13 de mayo de 1917

Publicado el 05/13/2022

Fátima fue el escenario elegido por la Mensajera Celestial para manifestarse al mundo, a tres inocentes pastorcitos que fueron escogidos por Dios para transmitir al mundo un importante mensaje. María Santísima les muestra el camino de sufrimientos a recorrer.

Monseñor João Clá Dias

Uno de los eventos más inusuales y significativos de nuestra época ocurrió a principios del siglo XX, en la región montañosa portuguesa de la Sierra de Aire. Allí, tres inocentes pastorcitos fueron escogidos por Dios para transmitir al mundo un importante Mensaje.

Y éste les fue confiado por Aquella que es «Reina del Cielo y de la tierra, cuya belleza, poder y bondad ha sido el tema de profetas y santos durante miles de años». 1

Cuando el fin de una crisis es anunciado por la propia Madre de Dios

Batalla de Lepanto

Si retrocedemos en la Historia hasta la caída del Imperio Romano de Occidente, vemos que «terminó con una catástrofe iluminada y analizada por la genialidad de un gran Doctor, San Agustín». 2 Lo mismo ocurrió con la Edad Media, cuyo fin fue previsto por un gran profeta: San Vicente Ferrer. Del mismo modo, «la Revolución Francesa, que marca el final de los Tiempos Modernos, fue prevista por otro gran profeta, que era a la vez un gran Doctor, San Luis María Grignion de Montfort. Los Tiempos Contemporáneos, que parecen estar en la inminencia de acabar con una nueva crisis, tienen un privilegio superior. Nuestra Señora fue la que vino a hablar a los hombres». 3

En efecto, no pocas veces la Virgen Santísima cambió el curso de los acontecimientos; por ejemplo, cuando le entregó el Rosario a Santo Domingo, al mantener la Fe Católica en Irlanda, cuando salvó la Cristiandad en Lepanto o siendo la protectora especial de los intrépidos exploradores del océano que llegaron al Nuevo Mundo, capitaneados por Cristóbal Colón en su nave Santa María. 4

Por lo tanto, «nadie que crea en Dios y en la inmortalidad del alma podrá encontrar increíble que la Madre de Cristo, el Dios Encarnado, se haya revelado a personas privilegiadas en distintos periodos de crisis de los asuntos humanos. Varias de estas apariciones han sido confirmadas, sin duda alguna; especialmente, en tiempos modernos, las apariciones a Santa Bernardette en Lourdes. Pero ¿por qué se ha aparecido la Virgen en Portugal en 1917, y en un lugar tan desierto e inaccesible como la Sierra de Aire?» 5

¿Cuál es la razón de este privilegio? Un acto de amor desbordante por parte de Dios, un fuerte llamamiento a la vigilancia y una señal indiscutible de su misericordia. «Nuestra Señora explica al mismo tiempo las razones de la crisis e indica su remedio, profetizando la catástrofe en el caso de que los hombres no la escuchen. Desde cualquier punto de vista, por la naturaleza del contenido como por la dignidad de quien las hace, las revelaciones de Fátima exceden, por lo

tanto, todo lo que la Providencia ha dicho a los hombres ante la inminencia de las grandes tempestades de la Historia». 6

Fátima: escenario de la manifestación de la Madre de Dios al mundo

Fátima fue el escenario elegido por la Mensajera Celestial para manifestarse al mundo. Situada en la Diócesis de Leiría, perdida en una de las estribaciones de la Sierra de Aire, a un centenar de kilómetros al norte de Lisboa y casi en el centro geográfico de Portugal, la pequeña ciudad tiene a su alrededor, en un radio de unos veinticinco kilómetros, algunos de los monumentos más elocuentes y simbólicos de la historia portuguesa.

En su entorno se puede contemplar el castillo construido por Don Alfonso Enríquez, en Leiría, cuyas imponentes ruinas, altas murallas y fuertes y bellos torreones se alzan sobre la cumbre de una colina; el grandioso Monasterio de la Batalla, que, con sus amplios salones, magníficos arbotantes, pináculos y filigrana, es sin duda la más bella joya de la arquitectura medieval del país; el convento-fortaleza de Tomar, antiguo cuartel general de los templarios lusitanos y, más tarde, de la Orden de Cristo; no muy distante, rodeada de murallas medievales y asentada sobre un cerro que domina la extensa llanura, la encantadora villa de Ourém, con sus estrechas y escarpadas laderas, ruinas góticas y lienzos de muralla del viejo castillo del señor feudal; por fin, la abadía cisterciense de Alcobaça, una de las mayores de Europa, construida en el austero y elegante estilo gótico, y que en sus días de gloria fue centro de fervor religioso y de alta cultura, dando cabida a más de mil monjes.

Todavía cerca de Fátima, yendo en dirección al mar, se encuentra el varias veces centenario pinar de Leiría, plantado por el rey Don Dionís, en plena Edad Media.

En el paisaje de la región predominan las colinas desnudas y pedregosas, salpicadas de encinas, viéndose aquí y allí pequeños pueblos de casas blancas, que brillan a la luz del sol, y, en los valles, algunos bosques de olivos, robles y pinos.

Fue este escenario bucólico, tranquilo y denso en recuerdos, el escogido por la Madre de Dios para revelar al mundo una de las profecías más graves de la Historia. Palabras venidas del Cielo, cargadas de advertencias, pero también de misericordia y de esperanza.

Un domingo como los demás para los pastorcitos

Transcurría la primavera de 1917. La Primera Guerra Mundial, la grande y sangrienta guerra de las naciones, hacía más de tres años que extendía sus campos de batalla por casi toda Europa. Sin embargo, en aquella luminosa mañana del domingo 13 de mayo, las calamidades y horrores de la guerra parecían distantes para tres pastorcitos.

Camino de los pastoricitos. Aljustrel, Portugal

Después de ir a Misa en la iglesia de Aljustrel, caserío de la parroquia de Fátima, donde residían, salieron en dirección a la sierra y allí juntaron su pequeño rebaño de ovejas marrones y blancas. Lucía, al escoger el lugar de pastoreo para el día, dijo con aire de mando:

—Vamos a las tierras de mi padre, en la Cova de Iría.

Obedeciendo, los otros pusieron en marcha a las ovejas, y allí fueron los tres atravesando los matorrales que cubrían la Sierra de Aire. En el cielo límpido y translúcido, el sol se mostraba en todo su esplendor.

El tiempo había pasado sereno y entretenido. Los niños ya habían comido su almuerzo, compuesto de pan de centeno, queso y aceitunas, y habían rezado el Rosario, tal como el Ángel les había pedido, junto a un pequeño olivo que el padre de Lucía había plantado por allí. Cerca del mediodía, subieron a una parte más elevada de la propiedad y comenzaron a jugar… 7

Primera aparición de la Santísima Virgen

Súbitamente, en medio de su inocente recreo, los tres niños vieron como una claridad de relámpago que los sorprendió. Observaron el cielo y, después, se miraron entre sí: cada uno vio al otro mudo y atónito; el horizonte estaba limpio, luminoso y sereno. ¿Qué habría pasado?

Lucía

Lucía, entonces, ordenó:

—Vámonos, que puede venir una tormenta.

—Pues vamos —dijo Jacinta.

Juntaron el rebaño y lo condujeron bajando por la derecha. A medio camino, entre el monte que dejaban y una encina grande que tenían delante —también conocida como carrasca o chaparro, especie de roble—, vieron un segundo relámpago. Con susto redoblado, se apresuraron continuando el descenso. Pero, apenas habían llegado a lo hondo de la Cova de Iría, se pararon, confusos y maravillados: allí, a poca distancia, sobre una encina de un metro y poco de altura, se les apareció la Madre de Dios. 8

Según la descripción de Sor Lucía, era «una Señora, vestida toda de blanco, más brillante que el sol, irradiando una luz más clara e intensa que un vaso de cristal, lleno de agua cristalina, atravesado por los rayos del sol más ardiente». 9 Su semblante era de indescriptible belleza, ni triste ni alegre, sino serio, tal vez con una suave expresión de ligera censura. ¿Cómo describir detalladamente sus rasgos? ¿De qué color eran los ojos y el cabello de esta figura celestial? ¡Lucía nunca supo decirlo con certeza!

El vestido, más blanco que la propia nieve, parecía tejido de luz. Tenía las mangas relativamente estrechas y el cuello cerrado, llegando hasta los pies, que, envueltos por una tenue nube, se veían un poco rozando las hojas de la encina. Un manto también blanco y orlado de oro, del mismo largo que el vestido, le cubría casi todo el cuerpo desde la cabeza. Tenía las manos puestas en actitud de oración, apoyadas en el pecho; de la derecha pendía un hermoso rosario de cuentas brillantes como perlas, con una cruz de vivísima luz plateada. Como único adorno, un fino collar de oro reluciente, desde el cuello hasta casi la cintura, del que colgaba una pequeña esfera del mismo metal. 10

Esta forma en que se presenta la Reina del Cielo despierta en el alma un entusiasmo de gran vitalidad. De esta manera, su pureza salta a la vista porque Ella es la Virgen de las vírgenes, la Puerta del Cielo, al permanecer intacta su virginidad, como lo inmortalizó el piadoso cántico del himnario mariano, Ave Maris Stella. Es de advertir su intención de atraer y encantar a los pastorcitos a través de la pureza, haciéndoles sentir la belleza de esta virtud, tan despreciada ya en aquel entonces.

«Nuestra Señora se dirigía a un mundo impuro utilizando todos los símbolos de la pureza, y una pureza toda luminosa. Bien se podría decir, parafraseando las palabras de Nuestro Señor Jesucristo cuando se refirió a los lirios del campo, que ninguna dama brilló tanto en toda su gloria como Nuestra Señora vestida de luz». 11

Ante la respetuosa admiración de los pastorcitos, impactados por tal esplendor, la Santísima Virgen les habló suave y bondadosamente, conforme se narra en el relato de Sor Lucía:

«—No tengáis miedo. No os voy a hacer daño.

—¿De dónde es Vossemecê? 12 —Le pregunté.

—Soy del Cielo.

—¿Y qué es lo que Vossemecê quiere?

—Vengo a pediros que vengáis aquí seis meses se-guidos, el día 13 a esta misma hora. Después os diré quién soy y lo que quiero. Después volveré aquí aún una séptima vez.

—Y yo, ¿también voy al Cielo?

—Sí, vas.

—¿Y Jacinta?

—También.

Lucía preguntó —¿Y Francisco?

—También; pero tiene que rezar muchos Rosarios.

Entonces me acordé de preguntar por dos muchachas que habían muerto hacía poco. Eran amigas mías e iban a mi casa a aprender a tejer con mi hermana mayor.

—¿María de las Nieves ya está en el Cielo?

—Sí, está.

Me parece que debía de tener unos dieciséis años.

—¿Y Amelia?

—Estará en el Purgatorio hasta el fin del mundo.

Me parece que debía de tener de dieciocho a veinte años.

—¿Queréis ofreceros a Dios para soportar todos los sufrimientos que Él quisiera enviaros, en acto de desagravio por los pecados con que es ofendido y de súplica por la conversión de los pecadores?

—Sí, queremos.

—Tendréis, pues, mucho que sufrir, pero la gracia de Dios será vuestra fortaleza.

Fue al pronunciar estas últimas palabras (la gracia de Dios, etc.) cuando abrió por primera vez las manos comunicándonos una luz tan intensa como un reflejo que de ellas se irradiaba, que nos penetraba en el pecho y en lo más íntimo del alma, haciéndonos ver a nosotros mismos en Dios, que era esa luz, más claramente que nos vemos en el mejor de los espejos.

Entonces, por un impulso íntimo, también comunicado, caímos de rodillas y repetíamos íntimamente:

—Oh Santísima Trinidad, yo os adoro. Dios mío, Dios mío, yo os amo en el Santísimo Sacramento.

Pasados los primeros momentos, Nuestra Señora añadió:

—Rezad el Rosario todos los días para alcanzar la paz para el mundo y el fin de la guerra.

Enseguida comenzó a elevarse suavemente, subiendo en dirección al naciente, hasta desaparecer en la inmensidad de la lejanía». 13

Después que la aparición se eclipsó en la infinitud del firmamento, los tres pastorcitos permanecieron silenciosos y pensativos, contemplando durante un largo rato el cielo. Poco a poco, se fueron recuperando del estado de éxtasis que les había embargado. A su alrededor, la naturaleza volvió a ser lo que era.

El sol continuaba fulgurando sobre la tierra, y el rebaño, disperso, se había echado a la sombra de las encinas. Todo era quietud en la sierra desierta.

La celestial Mensajera había producido en los niños una deliciosa sensación de paz y radiante alegría, de levedad y libertad. Les parecía que podrían volar como los pájaros. De vez en cuando, el silencio en que se hallaban se interrumpía por esta jubilosa exclamación de Jacinta:

Santos Francisco y Jacinta Marto

—¡Ay, qué Señora tan hermosa! ¡Ay, qué Señora tan hermosa!

En esta aparición, como en las otras, la Virgen Santísima habló sólo con Lucía, mientras que Jacinta solamente oía lo que Ella decía. Francisco, sin embargo, no la oía, concentrando toda su atención en verla. Cuando las dos niñas le contaron el diálogo transcrito anteriormente, y la parte que se refería a él, se llenó de gran alegría. Cruzando las manos sobre su cabeza, el niño exclamó en voz alta:

—¡Oh Señora mía! ¡Rosarios rezo cuantos queráis!

Las penumbras de la tarde que caía ya los envolvían, mientras que en la sierra se escuchaban las campanas de las Avemarías. Dando la señal a sus ovejas, los tres niños abandonaron entonces ese lugar bendito. En la quietud del anochecer que iba cubriendo las montañas, sólo se oía el ronco sonido del cencerro de las ovejas y los pasos de la manada sobre el camino, como una fina lluvia de verano sobre las hojas secas. 14

Los pastorcitos se sintieron transformados, invadidos pola alegría, el respeto y encantados por la sorpresa ante la sublime dulzura de Nuestra Señora. El contenido de su Mensaje se les quedó impreso en el corazón.

La descripción de esta escena pone de relieve la nobleza y la familiaridad con las que Nuestra Señora trata a los tres niños. Al abrirles sus brazos, ejerciendo el papel de Mediadora universal de todas las gracias, María Santísima los inunda de una luz de claridad extraordinaria, verdadero anticipo de la visión beatífica de los Bienaventurados en el Cielo. Pero, al mismo tiempo, Ella es más explícita que el Ángel, ya que les muestra el camino de sufrimientos a recorrer: «Serán cálices llenos de dolor, exhalando el agradable aroma de un perfume magnífico, ofreciéndose a Dios para reparar los pecados». 15

Llama mucho la atención el valor de la reparación que será ofrecida por los tres niños. Hay aquí una lección para todos los católicos: si cada uno le ofrece a Dios, a través de María Santísima, sus propios sufrimientos, estará actuando como una verdadera piedra viva de la Iglesia militante, miembro del Cuerpo Místico de Cristo.

Vale la pena, además, mencionar algo impactante que resalta el Dr. Plinio, 16 si bien es totalmente coherente con la realidad: para la Causa Católica hay muchas personas dispuestas a trabajar y a rezar, pero ¡cuán pocas dispuestas a sufrir! Aunque el dolor hace huir a muchos, es la señal más clara de que un alma es llamada por Dios. El alma que no huye ante la cruz, sino que se acerca a besarla, tiene la característica de las almas elegidas.

Y, de esta manera, el Dr. Plinio concluye con una invitación sublime: «Sufrir significa vencer. Rezar significa vencer. Trabajar significa vencer. Pero de los tres caminos de la victoria, el más glorioso es el camino del dolor». 17

No fue otro el camino seguido, de forma heroica y admirable, por los pequeños videntes de Nuestra Señora. Y nosotros, ¿qué haremos? Dada la situación del mundo y de la Iglesia, ¿no vamos a ofrecerle a Dios nuestras penas, dificultades y pruebas?

Tomado del libro ¡Por fin mi Inmaculado Corazón triunfará, Capítulo 2; pp.31-43

Notas

1 WALSH, William Thomas. Nuestra Señora de Fátima. 3ª ed. Madrid: Espasa-Calpe, 1953, p.12.

2 CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. Fátima: explicação e remédio da crise contemporânea. In: Catolicismo. Campos dos Goytacazes. Año III. N.29 (mayo, 1953); p.1.

3 Idem, p.1-2.

4 Cf. WALSH, op. cit., p.12.

5 Idem, p.13.

6 CORRÊA DE OLIVEIRA, op. cit., p.2.

7 Cf. FIGUEIREDO, Antero de. La Virgen de Fátima: gracias, secretos, misterios. Cádiz: Escelicer, 1937, p.21-22.

8 Cf. Idem, p.22-23; AYRES DA FONSECA, SJ, Luis Gonzaga. Nossa Senhora de Fátima. Aparições, culto, milagres. 5ª ed. Petrópolis: Vozes, 1954, p.22.

9 HERMANA LUCÍA. Memorias I. Cuarta Memoria, c.II, n.3. 10ª ed.

Fátima: Secretariado dos Pastorinhos, 2008, p.172.

10 Cf. FIGUEIREDO, op. cit., p.24-26; AYRES DA FONSECA, op. cit.,

p.26-27;

11 WALSH, op. cit., p.76-77.

12 Al citar las palabras de la Hermana Lucía, conservaremos exactamente la forma de tratamiento utilizada por ella, sin adaptarla al uso lingüístico de nuestros días, para que el lector pueda apreciar mejor los diálogos tal como se dieron entre la Madre de Dios y ella. El tratamiento de vossemecê era la forma popular de intentar decir vossa mercê [vuestra merced].

13 HERMANA LUCÍA, op. cit., p.172-174.

14 Cf. FIGUEIREDO, op. cit., p.24-26; AYRES DA FONSECA, op. Cit., p.26 27; WALSH, op. cit., p.76-77.

15 CORRÊA DE OLIVEIRA, Conferencia, op. Cit.

16 Cf. Idem, ibidem.

17 Idem, ibidem.

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