San Cirilo de Alejandría vivió en el siglo V y combatió la herejía de Nestorio. En aquella ocasión, se estableció la clásica distinción entre los ortodoxos, que profesaban la divinidad de la Persona de Nuestro Señor Jesucristo y la consecuente Maternidad Divina de María, y los heterodoxos, que afirmaban haber en Cristo dos personas, siendo Nuestra Señora madre apenas de la persona humana. Como suele suceder, entre esas dos corrientes estaban los pseudo-equilibrados, que juzgaban ser mejor no discutir, pues eso irritaría al adversario, volviendo así más difícil la posibilidad de conversión. Estos tales, se volvían contra San Cirilo porque combatía a los herejes.
Esta raza de almas corresponde a lo dicho en la escritura: “Conozco tu conducta: no eres ni frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Ahora bien, puesto que eres tibio, y no frío ni caliente, voy a vomitarte de mi boca” (Ap. 3, 15, 16). Son estos, los que más entorpecen la causa católica, pues el mejor dispositivo de protección del error no está entre los que lo profesan, sino entre los que dicen profesar la verdad, pero en sus tácticas protegen el error. Esta posición intermedia atrae más la cólera divina que la posición contraria declarada.
Si debemos ser perfectos como nuestro Padre Celestial es perfecto (cfr. Mt 5, 48) y si es legítima la jaculatoria “Sagrado Corazón de Jesús, haz mi corazón semejante al tuyo”, entonces también debemos tener náuseas y horror de quienes el Padre Celestial y el Corazón de Jesús tienen náuseas y horror.
(Extraído de conferencia de 8/2/1966)