San Jerónimo

Publicado el 09/28/2017

Biografía

 

Presbítero y doctor de la Iglesia, que, nacido en Dalmacia, estudió en Roma, cultivando con esmero todos los saberes, y allí recibió el bautismo cristiano. Después, captado por el valor de la vida contemplativa, se entregó a la existencia ascética yendo a Oriente, donde se ordenó de presbítero. Vuelto a Roma, fue secretario del papa Dámaso, hasta que, fijando su residencia en Belén de Judea vivió una vida monástica dedicado a traducir y explanar las Sagradas Escrituras, revelándose como insigne doctor. De modo admirable fue partícipe de muchas necesidades de la Iglesia y, finalmente, llegando a una edad provecta, descansó en la paz del Señor.

 

 

San Jerónimo (por Tadeo di Bartollo) – Metropolitan

Museum of Art, Nueva York (EE.UU.)

 San Jerónimo – Plinio Corrêa de Oliveira 

 

Roma estaba decayendo. Las antiguas familias, a las cuales Roma debía su antigua gloria política, ya no estaban dirigiendo debido al fenómeno siguiente: el personal advenedizo que había dominado a Roma había dejado en cierta penumbra a las familias antiguas; pero esas familias que en el comienzo del Cristianismo, cuando dirigían la sociedad civil, eran poco numerosas entre los católicos, en la época de San Jerónimo, en el fin del Imperio Romano, eran muy numerosas entre ellos.

 

Es decir, la nobleza y el patriciado romano tenían un papel de vanguardia en la dirección de esa segunda Roma, que ya no era la Roma de los Césares, que estaba muriendo, sino la Roma de los Papas, que estaba naciendo. Y ellos se encontraban en el liderazgo de la vida religiosa y de la expansión católica en el mundo.

 

Respecto a San Jerónimo, Confesor y Doctor de la Iglesia, Dom Guéranger, en el libro “L ́Année Liturgique”1, dice lo siguiente:

 

La falange aristocrática constituyó lo mejor del ejército monástico.

O sea, lo mejor de las vocaciones para monjes era de los nobles.

En esos tiempos de su origen en Occidente…

En que el monaquismo, que ya existía en Oriente, comenzó a nacer en Occidente.

…ella le dejará para siempre su carácter de antigua grandeza.

 

El carácter de la antigua grandeza nobiliaria le comunicó algo a la dignidad del monaquismo.

 

Pero en sus filas, al mismo título de sus padres y de sus hermanos, se ve a la virgen y a la viuda, al mismo tiempo al esposo y a la esposa. Es Marcela, que será para él el auxilio en la traducción de las Escrituras. Y, como ella, Fabiola, Paula y otras que recuerdan a sus grandes ancestrales, los Camilii, los Fabii, los Scipiones.

 

Los Camilos, los Fabios y los Escipiones eran grandes familias nobles. Y, en lenguaje más simple, Dom Guéranger menciona a nobles – como viudas, vírgenes o el esposo y la esposa, siendo un matrimonio separado – que iban a vivir en el estado monástico, confiriéndole algo de su antigua grandeza.

 

San Jerónimo, vengador de la gloria virginal de María

 

A esta altura, la refutación de Elvidio, que osaba poner en duda la virginidad perpetua de la Madre de Dios, reveló en Jerónimo al polemista incomparable, del cual Joviniano, Venancio, Pelagio y otros más tendrían que experimentar el vigor. Eran herejes que San Jerónimo fustigó vigorosamente.

 

Entretanto, como recompensa de su honra vengada, María conducía a él todas esas almas nobles. Él las dirigía por el camino de la virtud y, por la sal de las Escrituras, las preservaba de la corrupción en la cual moría el Imperio Romano.

 

Aquí se completa, entonces, ese bonito pensamiento que explica la tarea de San Jerónimo.

 

Un apóstol de la alta aristocracia

 

Él no era apenas un gran héroe que luchaba contra los herejes, sino que también salvaba de la descomposición lo mejor que Roma tenía: las antiguas familias aristocráticas, y las conducía a la conquista del mundo, a la Roma de los Papas, y ya no más a la Roma de los Césares. El santo realizaba eso por medio de la asistencia espiritual a la alta aristocracia romana, que ya no tenía poder político, pero era todavía fabulosamente rica en aquellos tiempos.

 

San Jerónimo (por Gerard David)

– Galería de Arte Palazzo Bianco,

Génova (Italia)

¿Qué consideración nos trae esto al espíritu?

 

San Jerónimo tenía en mente la importancia de las élites para la dirección de la sociedad. Y él supo comprender que un movimiento católico que tenga en vista llevar el mundo entero a la Iglesia, a la cristianización del mundo, debe contar con todas las clases sociales, llevando cada una a dar el tributo que le cabe. Por lo tanto, la clase aristocrática debe prestigiar la expansión apostólica con el valor de su nombre, de su fortuna, mas sobre todo con el valor de cierto prestigio indefinido, el cual se ligaba merecidamente a las grandes familias de la aristocracia romana. Es decir, él comprendió que accionando las clases más influyentes había un medio de accionar toda la sociedad y de obtener la cooperación de ella para la lucha por el Reino de Cristo.

 

Austero, polemista y celoso por la gloria de Dios

 

En el breviario antiguo consta un elogio a San Jerónimo, que conviene comentar:

 

Molestó a los herejes con escritos acérrimos. Existieron santos dotados de carismas extraordinarios para la posición polémica. Uno de ellos fue San Jerónimo. De hecho, él representa por excelencia, en la Iglesia, el espíritu de polémica. Sus escritos son de una energía, para no decir de una violencia, que parecería fuera de lugar si él no fuese un santo. Y él daba respuestas de fuego tremendas a las cuestiones más pequeñas y dejaba a todo el mundo temblando delante suyo.

 

En cierta ocasión, San Agustín llegó a escribirle una carta muy graciosa, diciendo que con la mitad de la energía empleada ya cedería ante San Jerónimo. Leí una misiva de San Jerónimo a una dirigida suya, una santa, que le mandó, a propósito, un lindo regalo: palomitos y cerezas; y él respondió preguntando si ella quería corromper su austeridad, afirmando que le había dado inmediatamente eso a los pobres, porque era un hombre penitente.

 

Ese es el celo por la Casa de Dios que devora al hombre, una de las formas más características, por lo tanto, de las más santas, de las más legítimas de esa virtud. Desde que sea hecho por amor a Dios y no por resentimientos personales – porque con resentimientos la cosa cambia de aspecto –, eso es una cosa santísima, es ser una espada viva de Dios. No conozco un elogio más grande que decir de alguien que es una espada viva de Dios.

 

La polémica tiene en vista sobre todo influir sobre los indecisos

 

En materia de polémica, es necesario siempre prestar atención a lo siguiente: los espíritus modernistas consideran la existencia de dos figuras; una que dice “A” y otra que dice “B”. Ellos no toman en consideración un tercer elemento, tal vez el más importante en el caso: el público que asiste a la discusión.

 

La última Comunión de San Jerónimo (por Botticelli)

Metropolitan Museum of Art, Nueva

York (EE.UU.)

Toda polémica, aun cuando sea hecha a puerta cerrada, repercutirá afuera y actuará sobre personas que están en la duda, y a las cuales se trata de convencer.

 

Cuando se discute, por ejemplo, con un pastor protestante, lo más importante no es convertirlo, sino evitar que los católicos se hagan protestantes. En segundo lugar, convertir a los protestantes menos empedernidos que están ahí. Y por fin, convertir al pastor.

 

Al hombre que corre un riesgo se le habla usando el lenguaje del miedo

 

Imaginemos que un amigo nuestro esté de bruces peligrosamente sobre una pequeña baranda que da hacia un abismo. Nosotros no le diremos: “¡Fulano, venga para acá, porque el piso es de mármol!” Sino que le diremos: “¡Cuidado! ¡Si se cae a ese abismo Ud. se rompe la cabeza!” Porque el modo de alejar a un individuo inmediatamente del peligro y de la imprudencia es mostrarle el mal que le va a suceder, y no el bien.

 

¿Cuál de nosotros le diría a una persona que, por ejemplo, está jugando con un revólver imprudentemente: “Fulano, ¿quiere ir a jugar ajedrez?”, para ver si él saca el dedo del gatillo y después le quitamos el revólver? Sería una actitud idiota de nuestra parte. Podríamos decirle: “¡Fulano, cuidado con el revólver! ¡Ud. se puede herir gravemente o herirme!”

 

Es decir, normalmente, al hombre en riesgo, tentado, se le debe hablar usando el lenguaje del miedo. Esto es verdadero sobre todo en lo que dice respecto a la Doctrina Católica, porque los hombres, por su maldad, es más fácil que se muevan por miedo al Infierno, que por deseo del Cielo; por el temor de las malas consecuencias, que por el bien que pueda suceder. Y es necesario, por lo tanto, como remedio de urgencia, denunciar el mal, la falsedad que hay en el error, para hablar después con respecto a la verdad.

 

Así se comprende la posición polémica de San Jerónimo.

 

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1) GUÉRANGER, Prosper. L ́Année Liturgique. 14a. ed. Tours: Alfred Mame et fils, 1922, Vol. V, pp. 327-339.

(Revista Dr. Plinio, No. 174, septiembre de 2012, pp. 28-31, Editora Retornarei Ltda., São Paulo – Extraído de conferencias del 30.9.1964 y del 29.9.1966).

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