San Gerardo Mayela – Un alma pura que vio a Dios

Publicado el 10/14/2017

Como un cristal purísimo atravesado por los intensos rayos del sol, el alma de San Gerardo Mayela dejó pasar la luz divina sin poner resistencia. Por eso, pudo, aún en este valle de lágrimas, “ver a Dios”.

 


 

Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios” (Mt 5, 8). Tal vez sea una de las frases más bonitas del Evangelio, y una de las más conocidas. Sin embargo, no siempre atinamos con el significado profundo que el divino Maestro quiso darle al pronunciarla. Desde luego que no se refería únicamente a la pureza de los santos del Cielo, ni tampoco a aquella por la cual el corazón, ya aquí en la tierra, está continuamente buscando a Dios, sino también a la visión que el inocente posee de todas las criaturas, en las que discierne un reflejo de Dios.

 

Ahora bien, según San Agustín, Santo Tomás de Aquino y otros doctores, al hombre le es posible empezar a gozar, aún en esta vida, de los premios prometidos en el Sermón de la montaña. Acerca de la recompensa de los puros, escribe el Doctor Angélico: “Purificado el ojo por el don de entendimiento, puede ser Dios visto de algún modo”.1

 

Si todos los santos alcanzaron esa singular virginidad de espíritu, en algunos parece que brilla con más esplendor, sirviendo de modelo a ser imitado. Es lo que sucede con San Gerardo Mayela, que en su corta existencia de tan sólo 29 años legó a la Iglesia un ejemplo vivo de esa bienaventuranza. “Oh Dios mío, de todas las virtudes que te agradan, la que amo con predilección es la pureza de corazón”,2 escribía.

 

Al recorrer su historia, analizando sus virtudes, sus milagros y, sobre todo, los tremendos sufrimientos que tuvo que enfrentar, nos da la impresión de estar contemplando un cristal purísimo atravesado por intensos rayos del sol: su alma dejó pasar la luz divina sin ponerle resistencia. Por eso, pudo, todavía en este valle de lágrimas, “ver a Dios”.

 

Un niño predestinado

 

Gerardo, el último hijo de una piadosa familia, nació en la pequeña localidad de Muro Lucano, cerca de Nápoles, en abril de 1726. Desde muy joven dio muestras de ser un alma predilecta de la Providencia: nunca pedía alimento y algunos días de la semana llegaba a rechazarlo, prenunciando los ayunos que habría de practicar más tarde y su célebre máxima: “El amor de Dios no entra en el alma si el estómago está lleno”.3

 

Su principal pasatiempo consistía en hacer pequeños altares y adornarlos con velas y flores; pero su sitio preferido era la capilla de Capodigiano, dedicada a la Santísima Virgen, que distaba de Muro Lucano cerca de 2 km. De allí regresó una vez con un panecillo blanco y cuando su madre le preguntó quién se lo había dado, le respondió: “El hijo de una hermosa señora con el que yo estaba jugando”.4

 

Como el hecho se repetía diariamente durante varios meses, una de sus hermanas lo siguió sin que se diera cuenta y pudo dar testimonio del siguiente espectáculo: tan pronto como Gerardo se arrodillaba a los pies de la imagen de María, el Niño Jesús bajaba de los brazos de su Madre para jugar con él y, al despedirse, le entregaba un panecillo.

 

Su Primera Comunión no fue menos extraordinaria: tras haber oído del párroco una rotunda respuesta negativa, por ser muy pequeño para recibir el Pan de los fuertes, el muchacho se quedó sollozando al fondo de la iglesia. Esa misma noche se le apareció San Miguel Arcángel y le administró la Sagrada Eucaristía.

 

Desde la adolescencia, signo de contradicción

 

A semejanza de Jesucristo, Gerardo fue desde sus primeros años un signo de contradicción (cf. Lc 2, 34) en los ambientes que frecuentaba. Debido al fallecimiento de su padre, se vio obligado a trabajar como aprendiz de sastre. El dueño de la tienda se encariñó con él, pero el jefe de personal, por el contrario, se llenó de aversión por el muchacho, precisamente por verlo piadoso. Lo acusaba de vagabundo, le propinaba bofetadas, hasta el punto de que en una ocasión le hizo perder el sentido. Gerardo jamás se quejó a su patrón; antes bien, se alegraba de padecer por Jesús y le repetía a su verdugo: “Golpead, golpead más, que merezco ese castigo”.5

 

Poco tiempo después se puso al servicio de Mons. Albini, obispo de Lacedonia, conocido por su irascible carácter. Durante tres años Gerardo aguantó humillaciones, reprimendas, malos tratos… Una vez se le cayó al pozo el manojo de llaves de la residencia episcopal. Y, en medio de una terrible aflicción, sólo se le ocurrió una salida: atar a una cuerda una imagen del Niño Jesús y bajarla hasta el fondo del aljibe mientras suplicaba: “Sólo tú me puedes ayudar… Si no vienes en mi auxilio, monseñor me va a regañar. Así pues, por favor, dame la llave”.6 Tiró de la cuerda y —oh maravilla— la imagen traía las llaves en la mano. Este prodigio y su heroica paciencia le valieron la admiración de toda la ciudad, a excepción del prelado. Y cuando éste murió, Gerardo demostró con sus lágrimas cómo estimaba a quien tanto le había hecho sufrir: — ¡He perdido a mi mejor amigo! — exclamaba desconsolado.

 

“ Señor, tú eres más loco que yo”

 

Cuando regresó a Muro Locano, abrió una sastrería. Mientras la aguja corría entre sus ágiles dedos, su alma se elevaba hasta las alturas de la contemplación. Nutría filial devoción por María Santísima, a quien había consagrado su virginidad, y le bastaba pronunciar su nombre para experimentar transportes de amor.

 

Embriagado por la “necedad” de la cruz (cf. 1 Co 1, 18), buscaba imitar en todo los sufrimientos del Salvador: se flagelaba hasta sangrar, se hacía el loco para atraer el desprecio de sus conciudadanos, pasaba días enteros sin comer y, por las noches, escalaba la torre de la catedral para introducirse por los arcos de las campanas e ir a rezar a los pies del Santísimo Sacramento. Si, por una parte, el demonio le ponía zancadillas, apareciéndosele como un perro furioso o provocándole accidentes, por otro lado, el Señor lo recompensaba con numerosas consolaciones.

 

En una de esas largas vigilias, una voz suave, procedente del sagrario, rasgó el silencio nocturno: “¡Pazzerello!”, 7 que quiere decir “loquito”. La respuesta brotó rápida en sus ardorosos labios: “Señor, tú eres más loco que yo, que estás aquí prisionero en el sagrario por amor”.8

 

En la Congregación del Santísimo Redentor

 

Ser religioso siempre había sido el sueño de Gerardo; con todo, quiso la Providencia probar su perseverancia antes de acertar su entrega. Fracasó en dos intentos de entrar en los Capuchinos y en una corta experiencia como anacoreta. Esto desanimaría a cualquiera, pero no al joven Mayela.

 

Algunos sacerdotes de la Congregación Redentorista, recién fundada por San Alfonso de Ligorio, llegaron a Muro Lucano para predicar una misión. Nada más verlos, Gerardo entendió que ésa era su vocación y solicitó su admisión. El superior, el padre Pablo Cafaro, se negó rotundamente, alegando que no tenía fuerzas para soportar los rigores de la vida religiosa. Como insistía en su decisión y lo importunaba incesantemente, el P. Cafaro le pidió a su madre, el día que los misioneros se marchaban, que lo encerrase en su habitación. Pero el joven se escapó por la ventana usando una cuerda hecha con sábanas y salió corriendo detrás de los redentoristas, dejando una nota a su familia que decía: “Voy a hacerme santo. Olvidaros de mí”.9

 

Los alcanzó en la carretera y los acompañó hasta la ciudad vecina, recibiendo siempre la misma negativa. Finalmente su santa y serena tenacidad pudo más que la determinación férrea del superior: en mayo de 1749, a los 23 años, fue acogido a título de prueba en el convento de Deliceto.

 

Incansable apóstol, gran taumaturgo

 

Empezaba para Gerardo la última etapa de su vida: sólo seis años lo separaban de su marcha hacia la eternidad…, seis años fecundos en méritos, ricos de hechos milagrosos y arrobamientos celestiales, intercalados de pruebas y sufrimientos casi sobrehumanos.

 

Considerado inútil para todo trabajo debido a su extrema delgadez, no tardó en desmentir esa fama. El fuego interior que lo consumía suplía la falta de robustez, hasta el punto de que los religiosos afirmaban que rendía por cuatro personas. Se desdoblaba en atenciones para con los demás y asumía los encargos más humildes: jardinero, sacristán, recolector de limosnas, portero… Su presencia se volvió disputada en las diversas casas de la congregación.

 

Eximio en el cumplimiento de sus obligaciones, se reveló también apóstol infatigable e irresistible en las misiones. Uno de sus biógrafos escribe: “Su aspecto, su sola presencia, cuentan los testigos, les valía una predicación; se podía sentir a Dios en él. Su ardiente palabra imprimía en las almas el horror al pecado, el celo por la oración, el amor a Jesús y María, y la fidelidad a los deberes de estado. […] Un no sé qué de divino exhalaba de su persona que consolaba los corazones, curaba las almas y atraía hacia la virtud”.10

 

Secundado por el don de milagros concedido por la Providencia, producía abundantes frutos de apostolado. Los elementos, las enfermedades y los demonios obedecían a su palabra. Curó un número incontable de enfermos, entre ellos una niña paralítica de nacimiento. En varias ocasiones multiplicó alimentos y llegó a separar las aguas de un río que le impedía el paso.

 

Uno de sus prodigios más sonados fue el que hizo en Nápoles. Una muchedumbre reunida en la playa se afligía ante el dramático espectáculo de una embarcación llena de pasajeros que se debatía en las olas del mar en mitad de una furiosa tempestad. Gerardo, que pasaba por allí, se lanzó inmediatamente al agua y le ordenó al barco que, en nombre de la Santísima Trinidad, se detuviese. Después lo arrastró hasta tierra, como si fuese una pluma, y salió del agua con la ropa completamente seca. Todo el pueblo lo aclamaba y quería rendirle homenajes, pero él se escapó enseguida por las calles de la ciudad.

 

Un serafín de carne y hueso

 

Pero donde más se hacía sentir el perfume de su santidad era en el recinto sagrado del convento. De tal manera las virtudes rivalizaban en este religioso que sería difícil señalar una como la principal. Nadie más humilde, más obediente, más observante de la Regla. Sus propios maestros lo tomaban como modelo y los confesores se confundían ante la integridad de aquel hermano lego, neófito en la vida religiosa y ya elevado a la cumbre de la perfección. Algunos de sus contemporáneos llegaron a afirmar que parecía no haber sido tocado por el pecado original, como un ángel de carne y hueso.

 

Los fenómenos místicos con los que fue agraciado son uno de los rasgos más sorprendentes de su espiritualidad. “Todos los favores que Dios ha concedido a los demás santos, ha querido juntarlos, al parecer, en la persona de nuestro seráfico compañero”, 11 escribe el citado P. Saint- Omer. En efecto, en un siglo en el que el racionalismo trataba de negar la existencia de lo sobrenatural y, en el fondo, al mismo Dios, la vida de Gerardo mostraba lo tenue que es el velo que nos separa del mundo invisible, por lo cual debemos compenetrarnos de que siempre estamos bajo la mirada de Dios.

 

Visiones, éxtasis, levitaciones, don de profecía, ciencia infusa, discernimiento de los espíritus, conocimiento a distancia, resplandores, bilocaciones, invisibilidad… Imposible describir en el exiguo espacio de un artículo cada una de esas maravillas.

 

Citamos tan sólo dos ejemplos. Durante una visita al Carmelo de Ripacandida, entró en éxtasis súbitamente y su cuerpo se volvió incandescente hasta el punto de derretir la reja de hierro que tocaba con las manos. También le pasó que contemplando una bonita pintura de la Santísima Virgen se levantó del suelo hasta la altura del cuadro y, besándolo con inefable cariño, exclamó: “¡Qué hermosa es! ¡Mirad lo hermosa que es!”.12

 

Bajo el signo del dolor

 

Tendría, no obstante, una imagen equivocada de Gerardo el que creyera que fue un hombre algo mágico, inmune a las tentaciones y a los sufrimientos. Nada más lejos de la realidad. Desde su entrada en la congregación, padeció terribles pruebas espirituales, durante las cuales se sentía abandonado por Dios, presto a sucumbir en la desesperación. Más convincente que cualquier narración es como lo describe él mismo en una carta a una religiosa: “He llegado tan abajo que no veo siquiera la posibilidad de salir de este precipicio… Me preocuparía poco si pudiera al menos amar a Dios y complacerle. Pero he aquí la espina que atraviesa mi corazón: siento que estoy sufriendo sin Dios. […] Me veo como suspendido sobre el abismo de la desesperación. Me parece que Dios ha desaparecido para siempre, que sus divinas misericordias se han agotado, que sobre mi cabeza revolotean amenazantes los rayos de su justicia”.13

 

Un hecho curioso: a medida que Gerardo iba progresando en virtud, las angustias eran más frecuentes e intensas. En 1754, un año antes de su muerte, le sobrevino una gran prueba, terrible y espantosa. De repente, fue llamado a ir a Pagani, donde entonces residía San Alfonso de Ligorio. Era el primer encuentro del humilde hermano con su fundador… ¡pero cuán doloroso! Después de saludarle, San Alfonso leyó en voz alta dos cartas en las que alguien acusaba al joven religioso de un crimen cometido precisamente contra la virtud que más amaba: la castidad.

 

Sin embargo, sin dejar traslucir emoción alguna, Gerardo se quedó en silencio. Tal actitud equivalía a un asentimiento… Sorprendido, el fundador decidió no expulsarlo, pero le impuso una durísima penitencia: la privación de la Eucaristía y la prohibición de tratar con personas ajenas a la congregación. Durante más de dos meses aguantó esa vejatoria situación, vigilado por sus superiores, y objeto de sospecha de cuantos lo conocían. Pero lo que más le dolía era la ausencia de la comunión. Le costaba contener los ardores de deseo de recibir tan augusto sacramento. A un sacerdote que le instaba a acolitar su Misa, le respondió: “No me tentéis, querido padre, podría arrancaros la Hostia de las manos”.14

 

Por fin, la verdad brilló: otras dos cartas desmintieron la calumnia de las anteriores y revelaron a San Alfonso la falsedad de la acusación a la que su corazón de padre se negaba a dar entero crédito… Invitado una vez más a presentarse al fundador, Gerardo fue recibido con estas palabras: “Pero por qué, hijo mío, ¿por qué no hablaste, por qué no pronunciaste una sola palabra para defender tu inocencia?”. 15 A lo cual respondió: “Padre mío, ¿cómo iba a hacerlo cuando nuestra Regla no admite que nos excusemos ante los reproches de los superiores?”.16

 

“La voluntad divina y yo nos hemos convertido en una sola cosa”

 

Gerardo ya no era de este mundo. Por cierto, nunca lo había sido. Con todo, aquella tribulación lo alejó aún más de las cosas terrenas. En agosto de 1755, durante una misión, tuvo la primera hemoptisis. Su superior lo encaminó al convento de Materdomini, para que se recuperase. Lejos de retroceder, la enfermedad progresó rápidamente: hemorragias, fiebre, malestar sin fin. Sin embargo, nada lograba arrancarle una queja siquiera: “La voluntad divina y yo nos hemos convertido en una sola cosa”,17 decía con alegría. A costa de mucho esfuerzo se levantaba de la cama para pasar algunas horas de rodillas delante del crucifijo de su celda.

 

Ese período también estuvo marcado por hechos extraordinarios: de su cuerpo minado por la tuberculosis emanaba un perfume tan penetrante que los visitantes identificaban su habitación fácilmente. Más edificante todavía era su obediencia: al recibir la orden de curarse se levantó enseguida y retomó la vida comunitaria durante varias semanas.

 

Aunque la voluntad de Dios era otra. En octubre la enfermedad le atacó con más rigor. En los pocos días que le quedaban padeció, por especial favor del Cielo, los tormentos de la Pasión de Cristo. Cuando llegó el día 15 anunció que moriría esa misma noche. Por la mañana recibió el viático y por la tarde rezó el salmo del Miserere. Dos horas antes de fallecer, viendo acercarse a la Reina del Cielo, se arrodilló sobre la cama y entró en éxtasis. Era cerca de la medianoche cuando su alma abandonó el cuerpo.

 

Inmediatamente su fisonomía inerte se transfiguró y adquirió una hermosura angélica. Cuando el campanero del convento iba a hacer sonar el toque de difuntos, sintió una fuerza irresistible que le obligó a resonar el carrillón de las grandes fiestas. En 1893, León XIII elevó a Gerardo Mayela a la honra de los altares, como beato. Once años después San Pío X inscribió en el Catálogo de los Santos a ese ejemplar religioso que siempre mantuvo intacta su pureza de corazón.

 

1 SANTO TOMÁS DE AQUINO. Suma Teológica. I-II, q. 69, a. 2, ad 3.

2 DUNOYER, CSsR, Jean-Baptiste. Vie de Saint Gérard Majela, rédemptoriste. Saint-Étienne: Bureaux de “L’Apôtre du Foyer”, 1943, p. 103.

3 REY-MERMET, CSsR, Thèodule. San Gerardo Maiella, il “pazzerello” di Dio. Materdomini: Stampa Valsele, 1992, p. 51.

4 SAINT-OMER, CSsR, Édouard. Le Thaumaturge du XVIIIe siècle ou la vie, les vertus et les miracles du Bienheureux Gérard-Marie Majela. Desclée de Brouwer et Cie, 1893, p. 2.

5 DUNOYER, op. cit., p. 21. 6 Ídem, p. 32.

7 REY-MERMET, op. cit., p. 32.

8 Ídem, ibídem.

9 Ídem, p. 46.

10 SAINT-OMER, op. cit., p. 75.

11 Ídem, p. 80.

12 Ídem, p. 46.

13 DUNOYER, op. cit., pp. 276-277.

14 REY-MERMET, op. cit., p. 114.

15 Ídem, p. 115.

12 Ídem, ibídem.

17 Ídem, p. 133.

 

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