San Andrés Apóstol: imitador del Divino Maestro en su pasión y en la cruz

Publicado el 11/29/2017

Al leer la narración de la muerte de San Andrés Apóstol, el Dr. Plinio incentiva en sus hijos espirituales el amor a la cruz.

 


 

La Iglesia conmemora el 30 de noviembre la fiesta del Apóstol San Andrés. Las siguientes notas biográficas que pasaremos a comentar son extraídas del Padre Rohrbacher, así como también del Abbé Dara.

 

San Andrés Apóstol,

ostentando
la cruz de su

martirio – Iglesia del Sagrado

Corazón de Jesús, Montreal,

Canadá.

“San Andrés, primer apóstol que reconoció a Cristo, al cual llevó su hermano Pedro, futuro primer jefe de la Iglesia, tuvo siempre un gran amor a la cruz. En la hora de su muerte, al ver el madero en el cual lo iban a clavar, lo saludó con alegría.”

 

El saludo de San Andrés a la cruz, hecho en ese momento, no debe ser considerado como pura literatura, pues cada palabra contiene una gravedad y un significado.

 

Después de haber sido azotado, y ensangrentado delante de su cruz, que tenía forma de “X” – por eso es conocida como Cruz de San Andrés – está apostado el apóstol mártir. Delante de ella profiere las siguientes palabras:

 

Cruz bellísima, deseada y amada con dulzura

 

“¡Oh, cruz bellísima, que fuiste glorificada por el contacto que tuviste con el Cuerpo de Cristo! Gran cruz, dulcemente deseada, ardientemente amada, siempre procurada, y al fin preparada para mi corazón apresurado, deseoso de ti.”

 

He ahí la belleza de la exclamación de un hombre en la hora del sufrimiento que Dios le preparó, y en la aceptación del cáliz que él tiene que beber, a fin de obtener su gloria en el Cielo. Cáliz este que, cuando no es sorbido, no alcanza el premio celestial. Llega al fin la hora de su martirio. Él conoce el sufrimiento, pues reflexionó incontables veces sobre la Pasión de Nuestro Señor, que asume su alma en esa circunstancia.

 

La cruz, que era un instrumento de desprecio, un instrumento de punición para los criminales, es sin embargo intitulada por él de “cruz bellísima”.

 

¿Por qué bellísima? Ella fue glorificada por el contacto que tuvo con el Cuerpo de Cristo. Él añade entonces que la había deseado con dulzura.

 

En ese gesto es posible notar los innumerables años de amor al martirio, que le había sido previsto y profetizado, a la espera del momento en que él haría por Dios ese acto de holocausto desinteresado. Por amor a Jesús, él se dejó matar, asemejándose al vaso de Santa María Magdalena, quebrado con ungüento a los pies del Señor, sin utilidad práctica, en un acto de amor desinteresado, en un holocausto que no tenía otra razón de ser, que la de su propio sacrificio. De tal forma que inclusive no siendo útil para las almas o edificante para muchos, y aun cuando no fuese una humillación para los adversarios de la Iglesia, para manifestar a Dios que él llevaba su amor hasta ese punto, deseó la cruz dulcemente, como algo suave.

 

Clavamiento y martirio de San Andrés

– Museo de Sevilla, España.

¡Qué belleza es el alma de un mártir, y cuán bellos son los esplendores existentes en el alma de un mártir!

 

Lo que da sentido a la vida no es el placer, sino la cruz

 

“Gran cruz, dulcemente deseada, ardientemente amada,…”

 

Los hombres huyen del sufrimiento de todas las formas. El sufrimiento es exactamente lo que no desean. Cualquier forma de lucha contra las pasiones, cualquier forma de renuncia al mal, les causa horror. La idea predominante es la de que la vida fue dada al hombre para que él pueda obtener provechos y ventajas, y que es necesario gozarla, y lo que no sea fruir la vida, es morir.

 

Por el contrario, San Andrés amaba ardientemente su cruz, comprendiendo que el verdadero sentido de la vida de un hombre no es el gozo o el placer que tiene, sino el sacrificio que practica. Eso le da sentido a la vida de un hombre y, por lo tanto, todo hombre verdaderamente sobrenatural, verdaderamente hombre, anhela el encuentro con su gran cruz, con su gran martirio.

 

Ese es el hijo de la cruz, el amigo de la cruz, al que se refiere San Luis Grignion de Montfort. 1

 

Amar la cruz, de la cual todos huyen

 

“…siempre procurada…”

 

No son muchos los hombres que en el momento de prestar cuentas a Dios pueden decir que siempre buscaron la cruz, y que en todos los acontecimientos de su vida procuraron el sacrificio. Por el contrario, generalmente los hombres huyen de la cruz, pues no desean de forma alguna el sacrificio. Sin embargo, San Andrés pudo dar de sí mismo el testimonio: “siempre procurada”. Así, en el instante en que él se aproximaba de su cruz, estaba dispuesto al sacrificio.

 

Continúa:

 

“… y al fin preparada para mi corazón apresurado, deseoso de ti.”

 

Aquí se manifiesta el hecho de que Dios al fin le había concedido la cruz a ese corazón que tenía un gran afán de la crucifixión.

 

El martirio significa el último holocausto. Nuestro Señor afirmó: “Nadie tiene un amor más grande que aquél que da la vida por sus amigos” (Jn 15,13).

 

Nadie puede dar una prueba más grande de amor a Dios, que desear la cruz de esa forma.

 

“¡Cruz preparada para mi corazón, deseoso de ti, acógeme, oh, cruz!

 

Abrázame realmente, retírame de los hombres, llévame deprisa, diligentemente, al Maestro. Por ti, Él me recibirá, Él que por ti me rescató.”

 

¿Puede haber una oración más bella que esa? ¿Existirá un alma más pronta para la visión beatífica que un alma que en el momento de la muerte habla de tal forma?

 

¿Puede haber una cátedra semejante a la cruz?

 

“Por tres días estuvo clavado en la cruz, y durante tres días, de lo alto de la cruz, enseñó a los hombres.”

 

El hecho es tan impresionante, que pertenece a aquellos a los cuales no competen comentarios… Quedar tres días clavado en la cruz, predicando al pueblo, y al cabo de esos tres días morir, es un milagro extraordinario. Presenta la cruz como la más grandiosa y augusta de todas las cátedras, cátedra del hombre que sufre y, en nombre de su sufrimiento, habla al pueblo y produce una enorme impresión. Es una plenitud tan grande del apostolado, que verdaderamente no se sabe qué decir.

 

Imaginemos a un hombre anciano, atado a la cruz, con la incomodidad tremenda de esa situación, con azotes que marcaban su cuerpo, posiblemente con las manos y los pies perforados. En ese dolor tremendo es mantenido en vida por un verdadero milagro. Continúa predicando al pueblo, y a un pueblo ardoroso, contrito, probablemente genuflexo, que le “bebía” las palabras, una a una. Es una de las escenas más bellas de predicación católica de todos los tiempos y de todos los lugares.

 

¿Se puede imaginar cuáles fueron las palabras, las enseñanzas, las gracias, en fin, el martirio de San Andrés? ¡Qué cátedra! ¿Quién tuvo durante la vida una cátedra semejante a la cruz?

 

“Señor, Rey Eterno de la gloria, recibidme así pendiente como estoy del madero, de la cruz tan dulce. Vos sois mi Dios, Vos a quien vi. No permitáis que me desliguen de la cruz; haced eso por mí, Señor, que conocí la virtud de vuestra Santa Cruz.”

 

Y con estas palabras expiró.

 

Premio en el cielo y en esta tierra

 

Una muerte tan pulcra, de la cual se podría decir que apenas la de Nuestro Señor la superó en belleza, era merecedora de los más grandes honores de la Iglesia, como de hecho se constató siglos después.

 

“San Andrés siempre fue objeto de gran devoción por parte de los católicos. Así fue, con indescriptible entusiasmo, que la cabeza del santo fue recibida en Roma por Pío II, el 11 de abril de 1462. El Papa se dirigió al encuentro de la preciosa reliquia. El cardenal griego, Besarión, le presentó la caja que la contenía, y que estaba colocada sobre un estrado. Antes de recibir el sagrado depósito, Pío II pronunció una tocante alocución. Después besó, llorando, la cabeza del Apóstol, rezó delante de ella; en seguida la tomó en las manos y, sosteniéndola bien en lo alto, dio una vuelta en el estrado para mostrarla a todos los asistentes. En ese momento, cantos y gritos de esa inmensa multitud se elevaron de todas partes como una sola y gran voz, implorando la misericordia de Dios.

 

La cabeza del Apóstol fue depositada en San Pedro.”

 

Se ve la descripción de la linda ceremonia que la cual el Papa Pío II recibió la reliquia de San Andrés. El cráneo de San Andrés estaba en el Impero Bizantino, infelizmente cismático. Y a medida que los turcos invadían el Imperio, algunas de las reliquias insignes fueron siendo retiradas del Imperio y llevadas por manos fieles a tierras católicas, donde pudiesen ser adecuadamente veneradas. Así sucedió con el cráneo sagrado de San Andrés.

 

Ese cráneo fue recibido por el Papa con toda la veneración narrada. Él mismo toma el relicario donde estaba el cráneo, y le da la vuelta al estrado para mostrar al pueblo que el cráneo de San Andrés estaba en Roma. Después, con una enorme veneración, el cráneo es llevado hasta la Basílica de San Pedro y es colocado en un relicario empotrado en una de las columnas de la Basílica Vaticana.

 

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1) San Luis Grignion de Montfort escribió una carta a una asociación de fieles que existía en la época, llamada “Amigos de la Cruz”, a quienes les entusiasmaba amar el sufrimiento desinteresadamente hasta el fin.

 

(Revista Dr. Plinio, No. 140, noviembre de 2009, p. 10-13, Editora Retornarei Ltda., São Paulo – Extraído de conferencias del 30.11.1964 y 29.11.65)

 


San Andres, apostol de Jesus: Biografia breve, obra, fiesta

San Andrés era uno de los doce apóstoles de Jesús, hermano de Simón Pedro.

 

Este santo nació en Betsaida. Y junto a San Juan, autor de el Evangelio, fue el primer discípulo de Jesús.

 

Cuenta el Evangelio de San Juan que Andrés se hallaba con él a orillas del Jordán, donde el Bautista estaba bautizando cuando pasó Jesús.

 

Ambos eran discípulos de Juan el Bautista. En el momento que pasa Jesús, Juan Bautista les dice: “He ahí el Cordero de Dios”.

 

Entonces los dos discípulos al oír estas palabras fueron rápidamente a buscar a Cristo, que al ver que iban detrás de él les dijo: “¿Qué buscan?”, a lo cual ambos le contestaron “¿Dónde habitas?” Y Jesús respondió “Vengan y lo verán”. Y por supuesto Andrés y Juan no lo pensaron dos veces y se fueron con Jesús a pasar la tarde.

 

Allí vieron donde vivía y disfrutaron de la presencia de Jesús . Y por supuesto a partir de ese día la vida de Andrés pegó un vuelco y cambió para siempre.

 

Más tarde Andrés encontró a su hermano Simón y le dijo que por fin había encontrado al Mesías tan esperado y lo lleva con prisa hacia Jesús para que lo conozca. En el futuro Pedro terminaría siendo un gran amigo de Jesús, y nada más y nada menos que el fundador su iglesia.

 

San Andrés vivió junto a Jesús tres años, esto le permitió escuchar absolutamente todos sus sermones y a presenciar gran parte de sus milagros , como por ejemplo el día de la multiplicación de los panes donde Andrés mismo fue protagonista ya que fue el que le llevó a Jesús el joven que tenía los cinco panes.

 

El día de Pentecostés, recibió al espíritu Santo. San Andrés predicó el Evangelio en Patrás, Acaya, realizando milagros y prodigios. Fue crucificado en una cruz en forma de aspa dando testimonio de su amor a Cristo durante su martirio, por el cual ha merecido el título de “El apóstol de la Cruz”

 

Su festividad es el 30 noviembre

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