Comentario al Evangelio – XXI Domingo del Tiempo Ordinario – La fe de Pedro, fundamento del Papado

Publicado el 08/25/2017

 

– EVANGELIO –

 

En aquel tiempo, 13 Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?”. 14 Ellos contestaron: “Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas”. 15 Él les preguntó: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”. 16 Simón Pedro tomó la palabra y dijo: “Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo”. 17 Jesús le respondió: “¡Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los Cielos. 18 Ahora yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. 19 Te daré las llaves del Reino de los Cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en los Cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los Cielos”. 20 Y les mandó a los discípulos que no dijesen a nadie que Él era el Mesías (Mt 16, 13-20).

 


 

Comentario al Evangelio – XXI Domingo del Tiempo Ordinario – La fe de Pedro, fundamento del Papado

 

En un ardoroso ímpetu de fe, San Pedro se adelanta a los demás apóstoles y proclama que Cristo es el Hijo de Dios. Como recompensa a ese acto de fidelidad, Jesús lo constituye la piedra sobre la cual edificará su Iglesia.

 


 

I – PARA CONOCER A JESÚS ES NECESARIO TENER FE

 

Analizando el funcionamiento de la inteligencia y de la voluntad humana, enseguida observamos una particularidad que las vuelve muy distintas unas de otras. Valiéndonos de un lenguaje figurado, podemos decir que la primera hace que las cosas entendidas vayan a ella; la segunda, por el contrario, vuela hasta éstas, al desearlas. En este sentido, Santo Tomás afirma que “el conocimiento se realiza en cuanto que lo conocido está en quien conoce. En cambio, el amor [se realiza] en cuanto que el amante se une a lo amado”.1 El acto de entender implica, por tanto, en adecuar a las dimensiones de nuestra inteligencia todo lo que asimilamos. Cuando se trata de comprender un objeto inferior a nosotros, nuestra razón se enriquece, y ése pasa a existir en nuestra mente de modo más noble de lo que es en sí mismo. 

 

Por ejemplo, cuando un científico se dedica a estudiar una hormiga es capaz de desmenuzarla con la ayuda de microscopios, usarla para experimentos, extraerle el ácido fórmico. Todavía habrá quien establezca correlaciones entre ciertas características de su comportamiento —como la determinación y la tenacidad en providenciar alimento y transportarlo al hormiguero, o su tendencia gregaria— y una serie de principios psicológicos. Entonces la inteligencia humana puede hallar en la hormiga valores que ésta no comprenderá nunca, por ser irracional, y le conferirá una importancia que transciende a la de un simple insecto.

 

Muy diferente es, no obstante, lo que ocurre cuando pretendemos conocer a seres superiores a nosotros, pues como no conseguimos abarcar su grandeza, nuestra inteligencia los disminuye hasta que queden proporcionados a sus límites. Ésa es, principalmente, la función de un maestro: coger doctrinas complejas y traducirlas de una manera accesible, según la capacidad de los alumnos. Si no procede así, sus oyentes, menos preparados y sabios, no lograrán aprender. 

 

Estas consideraciones nos ayudarán a seguir mejor la liturgia del vigesimoprimer domingo del Tiempo Ordinario, porque se aplica a determinados episodios de la existencia terrena de Cristo. 

 

Jesús empieza su predicación 

 

La vida de Jesús hasta los 30 años transcurrió, aparentemente, como la de un hombre común. Veló los reflejos de su divinidad y ayudaba a su padre en el oficio, siendo conocido como “el hijo del carpintero” (Mt 13, 55), una noción que es fácil de ser asimilada. San José, en su sencillez, tampoco dejaba traslucir toda la sublimidad de su vocación —era el padre adoptivo del mismísimo Dios encarnado— y nadie fuera del seno de la Sagrada Familia percibía el altísimo misterio que en ella se estaba dando. Aunque Jesús y José fueran muy respetados en la pequeña Nazaret, por la honestidad, perfección y responsabilidad con la que ejecutaban sus trabajos, es evidente que dicha apreciación distaba mucho de su auténtica dignidad. 

Pero en determinado momento muere San José y, poco después, el Señor empieza su ministerio, dirigiéndose a ciudades más importantes que Nazaret, como Cafarnaún, Corozaín y Betsaida. Según narran los evangelistas, Jesús “recorría toda Galilea enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del Reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo” (Mt 4, 23). Su fama enseguida se difundió “por todos los lugares de la comarca” (Lc 4, 37), de suerte que “en los pueblos, ciudades o aldeas donde llegaba colocaban a los enfermos en la plaza y le rogaban que les dejase tocar al menos la orla de su manto; y los que la tocaban se curaban” (Mc 6, 56). Cuando instruía al pueblo, “se quedaban asombrados de su enseñanza, porque su palabra estaba llena de autoridad” (Lc 4, 32) y, al obrar milagros, se admiraban hasta el punto de suscitar en la muchedumbre la exclamación: “¡Nunca se ha visto en Israel cosa igual!” (Mt 9, 33). A una simple orden suya la tempestad cesaba y el mar entraba en calma, impresionando tanto a sus discípulos que se preguntaban unos a otros: “¿Quién es este, que hasta el viento y el mar le obedecen?” (Mt 8, 27). Sin embargo, el impacto que había causado incomodaría a los judíos. ¿Por qué? 

 

Esperaban a un Mesías temporal 

 

No podemos olvidarnos de que la clase más alta de la sociedad judaica estaba constituida por saduceos y fariseos, dos influyentes partidos religiosos que discutían calurosamente entre sí. Mientras los primeros, acomodados a los privilegios que gozaban, se preocupaban poco con la venida del Mesías, los fariseos inculcaban una idea errónea en el pueblo —en sí muy propenso a aceptarla—, según la cual el principal objetivo del Salvador sería el de promover la supremacía político-social y económica de Israel sobre las demás naciones de la tierra. 

 

Ahora bien, las características que Jesús presentaba no coincidían con tal anhelo. Si, en cierto modo, el Señor superaba las expectativas mesiánicas, también es verdad que varias veces la opinión pública se mostraba chocada con relación a Él. Cuando anunció la Eucaristía, después de la multiplicación de los panes y de haber andado sobre las aguas, declarando: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del Cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo” (Jn 6, 51), los judíos se escandalizaron, porque interpretaron sus palabras en el sentido del canibalismo. Incluso “desde entonces, muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con Él” (Jn 6, 66). 

 

En esa misma ocasión el Maestro le preguntó a los Doce: “¿También vosotros queréis marcharos?” (Jn 6, 67), como si dijera: “la opinión pública me ha abandonado; ¿no queréis iros con ella?”. Y San Pedro le respondió: “Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna” (Jn 6, 68). Dicha reacción indica que en la mentalidad de los Apóstoles empezaba a configurarse una idea más acertada sobre el Mesías, gracias a la virtud de la fe, que les estaba ampliando los horizontes interiores, porque sin el auxilio sobrenatural las verdades reveladas —sobre todo las que conciernen a los misterios más altos de nuestra fe— no se pueden alcanzar con la razón humana. 

 

Otra muy distinta, no obstante, fue la actitud de los fariseos y saduceos. Como no querían aceptar a Jesucristo, llegaron a acusarlo de exorcizar “con el poder de Belcebú, príncipe de los demonios” (Mt 12, 24), y acabaron planeando matarlo. 

 

Analizaremos, desde esa perspectiva, el episodio narrado por San Mateo, que tuvo lugar alrededor de una semana antes de la Transfiguración del Señor, en el monte Tabor (cf. Mt 17, 1; Mc 9, 2; Lc 9, 28). La Pasión estaba próxima y era necesario separar definitivamente a los Apóstoles de la sinagoga —de la cual eran miembros fervorosos—, y dejarles claro que la institución que Él había venido a fundar llevaría a aquella a la plenitud y sería la realización de todas las profecías de la Antigua Ley.

 

II – LA PROMESA DE LA FUNDACIÓN DE LA IGLESIA

 

En aquel tiempo, 13 Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?”. 

 

Saliendo de Betsaida, donde había curado a un ciego (cf. Mc 8, 22-26), el Señor se dirigió con sus discípulos a Cesarea de Filipo, a unos 50 km de distancia, un territorio de exuberante belleza natural situado al norte de Palestina conocido por entonces como Paneas. Herodes —llamado el Grande— había edificado allí un templo destinado al culto de César Augusto; posteriormente, cuando su hijo Herodes Filipo se convirtió en tetrarca de la región, llamó a la localidad Cesarea para halagar al emperador, y para distinguirla de otra población con el mismo nombre le añadió el suyo propio.2 Es probable que la escena descrita en estos versículos se hubiera dado ante la vista de ese edificio pagano, levantado sobre un gran peñasco, dominando el panorama.3 

 

Un método para formar a los Apóstoles 

 

En la pregunta que formula el divino Maestro se puede entrever el interesante método que emplea para formar a los Apóstoles. Al oír las predicaciones y presenciar los milagros, fueron comprobando por sí mismos, cómo era un maestro fuera de lo común. Sin embargo, si no hubiera habido una revelación, jamás pensarían que Jesús era el propio Dios. Ni siquiera los ángeles, en estado de prueba, llegarían a esa conclusión por ellos mismos, porque el misterio de la unión hipostática es algo que escapa completamente no sólo a nuestra inteligencia humana, sino también a la angélica.4 Los demonios, por lo tanto, no tenían una noción clara a respecto de la divinidad de Cristo.5 

 

Además, al encarnarse en el seno purísimo de María, el Señor hizo el milagro negativo de asumir un cuerpo padeciente. De lo contrario, éste sería glorioso, en entera consonancia con su alma, la cual goza de la visión beatífica desde el primer instante de su creación. De este modo, velaba a los ojos de los hombres los fulgores de su divinidad y no les permitía que se dieran cuenta claramente que Él era la segunda Persona de la Santísima Trinidad, igual al Padre y al Espíritu Santo, hasta tal punto que, en la Última Cena, San Felipe todavía le pide a Jesús que les muestre al Padre, y el Señor le responde: “Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre” (Jn 14, 9). 

 

Siendo Él la Humildad y la Prudencia, no dijo nada a ese respecto desde el comienzo, cuando convocó a sus discípulos a que le siguieran. Ahora, no obstante, una vez que estaban impregnados e inundados de pruebas, el Salvador quiere llevarlos a conocer ese misterio. Era el momento de introducir a los Apóstoles en la perspectiva de su divinidad. Es interesante señalar que, al preguntarles sobre el parecer popular, Jesús no usa expresiones como “de mí” o “de mi persona”, sino “del Hijo del hombre”. ¿Por qué? Porque el pueblo tenía una opinión sobre el Hijo del hombre y no a propósito de Él, que es Dios, de su Persona, que es divina. Por consiguiente, el Señor quiere llamar la atención de los Apóstoles a respecto de la consideración que el pueblo daba a su naturaleza humana, para disuadirlos de ese juicio errado y manifestarles quién es Él. 

 

Opiniones diversas y equivocadas 

 

14 Ellos contestaron: “Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas”. 

 

Los Apóstoles transmiten las conjeturas del pueblo: versiones variadas y muy distantes de la realidad, pero que indican cómo Jesús era reputado un hombre extraordinario, y nada más, aparte de eso. De hecho, al ser imposible abarcar su grandeza, intentaban adecuarlo a su mente, equiparándolo a un profeta. Sin embargo, los Apóstoles convivían con el Señor y percibían que esos comentarios no estaban a su altura. Algunos de ellos habían sido discípulos de Juan el Bautista y sabían perfectamente que el Maestro no era el Precursor resucitado, porque lo habían conocido de cerca y le oyeron de sus labios: “viene el que es más fuerte que yo, a quien no merezco desatarle la correa de sus sandalias” (Lc 3, 16). Por cierto, a San Andrés y a San Juan Evangelista les había apuntado a Jesús diciendo: “Éste es el Cordero de Dios” (Jn 1, 36). En relación con las hipótesis de que Cristo fuera Jeremías resucitado o Elías —que aún estaba y continúa vivo, según una consagrada tradición—, tampoco tenían dudas de que eran falsas. 

 

Con todo, recelosos de perder la consonancia con la opinión pública, los mismos Apóstoles evitaban plantear el problema y preguntar sobre los orígenes de Jesucristo. Sabían que era hijo de María y de José, pero ignoraban donde había estudiado, de donde provenía tanta sabiduría, cómo había conseguido el poder de hacer milagros. 

 

¿Qué les estaba faltando para destacarse de esas opiniones y dar un paso adelante en la comprensión del Maestro? Un don de fe. En efecto, “la fe agudiza la mirada interior abriendo la mente para que descubra, en el sucederse de los acontecimientos, la presencia operante de la Providencia. […] La razón y la fe, por tanto, no se pueden separar sin que se reduzca la posibilidad del hombre de conocer de modo adecuado a sí mismo, al mundo y a Dios”.6 

 

Una respuesta inspirada 

 

15 Él les preguntó: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”. 16 Simón Pedro tomó la palabra y dijo: “Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo”. 

 

Es importante destacar de esta segunda pregunta que el divino Maestro se refiere a sí mismo, porque ya no dice “el Hijo del hombre”, sino que está indagando: “¿quién decís que soy yo?”. San Juan Crisóstomo comenta que esto es una forma de “invitarlos a que concibieran más altos pensamientos sobre Él y mostrarles que la primera sentencia se quedaba muy por bajo de su auténtica dignidad”.7 

 

San Pedro, cuyo temperamento expansivo lo llevaba a decir todo lo que pensaba, se adelantó y respondió: “Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo”. Se diría que esta lapidaria frase era elaboración de la experiencia de este apóstol, fruto de una madura y profunda reflexión. Ahora bien, ¿cómo podía llegar, por el simple concurso del raciocinio, a la conclusión de que fuese Dios ese maestro “reconocido como hombre por su presencia” (Flp 2, 7), que se cansaba, sentía sueño, hambre y sed? 

 

La fidelidad de Pedro a la inspiración del Padre 

 

17 Jesús le respondió: “¡Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los Cielos”. 

 

Jesús declara que Pedro es bienaventurado por haber sido favorecido por el Padre, al revelarle tan alta verdad. A propósito de este pasaje observa San Hilario: “La fe verdadera e inviolable consiste en creer que el Hijo de Dios fue engendrado por Dios y que tiene la eternidad del Padre. […] Y la confesión perfecta consiste en decir que este Hijo tomó cuerpo y fue hecho hombre. Comprendió, pues, en sí, todo lo que expresa su naturaleza y su nombre, en lo que está la perfección de las virtudes”.8 

 

San Pedro fue fiel a la inspiración divina y, a despecho de las impresiones humanas, exteriorizó su fe. Como premio por su correspondencia a la gracia y por tan robusta fe, el Maestro quiso otorgar al Apóstol un tesoro, como si dijera, en la bonita expresión de San León Magno: “al igual que mi Padre te ha manifestado mi divinidad, así yo, a ti, te doy a conocer tu excelencia”.9 

 

Y fue en ese momento cuando se volvió clara para todos los Apóstoles la misión que les estaba reservada: anunciar al mundo a Jesucristo, nuestro Señor, Dios y Hombre verdadero.

 

La promesa de la invencibilidad de la Iglesia 

 

18 “Ahora yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. 19 Te daré las llaves del Reino de los Cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en los Cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los Cielos”. 20 Y les mandó a los discípulos que no dijesen a nadie que Él era el Mesías.

 

En arameo no existe distinción de género entre los sustantivos Pedro y piedra, por lo que ambos se expresan con una sola palabra: kefa’. Es decir, Jesús dijo que Él edificaría la Iglesia sobre esa kefa’ —piedra— que es Pedro.10 

 

Con tales palabras Cristo da a Pedro el poder divino, absoluto e inquebrantable, de sustentar a la Santa Iglesia. Hoy, después de más de dos mil años, ha pasado por grandes tormentas y convulsiones, pero continúa en pie y, ocurra lo que ocurra, permanecerá firme hasta el fin del mundo. La Iglesia no corre el riesgo de que su poder sea usurpado por las huestes infernales, porque está cimentada en esa promesa. ¡La muerte nunca la alcanzará! Y esto no significa que la Iglesia sobrevivirá a las vicisitudes en una constante agonía. Al contrario, siempre ha estado y estará joven en todas las eras históricas, ya sea durante las persecuciones romanas, con miles de mártires subiendo al Cielo desde el Coliseo o el Circo Máximo; ya sea en los esplendores de la Edad Media, con el florecimiento glorioso de las catedrales góticas, iluminadas por la policromía de los vitrales y animadas por el majestuoso sonido del órgano; e incluso en nuestros días, en que la humanidad yace en un relativismo y materialismo sin precedentes. 

 

La infalibilidad y el poder de las llaves 

 

En esta ocasión el Señor también le ofrece a Pedro la garantía de la infalibilidad, al declarar que sus decisiones en la tierra serán ratificadas en el Cielo. Será asistido por el Espíritu Santo para enseñar la verdad, lo que hace imposible que la Iglesia se desvíe, siguiendo falsas doctrinas. Gracias a ese carisma el Sumo Pontífice no yerra cuando se pronuncia ex cathedra, “esto es, cuando cumpliendo su cargo de pastor y doctor de todos los cristianos, define por su suprema autoridad apostólica que una doctrina sobre la fe y costumbres debe ser sostenida por la Iglesia universal”.11 El Papado es una de las instituciones más combatidas a lo largo de la Historia, el punto en el que se concentra el odio del demonio y de las fuerzas del mal y, al mismo tiempo, el factor de estabilidad del Cuerpo Místico de Cristo, único organismo que goza de ese privilegio.

 

Los autores analizan el alcance del poder de las llaves, y muchos defienden que las palabras “en la tierra” comprenden todo lo que está en ella y debajo de ella, o sea, los vivos y también los muertos. Así pues, el Papa tiene autoridad para canonizar a un bienaventurado y hace que reciba un añadido de gloria accidental en la eternidad; para aplicar sufragios específicos a los fieles que están en el purgatorio e incluso para excomulgar a un fallecido.12 Era necesario que existiera aquí en la tierra un hombre con tales atribuciones para que tuviéramos un vínculo con el Cielo. 

 

También a los obispos y presbíteros, bajo el primado del Papa y en total dependencia de él, les es concedido el poder de las llaves, aunque de forma menos intensa que al Sumo Pontífice. En el confesionario, por ejemplo, el sacerdote tiene la facultad de absolver o no al penitente de sus pecados, haciendo que las puertas del Cielo se le abran o continúen cerradas para él. Mientras el Paraíso terrenal —creado por Dios para los hombres— está custodiado por querubines desde que Adán y Eva fueron expulsados de allí (cf. Gn 3, 24), las llaves del Paraíso celestial fueron confiadas a un hombre. Por lo tanto, San Pedro obtuvo de Jesús muchísimo más de lo que Adán y Eva habían perdido. 

 

Se diría que es un peligro depositar dicho tesoro en las manos de un hombre… Sí, en el caso de que Dios no fuese el Donante. El que se lo entrega a San Pedro es el mismo Jesucristo y, en realidad, es Él quien gobierna a la Iglesia. Si en ella hubo abusos y desviaciones a lo largo de la Historia, fueron permitidos por Él para probar que, aun cuando el elemento humano esté presente, siempre prevalecerá el elemento divino. 

 

Dos facetas en San Pedro 

 

En los versículos siguientes, que no constan en la liturgia de este domingo, el Señor les anuncia a los Apóstoles, por primera vez, su Pasión (cf. Mt 16, 21), tal vez, para contrarrestar la euforia en la que se encontraban ante aquella grandiosa noticia e impedir que la considerasen de modo erróneo como un signo de la realización inminente de su sueño mesiánico. Sin embargo, al oír la descripción de los horrores por los que el Mesías pasaría, Pedro se lo llevó aparte (cf. Mc 8, 32) y empezó a reprenderle diciéndole: “¡Lejos de ti tal cosa, Señor! Eso no puede pasarte” (Mt 16, 22). Y Cristo, que poco antes había declarado que Pedro era la roca sobre la cual se construiría la Iglesia, ahora lo repele como a una tentación: “Apártate de mí, Satanás” (Mt 16, 23). ¿Cómo se entiende esto?

 

A San Pedro le faltaba una fuerza del Espíritu Santo que le infundiese el amor verdadero y desinteresado y lo preparase para comprender la Pasión del Salvador. El apóstol, que había reaccionado tan bien en la primera prueba, dando testimonio de la divinidad de Jesús con tanta intrepidez, en esta segunda, la aceptación de la cruz y del dolor, sucumbe. Él, que había sido enteramente fiel, hasta el punto de ser constituido como la piedra sobre la cual sería edificada la Iglesia, se vuelve ahora piedra de tropiezo para el Maestro, que con esa categórica reacción buscaba extirpar de sus discípulos la mentalidad antigua de la sinagoga y prepararlos para el espíritu de la Santa Iglesia. 

 

Vemos aquí las dos facetas de San Pedro: una, inspirada por el Espíritu Santo, que le da la visión divina de las cosas; otra, la de la naturaleza caída por el pecado original. Al anunciar la institución del Papado, Cristo trata de acentuar bien la distinción entre lo que es la asistencia del Paráclito para la infalibilidad y lo que es la actuación humana. Pretender sustentar la idea de que todo Papa es santo no se corresponde con la realidad. El ministerio petrino puede servir de vía hacia la perfección, y lo suyo es que el Papa recorra ese camino, pero no perderá la infalibilidad, aunque su conducta no sea virtuosa. 

 

III – Y YO, ¿QUIÉN DIGO QUE ES JESÚS?

 

En la segunda Lectura, la liturgia combina con la confesión de San Pedro un bonito pasaje de la Carta de San Pablo a los romanos, que destaca la desproporción infinita entre nuestra inteligencia creada y la Inteligencia increada, que es Dios: “¡Qué abismo de riqueza, de sabiduría y de conocimiento el de Dios! ¡Qué insondables sus decisiones y qué irrastreables sus caminos! En efecto, ¿quién conoció la mente del Señor? O ¿quién fue su consejero? O ¿quién le ha dado primero para tener derecho a la recompensa? Porque de Él, por Él y para Él existe todo. A Él la gloria por los siglos. Amén” (Rm 11, 33-36). Así, esta maravillosa liturgia nos señala la actitud perfecta que debemos tener como católicos, en este siglo XXI: ante Dios siempre una postura de humildad, reconociendo, por la fe, su grandeza extraordinaria e inconmensurable, su omnipotencia, omnisciencia y omnipresencia, y manifestando esa verdad eterna que el Padre celestial le reveló al Príncipe de los Apóstoles. 

 

La consideración de la magnífica escena que se contempla en el Evangelio sugiere además un examen de conciencia: ¿quién es Jesucristo para mí? ¿Qué digo a su respecto? ¿Es para mí lo que San Pedro proclamó en Cesarea y San Pablo exalta en esa Lectura, es decir, mi Creador, mi Redentor, en función del cual vivo? O, a semejanza de los judíos de aquella época, ¿habré elaborado un Salvador según mis anhelos egoístas y mundanos? Si he abrazado el error, debo pedir hoy gracias para retomar el buen camino, porque el premio eterno está vinculado a la fe en Jesucristo, nuestro Señor y a la total entrega de nuestra vida a Él. Es esto lo que nos hace amar lo que Él manda y esperar lo que Él promete, como pide la Oración colecta de hoy,13 y nos conduce a la gloria del Cielos. 

 


 

1SANTO TOMÁS DE AQUINO. Suma Teológica. I, q. 108, a. 6, ad 3. 

2 Cf. FILLION, Louis-Claude. Vida de Nuestro Señor Jesucristo. Vida pública. Madrid: Rialp, 2000, v. II, pp. 270-271. 

3 Cf. TUYA, OP, Manuel de. Biblia Comentada. Evangelios. Madrid: BAC, 1964, v. V, pp. 368-369. 

4 Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO, op. cit., q. 57, a. 5, ad 1; q. 58, a. 5. 

5 Cf. Ídem, q. 64, a. 1, ad 4. 

6 JUAN PABLO II. Fides et ratio, n.º 16. 

7 SAN JUAN CRISÓSTOMO. Homilía LIV, n.º 1. In: Obras. Homilías sobre el Evangelio de San Mateo (46-90). 2.ª ed. Madrid: BAC, 2007, v. II, p. 138. 

8 SAN HILARIO DE POITIERS. Commentarius in Evangelium Matthæi. C. XVI, n.os 4-5: ML 9, 748-749. 

9 SAN LEÓN MAGNO. In Natali S. Petri Apostoli, hom.70 [LXXXIII], n.º 1. In: Sermons. París: Du Cerf, 2006, v. IV, p. 61. 

10 Cf. JONES, Alexander. Comentario al Evangelio de San Mateo. In: ORCHARD, OSB, Bernard et al. (Org.). Verbum Dei. Comentario a la Sagrada Escritura. Nuevo Testamento: Evangelios. Barcelona: Herder, 1957, p. 416; LAGRANGE, OP, Marie-Joseph. Évangile selon Saint Matthieu. 4.ª ed. París: J. Gabalda, 1927, pp. 323-324. 

11 Dz 3074. 

12 Cf. MALDONADO, SJ, Juan de. Comentarios a los Cuatro Evangelios. Evangelio de San Mateo. Madrid: BAC, 1956, v. I, pp. 595-596. 

13 Cf. XXI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO. Oración colecta. In: MISAL ROMANO. Texto unificado en lengua española. Edición típica aprobada por la Conferencia Episcopal Española y confirmada por la Congregación para el Culto Divino. 17.ª ed. San Adrián del Besós (Barcelona): Coeditores Litúrgicos, 2001, p. 384

 

 

 

 

 

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