San José de Cupertino, modelo de despretensión

Publicado el 09/18/2017

Aquí hay una ficha biográfica1 sobre San José de Cupertino, digna de un comentario: Si hubo un hombre pobremente dotado de cualidades naturales, ese fue José de Cupertino. En el momento de su nacimiento, debido a las deudas de su padre, aprehendían el mobiliario de su familia y su madre se vio en la contingencia de dar a luz en un establo.

 

Relicário de São José de Cupertino – Osimo, Itália

Hijo de artesanos, atrofiado, enfermizo, despreciado por todos, escarnecido por los amigos, que lo llamaban de “Boca Abierta”, también fue repudiado por su propia madre. Con una úlcera gangrenosa, pasó la infancia entre la vida y la muerte, hasta ser curado por un religioso. Era incapaz de pasar un examen; imposibilitado de mantener una conversación; no conseguía cuidar una casa ni tocar un plato sin quebrarlo; tenía aspecto de inútil y de quien presta pocos servicios.

 

Cuando más tarde quiso abrazar la vida religiosa, enfrentó las mayores dificultades. Entró a los capuchinos como hermano lego, pero su incapacidad natural y su preocupación sobrenatural como que se unían para hacerlo un inepto para todo. Se llamaba a sí mismo Fray Burro. Mientras su inhabilidad se hacía patente, su santidad no era notada por nadie. Los religiosos terminaron considerándolo absolutamente insoportable. Arrebatado en éxtasis en medio de los cuidados del refectorio, dejaba caer los platos y las bandejas, cuyos fragmentos le eran colocados en el hábito en señal de penitencia. Servía pan negro en lugar de pan blanco. Para transportar un poco de agua de un lugar a otro, necesitó un mes entero. Finalmente, considerando que él no servía para los servicios materiales ni para la vida espiritual, lo despidieron del convento.

 

Expulsado inclusive de otras casas religiosas, José acaba siendo admitido en el convento de Grotella. En este nuevo convento fue incumbido del cuidado de una burra. Él mal sabía leer y escribir y quería ser sacerdote. Nunca pudo explicar ninguno de los textos evangélicos, excepto el que contenía las palabras “bienaventurado el vientre que te trajo”. Al hacer el examen para el diaconado, el Obispo abre el libro de los Evangelios al acaso, y manda al candidato a comentar la frase: “bienaventurado el vientre que te trajo”. José lo explicó magníficamente. Restaba el examen para el sacerdocio. Ahora bien, todos los postulantes, excepto José, sabían la materia a la perfección. Los primeros que hicieron el examen lo hicieron de una forma tan brillante, que el Obispo paró antes de haber examinado a todos. Y, considerando inútil la prueba, admitió en conjunto a los que restaban, entre ellos a José. El 4 de marzo de 1628, José se hizo sacerdote, a pesar de los hombres y de las cosas, a pesar de todas sus incapacidades reconocidas, pero olvidadas.

 

El equilibrio admirable de la Iglesia, maestra de la Sabiduría

 

Hay en la Santa Iglesia un aspecto admirable: ella es maestra de la Sabiduría, maestra del equilibrio. Es decir, la Iglesia católica apunta con exactitud el equilibrio entre cosas aparentemente inconciliables. Así, la Iglesia ha suscitado innumerables santos de una inteligencia extraordinaria, santos reyes o emperadores; pero también ha elevado a los altares a hombres poco capacitados, desprovistos de valor personal, como San José de Cupertino.

 

¿Cómo armonizar ambas cosas?

 

Obrar según la vocación específica

 

Cuando alguien ama a Dios con todo el empeño de su alma, trata de cumplir todo lo que está en su vocación hacer. El hombre eficiente no es el que hace algo fuera de su vocación. El auge de la ineficiencia es obrar fuera de su llamado personal. Imaginemos a una orquesta cuyo violinista no tocase el violín, sino una guitarra. De ese modo él estorba a toda la orquesta, pues al tener una función dentro del conjunto y al ejecutarla de modo indebido, su eficiencia se llama estorbo…

 

Ahora bien, eso pasa con todos los hombres. El orden de las cosas consiste en obrar de acuerdo con los planes de la Providencia. ¡Quien camina fuera de los planes de Dios, entre más eficiente sea, más equivocado está! De manera que el hombre debe preguntarse si está siendo o no, capaz de ejecutar la voluntad de Dios respecto de sí.

 

Para hacer la voluntad de Dios no es necesario tener inteligencia, sino amor

 

Para realizar los planes de la Providencia es necesario observar la voluntad de Dios, amándolo sobre todas las cosas hasta el completo olvido de sí mismo. Con quien procede de ese modo, Dios dispone de todo para realizar sus designios para con esa alma. Por esa razón, incluso antes de procurar conocer los talentos de un hombre, se debe preguntar si él ama a Dios y conoce los planes de Dios con respecto a sí mismo.

 

Conocer significa, por lo tanto, ser capaz de distinguir la voluntad de Dios, y para eso no es necesario tener inteligencia, basta tener amor. Para admirar los planes de Dios, urge amarlo interamente. Y para quien lo ama, Dios realiza grandes maravillas a fin de que sus planes se hagan realidad. Basta tan sólo notar cómo Dios se hizo servir por santos de todos los niveles y con toda especie de capacidades.

 

Nave central del Santuario de San José de

Cupertino – Osimo, Italia.

Pues la Providencia ora suscita hombres como Santo Tomás de Aquino o el Beato Angélico, con una evidente capacidad natural; ora suscita a un pobre incapaz como San José de Cupertino, el cual, por ser un verdadero santo y atender a los designios de la Providencia, hizo la obra de Dios. Así, Dios hace brillar a todos sus santos, permitiendo que ellos realicen maravillas superiores a sus propias energías, posibilidades, talentos o capacidades, porque están en las vías de la Providencia y realizan su obra.

 

En los dos extremos de la capacidad humana, desde San José de Cupertino hasta Santo Tomás de Aquino, los santos siempre realizaron mucho más de lo que su capacidad natural permitiría.

 

Apuntando el verdadero valor de la vida

 

En una sociedad fuertemente jerarquizada, cuyas riquezas aumentaban cada vez más, donde el prestigio era un bien distribuido ampliamente por todas las camadas sociales, era necesario que hubiese un contrapeso que equilibrase a los hombres en la virtud. Ese equilibrio era hecho por personas que abandonaban todo, y que por su ejemplo ayudaban a los que no estaban llamados a una renuncia completa a desapegarse interiormente de los bienes que poseían.

 

En el caso de que San José de Cupertino – famoso por sus limitaciones e incapacidades – recorriese alguna ciudad con multitudes que afluyesen a su alrededor y en otra alameda pasase, por ejemplo, un profesor universitario cortejado por estudiantes – que en aquel tiempo le extendían al profesor sus capas por el piso, en honor de la magnífica exposición que los había dejado entusiasmados –, ¿cuál no sería la gran lección para el profesor inteligente, al notar la gloria de San José de Cupertino y comprender que toda la gloria de su propia inteligencia no era nada, en caso de que no estuviese orientada hacia Dios?

 

Se comprende entonces, cómo tal actitud ayudaba a comprender a los grandes de la Tierra lo que significaba la verdadera grandeza, y a mantenerla dentro de sus límites, haciendo que ella fuese bondadosa, dadivosa, generosa, y existiese para el bien de todos, y no solamente para mandar.

 

El maravilloso equilibrio de los extremos armónicos

 

Se hacen evidentes entonces los equilibrios maravillosos de la Iglesia. Así el matrimonio se mantenía indisoluble, porque había hombres y mujeres que, practicando una castidad perfecta, renunciaban a constituir una familia; había gente capaz de hacer un buen uso de la conversación, pues existían almas que se consagraban al silencio perpetuo por amor a Dios. De ese modo, los individuos eran capaces de hacer un buen uso de la riqueza, porque ciertas órdenes religiosas se habían entregado a la más completa observancia de la pobreza, como por ejemplo, los franciscanos.

 

Llevando, por un lado, la pobreza hasta su último extremo, se hace posible, por otro lado, llevar la riqueza hasta su último extremo. El rico será equilibrado en la posesión de su riqueza y hará un uso benéfico de ella, desde que vea el ejemplo de aquél que renunció a las cosas que están en sus manos. Con el ejemplo del religioso que hizo el voto de pobreza, el rico podrá utilizar sus riquezas; así como el hombre sociable y brillante, que reúne una gran círculo a su alrededor y se vuelve uno de los centros de la vida social de su ciudad, podrá hacer un buen uso de ese prestigio si tuviere cerca de su ambiente un convento de monjas que nunca hablan.

 

El ejemplo de la Santísima Virgen: “He aquí la esclava del Señor…”

 

No podría ser olvidado el sumo ejemplo dado por Nuestra Señora.

 

¿Cómo se definió Ella a sí misma ante el ángel que venía a traerle el anuncio de Dios? En el momento en que San Gabriel declaró que Ella sería la Madre del Redentor, ¿cuál fue la fórmula utilizada por Ella para afirmar que aceptaba esa honra inimaginable?

 

Ella le respondió: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra.” O sea, Ella se definió a sí misma como Aquella que realiza el designio de Dios expresado en su palabra. Ese es el verdadero concepto de sumisión a Dios: es la voluntad de Él realizándose en nosotros. El hombre bien sucedido y eficiente por excelencia, es aquél que fue esclavo de Nuestra Señora e hizo la voluntad de Ella y de su divino Hijo.

 


 

1) No poseemos la fuente de esa ficha.

2) Luz primordial: así denominaba el Dr. Plinio la verdad o virtud, o el conjunto de verdades o virtudes, que un alma es especialmente llamada a admirar y practicar.

 

(Revista Dr. Plinio, No. 150, septiembre de 2010, pp. 11-15, Editora Retornarei Ltda., São Paulo – Extraído de conferencias del 10.10.1968, 25.10.1968 y 26.10.1968).

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