Altivez y humildad

Publicado el 07/27/2020

En la Edad Media esplendorosa, los caballeros eran ufanos y valientes en la lucha, pero corderos de obediencia, mostrando la yuxtaposición de las virtudes opuestas del verdadero católico, llevadas hasta el extremo.

Me hicieron llegar una nota referente a Órdenes militares de Caballería, más específicamente de la Orden Militar de Santa Brígida. El texto es tomado de la “Historia de las Órdenes Monásticas Religiosas y Militares, y de las Congregaciones Seculares”, del sacerdote franciscano Pierre Hélyot 1.

 

Dos modos de convertirse en héroe

Así nos dice la referida obra: Leemos en las revelaciones, cuando se trata del origen de la Orden de Santa Brígida, que Jesucristo le hizo conocer cuánto le eran agradables los votos de aquellos que, bajo el nombre de caballeros, se comprometían a dar su propia vida por la suya, y para defender y mantener por la fuerza de las armas los intereses de la Iglesia y de la Religión Católica. Pero el mismo Salvador se quejó también a la Santa de que esos mismos caballeros se habían apartado de Él, despreciaban sus palabras, hacían poco caso de los males que Él había soportado en la Pasión y, conducidos por el espíritu de soberbia, amaban más morir en la guerra con la única idea de obtener la gloria y atraer hacia sí la estima de los hombres, que vivir en la obediencia de sus Mandamientos.

 

Destruir a los enemigos de Dios y proteger a sus amigos

Sin embargo, Jesús declaró a Santa Brígida que, si quisiesen volver a Él, estaba dispuesto a recibirlos y, al mismo tiempo, Él prescribiría la manera que le sería más agradable, y las ceremonias que se deberían observar cuando ellos se alistaran en su servicio. Vemos en eso el amor de Nuestro Señor Jesucristo a las Órdenes de Caballería, el perdón y la invitación para restaurarlas. El caballero debería venir con su caballo hasta el cementerio de la iglesia, en el momento en que asumía la condición de caballero, donde, habiéndose apeado y dejado su caballo, debía ponerse su manto, cubrirse la cabeza, como marca de mi licia y la obediencia en la cual se comprometía para la defensa de la Cruz. El estandarte del príncipe debía ser llevado adelante, para indicar que era necesario obedecer a las potencias de la tierra en todas las cosas que no son contrarias a Dios. Entrando en el cementerio, el clero iba adelante con la bandera de la Iglesia, sobre la cual estaba representada la Pasión de Nuestro Señor, a fin de que supiese que debía defender la Iglesia y la Fe y obedecer a sus superiores. Entrando en la iglesia, el estandarte del príncipe permanecía en la puerta; al templo sólo debía ingresar la bandera de la Iglesia, para mostrar que el poder divino excede al secular y que los caballeros deben preocuparse mucho más de las cosas espirituales que de las temporales. Asistía a una Misa y, en la Comunión, el rey o el que lo representaba, aproximándose del altar, ponía una espada en la mano del caballero, diciéndole que le daba la espada a fin de que no escatimase su vida por la Fe y por la Iglesia, para destruir a los enemigos de Dios y proteger a sus amigos. Entregándole el escudo, le decía que lo usara para defenderse contra los enemigos de Dios, para dar socorro a las viudas y a los huérfanos y para aumentar la honra y la gloria de Dios. Enseguida, colocándole la mano en el cuello, le decía que estaba sometido al yugo de la obediencia.

 

Primacía de la Iglesia sobre el Estado

Para comprender esta ceremonia, es preciso recordar que en la Edad Media siempre hubo el problema de situar bien las relaciones entre la Iglesia y el Estado, y, por esa causa, en los países o en las ocasiones en que prevalecía el buen espíritu, había una preocupación extrema de destacar la prelación de la Iglesia sobre el Estado. Estábamos en la era bienaventurada en la cual la Iglesia, creyendo firmemente en sí misma y afirmándose como una institución de derecho público, se declaraba superior al Estado y proclamaba al Papa como el más alto dignatario de toda la tierra, Vicario de Jesucristo y superior al emperador y a todos los reyes. Vemos, en esta descripción, una ceremonia perfectamente elaborada para indicar esto. Es muy frecuente en Europa que los cementerios queden al lado de las iglesias, verdaderas matrices parroquiales. Entonces, en el cementerio –probablemente para indicar la proximidad y la resignación con la muerte– se daba la primera escena de ese encuentro. El caballero iba precedido con la bandera del príncipe, pero cuando venía la bandera de la Iglesia, representando la Pasión de Nuestro

Señor Jesucristo, todo desaparecía. El caballero como que dejaba el servicio del príncipe, o sea, del Estado, en todo cuanto contrariaba a la Iglesia; se colocaba enteramente al servicio de la Esposa de Cristo e iba a ser, a partir de aquel momento, un religioso sujeto a los tres votos: pobreza, castidad y obediencia. Entonces, la bandera del príncipe se quedaba en la puerta de la iglesia, por ser inferior, por no ser digna de presenciar la ceremonia. Pero un representante del príncipe entregaba la espada, para indicar cómo el rey aprobaba aquella ceremonia. Se nota en estos pormenores la íntima alianza entre la monarquía y la Religión existente en aquellos tiempos.

Obediencia: humillarse a los ojos de los hombres, crecer delante de Dios.

Se lee también en otros apartes de las mismas revelaciones la fórmula de los votos de profesión de los caballeros, en estos términos: “Yo, criatura enferma, que no soporto mis males sino con dificultad, que sólo amo mi propia voluntad y cuya mano sólo tiene vigor cuando es preciso golpear, prometo obedecer a Dios y a vos que sois mi superior, obligándome con juramento a hacer el bien a las viudas y a los huérfanos, de jamás realizar cualquier cosa contra la Iglesia Católica y contra la Fe, y me someto a ser corregido, si cometo cualquier falta, a fin de que la obediencia a la cual estoy ligado me haga evitar el pecado y renunciar a mi propia voluntad, y que pueda, con mayor fervor, sujetarme solamente a la de Dios y a la vuestra.”

Es una fórmula linda, que expresa el contenido de la obediencia. El caballero acepta la obediencia para renunciar a su propia voluntad, que lo inclina hacia el error y hacia el mal. Entonces, bajo la obediencia a un superior que lo guía hacia el bien, se protege contra esta inclinación. Asumió el compromiso de sólo hacer lo que manda una persona más firme en el bien que él mismo. De manera que, por el voto de obediencia, queda protegido contra los extravíos de su naturaleza enfermiza. El caballero fogoso, valeroso, héroe, renuncia a disponer de sí mismo y, con esto, se humilla a los ojos de los hombres, pero crece a los ojos de Dios, porque haciendo la voluntad del superior no hace la voluntad del superior sino la de Dios, que habla por medio del superior. Así, el caballero tiene la alegría, durante toda su vida, de conocer la voluntad de Dios sobre él y seguirla, porque la voluntad de Dios es la voluntad del superior. En todo momento, entonces, el caballero sabía lo que Dios quería, conociendo lo que el superior deseaba de él.

 

Yuxtaposición de las virtudes opuestas

Vemos el contraste de alma: de un lado, caballeros ufanos y valientes en la lucha; de otro lado, verdaderos corderos de la obediencia, mostrando la yuxtaposición de las virtudes opuestas en el auténtico católico, y llevadas hasta el extremo. De un lado, varoniles de manera de convertirse en los más grandes guerreros de Europa y del mundo; de otro lado, humildes hasta el punto de renunciar a su propia voluntad. Esto me hace recordar un hecho que leí en Montalembert2 , que me causó una impresión profunda y del cual gusté mucho. Un árabe prisionero viajaba por Europa y vio aquellas catedrales siendo construidas por hermanos legos de Órdenes religiosas. Entonces preguntó: “Explíquenme los secretos de estas almas. ¿Cómo es que pueden construir catedrales tan altivas hombres tan humildes?”. Para tener la verdadera altivez es preciso ser verdaderamente humilde, y para ser verdaderamente humilde es necesario ser verdaderamente altivo. He aquí el alma, no del caballero decadente, héroe por razones humanas, sino del verdadero caballero según los anhelos de Nuestro Señor cuando se manifestó a Santa Brígida.

En la Edad Media muchas veces hubo ejemplos admirables de caballeros que llegaron a la honra de los altares.

 

(Extraído de conferencia del Dr. Plinio Correa de Oliveira de 16/2/1967)

1) HÉLYOT, Pierre. Histoire des Ordres Monastiques Religieux et Militaires, et de Congregations Seculières. Paris: Nicolás Gosselin, 1715, v.4, c.6, p.44-45.

 2) Charles Forbes René de Montalembert (*1810 – +1870). Escritor, político y polemista francés

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