Comentario al Evangelio – XV Domingo del Tiempo Ordinario – ¿Profetas y apóstoles en el siglo XXI?

Publicado el 07/15/2018

El profeta, que rema contra la corriente de su tiempo para hacer oír la voz de Dios, y el apóstol, que lo deja todo para atraer a las almas hacia Nuestro Señor Jesucristo, ¿son modelos válidos para los católicos de nuestros días?

Mons. João Scognamiglio Clá Dias, EP?


 

 

– Evangelio –
En aquel tiempo, 7 Jesús llamó a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos.8 Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja; 9 que llevaran sandalias, pero no una túnica de repuesto. 10 Y decía: "Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio. 11 Y si un lugar no os recibe ni os escucha, al marcharos sacudíos el polvo de los pies, en testimonio contra ellos". 12 Ellos salieron a predicar la conversión, 13 echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban (Mc 6, 7-13).

 

I – Los profetas, elegidos por Dios

A lo largo de los siglos, los pueblos solían escoger a sus reyes y podían, incluso, seleccionar a los que serían sus sacerdotes. No obstante, existe un ministerio cuya designación no era posible corresponderles a los hombres: la función profética. El profeta es, por excelencia, una persona elegida por Dios, de cualquier clase social, y arrancada de su ambiente para transmitir un mensaje que no es suyo, sino de Aquel que lo ha llamado. Esto era algo asiduo en la historia del pueblo judío del Antiguo Testamento, como vemos reflejado de modo muy convincente en la primera lectura (Am 7, 12-15) de este decimoquinto domingo del Tiempo Ordinario.

Amós, profeta de desgracias en medio de la corrupción de Israel

Amós era un simple pastor y agricultor de Técoa, pequeña localidad situada a poca distancia de Belén, al sudeste, en el desierto de Judá. Todos los días, antes del amanecer, conducía a su rebaño a lo alto de una montaña y allí se quedaba, vigilando para evitar que fuera atacado por los lobos.

Al atardecer, con un silbido reunía a las ovejas a su alrededor y las llevaba de nuevo al aprisco. Cierta vez, mientras pastoreaba en el campo, le dijo el Señor: "Ve, profetiza a mi pueblo Israel" (Am 7, 15). A continuación, le reveló todos los castigos que le estaban reservados a esa nación a causa de su prevaricación, a fin de que se los anunciara al rey y sus cortesanos. Si persistieran en el mal camino, serían afligidos por la guerra, en la cual sus enemigos los arrasarían y reducirían a humillante cautiverio.

El origen de esta amenaza se encuentra en lo ocurrido tras la muerte de Salomón, hijo de David. En efecto, por entonces hubo una separación entre los hebreos: las tribus de Judá y de Benjamín habían quedado en manos de Roboán, hijo de aquel gran soberano, y constituyeron el Reino de Judá, al sur de la Tierra prometida, teniendo por capital a Jerusalén; las otras diez tribus formaron el Reino del Norte o de Israel, cuya capital era Samaria, y estaba gobernada por Jeroboán, un mero siervo. Éste temía que el pueblo, cuando fuera a Jerusalén a adorar al Señor en el Templo, acabara escapando de su dominio. Como prefería sus intereses al beneficio espiritual de sus súbditos, estableció un falso culto. Para ello, construyó altares en lo alto de los montes y designó sacerdotes a su gusto, desviando a los israelitas de la verdadera religión. Tal decadencia vino a acentuarse con los monarcas que lo sucedieron.

En la época de Amós el trono estaba ocupado por Jeroboán II, el cual siguió los pasos de sus antepasados, adorando a los ídolos e induciendo a su pueblo al pecado. Para tranquilizar su conciencia, pagaba a adivinos que, como caricatura de auténticos profetas, le hicieran buenos augurios. Bajo su regencia Israel había logrado notable prosperidad económica y militar, alcanzando su máxima expansión territorial.

Esta situación de bienestar y riqueza favoreció la relajación de las costumbres, la corrupción moral y la irreverencia completa a la Ley mosaica, sobre todo en las clases más altas de la sociedad.

En medio de esa pseudopaz y gozo de la vida reinantes es cuando Dios suscita a Amós. Revestido de la autoridad del Señor, este varón empezó a profetizar en las proximidades del santuario cismático de Betel, entre los falsos sacerdotes y adivinos, pronosticando las peores catástrofes en razón de las iniquidades que en aquel lugar eran cometidas.

Esto molestó en la corte, provocando especialmente la antipatía de los que disfrutaban de aquella posición privilegiada… Un sacerdote de Betel, llamado Amasías, denunció a Amós ante el rey como conspirador (cf. Am 7, 10). Según la deturpada concepción religiosa de Israel, allí no cabía su profecía. Así pues, fue intimado a regresar a Judá, el Reino del Sur, donde podría pronunciar sin impedimentos todos sus vaticinios de grandes y terribles acontecimientos.

Tomado por un celo nada pretencioso, respondió que no era profeta ni descendiente de profeta (cf. Am 7, 14). Es decir, según los criterios de la falsa religión creada por los monarcas israelitas, no había ido en busca de empleo y buen salario como los agoreros contratados en Betel. Por el contrario, había sido elegido directamente por Dios y estaba allí tan sólo para cumplir su voluntad y decirles las verdades a aquellos prevaricadores.

Trompetas divinas que indican el camino

¡He aquí la grandiosa misión del profeta! Así la sintetiza el renombrado exegeta dominico Maximiliano García Cordero: "Los profetas tenían conciencia de su misión y carácter de ‘enviados' de Dios. Por declararse tales tuvieron que hacer frente a muchas contradicciones, negando tal carácter a los falsos profetas. Su misión era acusar a sus contemporáneos por sus transgresiones de la Ley, teniendo que hacer frente al sensualismo, a la idolatría, a las injusticias sociales. Por eso, siempre se hallan frente a las clases dirigentes de la sociedad, principales responsables de la apostasía general del pueblo.

Nadie, pues, si no fuera llamado por Dios, se habría arrogado una misión tan ingrata. Sentían dentro de sí como una fuerza superior que les empujaba a hablar en nombre de Dios a sus compatriotas".1

¡El profeta! Varón llamado a levantarse en lucha contra la opinión pública de su tiempo cuando se está desviando de los caminos de Dios, como quien, ante un río caudaloso, resolviera enfrentar la corriente y, remando en sentido contrario, dividir las aguas.

Como en los días del profeta Amós, en la Historia muchas veces los que, por su cargo, deben conducir al pueblo crean religiones falsas o deturpan la verdadera, para agradar las pasiones humanas y evitar que la gente escape de su dominio o influencia.

Entonces el mundo empieza a derivar en el libertinaje de pensamiento y de costumbres… Cuando se llega a ese extremo, Dios elige a algunos y dice: "¡Estos serán mis profetas!", es decir, sus trompetas que proclaman a los cuatro vientos el rumbo cierto.

En esas ocasiones, surgen también movimientos proféticos -porque nacen de un profeta- que entran en choque con la opinión pública, a fin de restaurar completamente la sociedad. Es lo que sucedió, por ejemplo, en el siglo V, cuando San Benito, indignado con la depravación de costumbres de Roma en aquella época, se retiró por inspiración del Espíritu Santo a una cueva en Subiaco. Habiendo comenzado a vivir allí a solas, en oración, pronto se constituyó en torno a su figura una veta de discípulos, la Orden Benedictina, que poco a poco reformó toda Europa e hizo florecer la Edad Media.

Ahora bien, como ocurrió con Amós, con San Benito y con tantos otros elegidos por Dios a lo largo de los siglos, en el Evangelio de este decimoquinto domingo del Tiempo Ordinario, el Señor elige a sus profetas, a los que les da el título de Apóstoles. Se iniciaba de este modo el mayor movimiento profético de la Historia: ¡la Santa Iglesia!

II – Los Apóstoles, dedicación exclusiva a la Palabra de Dios

El Evangelio de esta liturgia presenta el primer envío de los doce Apóstoles a una misión de evangelización y las recomendaciones que el Maestro les da.

El instinto de sociabilidad y la necesidad de la vigilancia

En aquel tiempo, 7a Jesús llamó a los Doce y los fue enviando de dos en dos,…

Un pormenor llama enseguida nuestra atención en la lectura de este versículo: los Apóstoles son enviados "de dos en dos". ¿Por qué? El ser humano tiene en sí el más perfecto de todos los instintos, el de sociabilidad, que le hace necesario entrar en relación con los demás. Dios así lo estableció desde el principio, cuando, después de la creación de Adán, dijo: "No es bueno que el hombre esté solo; voy a hacerle a alguien como él, que le ayude" (Gén 2, 18). De esta forma, mostró que era preciso que otra criatura completara a nuestro primer padre.

La Virgen también quiso darnos un ejemplo similar al visitar a Santa Isabel, embarazada de seis meses (cf. Lc 1, 36.39). Ambas habían sido designadas por la Providencia para acontecimientos extraordinarios: una sería la madre del Precursor y la otra, la madre del Mesías, el propio Dios encarnado. En esta circunstancia, María bien podía haberse limitado a mandarle un mensaje, quizá cuidadosamente escrito en un pergamino, pero prefirió ir a donde su prima y servirla durante el período más penoso de la gestación, porque percibía que era la voluntad de Dios que las dos, al encontrarse, se sustentaran mutuamente.

Del mismo modo, la norma dada por Jesús significaba una protección incomparable, pues un apóstol serviría de apoyo y consolación para el otro, sobre todo en los momentos de dificultad y aridez. Este auxilio colateral recíproco se revelaría indispensable para mantener encendido el entusiasmo en medio de las luchas que todo evangelizador debe enfrentar.

Sin embargo, además de esas razones de carácter psicológico, hay que destacar el aspecto moral, que convierte este principio en no menos oportuno y explica el motivo por el cual viene siendo observado desde la erección de la Iglesia. Hasta tal punto de que, por ejemplo, San Agustín2 -convertido del maniqueísmo y salvado del fango del pecado por las lágrimas de Santa Mónica y por la influencia de San Ambrosio- quiso que en la Regla de su Orden constara el precepto de que un religioso nunca debía salir solo. Y el santo obispo de Hipona3 no se limitó a eso, sino que llegó a la minucia de establecer que, al regresar de alguna actividad fuera de las paredes del convento, los religiosos fueran oídos individualmente por el superior de la casa, si necesitaban contar alguna cosa que desacreditara el comportamiento del otro en materia de moralidad. Después, según conviniera, éste sería corregido.

Si eso ya se hacía necesario en el siglo V, época en la cual hombres y mujeres se vestían con túnicas hasta los pies y no existía la podredumbre moral en la que nuestra sociedad va cayendo paulatinamente, ¡con cuánto más empeño debería ser cumplido en los días de hoy! "Væ soli!" [¡Ay del hombre que está solo!], dice la Escritura, (cf. Ecl 4, 10). Y, en sentido opuesto, afirma el Señor: "Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos" (Mt 18, 20).

En este primer versículo tenemos una confirmación evangélica sobre la importancia de que, en la vida religiosa, siempre se trabaje por parejas o, mejor aún, en colectividad.

Un poder espiritual para estimular el desapego material

7b …dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos.

El poder conferido por el Señor sobre los ángeles malos es esencialmente espiritual y, por tanto, exige el desprendimiento de todo lo que no está relacionado con la vida eterna, empezando por los bienes materiales.

A fin de que quedara marcada esa idea en sus elegidos, Dios quiso que, en sus comienzos, la actividad evangelizadora de la Iglesia, sintetizada en estos versículos, se realizara con escasos recursos. Privados de apoyo material, sus discípulos no se apegarían a las cosas de la tierra al pensar, erróneamente, que la fuerza manifestada en el anuncio de la Buena Nueva provenía del dinero, del prestigio o de la influencia.

Al contrario, la "autoridad sobre los espíritus inmundos" coopera para con el desapego del apóstol. Éste, en confrontación con el Maligno, se ve en la contingencia de usar un nombre más fuerte que el suyo propio, porque es la única palabra que expulsa a ese género de seres del alojamiento que encontraron en una criatura humana: "En nombre de Jesucristo, te ordeno…"; de otro modo, la batalla está perdida. Queda patente que la victoria fue obtenida no por su nombre, el del apóstol, ni por sus posesiones o capacidades, sino por la supremacía de Aquel al cual invocó.

¡Y qué tremenda humillación para el demonio tener que obedecer a un hombre!

Esto nos muestra que el espíritu de un verdadero apóstol debe ser de pobreza y desprendimiento, consciente de que, incluso desprovisto de los bienes de este mundo, posee una riqueza vetada a los demás hombres. Y, por consiguiente, le es indispensable atribuirle a Dios continuamente todo bien que Él pueda hacer valiéndose del apóstol como mero instrumento.

La seguridad del apóstol debe estar sólo en Dios

8 Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja; 9 que llevaran sandalias, pero no una túnica de repuesto.

Por increíble que pueda parecer, las personas de aquel tiempo, mucho más que las de nuestros días, eran muy precavidas y, por tanto, no se desplazaban sin tener garantías, conforme las condiciones de la época, de que no les ocurriría nada grave por el camino.

Ante todo, era inconcebible viajar sin llevar algo de dinero. A tal efecto, el cinturón se usaba para una misión más funcional que simplemente la de sujetar con elegancia la túnica: las monedas eran escondidas en su interior, en general dentro de un saquito o, a veces, en los dobleces de la propia faja, para que no fueran robadas por los asaltantes durante el camino. La misma preocupación se manifestaba al transportar una provisión de alimentos suficiente para el trayecto. Y era prudente llevar una segunda túnica, ante la eventualidad de que se estropeara la que se estaba usando.

Oponiéndose a esas costumbres perfectamente comprensibles, el Señor exige de los apóstoles el espíritu de pobreza también en las cosas necesarias. Son obligados a portar una única túnica, ningún alimento, ni "dinero suelto en la faja"; es decir, debían cargar con lo que tenían en el cuerpo, y nada más, poniéndose en las manos de la Divina Providencia por completo. Solamente, debido a la aspereza del terreno, les permitía que llevaran un bastón para apoyarse cuando el cuerpo estuviera cansado o luchar con animales salvajes, como hizo David contra leones y osos (cf. 1 Sam 17, 34-36). Si no fuera así, dada la miseria humana, enseguida empezarían los apegos e incluso el atesoramiento de bienes materiales.

Se trataba, por tanto, de una situación de carencia impresionante para la praxis del tiempo, pues no existía nadie que se desplazara de esa forma. Era el modo de mostrar que el tipo humano trazado por el Señor en la más osada evangelización cumpliría de hecho con la palabra de Dios, desprendiéndose de las cosas de este mundo y atándose sólo a Él.

Signo de contradicción

10 Y decía: "Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio. 11 Y si un lugar no os recibe ni os escucha, al marcharos sacudíos el polvo de los pies, en testimonio contra ellos".

Para evitarles a sus Apóstoles ataduras innecesarias, el Señor también les ordena que una vez recibidos en una casa, debían permanecer allí hasta que concluyeran sus actividades, huyendo de la tentación de buscar un hospedaje más confortable.

De esta forma, Él transformaba aquella morada en casa de Dios, por haber acogido a sus emisarios. Si esto ocurría con los que los alojaban, en sentido opuesto y armónico, los que rehusaban la misión profética de los Apóstoles se convertían en objeto de rechazo divino, pues el acto simbólico de sacudir el polvo de las sandalias era un signo claro de maldición, usado cuando alguien era maltratado en una ciudad ajena.

Como profetas de la Nueva Alianza, los Apóstoles dividirían a la opinión pública en cada lugar visitado y definirían los campos al anunciar la Verdad absoluta, personalizada en el Señor que lo había enviado.

La necesidad de confiar siempre en Dios

Terminado ese ciclo de instrucciones, podemos concluir que la principal enseñanza de Jesús contenida en él es que la condición esencial para la evangelización se llama confianza: el apóstol ha de regular toda su acción en función de Dios, y nunca de sí mismo. El Salvador le exige confianza plena de que Él jamás lo abandonará y el compromiso de restituir enteramente todo lo que venga a recibir. Por orden del Señor, la Providencia cuidará de todo lo demás.

Si Dios se encarga hasta de los pájaros (cf. Mt 6, 26; Lc 12, 6), ¿por qué no habría de asistir a los apóstoles que predican en su nombre?

Éxito de la misión

12 Ellos salieron a predicar la conversión, 13 echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.

Con este breve vademécum apostólico, el Señor, sabiendo que lo esencial ya les había sido transmitido, lanzó a los suyos en las lides del apostolado, sin ni siquiera darles instrucciones relativas a lo que deberían decir.

Los resultados, como indican esos breves versículos, fueron abundantes y, ciertamente, superaron las expectativas de los enviados, al experimentar en la propia piel lo mucho que el poder manifestado por sus obras no era suyo, sino que había sido transferido por el divino Maestro, que los escogió sin cualquier merecimiento de su parte.

III – Profetas y apóstoles del siglo XXI

Al leer las consideraciones contenidas en este comentario sobre los profetas, sea los del Antiguo Testamento, sea los de la Nueva Ley, podríamos caer en el error de juzgar que no nos conciernen en nada a nosotros, los católicos del tercer milenio.

De hecho, ¿todas las recomendaciones dadas por Jesús a los Doce serían aplicables hoy al pie de la letra? ¿Debemos, pues, salir con bastón y una sola túnica, usando como único medio de locomoción unas simples sandalias? Si sus divinas palabras son válidas para todos los tiempos, ¿qué querría decirnos con todo eso? Nuestro Redentor enseña que, en cualquier época, tenemos que tomar cuidado con los medios, porque el hombre con frecuencia los constituye como fin.

Por ejemplo, la salud. Ésta es un gran medio, en buena parte hasta imprescindible, para que desarrollemos nuestro apostolado con los demás.

Es muy fácil, no obstante, sobreponerlo a nuestro fin y hacer de ella la razón de nuestra existencia convirtiéndonos así en modernos adoradores del dios Bios.

El Señor nos advierte en este Evangelio que precisamos estar libres de todo y cualquier apego o preocupación que frene nuestro apostolado. De ello no resulta que despreciemos los medios, muchas veces necesarios, sino que estemos alertas para que no los transformemos en el centro de nuestra atención, ni los confundamos con la gracia, la cual sí que es indispensable.

Nosotros, los bautizados, estamos incluidos en la Iglesia, y cada uno en su ambiente, incluso constituyendo una familia, debe predicar el Evangelio y ser otro apóstol. ¿Cómo? A través de nuestro comportamiento, por la práctica de la virtud y de la piedad, por una vida cristiana que sirva de ejemplo a los demás, sin perder nunca una oportunidad de decir la verdad, de dar un estímulo o apoyo, y esforzándonos para que todos sigan los pasos de Nuestro Señor Jesucristo.

Actuando así, a nosotros también nos será conferido el poder de curar enfermos, pues el pecado es una enfermedad peor que el cáncer más terrible o la lepra más horrenda. Al invitar a nuestro prójimo a que se enmiende y abrace la religión, operamos un milagro mayor que sanar una enfermedad.

Desde el punto de vista sobrenatural, remediar un mal físico mortal es más fácil que restituirle la vida de Dios a un alma que la perdió.

¿Y acaso no expulsaremos demonios? ¡Sin duda! La simple presencia de un buen católico, que camina hacia la santidad por la oración, vigilancia y cumplimiento de los Mandamientos de la Ley de Dios, tiene un poder implacable contra los espíritus inmundos.

Es imprescindible, además, fijar la noción de que cuando les hacemos algún bien a las almas, esto no proviene nada más ni nada menos que del Señor. Como demuestra San Pablo Apóstol en la segunda lectura de este domingo (Ef 1, 3-14), todos los méritos nos vienen de Él, pues el Padre nos eligió y predestinó en función de Cristo "antes de la fundación del mundo". ¡Él es nuestra fuerza! De esta forma, a ejemplo del profeta Amós en el Reino de Israel, de los Apóstoles enviados en misión por primera vez a Galilea, y de todos los profetas y apóstoles a lo largo de los siglos, nos convertiremos en signos de contradicción para la humanidad y les abriremos el camino de la salvación a aquellos que tuvieron el coraje de romper con los desvíos morales de nuestra época y aceptar la radicalidad del Evangelio.

 

1 GARCÍA CORDERO, OP, Maximiliano. Biblia Comentada. Libros Proféticos. Madrid: BAC, 1961, v. III, p. 15.

2 "Cuando salís de casa, id juntos; cuando lleguéis adonde vais, permaneced juntos" (SAN AGUSTÍN. Regula ad servos Dei. P. II, IV, 2. In: Obras Completas. Madrid: BAC, 1995, v. XL, p. 570).

3 Cf. Ídem, 7-9, pp. 574; 576.

 

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