Comentario al Evangelio – VII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – Dios ama a quien da con alegría

Publicado el 02/22/2019

 

– EVANGELIO –

 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: 27 “A vosotros l os que me escucháis os digo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, 28 bendecid a los que os maldicen, orad por los que os calumnian. 29 Al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite la capa, no le impidas que tome también la túnica. 30 A quien te pide, dale; al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames. 31 Tratad a los demás como queréis que ellos os traten. 32 Pues, si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores aman a los que los aman. 33 Y si hacéis bien sólo a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores hacen lo mismo. 34 Y si prestáis a aquellos de los que esperáis cobrar, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a otros pecadores, con intención de cobrárselo. 35 Por el contrario, amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada; será grande vuestra recompensa y seréis hijos del Altísimo, porque Él es bueno con los malvados y desagradecidos. 36 Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso; 37 no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; 38 dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, pues con la medida con que midiereis se os medirá a vosotros” (Lc 6, 27-38).

 


 

Comentario al Evangelio – VII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – Dios ama a quien da con alegría

 

Frente a los conceptos egoístas de amor y de justicia imperantes en el mundo antiguo, Nuestro Señor enseña que la verdadera alegría está en darse completamente a los demás, siguiendo su divino ejemplo.

 


 

I – El amor a Dios y al prójimo debe reflejarse en todos los actos de la vida

 

Existió un hombre de cultura e instrucción extremadamente limitadas que había dedicado su adolescencia a trabajar en una sastrería. Ingresó en un convento de la Orden de los Franciscanos y desde el comienzo sus superiores le encargaron la confección de los hábitos de todos los religiosos, pues pensaron que ese sería el oficio más adecuado para él.

 

Ahora bien, enseguida quedó patente a los ojos de la comunidad cómo el nuevo religioso, tan carente de agudeza y de conocimientos humanos, era eximio no sólo en la técnica de la costura, sino también y sobre todo en la práctica de la virtud, porque había sido ilustrado en una ciencia infinitamente superior por aquel que ocultó los misterios de su Reino a los sabios y los reveló a los pequeños (cf. Lc 10, 21). En efecto, su vida monacal transcurrió con entera dedicación, al haber asumido sus deberes con profunda seriedad, con espíritu sobrenatural, con inalterable mansedumbre y con generosidad. Sastre esforzado y obediente, no rechazó nunca servicio alguno; al contrario, procuraba adivinar las necesidades de sus hermanos de hábito y adelantarse a sus deseos. Tan pronto como notaba que la túnica de algún religioso estaba muy vieja y gastada, su amor lo impulsaba a confeccionar una nueva, con todo cuidado y esmero.

 

Habiendo llegado al término de su peregrinación terrena y encontrándose en su lecho de muerte a punto de dar su postrer suspiro, después de recibir los últimos sacramentos, se dirige a los frailes que lo rodeaban en este supremo momento y les implora: “¡Por favor, tráiganme la llave del Cielo!”. Afligidos, los hijos de San Francisco pensaron que se trataba de un delirio previo a la muerte. Sin embargo, temerosos de no realizar la última voluntad de un hermano tan querido, buscaron diversos objetos: un libro de piedad, una reliquia del santo de su devoción, un crucifijo, las Sagradas Escrituras, sin lograr satisfacer la insistencia del pobre agonizante: “¡Por favor, tráiganme la llave del Cielo!”. Finalmente, uno de los religiosos, con quien más había convivido, tuvo una inspiración y fue corriendo hasta la sastrería, cogió una aguja usadísima y se la entregó al moribundo. Éste, agradecido y aliviado, tomó con manos temblorosas el pequeño instrumento, inseparable compañero durante los largos años de vida religiosa, lo besó, se persignó con él y entregó su alma a Dios, alegre y en paz.

 

No se había equivocado. De hecho, el objeto que había utilizado no sólo para coser sino también para santificarse practicando heroicamente la virtud de la caridad, le servía de llave, al transponer el umbral de la muerte, para poder penetrar en el gozo de la visión beatífica.

 

Verídica o no, esta breve historia nos recuerda que la santidad consiste en practicar todos los actos de nuestra vida, aun los más insignificantes, por amor a Dios y al prójimo. Tal enseñanza figura en el Evangelio, por la predicación y por el ejemplo del divino Redentor, y supuso un auténtico cambio en los criterios morales de la humanidad.

 

II – El choque entre la mentalidad de la Antigüedad y la de Nuestro Señor

 

Efectivamente, en la Antigüedad reinaba la barbarie. Recorriendo la historia de las civilizaciones que precedieron a la venida de Nuestro Señor Jesucristo, encontramos registradas las costumbres más escabrosas, las leyes más absurdas y la ausencia casi total de moralidad. El derecho penal de Egipto, por ejemplo, obligaba a una madre que hubiera sido culpable de la muerte de su hijo a permanecer durante tres días y tres noches abrazada al cadáver de aquel a quien había quitado la vida.1 En Etiopía los reyes eran divinizados de tal manera que los cortesanos debían adoptar hasta sus defectos físicos: si el soberano perdía, por cualquier circunstancia, uno de sus miembros, los súbditos también se lo amputaban, pues se consideraba indecoroso el aparecer en público con el cuerpo íntegro mientras que su monarca se había quedado lisiado.2

 

El rey asirio Shalmanser III recibe tributo de Sua, rey de Gilzanu – Museo Británico, Londres

En una civilización como la grecolatina —con mayor cultura y organización, y cuyo concepto de justicia era reputado como más sensato,3 hasta tal punto que en el derecho romano se inspiraron todos los códigos modernos4—, la esclavitud, común en los pueblos del mundo antiguo, había alcanzado dimensiones y excesos espantosos. La ley catalogaba al esclavo no como una “persona”, sino como una “cosa” (res) y, en cuanto tal, se veía imposibilitado de constituir una familia y un patrimonio. 5 Esta sujeción se aplicaba, entre otros, a prisioneros de guerra y a extranjeros, de quienes estaba permitido apoderarse y disponer de ellos como “bienes sin dueño”,6 aunque pertenecieran a las clases más elevadas. “Eran vendidos en Roma, en la plaza pública; cada esclavo tenía […] en el cuello una tabla (titulus) donde estaban escritas sus ventajas o sus faltas. […] El trato dependía del humor del dueño, y los romanos eran un linaje duro. Nadie reprendía al señor que, por una palabra, una risa, un estornudo que el servidor emitiera en un banquete, lo mandaba azotar hasta derramar sangre. […] Augusto hizo ahorcar a un esclavo porque se le había comido una codorniz. […] Cuando el esclavo había consumido sus fuerzas en el servicio del amo, si estaba enfermo o era débil, lo abandonaban en una isla del Tíber”.7 Así, sumergida en las tinieblas y en las sombras de la muerte (cf. Lc 1, 79), entregada al odio y a la injusticia y gimiendo entre los grilletes del pecado se hallaba, pues, la humanidad antes de ser iluminada por el Sol de Justicia.

 

La nación elegida, por su parte, vivía bajo la égida de la pena del talión, considerada como muy benigna con relación a otras legislaciones y a los hábitos de la época. “En una sociedad sin policía y sin tribunales de justicia, la costumbre de la venganza de sangre constituía un medio eficaz para conservar el orden y la seguridad sociales. Esta ley se mantuvo en Israel por mucho tiempo. Sin embargo, la legislación hebrea fue imponiendo poco a poco ciertas limitaciones con el fin de evitar los abusos en que podía degenerar una justicia privada”,8 como la distinción entre el homicidio voluntario e involuntario o la creación de ciudades de refugio para los homicidas que aún no habían sido declarados culpables.9

 

El ambiente en el cual el Señor fue recibido

 

Después de siglos transcurridos en este régimen, Cristo Jesús, al venir a la tierra, fue recibido por un pueblo cuyo concepto de caridad estaba completamente distorsionado. Para Israel, seguro de su superioridad inherente a la elección divina y a sus cualidades, el amor sólo debía ser prodigado a los de su misma raza, siendo las demás naciones merecedoras de desprecio y hasta de eterna condenación, simplemente por no pertenecer a la descendencia de Abrahán. “Cada día el judío piadoso debe agradecer a Dios por no haberlo hecho goy [extranjero]. Este orgullo de raza inspiraba sentimientos y actitudes de odio, desprecio, separación”.10 Incluso entre los de la nación elegida, la estima sólo se manifestaba recíprocamente dependiendo de las obras practicadas. Quien realizara una obra buena, era digno de ella; si, al contrario, fuera reo de alguna culpa, debería ser detestado, y sobre él vendría el castigo. Los apóstatas “son considerados como extranjeros, goyim y enemigos; son maldecidos tres veces al día en las oraciones oficiales; todas las relaciones con ellos son prohibidas”.11 Desde este prisma, no es difícil comprender que hablar de misericordia, bondad, humildad y mansedumbre en ese ambiente era algo inusitado, y causaba impacto e incomprensión; como sucede hoy en día cuando se toca el tema de la castidad. Jesús, por lo tanto, surge como “piedra de escándalo” (cf. Is 8, 14; 1 Pe 2, 8) al traer una nueva doctrina capaz de producir un choque y convulsionar la mentalidad reinante hasta entonces.

 

Zaqueo recibe al Señor en su casa

Iglesia del Buen Pastor, Jericó (Israel)

Es lo que nos muestra el Evangelio contemplado por la liturgia de este séptimo domingo del Tiempo Ordinario. La escena transcurre durante el Sermón de la Montaña, en el cual el divino Maestro asentó los fundamentos para la expansión del Reino de Dios.

 

Un matiz importante

 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: 27 “A vosotros los que me escucháis os digo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, 28 bendecid a los que os maldicen, orad por los que os calumnian”.

 

La enseñanza contenida en estos versículos se refiere, de modo particular, a nuestros enemigos personales, a aquellos que, según nuestros criterios, no nos dan el debido valor o, por orgullo, nos envidian y nos persiguen. A éstos debemos amar, ayudar, bendecir y rezar por ellos, trabajando, en la medida de lo posible, por su salvación eterna.

 

Pero esto no significa que Nuestro Señor condene la legítima defensa o aconseje el relativismo para la preservación de los principios de nuestra religión, de la ley, de la moral y del orden. Según Santo Tomás, conviene a nuestra santificación y al bien de los otros tolerar las injurias personales. No obstante, puede ser una imperfección o hasta un vicio tolerar las injurias hechas al prójimo y, con mayor razón, a Dios. “El hombre hace bien en dar lo suyo, pero no lo ajeno, y mucho menos debe descuidar las cosas del Señor, ya que, como dice San Juan Crisóstomo: ‘Es una gran impiedad no preocuparse por las injurias contra Dios’ ”.12

 

¿Cuál debe ser, pues, nuestra conducta con relación a quien se declara enemigo de Dios? San Bernardo nos lo esclarece: “De que no te ames a ti mismo sino porque amas a Dios, síguese que debes amar como a ti mismo a todos los que aman a Dios como tú le amas. Ahora bien, como nuestro enemigo, que en sí no es nada, no ama a Dios, no podemos amarle a él como a nosotros mismos, que amamos a Dios. Y, sin embargo, hemos de amarle a fin de que ame; y claro está que no es lo mismo amarle porque ama que para que ame; por lo cual debemos amarle no por lo que es, dado que en sí nada es, sino por lo que tal vez será”.13

 

Nuestro Señor Jesucristo: el supremo ejemplo

 

Podemos imaginar la reacción de los fariseos, de los escribas y de tantos otros al oír a Jesús recomendando cuatro actitudes diametralmente opuestas a las costumbres de la época, como se verá más adelante. Pues, como dice San Cirilo, “la ley antigua mandaba no ofender a otros; o si antes fuéramos ofendidos, no traspasar en la venganza las proporciones de la ofensa recibida; pero la perfección de la ley está en Jesucristo y en sus mandamientos”,14 o sea, bendecir a los que nos maltratan y hacer el bien a los que nos odian. He aquí la nota dominante del verdadero amor traído por el divino Maestro y del cual Él mismo nos dio el supremo ejemplo cuando, clavado en la cruz, con la cabeza coronada de espinas, el cuerpo dilacerado y las heridas sangrando, suplicó: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34).

 

Ahora bien, Santo Tomás afirma: “Toda oración suya fue escuchada”.15 ¿Quién se atrevería entonces a negar que por lo menos alguno de aquellos verdugos no hubiera alcanzado la bienaventuranza eterna a causa de esa oración, no condicional, proferida por la humanidad santísima del Hijo de Dios?16 “Ellos preparaban la cruz”, comenta San Ambrosio, “Él les daba en retorno la salvación y la gracia”.17

 

¿Este modelo de relaciones humanas, completamente nuevo para esa época, no podría ser considerado como una novedad, también en nuestros días? Podemos preguntarnos con San Juan Crisóstomo: “Cuando ves que el Señor se ha hecho hombre y ha padecido tanto por ti, ¿aún preguntas, y dudas, cómo es posible perdonar las injurias de tus hermanos?”.18

 

Nuestro Señor da ejemplos concretos

 

29 “Al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite la capa, no le impidas que tome también la túnica. 30 A quien te pide, dale; al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames. 31 Tratad a los demás como queréis que ellos os traten”.

 

No obstante, después de haber introducido un principio, ya de por sí muy fuerte, Nuestro Señor lo ejemplifica con situaciones concretas, propias a atraer toda la atención del numeroso público y evitar que sus palabras cayeran en el vacío. Tales actitudes, aparentemente exageradas, nos son propuestas para mostrar los extremos a los cuales debe llegar nuestro desinterés, cuando se trata de beneficiar a los demás.

 

Santa Teresa del Niño Jesús fotografiada

en julio de 1896 por su hermana Celina

Carmelo de Lisieux (Francia)

Para Santa Teresa del Niño Jesús entregar la túnica era “renunciar a sus últimos derechos, considerarse como la servidora, como la esclava de los demás. […] Así pues, no me basta con dar a todo el que me pida; he de adelantarme a sus deseos, mostrarme muy agradecida y muy honrada de poder prestarle un servicio; y si cogen alguna cosa de mi uso, no debo mostrar que lo lamento, sino al contrario, parecer contenta de que me hayan desembarazado de ella”.19

 

En el versículo 31 encontramos una regla muy sencilla y, en sí misma, suficiente para que, una vez puesta en práctica, haga paradisíacas las relaciones humanas: “Tratad a los demás como queréis que ellos os traten”. Es un raciocinio de mera lógica humana, porque Jesús deja claro que ese trato misericordioso e indulgente es, en el fondo, el que cada uno quiere recibir de los otros.

 

III – La regla de la perfección

 

32 “Pues, si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores aman a los que los aman. 33 Y si hacéis bien solo a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores hacen lo mismo. 34 Y si prestáis a aquellos de los que esperáis cobrar, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a otros pecadores, con intención de cobrárselo. 35 Por el contrario, amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada; será grande vuestra recompensa y seréis hijos del Altísimo, porque Él es bueno con los malvados y desagradecidos. 36 Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso”.

 

El impactante discurso del Salvador continúa con una inequívoca alusión a la regla de reciprocidad practicada en el mundo donde reina el pecado, o sea, actuar por un estricto interés mutuo: do ut des, “te doy para que me des”. Matizando su pensamiento y utilizando una sublime y persuasiva didáctica para penetrar en lo más íntimo de los corazones de sus oyentes, el divino Maestro deja de lado el raciocinio humano y emplea un argumento teológico irrefutable. A los auténticos hijos de Dios no les es permitido imitar la conducta de los pecadores, contentándose con la ley de los hombres terrenos. Ahora bien, si “aún los pecadores están de acuerdo en corresponder al afecto, aquel cuyas convicciones son de un orden más elevado debe también inclinarse más generosamente a la virtud, hasta llegar a amar a los que no le aman”.20 Siendo así, cabe abrazar el modelo, que es el propio Padre, actuando tal como Él actúa, reproduciendo en sí los rasgos del hombre celestial, del segundo Adán, conforme nos enseña San Pablo en su primera Carta a los corintios, contemplada en la liturgia de hoy (cf. 15, 45-49).

 

En los labios del Mesías la caridad encuentra su fórmula ideal, al no ser meramente optativa, sino obligatoria. Sin embargo, debido a nuestras malas inclinaciones y a nuestra naturaleza vengativa y tendente al pecado, este pasaje del Sermón de la Montaña sería motivo para nuestra condenación si Dios no nos auxiliara con su mano poderosa. Por esta razón exclama Santa Teresa de Lisieux: “¡Qué contrarias son las enseñanzas de Jesús a los sentimientos de la naturaleza! Sin el auxilio de la gracia sería imposible no solamente ponerlas en práctica, sino también comprenderlas”.21 No obstante, la existencia de tantos santos, evangelio vivo a lo largo de dos mil años de historia de la Iglesia, nos demuestra que es posible.

 

“El Altísimo es bueno con los malvados y desagradecidos”, dice Nuestro Señor en este pasaje. De hecho, con excepción de Cristo, en su Humanidad Santísima, de Nuestra Señora y de San José, únicas criaturas perfectas,22 cada uno de nosotros puede contarse entre esos desagradecidos, ya que retribuimos con insuficiencia —cuando no con pecados— los innumerables beneficios recibidos de la infinita liberalidad del Creador. Él, sin embargo, “no nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpas” (Sal 102, 10).

 

La Última Cena, por Giotto di Bondone

Capilla de los Scrovegni, Padua (Italia)

Un camino seguro para la salvación eterna

 

37 “No juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados”.

 

Habiendo concluido su sapientísima argumentación, Jesús nos advierte sobre el castigo que acarrea la venganza tomada contra los otros. Si al transponer el umbral de la muerte queremos encontrarnos con un Juez favorable y lleno de benevolencia hacia nosotros, es indispensable que perdonemos en esta vida a los que nos ofenden y seamos indulgentes con ellos; es necesario acabar con las enemistades: “Déseles muerte, para que no la causen ellas; sean dominadas, para que no dominen ellas; elimínelas el que redime, para que no eliminen ellas a quien las retiene”.23 A quienes actúen de este modo, el divino Redentor promete no sólo el perdón de los pecados —y ¿quién de nosotros se atrevería a declararse exento de ellos?—, sino también una recompensa extraordinaria y un camino seguro para la salvación eterna.

 

Un ejemplo vivo de la doctrina contenida en el versículo 37 lo hallamos en la primera lectura (1 Sam 26, 2.7-9.12-13.22-23) de la liturgia de este séptimo domingo: David, al perdonar a su enemigo, el rey Saúl, y rehusar extender su mano contra el ungido del Señor —a pesar de la oportunidad propicia que se le presentaba—, conquistó para sí mismo una especialísima protección de Dios, al alcanzar más tarde el perdón de sus crímenes.

 

La medida de nuestro amor fraterno

 

38 “Dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, pues con la medida con que midiereis se os medirá a vosotros”.

 

En aquella época no era frecuente, como hoy en día, el uso de bolsas o cestas para transportar cómodamente los artículos comprados en el mercado. Como los judíos usaban túnicas muy amplias, la costumbre de los vendedores, de los trabajadores manuales o de los compradores era levantar la túnica hasta la altura de las rodillas, prendiéndola en la cintura con un cíngulo. “Formaba con ello la túnica una bolsa en el cinto, en que el viajero llevaba su dinero y provisiones”,24 como granos, harina, frutas y otros artículos.25 En el comercio —como en nuestros tiempos—, era común que algunos vendedores cometieran fraudes para obtener mayor ganancia. A veces depositaban en el regazo del cliente una medida tan escasa que éste, al llegar a su casa y verificar la cantidad del producto adquirido, constataba haber recibido mucho menos en relación con lo que había pagado. Muy diferente era la situación cuando el cliente gozaba de la amistad del comerciante: éste, al medir la mercancía, la comprimía y apretaba de manera que cupiera más, haciendo desbordar el recipiente.

 

Con este elocuente ejemplo, tan familiar y accesible para sus oyentes, el Maestro mostraba cómo la generosidad dispensada al prójimo atrae sobre nosotros las bendiciones del Cielo y la abundancia de los dones divinos, “con ese exceso en la recompensa que pertenece a los dones de Dios, en relación con los hombres”.26

 

Si, por el contrario, nos sentimos abandonados, incomprendidos y despreciados, o si la propia naturaleza nos niega sus bienes, conviene que examinemos nuestra consciencia y analicemos el modo con el cual tratamos a los demás, pues la misma medida que utilicemos con ellos será también utilizada con nosotros.

 

Como Él nos amó…

 

Sacerdotes, miembros y cooperadores de los Heraldos del Evangelio visitan

el Hospital San Luis Gonzaga, de São Paulo, el 25/12/2018

La síntesis de los preceptos contenidos en la liturgia de hoy se encuentra en la aclamación antes del Evangelio: “Os doy un mandamiento nuevo, dice el Señor: que os améis unos a otros, como yo os he amado”.

 

¿Cómo nos amó Nuestro Señor?

 

Son muy sabias las palabras del padre Monsabré al respecto: “Aproximad vuestro oído al pecho de Jesús, y oiréis su corazón, arpa sagrada, cantar, en todos los tonos, los conmovedores himnos del amor apasionado”.27 Amor que le impulsaba a perdonar los pecados de todos los que se acercaban a Él, a curar cualquier tipo de enfermedad, a remediar los peores males, a buscar la compañía de los pecadores, a interesarse por ellos, a darse continuamente a cada uno. Mientras el pueblo dormía y ya no lo buscaba para obtener sus beneficios, Él huía hacia lo alto de un monte, donde permanecía en profunda oración al Padre, intercediendo por la humanidad pecadora.

 

Y como si esto no bastara, escogió para sí mismo la prisión, el juicio inicuo, la injusta flagelación, la corona de espinas y, finalmente, la más ignominiosa de las muertes, por amor a nosotros. “Ningún afecto fue más puro en sus intenciones, más constante en su duración, más rico en sus dones, más inefablemente tierno en su dilección. Ningún amor fue más magnánimo en sus ambiciosos emprendimientos, más vasto en su extensión, más fecundo en sus obras, más independiente y más libre en sus actos, más generoso en sus sacrificios, más delicado y de una bondad más amable”.28

 

A nosotros, que comprendemos fácilmente que el Salvador haya entregado su vida por los hombres, nos pide que lo imitemos, actuando en relación con el prójimo como Él actuó con relación a nosotros, y no imponiendo límites al amor. Esta debe ser la característica de las relaciones entre los bautizados.

 

IV – Conclusión

 

Nuestra Señora del Divino Amor – Casa Madre de los

Heraldos del Evangelio, São Paulo (Brasil)

“Es por medio de tal lección que Jesús extirpa hasta las raíces la antigua dureza e implanta su nueva caridad”.29 Cesa el régimen del egoísmo y se abre para la humanidad una vía fundamentada en el amor, que servirá de norte para los cristianos de todos los tiempos. No se trata, sin embargo, de un amor espontáneo y pasajero, fruto de la simpatía natural, de los lazos familiares o del sentimiento humano, sino de un amor que brota de un corazón puro, de una buena conciencia y de una fe sincera y sin ostentación, como expresa con tanta propiedad el vocabulario griego con el término ἀγάπη (ágape, traducido en la Vulgata por diligere). Es el amor de Dios desbordante de ternura para con nosotros, del cual el amor entre los hermanos y el “sentimiento cristiano de amor a los enemigos”30 son un reflejo. “La palabra ἀγάπη es específicamente bíblica; […] más original todavía es la caridad como noción teológica y como principio de la vida práctica. Es una de las revelaciones más ricas que el Señor trajo al mundo; los Apóstoles […] hicieron de la difusión de la caridad divina el objetivo de su mensaje; y fue esta predicación la que convirtió al mundo”.31

 

Una invitación para la humanidad en los días de hoy

 

¿Quién no ha experimentado nunca, al menos una vez en la vida, la alegría sobrenatural que inunda al alma cuando nos inclinamos con dedicación y desinterés hacia las necesidades de otro, buscando hacerle bien? Poseer esta alegría, ahora pasajera, después eterna, es lo que nos propone la liturgia de hoy. En conclusión, somos invitados a rechazar el error de concebir el amor como una pura explosión de sentimientos, o como una manifestación de egoísmo, basado en el interés personal; somos invitados a abrazar la santidad, procurando hacerlo todo —desde barrer el suelo o limpiar una ventana, hasta gobernar una nación— por amor y con amor, como el monje sastre, cuya historia recordamos al inicio de este comentario.

 

En esta época tan conturbada, en la que los hombres, quizá más que en el mundo antiguo, van detrás de las ventajas personales y se debaten en una sociedad dominada por el orgullo, por el odio y por el desprecio, ignorando las obligaciones de la caridad y dejando de lado la gloria de Dios, las palabras de Nuestro Señor Jesucristo resuenan, nuevamente, como un llamamiento al cambio de vida.

 

No seamos sordos a esta divina invitación. Depositemos nuestra confianza en María Santísima y abracemos el admirable ejemplo del Hombre Dios, que no vaciló al entregar hasta la última gota de sangre y linfa por cada uno de nosotros. Si vivimos en ese estado de espíritu, será posible establecer un ambiente de bienquerencia y respeto que estimule la práctica de la virtud, pues, según las palabras del Apóstol, el amor “es el vínculo de la unidad perfecta” (Col 3, 14). Sólo así construiremos una civilización más cristificada y, al completar la trayectoria de nuestra vida, se abrirán para nosotros las puertas del Cielo.

 

 

1 Cf. CANTÙ, Cesare. História Universal. São Paulo: Américas, 1960, v. I, p. 487; WEISS, Juan Bautista. Historia Universal. Barcelona: La Educación, 1927, v. I, p. 677.

2 Cf. WEISS, op. cit., pp. 556-557.

3 Esta concepción: “Ius suum unicuique tribuens – dar a cada uno su derecho”, es comentada por Santo Tomás de Aquino (cf. Suma Teológica. II-II, q. 58, a. 1).

4 Cf. GIRARD, Paul Frédéric. Manuel élémentaire de Droit Romain. 3.ª ed. Paris: Arthur Rousseau, 1901, p. 4.

5 Cf. Ídem, p. 91.

6 Ídem, p. 98.

7 WEISS, op. cit., v. III, pp. 391-393.

8 TUYA, OP, Manuel de; SALGUERO, OP, José. Introducción a la Biblia. Madrid: BAC, 1967, v. II, p. 334.

9 Cf. Ídem, ibídem.

10 BONSIRVEN, SJ, Joseph. Le judaïsme palestinien au temps de Jésus- Christ. 2.ª ed. Paris: Gabriel Beauchesne, 1934, v. I, pp. 103-104.

11 Ídem, pp. 19-20.

12 SANTO TOMÁS DE AQUINO, op. cit., q. 188, a. 3, ad 1.

13 SAN BERNARDO. Sermones sobre el Cantar de los Cantares. Sermón L. In: Obras Completas. Madrid: BAC, 1955, v. II, p. 338.

14 SAN CIRILO, apud SANTO TOMÁS DE AQUINO. Catena Aurea. In Lucam, c. VI, vv. 27-31.

15 SANTO TOMÁS DE AQUINO. Suma Teológica. III, q. 21, a. 4. 16 Cf. Ídem, a. 1.

17 SAN AMBROSIO. Tratado sobre el Evangelio de San Lucas. L. V, n.º 77. In: Obras. Madrid: BAC, 1966, v. I, p. 267.

18 SAN JUAN CRISÓSTOMO, apud SANTO TOMÁS DE AQUINO, Catena Aurea, op. cit.

19 SANTA TERESA DE LISIEUX. Manuscrits autobiographiques. Manuscrit C, 16v; 17r. In: www.archives- carmel-lisieux.fr.

20 SAN AMBROSIO, op. cit., n.º 75, pp. 265-266.

21 SANTA TERESA DE LISIEUX, op. cit., 18v.

22 Cf. LLAMERA, OP, Bonifacio. Teología de San José. Madrid: BAC, 1953, p. 183.

23 SAN AGUSTÍN. Sermo CCVI, n.º 2. In: Obras. Madrid: BAC, 2005, v. XXIV, pp. 186-187.

24 GOMÁ Y TOMÁS, Isidro. El Evangelio explicado. Introducción, infancia y vida oculta de Jesús. Preparación de su ministerio público. Barcelona: Rafael Casulleras, 1930, v. I, p. 138.

25 Cf. LAGRANGE, OP, Marie-Joseph. Évangile selon Saint Luc. 4.ª ed. Paris: J. Gabalda, 1927, p. 198. 26 Ídem, ibídem.

27 MONSABRÉ, OP, Jacques-Marie- Louis. Le Coeur de Jésus-Christ. In: Exposition du dogme catholique. Perfections de Jésus-Christ. Carême 1879. Paris: L’Année Dominicaine, 1892, pp. 135-136.

28 LE DORÉ, CJM, Ange. Le Sacré Coeur de Jésus, son amour. Paris: Lethielleux, 1909, p. 151.

29 BERNARD, OP, Rogatien. Le mystère de Jésus. Paris: Amiot-Dumont, 1957, v. I, p. 364.

30 PRAT, SJ, F. La Théologie de Saint Paul. 38.ª ed. Paris: Beauchesne, 1949, v. II, p. 562.

31 SPICQ, OP, Ceslas. Saint Paul. Les Épîtres Pastorales. Paris: J. Gabalda, 1947, pp. 22-23.

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Los Caballeros de la Virgen

“Caballeros de la Virgen” es una Fundación de inspiración católica que tiene como objetivo promover y difundir la devoción a la Santísima Virgen María y de colaborar con la “La Nueva Evangelización” , la cual consiste en atraer los numerosos católicos no practicantes a una mayor comunión eclesial, la frecuencia de los sacramentos, la vida de piedad y a vivir la caridad cristiana en todos sus aspectos. Como la Iglesia Católica siempre lo ha enseñado, el principal medio utilizado es la vida de oración y la piedad, en particular la Devoción a Jesús en la Eucaristía y a su madre, la Santísima Virgen María, mediadora de las gracias divinas. Sus miembros llevan una intensa vida de oración individual y comunitaria y en ella se forman sus jóvenes aspirantes.

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