La firmeza y la grandeza de San Aretas

Publicado el 10/24/2017

El coraje y la firmeza de San Aretas delante del martirio, hacen relucir una maravilla más de las producidas por la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana en los pueblos que se colocan bajo su dominio maternal.

 


 

En el libro de Fray José Pereira de Santana, “Los dos Atlantes de Etiopía”, encontramos algunos datos biográficos de San Aretas. Se trata de una prédica de San Aretas a los católicos de la ciudad de Najran, en Arabia, antes de ser martirizado por el tirano Dunʼan.

 

San Areta

Una invectiva llena de grandeza

 

Oídme, Rey inhumano, doctores de la Sinagoga, apóstatas franitas, bárbaros confederados, cortesanos ilustres, y esclarecidos habitantes de Najran.

 

¡Esto sí es saber dirigir una interpelación!

 

“Apóstatas” es una palabra que tiene una gran expresividad. “¡Fulano es un apóstata!” Todo el horror de la apostasía se descarga en estos dos “tas”: “após-ta-ta”. Da la impresión de una cosa que se cayó, que rueda en dos “tas” y se deshace.

 

Un “apóstata franita” da la impresión de ser alguien que se entregó a una de las herejías más infectas, atrayentes y, al mismo tiempo, más digna de rechazo.

 

“Bárbaros confederados” también es una forma de afrenta: suena como si fuesen bárbaros selectos, unidos de tal forma a otros bárbaros que forman una cohesión de barbarie, una especie de ultra-barbarie, peor que todas las barbaries.

 

Entonces, los doctores de la Sinagoga, los apóstatas franitas y los bárbaros confederados, todos juntos en un conglomerado inmundo, nefando y agresivo contra el santo que está solo. Va a ser martirizado, pero antes de morir dice lo que quiere. No le falta grandeza a esa introducción.

 

Cántico de coraje, desbordante de fe

 

Y continúa:

 

Compañeros, amigos, parientes y otros cualesquiera de los circunstantes, seáis nobles o plebeyos, o católicos o infieles, oídme todos, os lo suplico, pues os hablo a todos. Bien pudiera deciros que canto, si observareis que, por un artificio de los años, me convertí en cisne nacional, conservando el candor en la cabeza y en el corazón la alegría, sin temor de la muerte.

 

Hay una leyenda que dice que el cisne, cuando va a morir, canta. Es su último canto, de una belleza melodiosa. La idea es muy bonita. Imaginar un cisne que emite un canto suavísimo antes de morir, en el cual está toda su “cisnicidad”, transformada en sonidos que tocan en el agua, repercuten en los árboles y mueren en el cielo. Es una cosa a la cual tampoco le hace falta poesía.

 

Ese santo dice que él es como un cisne que, antes de ser martirizado, exhala su último canto. ¡Es de una belleza! Es necesario ser oriental para saber hacer eso.

 

Dice lo siguiente:

 

Yo me convertí en un cisne nacional pues conservé en la cabeza el candor y en el corazón la alegría, aunque no tenga temor a la muerte.

 

Él va a morir, pero es cándido, puro, es níveo en su frente, en sus ideas y en su alma; él es alegre, a pesar de que va a morir. Con esa alegría y con ese candor él va a emitir su canto de cisne, y es bueno que todos oigan ese canto.

 

Hablo antes que nada contigo, ¡oh, Rey! Más que las fieras, como ya te lo dije en tu rostro, eres deshumano. Respondiendo a cien razones por las que me acusas de quejoso, condenas injustamente: es verdad que soy, como tú dices, la causa total, motor y única cabeza de la firmeza de los najranenses, aunque no de sus sufridores esclavos.

 

Despreciaron mi consejo sin advertir que, en proporción con mis canas, era el más maduro. Peligraron, pues, en ese desprecio y en esa resistencia se perdieron. Siempre persuadí a todos de que perseverasen confiados en la oposición, pues, no obstante ser tus fuerzas superiores a las nuestras, más fuertes que tus armas eran nuestros muros, y más inconquistables que estos, nuestros corazones.

 

¿Con qué poder salió, en otro tiempo, a pelear contra tantos millares de madianitas un Gedeón? Pues si este, porque el Cielo lo amparaba, pudo vencer con tan pocos a tantos soldados, ¿qué razón había para que no triunfasen también los nuestros sobre tu poder, teniendo por segura la protección del Señor del Cielo y fuerzas más vigorosas que las de ese príncipe?

 

No imagines que eres el autor del castigo que experimentamos, sino un instrumento; por tus manos Dios nos castiga la temeridad de creer que sería fiel a las criaturas quien, además de ser traidor de su soberano, fue rebelde a su Creador.

 

Llámame, oh, tirano, celador de la honra de Dios. A este Señor justamente invoco contra ti, viendo que despreciaste su ley, destruiste sus templos, profanaste sus altares, extinguiste, finalmente, sus sacerdotes. Sabe, pues, que yo, a imitación del mismo profeta que a tantos reyes idólatras les vaticinó la muerte, te aseguro que, brevemente, serás de esa púrpura despojado y depuesto de la monarquía.

 

De suerte que, sin quedar ninguna parte de tus dominios exenta, Dios sujetará a todos al etiópico imperio de Elesbaán. Este insigne varón y poderoso príncipe será el restaurador de nuestra derrotada Cristiandad, prevaleciéndote de tal modo en desagravio a Jesucristo contra ti que, por Él, verá admirada Najran sus iglesias nuevamente recuperadas y a ti, como soberbio edificio a sus pies caído, sin que jamás sea reedificado.

 

Firmeza y resolución

 

San Aretas, después de decir que iría a exhalar el canto del cisne, le dice al Rey: “Tu, oh, Rey, eres peor que las fieras, y sin embargo, tienes razón al decir que soy la causa, motor y única cabeza de la firmeza y resolución con la que los najranenses luchan contra ti.”

 

Se percibe, por el texto, que el Rey quiso quitarle la fe a los najranenses y que ellos resistieron. El Rey, entonces, apresó a este santo porque él era la cabeza de la resistencia. Él le dijo al Rey, como un hombre que no tiene miedo de ser condenado: “De hecho, yo soy la cabeza de la resistencia.”

 

Se percibe que los najranenses hicieron una resistencia excesiva. El trecho no es completamente claro, pero da la impresión de que ellos fueron temerarios en la resistencia y padecieron mucho, y San Aretas, entonces, les dijo que no debían resistir tanto. Por esa causa, entonces, el Rey lo acusaba, en ese punto, de una resistencia excesiva de la cual él no era el culpable. Él, de hecho, estaba a favor de la resistencia, pero de una resistencia pacífica, de una resistencia de carácter ideológico, mientras que los najranenses habían hecho una resistencia militar.

 

Sin embargo, él no deja de elogiar el coraje de los najranenses con una expresión muy bonita: que las armas del Rey eran menos fuertes que los muros de los najranenses, y los corazones de ellos eran todavía más fuertes que esos muros. No había razón, por lo tanto, para que ellos hubiesen perdido esa batalla, pero la perdieron por causa de un castigo que ellos merecían y que los hizo ser derrotados por el Rey impío, porque ellos habían confiado, durante algún tiempo, en ese Rey. Ahora bien, en un hereje no se puede confiar. Un hombre que rompió con Dios es un impío y en él no se puede depositar ninguna clase de confianza. El hecho de que ellos hubiesen puesto su confianza durante algún tiempo en el Rey – eso se refiere a algún episodio anterior, que no conocemos –, ese hecho explica que ellos hayan sido derrotados1.

 

“Oh, Rey – dice San Aretas –, no imaginéis, en absoluto, que vencisteis.” Fue Dios quien venció por su mano, para castigar al pueblo. Pero ese pueblo que había sido condenado por Dios por esa causa, iba a ser, a su vez, reedificado. Vendría un emperador de Etiopía, San Elesbaán, y habría de reconstruir toda la Cristiandad en Etiopía y de derrumbar al Rey Dunʼan, de tal forma que no quedaría nada de todo su poder.

 

La misteriosa economía de Dios

 

Vemos así, la economía de Dios. Había un Rey impío, Dunʼan; había un pueblo flojo y ordinario, que todavía era católico. Dios quiso punir la flojera de ese pueblo católico, que consentía, probablemente, en tener un Rey impío, y permitió que ese Rey persiguiese al pueblo católico. Él se sirvió del impío como de un azote para flagelar al pueblo flojo. “Si fueseis frío o caliente, Yo te aceptaría – dice la Escritura –, peo como eres tibio, comienzo a vomitarte de mi boca” (Ap. 3, 15-16).

 

Ese pueblo fue azotado por Dios, a manos del Rey impío. Pero el Rey impío hizo esto porque Dios permitió y no porque Dios mandó. Por esa causa, él pecó, y Dios tomó un varón de su diestra, San Elesbaán, y lo condujo victoriosamente a la derrota del Rey impío. De esa forma quedaron evidentemente derrotados los doctores de la Sinagoga, los apóstatas franitas y otras abominaciones de esa especie, y, durante algún tiempo, se construyó la Cristiandad en aquellas regiones.

 

Todo florece donde la Iglesia entra

 

Al mencionar ese hecho, no puedo dejar de llamar la atención para la belleza maravillosa de la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana. Por todas partes donde ella florece, desde que los hombres correspondan a su influencia, nace todo lo que de mejor existe, en todas las formas, en todos los grados. Sólo es necesario que los hombres correspondan a su influencia y a su acción.

 

Etiopía, que después pasó siglos separada de la Cristiandad por la falta de comunicaciones, cayó en la miserable herejía monofisita, pero hubo tiempo en que fue una nación verdaderamente católica. En Etiopía aparecieron los esplendores de la fe católica como en cualquier otro país.

 

Ese episodio de San Aretas sería digno, por ejemplo, de la historia religiosa de España, en sus mejores épocas. O sea, la magnífica no es España, así como no lo es Brasil, ni Argentina, ni Chile, ni Uruguay, ni nada de eso. La magnífica es la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana. Donde entra la Iglesia, todas las maravillas, de todo género, de todos los modos, de todas las especies, se multiplican del modo más magnífico, desde que los hombres digan “amén”, digan “sí” a la influencia de la Iglesia.

 

Empero, cuando la Iglesia sale, todo decae, todo rueda por el piso, todo termina en “apóstatas franitas”, en reyes que no sirven y en todo lo demás. La verdadera fuente de todas las grandezas, de todas las bellezas, de todo el bien, de toda la bondad, de toda la santidad, de todo el orden, de toda la cultura, es la Iglesia Católica. Fuera de la Iglesia Católica las cosas pueden nacer, formarse un poco, pero se estancan o decaen.

 

Por ejemplo, la cultura de China, de Egipto, culturas extraordinarias, al fin de cuentas, se levantaron, llegaron a un cierto techo y no progresaron. Es la inmovilidad del Oriente parado y que se descompone por dentro.

 

Tomemos la cultura católica. Ella se levanta como una fuente en medio de aguas estancadas, sólo ella es el agua límpida; y aún después de la fe católica haber sido prácticamente extirpada de Oriente por la Revolución, Occidente, en aquello que todavía progresa, florece en la velocidad adquirida por el hecho de haber habido fe católica. Razón por la cual debemos comprender que amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo por amor a Dios, importa en amar a la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana sobre todas las cosas, y amar a nuestro prójimo en la medida en que él está unido a la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana.

 

Pedir la gracia de admirar solamente aquello que es conforme a Dios

 

En conversaciones particulares, yo inculco muchas veces la necesidad de la gracia de la admiración única, que constituye, a mi modo de ver, un elemento integrante de la gracia del amor a Dios. Es la gracia de sólo admirar aquello que es conforme a Dios. Esta gracia de una admiración única con relación a Dios, en el orden concreto de los hechos, lleva a una admiración única a la Iglesia Católica. Todo lo que la Iglesia toca y recibe su influencia es admirable; todo lo que está por fuera de eso, cuando merece admiración, la merece con tantas reservas, con tantas restricciones, con tantas condiciones, que prácticamente no termina en nada.

 

Se comprende por lo tanto ese encanto, esa pasión que se debe tener por la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana, verdadera patria de nuestras almas, verdadera prefigura de la Iglesia gloriosa, a la cual debemos pertenecer en el Cielo.

 

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1) N. del T.: Como se había convertido al judaísmo, Dunʼan puso sitio a Najrán, que era uno de los grandes centros cristianos. La ciudad se defendió tan valientemente que Dunʼan, sintiéndose incapaz de conquistarla, le ofreció la amnistía si se rendía. Los defensores aceptaron la oferta; pero Dunʼan, en vez de cumplir su palabra, permitió a los soldados que saqueasen la plaza y condenó a muerte a todos los cristianos que no apostatasen. El organizador de la defensa fue San Aretas, con muchos de sus hombres y todos fueron decapitados. Los sacerdotes, los diáconos y las vírgenes consagradas fueron arrojados en fosos llenos de fuego. (Fuente: http://vidas-santas.blogspot.com.co).

 

(Revista Dr. Plinio, No. 223, octubre de 2016, pp. 31-33, Editora Retornarei Ltda., São Paulo – Extraído de una conferencia del 24.10.1967).

 

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