¿”APASIONAMIENTO” POR EL SANTÍSIMO SACRAMENTO? – San Pedro Julián Eymard

Publicado el 10/26/2019

San Pedro Julián Eymard (1811-1868) es Fundador de la Congregación de los Sacerdotes del Santísimo Sacramento de  las Siervas del Santísimo Sacramento, de la Liga Eucarística Sacerdotal, de la Pía Unión de Laicos del Santísimo  Sacramento y aún de otras obras destinadas al culto de Jesús Hostia. Tuvo un itinerario singular hasta lograr plasmar plenamente su ideal eucarístico: primero fue novicio en los Oblatos de María Inmaculada en Marsella, después sacerdote diocesano en Grenoble, posteriormente religioso Marista y por fin, en Paris y en otros lugares, realizador de las fundaciones aludidas. El beato Juan XXIII lo canonizó en 1962.

 

Su corazón estaba abrazado de un amor apasionado a Jesús Eucarístico. En 1861 escribía: “Me obsesionaba la idea de que no hubiese ninguna congregación consagrada a glorificar al Santísimo Sacramento con una dedicación total; debía existir esa congregación… Entonces prometía a María trabajar para ese fin”.

 

SAN PEDRO JULIÁN EYMARD

El santo tiene numerosas obras escritas dedicadas al Sacramento del Altar. En una de ellas escribió:

 

“Amemos a la Eucaristía apasionadamente. Dirán “¡pero esto es una exageración!”. Pero ¿qué es el amor sino exageración? Exagerar es ir más allá. Pues bien, el amor debe exagerar. Quien se limita a hacer lo que es estrictamente su deber, no ama. Nuestro amor, para ser una pasión, debe sufrir la ley de las pasiones humanas. Hablo de las pasiones honestas, naturalmente buenas, pues las pasiones son indiferentes en si mismas. Nosotros las tornamos malas, cuando las dirigimos para el mal; depende de utilizarlas para el bien. Sin una pasión, nada se logra. La vida carece de objetivo y se arrastra inútilmente.

 

Pues bien, en el orden de la salvación es necesario también tener una pasión que nos domine la vida y haga producir para la gloria de Dios todos los frutos que el Señor espera (…).

 

¡Amad tal virtud, tal verdad, tal misterio apasionadamente! Ofrendad vuestras vidas, consagrad vuestros pensamientos y trabajos. Sin eso no alcanzareis nunca nada. Seréis apenas un asalariado, nunca un héroe. Todo pensamiento que no se termina en una pasión, que no acaba por tornarse una pasión, jamás producirá nada de grande”.

 

Evidentemente, estas afirmaciones no son fruto de un raciocinio meramente especulativo sino de una experiencia llena de lucidez y de calor. Nos hacen pensar en lo que nos dice San Juan en su Evangelio cuando pasa a relatar la última Cena del Señor: “habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn. 13, 1). Jesús mismo no da ejemplo de ese amor apasionado, “hasta el extremo”. Si así es el amor que Dios nos tiene, así debe ser el amor de retribución que debemos tener para con Él que imaginó esa original locura de quedarse con nosotros bajo los velos del sacramento. No podemos considerar este prodigio de amor con frialdad, como quien constata tantas otras cosas interesantes o banales… Debemos encantarnos por ese amor así demostrado y perpetuamente testimoniado en todos los altares y sagrarios de la tierra.

 

Es que para una persona sin pasión y sin asombro, todo tiempo es poco… para no hacer nada. En cambio, quien tiene una pasión en su corazón, transforma cualquier minuto en una eternidad. San Pedro Julián escribió también: “Ved a Nuestro Señor en el Santísimo Sacramento, ved su amor y que ese pensamiento os domine y os arrebate. ¿Por qué? Porque Nuestro Señor se abre a punto de darse siempre, sin cansarse”.

 

Hay en estas vehementes expansiones una explicación teológica y psicológica del misterio Eucarístico y de nuestra pobre miseria humana. Es triste suponer –pero cuán verdadero- que haya almas que no se entregan como deberían a una devoción ardorosa al Señor y que evitan de ir a los pies del Santísimo Sacramento porque lo saben por demás envolvente y arrebatador. Tienen miedo de que Él los atraiga y los arrastre por su amor. Estas son almas que temen la exageración, la virtud apasionada, la virtud heroica, en fin, la sola virtud que nos lleva al cielo. Porque en el cielo no hay mediocres, ni tibios, ni “asalariados”…

 

Que San Pedro Julián –cuyo perfil tanto nos hace recordar a nuestro beato Manuel González, el apóstol de los sagrarios abandonados- interceda por nosotros para que no seamos de ese número, sino que, por un don misericordioso –y no por nuestro mero esfuerzo humano- seamos fieles y constantes ante el altar, ante el tabernáculo o ante la custodia donde refulge el amor extremado y transformante del un Dios que se empeña en esperar nos y en acogernos siempre.

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