¿“Amad a vuestros enemigos”?

Publicado el 09/25/2021

Si vemos que una persona a la que amamos mucho está siendo maltratada, o incluso difamada y ultrajada, ¿actuaríamos con indiferencia? ¿O nos apresuraríamos a ayudarla, apoyarla y defenderla? Analicemos la cuestión a la luz de la Sagrada Escritura.

Amanda de Aviz Lentz

 


 

Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?”, le preguntó Pedro. Y el divino Maestro le contesta: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete” (Mt 18, 21-22).

¡Cuántas enseñanzas nos ha dejado Jesús con relación a la bondad que debemos tener en el trato con los que actúan mal con nosotros! Pero cuando la ofensa no es hecha a nuestra persona sino a Dios y a su Santa Iglesia, ¿cómo hemos de proceder? A juzgar por el propio Evangelio, de una manera bastante diferente…

Una visión tergiversada de la virtud de la misericordia

Narra San Juan Evangelista que cuando Jesús subió a Jerusalén, con motivo de la Pascua judía, encontró en el Templo a comerciantes y a tratantes de animales, y que “haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del Templo, ovejas y bueyes; y a los
cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas” (Jn 2, 15). Y, a continuación, les dijo a los que vendían palomas: “Quitad esto de aquí. No convirtáis en un mercado la casa de mi Padre” (Jn 2, 16).

Alguien podría pensar: “¿Por qué actuó el Señor de esa manera? ¿Cómo queda la virtud de la misericordia?”.

El mencionado episodio no contradice para nada esa virtud que, como tantas otras, es entendida en nuestros días de forma tergiversada.

Dios se manifiesta al mismo tiempo bondadoso y severo. Acoge al pecador deseando que se arrepienta —y en eso consiste su misericordia—, pero tal actitud no significa que sea indiferente al pecado, ni que esté dispuesto a acoger las infamias y abominaciones de quien comete la falta sin molestarse con ellas o exigirle enmienda.

No. ¡Dios no actúa así!

Dos ejemplos sacados del Nuevo Testamento

Recordemos, por ejemplo, las fogosas palabras de San Pedro cuando, en su segunda epístola, describe la “repentina ruina” que sobre sí atraerán los “falsos doctores que introducirán sectas perniciosas” (2, 1):

“Muchos seguirán su libertinaje y por causa de ellos se difamará el camino de la verdad. Y por codicia negociarán con vosotros con palabras artificiosas; su sentencia está activada desde antiguo y su perdición no duerme. En efecto, Dios no perdonó a los ángeles que pecaron, sino que, precipitándolos en las tenebrosas cavernas del Infierno, los entregó reservándolos para el Juicio; y no perdonó al mundo antiguo provocando el Diluvio sobre un mundo de impíos, aunque preservó a Noé, el pregonero de la justicia, y a otros siete; condenó a la catástrofe a las ciudades de Sodoma y Gomorra, reduciéndolas a ceniza y dejándolas como ejemplo para los impíos del futuro; libró al justo Lot, acosado por la conducta libertina de los corruptos. […] Así pues, bien sabe el Señor librar de la prueba a los piadosos y guardar a los impíos para castigarlos en el día de Juicio” (2, 2-7.9).

Recordemos también la justicia anunciada por San Pablo contra los que se dejan llevar por las pasiones desordenadas, como los paganos, pues “quien estos preceptos desprecia no desprecia al hombre, sino a Dios, que os dio su Espíritu Santo” (1 Tes 4, 8).

No hay una tercera posición

Y nosotros, ¿cómo reaccionamos cuando Dios es ofendido?

Si vemos que una persona a la que amamos mucho está siendo maltratada, o incluso difamada y ultrajada, ¿actuaríamos con indiferencia, como si ese acto no nos importara? ¿O nos apresuraríamos en ir a su encuentro para ayudarla, apoyarla y defenderla?

Pues bien, muchísimo más grande debe ser nuestro celo al ver a los impíos descritos por San Pedro actuando para intentar destruir, con palabras llenas de astucia, la Verdad encarnada. Si somos indiferentes a eso, acabaremos siendo conniventes con
el mal practicado, participaremos del pecado cometido por ellos y mereceremos el mismo castigo.

Cuando el ataque es contra el Señor y su Iglesia, y no contra nuestra persona, jamás podemos permanecer neutros: o adherimos a la causa de Cristo, dispuesto a hacer de todo para el bien de su Cuerpo Místico, o, como Pilato, estaremos permitiendo, con nuestra actitud pasiva, una nueva crucifixión.

Le corresponde a cada uno de nosotros elegir entre esas dos opciones. No hay una tercera posición. Cualquier ataque hecho contra la Iglesia, contra sus santos, doctrinas, mandamientos e instituciones, vulnera de alguna manera al Cuerpo Místico de Cristo y debe ser considerado, por  tanto, como una tentativa de alcanzar al propio Dios.

“También a vosotros os perseguirán”

Pero no nos hagamos ilusiones. Si hasta el Hijo de Dios fue perseguido y calumniado por los hombres, ¿por qué no íbamos a serlo también nosotros?

No en vano les dijo a sus discípulos: “Si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a mí antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo os amaría como cosa suya, pero como no sois del mundo, sino que yo os he escogido sacándoos del mundo, por eso el mundo os odia. Recordad lo que os dije: ‘No es el siervo más que su amo’. Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán” (Jn 15, 18-20).

Y con el fin de preparar mejor a sus discípulos contra el odio de sus enemigos, el divino Maestro repite más adelante: “Os excomulgarán de la sinagoga; más aún, llegará incluso una hora cuando el que os dé muerte pensará que da culto a Dios. Y esto lo harán porque no han conocido ni al Padre ni a mí. Os he hablado de esto para que, cuando llegue la hora, os acordéis de que yo os lo había dicho” (Jn 16, 2-4).

¡No seguiré el ejemplo de los impíos!

¿Cuál ha de ser la reacción de un verdadero discípulo de Nuestro Señor Jesucristo al verlo tan odiado y ofendido en nuestros días? Arrodillarse delante de un crucifijo y decir: “Señor mío, no voy a seguir el ejemplo que me distes de ofrecer la otra mejilla a los
que me golpeen, porque no es a mí a quien abofetean, sino a ti. Tu rostro ya se encuentra desfigurado, ¡ha llegado el momento de intervenir!”.

Cuando el ofendido es Dios, se debe repetir el inmortal clamor del salmista: “Dios de la venganza, Señor, Dios de la venganza, resplandece. Levántate, juzga la tierra, paga su merecido a los soberbios. ¿Hasta cuándo, Señor, los culpables, hasta cuándo triunfarán los culpables? Discursean profiriendo insolencias, se jactan los malhechores” (Sal 93, 1-4).

Hagamos nuestras las ardientes palabras de San Luis María Grignion de Montfort prediciendo los días futuros en que católicos fieles habrían de enfrentar numerosas persecuciones: “Señor, levantaos; ¿por qué parecéis dormir? Levantaos en vuestra omnipotencia, vuestra misericordia y vuestra justicia”.1

Pidámosle a Dios que, haciendo justicia contra esa gente corrupta en su lascivia (cf. 2 Pe 2, 7), abra cuanto antes el camino para la implantación del Reino del Inmaculado Corazón de María prometido por la Santísima Virgen en Fátima. 

1 SAN LUIS MARÍA GRIGNION DE MONTFORT. Prière Embrasée, n.º 30. In: OEuvres Complètes. Paris: Du Seuil, 1966, pp. 687-688.

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