvieran el coraje de aparecer como católicos practicantes. El joven que lo llevara a cabo sería dejado al margen en su propio medio social.

 

Conservar la fe en un ambiente hostil

 

No fue otro el aislamiento del que me volví objeto, porque siempre profesé manifiestamente, con la gracia de Dios, la fe católica apostólica romana. Así pues, ya desde el inicio del curso secundario, encontré oposiciones muy vivas a mi alrededor. Oposiciones que se intensificarían cuando me inscribí en la Facultad de Derecho del Largo São Francisco, en aquella época célebre foco de laicismo y de positivismo jurídico, contrarios a la doctrina de la Iglesia.

 

Recuerdo que al matricularme sentía el corazón latiéndome en la garganta, ante el recelo de que tal ambiente corroyera mis convicciones religiosas. Confiando en la Santísima Virgen, le rogué con todo fervor que me diera los medios de conservar íntegra la fe católica en aquel terreno hostil en el que entraba. Como siempre, me atendió de modo superlativo. Acabé siendo, ante todo, católico, de un catolicismo total, completo.

 

Conservaba, no obstante, una duda con respecto a cómo conducir mi vida. Porque, al mismo tiempo que frecuentaba la sociedad, paradójicamente yo era, en virtud de mis convicciones religiosas, muy retraído. Y así, en el casi aislamiento, en la resolución de luchar y en la alegría —cumple destacarlo— de la esperanza de mi futuro, transcurrió mi juventud. Esperanza del futuro, sí, pues era en él donde me refugiaba para enfrentar las oposiciones del ambiente.

 

¡La Iglesia es la columna del mundo!

 

Toda la influencia que Nuestra Señora permitió que tuviera en los medios católicos, todo lo que Ella me auxilió a emprender y a realizar por la Santa Iglesia a lo largo de mi vida, se debe en ponderable medida al hecho de que desde el comienzo de mi esfuerzo en pro de la religión ya era yo un convencido partidario de una catolicidad total. Es decir, para mí un catolicismo de medias tintas no tenía fuerza ni expresión ante la impiedad contemporánea.

 

Dña. Lucilia con Plinio en sus brazos

Convencido también estaba yo de que sólo se es católico en el vigor del término cuando se es absolutamente fiel a la Cátedra de Pedro, pues en esa incondicional fidelidad se encuentra la sustancia del catolicismo.

 

Profundamente convencido, en fin, de que la Iglesia es la columna del mundo, del orden temporal, del orden civil y del orden moral. Y de que, por tanto, solamente de su doctrina, de sus mandamientos y de sus enseñanzas procedería la solución a la crisis social, política y moral en la que va zozobrando la humanidad.

 

Cuando esta convicción se estableció en mi espíritu, cuando comprendí que en la Santa Iglesia todas las cosas se entrelazan de modo tan lógico y perfecto que sólo ella es la única verdadera, entonces mi acto de fe se explicitó en toda su extensión: “¡Creo en la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana!”.

 

En las beatas, dulzura aterciopelada del alma

 

De ahí brotó, igualmente, un acto de amor que no haría sino crecer e intensificarse: “La quiero, porque fuera de ella nada posee auténtico valor”.

 

Me acuerdo de mí de pequeño en la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús oyendo un susurro de beatas que rezaban el Rosario. Las miraba y percibía la severidad con la que se presentaban. Ropas tan desgastadas que no tenían edad. Rostros tan sufridos que tampoco tenían edad. En sus caras, nada de belleza; en sus vestidos, nada de gusto. Pero... me hacían sentir algo completamente diferente de mis sensaciones habituales. “Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén”. Y a continuación una voz más fina: “Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo”. Y el coro responde: “Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén”.

 

Era una especie de canción de cuna. “¡Cómo nos seduce esto! Oigamos. Hay aquí cualquier cosa de una dulzura aterciopelada de alma. Hay algo de una rectitud entristecida, envejecida, pero que nada ha conseguido manchar. Algo de vida espiritual y de vida humana, mucho más valioso que el centenar de hermosas canciones que haya escuchado”.

 

Ella es el ideal de mi vida

 

Tenía la impresión de que otras cuerdas de mi alma tocaban, intensamente. Y pensaba: “¡Esto es así, y así debe ser!”. Al considerar todos esos aspectos de la Iglesia me venía a mi espíritu esta curiosa idea al respecto:

 

“No parece una institución, sino un alma inmensa, que se expresa a través de mil cosas, que tiene movimientos, grandezas, santidades y perfecciones, como si se tratara de una sola alma que se ha ido manifestando por medio de todas las iglesias católicas del mundo, de todas las imágenes, de todas las liturgias, de todos los acordes del órgano, de todos los toques de campana...

 

Santuario del Sagrado Corazón de Jesús, de São Paulo, muy frecuentado por el Dr. Plinio
cuando era pequeño. En el destacado, fotografiado en París con 4 años

“Esa alma lloró en los réquiems; se alegró con los repiques de los sábados de aleluya y de las noches de Navidad. Llora conmigo, se alegra conmigo. En la Iglesia veo más un alma que una institución. ¡Cómo me gusta esa alma! Y me posiciono de tal modo con relación a ella, que mi propia alma parece una pequeña resonancia, una minúscula repetición suya, algo en lo cual esa alma entra y vive entera, como dentro de un templo material. De tal manera que todo lo que me gusta es como aquello, y aquello es como todo lo que me gusta. Esa alma —es decir, la Iglesia— es el ideal de mi vida. Para eso quiero vivir, y así quiero ser”.

 

Vivir a cada instante sólo para la Iglesia

 

Muchos de ustedes me vieron en momentos de muchísima aflicción, así como me vieron también en momentos que podrían ser llamados de triunfo. Me han visto en las más variadas circunstancias de la vida. Sin embargo, nunca me han visto —ni el día en que murió mi madre— tan emocionado como en el momento en que se conmemora mi Bautismo. Inesperadamente para mí, a despecho de mi placidez habitual, esa emoción me ha tomado por entero cuando fui llamado varón católico apostólico romano... Porque es lo que deseo ser: ¡un hijo de la Iglesia!1

 

En esta fiesta de comunicación de almas, en que ustedes le agradecen a Nuestra Señora el don, que yo amo desmedidamente, de pertenecer a la Iglesia, desearía que ustedes quisieran a la Iglesia Católica como yo la quiero. A varios de los que están en este auditorio los conozco hace treinta, quizá cincuenta años. A todos, continuamente, no he hecho otra cosa sino decirles: amad a la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana, aquella Iglesia a quien amo tanto que me veo imposibilitado de hablar sobre ella. Simplemente al pronunciar su nombre, ya no soy capaz de decir el montón de elogios y de amor que en mi alma existe.

 

La actitud de mi corazón cada día, cada minuto, cada instante es la de tratar de buscar con los ojos a la Iglesia Católica e imbuirme de su espíritu. Y si ella fuera abandonada por todos los hombres, en la medida en que eso sea posible sin que deje de existir, la tendré entera dentro de mí. Vivir sólo para ella, de tal manera que pueda decir al morir: “¡Realmente fui un varón católico apostólico romano!”.

 

Completo e indisoluble connubio de alma

 

Con la gracia de la Santísima Virgen, puedo afirmar que no hay un solo instante de mi vida —y por instante entiendo fragmento de minuto— en que mi amor a la Iglesia Católica sea menor que el de este momento en que les dirijo la palabra.

 

El Dr. Plinio dando una conferencia en la casa Jasna Gora, São Paulo, 1987

¿Cómo podría ser ese amor como él es, si no fuera porque veo a la Iglesia de un modo determinado? Aquello que se ama, se ama porque se vio. Se ama porque se comprendió. Se ama, en fin, porque se adhirió de toda alma. Se ama de un modo tal que la palabra adherir es flaca. ¡Se entrañó! ¡Se dejó penetrar! Estableció un connubio de alma, tanto como la flaqueza humana lo permite, indisoluble y completo, para la vida y para la muerte, para el tiempo y para la eternidad. Esa es nuestra pertenencia a la Iglesia Católica.

 

Mientras ella exista en la tierra, mi vida tiene razón de ser. Si algún día ella tuviera que morir, le tributaría un amor que participa de alguna manera de la adoración. Pero cuando la viera muriendo, querría que Dios me llevara, porque mi vida ya no valdría nada. Mis huesos se descoyuntarían, todo mi ser se desencajaría, porque su sol ya no estaría presente: la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana.

 

Extraído, con pequeñas adaptaciones, de la revista “Dr. Plinio”. São Paulo. Año IX. N.º 100 (Julio, 2006); pp. 34-52.

 

 

 

1 Estas palabras del Dr. Plinio fueron extraídas de una conferencia que pronunció el 7 de junio de 1978, fecha en la que conmemoraba con sus discípulos el aniversario de su Bautismo. En ese fragmento de la exposición el Dr. Plinio se emociona y, más de una vez, se le embarga la voz.