Conquistada por la predicación de Francisco, la joven Clara decide consagrarse a Dios, enfrentando para ello el odio del mundo y la oposición de su familia. Así narra ese episodio uno de los más célebres historiadores de la Iglesia.

 


 

Clara nació en Asís en 1194, de una noble familia, probablemente el 11 de julio, hija de Favorino de Scifi y de Ortolana de Fiume, oriunda de Sterpeto. [...]

 

Luminosa e ilustre, creció en la casa de Asís rodeada de confort. Desde su infancia fue caritativa para con los pobres y aplicada a la oración. Se cuenta que, al no tener con qué contar los Padrenuestros y Avemarías que rezaba, y quería saber cuántos diría, echaba mano de piedrecitas. Bajo sus ricos vestidos usaba el cilicio, un rudo cilicio de cerdas bastante ásperas.

 

Santa Clara - Basílica de San Francisco,
Asís (Italia)

Con 15 años era alta y bella, recogida y silenciosa, de bonitos cabellos rubios.

 

“Robarle al mundo malo tan noble presa”

 

Un día sus padres decidieron casarla. Entre los muchos pretendientes había uno que era especialmente del agrado de Favorino y de Ortolana. Hablaron con su hija al respecto y se quedaron muy sorprendidos con la firme respuesta negativa de la hermosa joven.

 

Clara no quería oír hablar de matrimonio y como su madre no paraba de atormentarla con preguntas buscando la razón de la obstinada negativa, le reveló que se había consagrado a Dios y estaba firmemente dispuesta a no conocer jamás a ningún hombre.

 

Al haber oído hablar de Francisco, hijo de Pedro Bernardone, convertido bruscamente en el 1208, y que ahora llevaba una vida a imitación de Jesucristo, el cual ni siquiera tenía una piedra donde reposar su cabeza, se sintió tocada. [...]

 

Francisco ya había oído hablar de Clara, y decidió “robarle al mundo malo tan noble presa”, como dice la leyenda, para enriquecer con la joven al divino Maestro. Así, enseguida se puso a aconsejarla, con franqueza, para que despreciara el mundo, ese mundo vano y transitorio, para que resistiera a sus padres y conservara su cuerpo como un templo sólo para Dios y a no tener otro esposo sino Nuestro Señor Jesucristo.

 

San Francisco, desde entonces, se convirtió en su guía, el padre espiritual de Santa Clara, que, sintiéndose muy segura de sí, iba preparan do el terreno para el gran día, el día en que se daría totalmente para las cosas de Dios.

 

El propio Francisco le cortó sus cabellos

 

El gran día había llegado. El 18 de marzo de 1212, Domingo de Ramos, por la mañana, fue a la iglesia con su madre, sus hermanas y las mujeres que habitualmente las acompañaban. Y mientras las otras se apresuraban a recibir los ramos, Clara permaneció en su sitio, por modestia. Y el obispo, bajando del altar, fue a ofrecerle un ramo, como un presagio de la victoria que iba a obtener sobre el mundo.

 

A la noche siguiente, preparó su fuga, siguiendo las órdenes de Francisco. Salió secretamente de casa. Dejó la ciudad y tomó el camino de Santa María de los Ángeles, donde los frailes, que cantaban Maitines, la recibieron a la luz de grandes antorchas. Delante del altar de la Reina de las vírgenes, Francisco le cortó el pelo, sus “bellos cabellos rubios”, y la revistió con el hábito de penitencia. A continuación, Clara pronunció con emoción los votos de pobreza y de castidad.

 

Todo lo que había llevado consigo y era valioso lo distribuyó entre los pobres. Y Francisco, igualmente conmovido, la llevó inmediatamente al monasterio de religiosas de San Benito, en San Pablo de Asís, donde la dejó. Clara contaba por entonces con 18 años.

 

Irreductible resistencia ante promesas y amenazas

 

El refugio de la hija de Favorino no tardó en ser descubierto. Al haber huido de casa por una puerta que permanecía casi siempre cerrada, llamada puerta de la muerte, pues por allí salían los que morían, Favorino enseguida percibió la triquiñuela, ya que el montón de leña que solía estar apoyado en la puerta había sido desplazado completamente.

 

Hallado entonces el paradero de su hija, se fue con algunos parientes hasta allí para traérsela de vuelta a casa.

 

San Francisco de Asís corta los cabellos
de Santa Clara - Monasterio de Santa
María, La Rábida (España)

La Clara que Favorino encontró fue una Clara absolutamente distinta de aquella antigua joven obediente que había conocido: resuelta e irreductible ahora, no sirvieron de nada las promesas y amenazas para apartarla de esa nueva vida que pretendía llevar. Así que emplearon la violencia contra ella, pero Clara se liberó de las manos de su padre y corrió hasta el altar de la iglesia donde se quitó el velo que le cubría la cabeza para mostrársela a todos rapada, dando a entender con ello que le había dicho solemnemente adiós al siglo para siempre.

 

Francisco, al ver que se repetían las tentativas de Favorino para recuperar a su hija, decidió trasladarla a otro convento, donde la joven se viera más resguardada. Así fue como Santa Clara llegó a San Ángel de Panzo, también de las benedictinas.

 

Su hermana Inés se hace también religiosa

 

La cólera de Favorino, cuando supo que dieciséis días después de la fuga de Clara también Inés huía, para ir al encuentro de su hermana, llegó al auge. Novia ya comprometida, con el día del matrimonio fijado, he aquí que, alocada, había dejado a sus padres, había dejado a los suyos, su espléndida casa y sus buenas relaciones para vivir como su hermana vivía, lejos de todo y de todos.

 

Vehemente, su padre le rogó a Monaldo, tío de sus hijos, que buscara muchos hombres armados y trajera a toda costa de vuelta a Inés. Monaldo y los hombres que había reunido llegaron a las puertas del convento, fingiendo que iban en son de paz. Solamente querían que las monjas le entregaran a la joven huida de la casa paterna y nada más. Sin embargo, conforme fuera la respuesta, usarían la fuerza.

 

Las monjas de San Ángel se quedaron, ante aquellos hombres armados, bastante atemorizadas y les prometieron que les entregarían a la joven Inés sin tardanza. La hija de Favorino, no obstante, se resistió: allí estaba, había ido para quedarse y no se iría de ninguna manera.

 

Vencidos por la oración de Santa Clara

 

Entonces, inesperadamente, uno de los hombres, de un salto, se apoderó de ella, furioso ante las negativas de la joven, y empezó a apalearla, a darle patadas y cogerla por los pelos. ¿No iba por las buenas? ¡Iría por las malas!

 

En la basílica de Santa Clara, en Asís, son venerados
los restos mortales de la santa

Inés, arrastrada por el camino, prorrumpió en gritos pidiéndole auxilio a su hermana. Pobre Clara, ¡delicada! ¿Qué podría hacer? ¿Qué fuerza opondría a la fuerza bruta de aquellos hombres? Solamente Dios, que todo lo puede, socorrería a la buena Inés. Y Clara, desde su sencilla celda, toda volcada en el ardor de la fe, mientras su hermana, arrastrada, con el vestido rasgado, toda desollada, iba siendo conducida hacia Asís, le rogaba a Dios que fuera benignamente en socorro de dos pobres y frágiles mujeres.

 

He aquí que entonces los robustos hombres victoriosos sintieron que una fuerza extraña no les permitía arrastrar a la levísima hija de Favorino. Pesada, como si fuera de plomo, no lograron, por más fuerza que emplearan, empujarla un centímetro siquiera. En balde, los brutos la zarandearon, la golpearon, trataron de levantarla, hacer, en fin, cualquier cosa.

 

Su tío Monaldo, encolerizadísimo, se acercó a su sobrina. La miró, con los ojos centelleando, y, tomado por una furia sin igual, levantó el brazo, cuya mano llevaba un guante de hierro, para pegarle.

 

Cuando fue a bajarlo, con toda su fuerza, para abofetear a su sobrina, no consiguió hacerlo. Monaldo se había quedado todo petrificado. Con el brazo levantado y puño amenazante era todo él una estatua de furor mezclado de asombro. ¿Qué le había sucedido?

 

Después de ardiente oración, Clara dejó su celda y bajó. Se acercó a los hombres, cogió a Inés, protectoramente, y su tío con los suyos, abismados y sorprendidos, las dejaron en paz, marchándose a Asís.

 

El Crucifijo de San Damián

Desde aquel día, Favorino y su familia no se entrometieron más en la vida de las dos jóvenes, permitiéndoles que vivieran la vida que tanto deseaban vivir. [...]

 

Princesas que encontraron su gloria en la pobreza

 

De San Ángel, Clara se fue a San Damián, la primera iglesia que San Francisco había restaurado. Allí fue cuando, realmente, floreció la vida de trabajo y de oración, de pobreza y de alegría. La fama de San Damián recorrió el mundo. Y Santa Clara tuvo el consuelo de ver a su madre y a otras muchas mujeres de la ciudad abrazadas a las austeridades de la penitencia.

 

La comunidad llegó, muy pronto, a contar con dieciséis mujeres, de las cuales tres eran de la ilustre familia de los Ubaldini, de Florencia. Princesas, incluso, encontraron allí en San Damián, más gloria en la pobreza de Clara que en la posesión de los bienes, de los placeres y de los honores de este mundo.

 

Extraído de: “Vidas dos Santos”. São Paulo: Editora das Américas, 1959, v. XIV, pp. 346-352.