Acción de presencia elocuente

Publicado el 01/23/2023

Discreta al expresar en palabras sus sentimientos más íntimos, Doña Lucilia poseía, no obstante, una acción de presencia comunicativa que envolvía de afecto a aquellos que se aproximaban a ella, e incluso impregnaba los objetos de su uso.

Plinio Corrêa de Oliveira

Yo noto cierta dificultad –muy explicable– de parte de los más jóvenes en darse cuenta de cómo una persona tan rebosante de sentimientos como Doña Lucilia fuese tan reservada al expresar esos sentimientos en palabras.

Entonces, yo quería dar una explicación a ese respecto.

Mudanza de la mentalidad humana: de la polémica a la espontaneidad

Hasta mediados del siglo XX se gustaba de polemizar y, por lo tanto, las personas admiraban a quien fuera un luchador. Por esa razón, era bonito y propio al hombre tener el control de sí mismo, darse cuenta de todo lo que pensaba, vigilar lo que sucedía en su exterior. Bajo algunos aspectos, esas características estaban para el conjunto del hombre como las torres están para una fortaleza medieval. Ellas serían las torres de la mentalidad humana.

Churchill1 fue de los últimos hombres de ese género. Clemenceau2, Hindenburg3 y Ludendorff4, sin duda alguna eran así.

Sin embargo, la era de la polémica cedió el lugar a la era estilo Kennedy5. En esa transición, pasó a ser bonito algo diferente del autocontrol: la espontaneidad. El hombre ya no se da cuenta de lo que piensa, sino que deja correr las cosas, pensando lo que se le venga a la cabeza. Tampoco le importa mucho lo que dice.

En el fondo, se trata de la negación del dogma del pecado original: todos los hombres son buenos y no necesitan controlarse. No necesitan controlar sus pensamientos y, por lo tanto, no necesitan controlar sus palabras, porque los demás siempre las recibirán bien. La espontaneidad se volvió el modo de ser habitual de las personas.

Sentimientos inefables transmitidos por la acción de presencia

Eso es lo contrario de aquello a lo cual yo fui habituado. En mi juventud, y a fortiori en el tiempo de Doña Lucilia, impresionaba en un hombre el hecho de que él tuviese dominio de sí mismo, de que se notase un espacio de respeto y reverencia entre lo que él pensaba y lo que consentía en pensar, y entre eso y lo que él decía. Sus palabras salían amoldadas a cada interlocutor, para producir el efecto deseado.

De una persona así se decía: “¡Ese es un hombre!” El espontáneo, por el contrario, se desacreditaba: “¿Ese es espontáneo? ¡Entonces no es civilizado!”

De ahí resulta que, muy frecuentemente, la persona era llevada a guardar sus sentimientos más íntimos y más delicados, juzgándolos inefables, superiores a cualquier expresión. Y sabía hacerlos sentir, no por medio de palabras, sino por la presencia.

Las señoras y los señores antiguos tenían mucha presencia y, por medio de la presencia, decían una serie de cosas demasiado delicadas para ser transmitidas verbalmente.

Para usar una expresión que un día oí de un francés, ciertas confidencias muy íntimas se dicen en voz baja entre dos personas, una a la otra, aun cuando estén a solas. Es decir, sentimientos muy elevados, muy internos, se expresan más por la presencia, por la actitud, por un gesto, que por la palabra.

Silencio lleno de cariño y atención

Ahora bien, si hay una persona que en mi modo de sentir tenía presencia, esa persona era Doña Lucilia. Y una presencia que rebosa incluso en las molduras de sus cuadros. Quien trató a mi madre sabe cómo ella manifestaba consideración, gentileza, atención, estima hacia alguien, sin decir esas palabras de amabilidad que se acostumbran a usar hoy.

Un miembro de nuestro movimiento me contó en cierta ocasión las impresiones que tuvo cuando la trató en el período de mi enfermedad6, cómo mi madre era comunicativa sin necesidad de decir, por ejemplo: “Lo aprecio mucho”, “le tengo mucha simpatía”. Ni siquiera quedaría bien que ella lo dijese, pues sería redundante. Ya estaba dicho.

Es como yo la sentía.

El shake hands (apretón de manos) caluroso de nuestros días no cabía en ella. La comparación incluso suena absurda, de tal manera estaba distante de su modo de ser. Sin estrangular los dedos de nadie, al dar la mano Doña Lucilia ya decía toda una serie de cosas.

Eso explica por qué, en la convivencia con ella, yo me sentía —no digo a pesar de sus silencios, sino dentro de sus silencios, en la ausencia de elogios— acariciado de punta a punta, desde el primer momento de su contacto hasta el último. E incluso cuando salía de casa me sentía acariciado, tanto cuanto cabe de una madre hacia un hijo. Pero sin que ella tuviera que decir nada.

Me da la impresión de que, el tener que decir, es algo de tiempos más recientes, corresponde a la era kennediana. Las cosas que se dicen no son las más importantes. Lo que se es, lo que se comunica así, es, de lejos, lo más importante.

Chales que guardan el perfume de una presencia

Chal perteneciente a Doña Lucilia

Los que conviven conmigo me vieron enfrentar mil dificultades. Las dificultades conllevan riesgos, y yo sé bien que los riesgos entre los cuales estoy caminando van en un crescendo.

Sin embargo, gracias a Nuestra Señora, nunca me vieron retroceder. Más aún, ¡nunca me vieron dejar de ser el primero en percibir una salida arriesgada y entrar por ella! ¡Si un riesgo es necesario, el primero en percibir la necesidad del riesgo y lanzarse en él, soy yo!

Pues bien, tal era la acción de presencia de mi madre, y a tal punto esa acción de presencia penetró los objetos que le pertenecieron, que hasta hoy no tuve el coraje de ver la colección de varios chales suyos que están guardados en un armario, por temor de emocionarme demasiado. Vean la fuerza de una acción de presencia.

El otro día, pensando que yo no lo supiera, alguien me preguntó:

¿Ud. sabe que en el armario están guardados algunos chales de Doña Lucilia?

Sí, lo sé.

¿No quiere que se los lleve hasta la sala de trabajo, para que Ud. los vea?

Yo pensé conmigo mismo: “Es una pregunta embarazosa y no sé si él comprenderá la respuesta. Pero tal vez yo no haga bien mis trabajos después de haber visto esos chales”. Entonces respondí:

¡No!

Cuadro al óleo pintado por uno de los discípulos del Dr. Plinio, con base en las últimas fotografías de Doña Lucilia.

Poco a poco me voy preparando para ver esos chales. Cuando eso suceda, quiero verlos solo, en mi sala de trabajo, junto al Quadrinho7. Si Nuestra Señora así dispone, llegará el momento. Yo me sentiré, en esa ocasión, respetado y acariciado como solo Doña Lucilia podría hacerlo.

Extraído de conferencia del 1/5/1981

Notas

1) Winston Churchill (*1874 – †1965). Estadista británico, conocido principalmente por su actuación como Primer Ministro del Reino Unido durante la Segunda Guerra Mundial.

2) Georges Clemenceau (*1841 – †1929). Político francés, fue Primer Ministro de su país en dos mandatos, siendo el último de ellos durante la Primera Guerra Mundial.

3) Paul von Hindenburg (*1847 – †1934). Mariscal alemán que comandó el Ejército Imperial durante la Primera Guerra Mundial y posteriormente fue presidente de la República de Weimar.

4) Erich Ludendorff (*1865 – †1937). General del Ejército Imperial Alemán, que se destacó por su actuación durante la Primera Guerra Mundial.

5) El Dr. Plinio se refiere a John Kennedy (*1917 – †1963), Presidente de Estados Unidos.

6) Se trata de la grave crisis de diabetes que acometió al Dr. Plinio en diciembre de 1967, obligándolo a permanecer en reposo en su apartamento por algunos meses.

7) Cuadro al óleo pintado por uno de los discípulos del Dr. Plinio, con base en las últimas fotografías de Doña Lucilia.

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