El admirable poder de la cruz

Publicado el 04/08/2019

Durante la Pasión el Señor cargó el madero de la cruz, que para Él se convertiría en cetro de poder. Con invencible firmeza, ostentó sobre sus divinos hombros, para adoración de todos los pueblos, el estandarte de la salvación.

 


 

Habiendo explicado en el sermón anterior los acontecimientos que antecedieron al prendimiento de Jesús, nos resta tratar, con el auxilio de la gracia divina, los sucesos de la propia Pasión, conforme lo habíamos prometido.

 

San León Magno.

Arremetieron los hijos de las tinieblas contra la verdadera Luz

 

El Señor había dejado bien claro en su sagrada oración (cf. Jn 17) que tenía verdadera y plenamente la naturaleza humana y la divina, declarando de dónde procedía el que no quisiera padecer y de dónde el que quisiera.

 

Venciendo el miedo propio de la flaqueza, y reforzándola con la grandeza de su valor, determinó ejecutar los designios eternos y opuso a la furia del demonio, que obraba a través de los judíos, la forma de siervo en el cual no existía pecado, a fin de que la causa de todos la tramitara quien tenía nuestra misma naturaleza, aunque libre de culpa.

 

Arremetieron, pues, contra la verdadera Luz los hijos de las tinieblas. Y aun usando antorchas y linternas no pudieron librarse de las tinieblas de su infidelidad, porque no reconocieron al autor de la luz. Apresan a quien estaba dispuesto a dejarse prender y conducen a quien deseaba ser conducido. Si hubiera querido resistirse, nada podrían hacer desde luego las manos impías, pero así se retrasaría la Redención del mundo; sin sufrir, no podría salvar a nadie aquel que vino a morir por la salvación de todos.

 

Consintiendo que hicieran con Él cuanto el furor del populacho clamaba, entre injurias de los sacerdotes es llevado ante Anás, suegro de Caifás, y luego remitido a Caifás, por orden de Anás. Tras ser acusado con necias calumnias y después de las falsedades inventadas por testigos sobornados es conducido al tribunal de Pilato por una delegación de los pontífices. […]

 

El Señor fue entregado al capricho de sus enemigos

 

Lo que Pilato permitió, vencido por la saña implacable del pueblo, fue para deshonrar a Jesús con muchos escarnios y vejarle con desconsideradas injurias; y el presentarle además azotado, coronado de espinas y revestido con un manto de burlas a la vista de escribas y sacerdotes estaba pensado para poder aplacar los ánimos de sus enemigos, a fin de que saciado ya su envidioso odio no insistieran en perseguir a quien ya veían tan maltratado.

 

No obstante, como se encendió la ira de los que vociferaban que perdonara a Barrabás y condenara a Jesús a la pena de cruz y como las turbas repetían con bramido inigualable: “¡Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!” (Mt 27, 25), lograron aquellos inicuos, para su perjuicio, lo que tan insistentemente exigían. Entregado, pues, el Señor al capricho de los sayones, para reírse de su dignidad real le ordenan que cargue con el instrumento de su suplicio. Se cumplía así lo que había previsto el profeta Isaías: “Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado: lleva a hombros el principado” (Is 9, 5).

 

Jesús llevó, por tanto, el madero de la cruz, que se convertiría en cetro de su poder. A la vista de los impíos era un gran escarnio, pero revelaba un admirable misterio a los fieles, porque el gloriosísimo vencedor del diablo y poderosísimo destructor de las potestades enemigas, con resplandeciente belleza, portaba el trofeo de su triunfo.

 

Con invencible paciencia, ostentaba sobre sus hombros la señal de nuestra salvación, para que la adoraran todos los pueblos. Como si diera ya entonces fuerzas con aquella figura a todos sus imitadores y les dijera: “El que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí” (Mt 10, 38). […]

 

Fuente de todas las bendiciones, causa de todas las gracias

 

¡Oh admirable poder de la cruz! ¡Oh inefable gloria de la Pasión! En ella se encuentra el tribunal del Señor, el juicio del mundo y el poder del Crucificado.

 

Atrajiste a ti, Señor, todas las cosas cuando teniendo extendidas todo el día vuestras manos hacia un pueblo incrédulo y rebelde (cf. Is 65, 2; Rom 10, 21), el mundo entero comprendió que debía rendir homenaje a vuestra majestad.

 

Atrajiste a ti, Señor, todas las cosas cuando todos los elementos proclamaron en unánime sentencia el crimen execrable de los judíos: se oscurecieron los luminares del cielo, transformando en noche el día; asimismo extrañas sacudidas hicieron temblar la tierra y toda la Creación se negó a servir a aquellos impíos.

 

Atrajiste a ti, Señor, todas las cosas cuando se rasgó el velo del Templo y el sanctasanctórum rechazó a sus indignos pontífices, como indicando que la figura se convertía en realidad, la profecía en revelaciones patentes y la Ley en Evangelio.

 

Atrajiste a ti, Señor, todas las cosas para que lo que se practicaba, entre umbrosos simbolismos, en un único templo de Judea, se celebrara en todas las naciones del universo mediante un sacramento perfecto y manifiesto.

 

En efecto, ahora el orden de los levitas es más ilustre, más amplia la dignidad de los ancianos, más sagrada la unción de los sacerdotes, porque tu cruz es la fuente de todas las bendiciones y la causa de todas las gracias. Por ella, de la debilidad sacan los fieles la fortaleza; del oprobio, la gloria; de la muerte, la vida.

 

Ahora, al cesar toda clase de sacrificios carnales, la sola oblación de tu cuerpo y sangre hace innecesarias todas las demás víctimas, porque tú eres el verdadero “Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Jn 1, 29). Así cumples en ti todos los misterios, para que todos los pueblos formen un solo reino, de la misma manera que uno solo es el sacrificio.

 

“Los que viven ya no vivan para sí”

 

Confesemos, por tanto, lo que el bienaventurado maestro de los gentiles, el apóstol Pablo, confesó con gloriosa voz: “Es palabra digna de crédito y merecedora de total aceptación que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores” (1 Tim 1, 15).

 

Y aquí radica lo maravilloso de la misericordia de Dios para con no sotros, que Cristo no murió por los justos, ni por los santos, sino por los malos e impíos. Como la naturaleza divina no podía recibir el aguijón de la muerte, al nacer como nosotros tomó lo que podía ofrecer por nosotros. Ya anteriormente amenazaba a nuestra muerte con el poder de la suya, diciendo por el profeta Oseas: “¡Oh muerte!, yo he de ser la muerte tuya; seré tu destrucción, ¡oh Infierno!” (13, 14, Vulgata).

 

Muriendo, se sometió de hecho a las leyes de la ultratumba, pero resucitando las derogó. Hasta tal punto echó por tierra la perpetuidad de la muerte que de eterna la hizo temporal. “Pues lo mismo que en Adán mueren todos, así en Cristo todos serán vivificados” (1 Cor 15, 22).

 

Cúmplase, por consiguiente, lo que dice el apóstol Pablo: “Los que viven ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos” (2 Cor 5, 15). Como lo antiguo ha pasado y todo se ha hecho nuevo, nadie continúe en la vetustez de la vida carnal, sino todos nosotros, progresando de día en día, renovémonos por el aumento de la piedad. Aunque uno sea muy santo, mientras esté en esta vida puede mejorar y superarse. Pero quien no progresa, retrocede; y quien nada adquiere, algo es lo que pierde.

 

Hemos de correr, por tanto, por los caminos de la fe, por las obras de misericordia, por el amor a la justicia, a fin de que celebrando espiritualmente el día de nuestra Redención, “no con levadura vieja, levadura de corrupción y de maldad, sino con los panes ácimos de la sinceridad y la verdad” (1 Cor 5, 8), merezcamos participar en la Resurrección de Cristo, que con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

 

San León Magno. Fragmentos del Sermón LIX, sobre la Pasión del Señor: PL 54, 337-342.

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