Debido a tramas realizadas por herejes contra San Juan Damasceno, su mano derecha fue amputada por orden del califa. El Santo recurrió a Nuestra Señora y la mano se unió milagrosamente al antebrazo. Él se volvió uno de los mayores doctores de la Iglesia, famoso por su talento, su dulzura y su implacable heroicidad en la lucha contra los enemigos de la Iglesia.

 


 

Comentaremos una ficha tomada del libro Vie des Saints, de Emmanuel D´Alzon, con respecto a San Juan Damasceno.

 

Un eremita muy culto es salvado de la muerte

 

La narración explica que San Juan Damasceno era del Medio Oriente. Su padre, Sergio Mansur, era católico y ministro de un Califa mahometano, Abdal Malique, hombre terrible pero que gustaba mucho de Mansur porque era un personaje de mucho valor y buen criterio.

 

San Juan Damasceno – Iglesia de Nuestra Señora
de la Anunciación, Jerusalén, Israel

Cierto día, Mansur salió a la calle y vio un número enorme de católicos siendo conducidos a la muerte. Entonces prometió interceder por ellos y salvarlos, lo que consiguió efectivamente del Califa, junto a quien gozaba de enorme prestigio.

 

Pero observó entre los prisioneros –veamos aquí los vaivenes de la Providencia– uno que llevaba los trajes y toda la apariencia de un eremita. En aquel tiempo, los eremitas usaban una ropa que vagamente recordaba el burpredo hábito de un franciscano. Vivían en el desierto, en grutas, completamente solos, y eran personajes grandiosos. Observó que ese eremita estaba con mucho miedo de morir, y le dijo:

 

Yo comprendo que los otros estén recelosos; pero usted, un hombre que abandonó el mundo, ¿con miedo de morir? Le confieso la desilusión que eso me causa.

 

Y el eremita le dio esta respuesta:

 

De morir no tengo miedo, pero lo que me causa aprensión es todo cuanto estudié en mi vida y que usted no sabe.

 

Entonces vino una de esas enumeraciones orientales pintorescas de todo cuanto había estudiado. Un hombre solo, en una cueva cualquiera; y que además había aprendido oratoria. Se subía en un montículo y hablaba a poblaciones inexistentes.

 

El eremita continuó:

 

Yo pensaba que todo eso era para el servicio de Dios; y he aquí que ahora estoy condenado a morir con la inutilidad de todo lo que aprendí.

 

Pero yo obtuve del califa la liberación de todos: Usted está salvado -lo tranquilizó Mansur.

 

El eremita dio extraordinarias manifestaciones de alegría, pero el bienhechor le dijo:

 

Hay una condición: tengo dos hijos, y quería que usted viniese a vivir conmigo y utilizase toda su ciencia para enseñarles.

 

Uno de esos hijos, el del segundo matrimonio, era Juan, futuro Doctor de la Iglesia y conocido como San Juan Damasceno.

 

El eremita respondió:

 

Después de que usted salvó mi vida, estoy a su disposición.

 

Unos herejes implicaron a San Juan Damasceno en una intriga

 

Por los designios de la Providencia, este hombre había sido llamado para una ermita y allí se llenó de una ciencia extraordinaria, sin saber con precisión lo que Dios quería de él. Poseía, sin embargo, una noción interior tan grande y firme de que se trataba realmente de un designio divino, que cuando se vio condenado a muerte, sin poder utilizar esos conocimientos, sufrió un verdadero golpe.

 

No sabía que esa tragedia que iría a aproximarlo de la muerte y a destinar a la inutilidad todos sus esfuerzos, en realidad lo haría encontrar el alumno para quien toda esa sabiduría había sido acumulada. Y que sería célebre en la medida en que San Juan Damasceno lo fuese, exactamente por causa de su papel en la formación de esa celebridad. Ese anacoreta era como una abeja, dotada de toda la miel de la cultura antigua para nutrir a un Doctor de la Iglesia.

 

La nota biográfica cuenta que San Juan Damasceno era muy buen alumno, inteligente, y aprovechó profundamente la ciencia de su preceptor. Sin embargo, al estar bajo aquel régimen de politiquería del oriente, los herejes envolvieron a San Juan Damasceno en una intriga.

 

El Emperador de Constantinopla estaba en guerra contra el califa de Damasco al cual servía el padre de San Juan Damasceno. Un enemigo de Mansur, queriendo comprometerlo para que él –o su hijo Juan– fuese muerto, escribió una carta falsa en nombre del hijo al Emperador de Constantinopla, en la que decía admirar mucho al Emperador, y que siendo católico no podía resignarse ante de la idea de que los católicos fuesen presos. Entonces, invitaba a éste a invadir y tomar cuenta del Califato, pues Juan y su padre se levantarían para derrumbar al califa.

 

El Emperador –hereje iconoclasta llamado León III el Isáurico– mandó la carta a Abdal Malique, diciendo que lo estimaba tanto que le enviaba esa misiva como prueba de lealtad, pues, aunque podía levantar a esos súbditos contra el califa, le enviaba la carta para que pudiese exterminar a aquellos traidores.

 

El califa manda cortar la mano derecha de San Juan Damasceno

 

Al recibir la carta, el califa quedó indignado y, siendo un hombre de temperamento explosivo, mandó que unos verdugos agarrasen a San Juan Damasceno y en castigo le cortasen la mano derecha. No lo mandaba a matar solo por causa del gran prestigio que Mansur tenía junto a él.

 

La orden fue cumplida y San Juan Damasceno perdió la mano, pero pidió al califa que, al menos, le entregase el miembro amputado para enterrarlo. El califa accedió al pedido, pensando en todo menos en lo que podría llegar a suceder.

 

El santo, en poder de su mano cortada, fue al Oratorio y comenzó a rezar, pidiendo a Nuestra Señora que le restituyese la mano perdida. Se dio entonces un milagro espectacular: la mano se unió al cuerpo.

 

Delante del milagro, el califa contemporizó, liberó a San Juan Damasceno que retomó sus escritos y su predicación, volviéndose uno de los mayores Doctores de la Iglesia, famoso por su talento, por su dulzura y su implacable heroicidad en la lucha contra los enemigos de la Iglesia.

 

Podemos imaginar el golpe para la Cristiandad si San Juan Damasceno no hubiese podido expandir con todo su esplendor el brillo de su palabra, en defensa de la Iglesia en las crisis de aquella ocasión.

 

Nuestra Señora de Coromoto (colección particular)

Por otro lado, con el maestro se da algo a la manera de lo que pasó con el discípulo: condenado a muerte, va a perder todo su talento. En ese episodio el maestro conoce al discípulo para el cual nació, y su talento se perpetúa en la persona de San Juan Damasceno. Éste, a su vez, tiene la mano cortada, la carrera perjudicada y la vida golpeada. Después, se da un magnífico milagro y la prueba de que Dios estaba con él. Admiración para todos los católicos de Asia Menor y para la catolicidad entera, concediéndole un gran prestigio para predicar la palabra de Dios. Antes de eso, quiso Dios, sin embargo, conducirlo a las sombras de la muerte.

 

“En tu luz veremos la luz”

 

No puedo olvidar que, en la Facultad Sedes Sapientiæ, donde fui profesor, había una capilla que no era bonita, pero en la que existían cosas muy bonitas: un vitral que representaba a Nuestro Señor y, debajo, esta frase de la Escritura: “Aunque camine en las sombras de la muerte, no temeré mal alguno” (Sal. 23,4). Después había otro vitral cuya figura no recuerdo, con una frase bellísima: “En tu luz, veremos la luz” (Sal. 36, 10).

 

Aunque yo camine por las sombras de la muerte, no temeré mal alguno”. ¿Qué significa esto para nosotros? Que, aunque los más tenebrosos obstáculos se opongan al avance de nuestra vocación cristiana, no temeremos los males y continuaremos caminando serenamente, porque Nuestra Señora abrirá los caminos y nosotros podremos trasponerlos y llegar hasta el fin, desde que seamos verdaderamente devotos suyos.

 

“En tu luz, veremos la luz”. Aunque yo no sea un exégeta, creo que esa frase puede ser aplicada a María Santísima. Ella es una luz y a la luz de Ella vemos la Luz de Nuestro Señor Jesucristo.

 

Esas dos frases tienen relación con la vida de San Juan Damasceno. Las sombras de la muerte rodearon a su preceptor, pero éste encontró su vida hallando a su discípulo. Lo mismo en la vida del santo. Las sombras de la muerte lo rodearon en ese golpe tan duro. Pero aun ahí no temió los males; su mano se recompuso y él recomenzó.

 

Esto nos lleva a una confianza ciega en Nuestra Señora. Si confiamos, tendremos todo; si no confiamos, nada poseeremos.

 

La expresión “en tu luz veremos la Luz”, ¡cómo es adecuada cuando estamos delante de una imagen de la Santísima Virgen teniendo en su regazo al Niño Jesús! Es una luz y junto a Ella está la Luz de las luces. Y a la luz de Nuestra Señora de Coromoto, vemos al Niño Jesús. ¡No puede haber nada más bonito que esto! Ahí queda la figura enternecedora de esa imagen y la gracia dada a un indio de América del Sur, fijadas en el firmamento de la Iglesia, a la memoria gloriosa de San Juan Damasceno.

 

(Extraído de Conferencia de 10/5/1976)