¡Quiero ser santa!

Publicado el 11/03/2015

¡Quiero ser santa!

 


 

Oh María, al ser esposa de tu Jesús, soy hija tuya, por eso guárdame porque quiero ser santa.

 

Sé que deberé amar la humildad, el olvido, la caridad, buscar siempre en todas las cosas el último sitio, para someter y aniquilar mi orgullo. Pero no me importa, estoy decidida: quiero ser santa.

 

Deberé amar el desprecio, nunca disculparme, nunca desanimarme, aunque no importa nada mientras consiga ser santa.

 

Deberé renegarme continuamente, vencerme en mil ocasiones, una más penosa que otra… pero no importa: quiero plenamente ser santa.

 

Deberé practicar una caridad extrema para con el prójimo: amarlo, soportarlo y no lamentarme nunca si fuera injusto conmigo. A pesar de todo, quiero ser santa.

 

También sé que siempre deberé actuar con espíritu de fe, de penitencia; deberé realizar todas mis acciones bajo la mirada de Dios que me observa; deberé mortificarme con frecuencia y resistir a todas mis naturales inclinaciones. Aún así, quiero ser santa.

 

Deberé cortar continuamente con las repugnancias de la naturaleza, con la atracción de los placeres; deberé amar el silencio, el recogimiento, el retiro, el trabajo, sin cansarme, ni desanimarme. A pesar de eso, quiero ser santa.

 

Deberé esforzarme en la capilla para ser fervorosa en la oración, cuidar de no distraerme, dar buen ejemplo con mi comportamiento, recogimiento y aunque me cueste mucho quiero hacerlo para ser santa.

 

En los dolores, en las enfermedades, en el hastío, en las acusaciones injustas, en las contrariedades cotidianas, no deberé lamentarme, ni murmurar. Quiero ser santa.

 

El demonio me atormentará con disgusto, con tedio, con tentaciones. Sin embargo, nada me importa, porque quiero ser santa cueste lo que cueste.

 

¿Cómo podré llegar a ser santa? Haciendo lo mejor que pueda las labores que me impongan cada día. Muchos santos, que ya están en el Paraíso, no hicieron más de lo que yo hago aquí: oración, meditación, exactitud en los actos comunes, sumisión con espíritu de fe a cualquier sacrificio permitido por Dios todos los días…

 

Cualquier acto que haga, lo quiero hacer como si Dios estuviese presente, me mirase y sonriese ante mis esfuerzos. Quiero hacerlo como si mi Ángel de la Guarda me ayudara, que para eso tiene una misión especial y tan sólo espera que se lo pida.

 

Quiero realizar todas las acciones como si no tuviese nada más que hacer aparte de aquello que me es pedido por la obediencia, en aquel momento, y no las dejaré mientras no las termine con toda la perfección que me sea posible.

 

Quiero hacer cada una de ellas como si después debiese ofrecerlas en homenaje a Dios y la Virgen Santísima. Sin duda que Dios espera ser alabado con esta acción. Dios ha unido una gracia particular a esta acción. Él reconocerá que le amo si, a pesar del aburrimiento, continúo para acabar mi tarea.

 

Dios manda que se escriban cada uno de mis actos bien hechos, y más tarde éstos conformarán mi corona en el Cielo. Dios borra muchos de mis pecados pasados, si me esfuerzo, para ayudarle, en hacer bien tal acción.

 

Dios recibe de mí, su pobre hija, una gloria que compensa las blasfemias de los malos y la rebelión de las almas que no quieren someterse a su divina voluntad.

 

¡Oh, Dios mío, sí que quiero hacer siempre bien todas las acciones! (Extraído de No Santuário do Coração – Coletânea de Orações da Venerada Madre Clélia Merloni. Roma: Apóstoles del Sagrado Corazón de Jesús, 1987, p. 19-26)

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