Armonía, esplendor y delicadeza de matrices

Publicado el 05/21/2026

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Plinio Corrêa de Oliveira

Mi madre era eminentemente, en el buen sentido de la palabra, sensible a millares de cosas.

Alma contemplativa de los aspectos delicados y grandiosos

Por ejemplo, una flor que se le diera. Su hábito era, si era una flor bonita, excepcional, parar, contemplarla por un buen período, quieta, sonriendo. Después de analizarla, a veces pasaba muy ligeramente un dedo en uno u otro punto y después, con toda naturalidad, comentaba algún aspecto. No sabría expresar el ejercicio de trascendencia hecho por ella, pero ella decía algo como: “Mira la belleza de tal estría de tal pétalo, tal tonalidad…”

Se diría, por todos sus comentarios, que era muy sensible, especialmente a las cosas delicadas; y que todo lo que significase delicadeza de alma, matices, buena medida de las cosas, proporciones adecuadas, armoniosas, todo lo que significase armonía era su luz primordial.

Eso es verdad solo en parte. Porque yo la vi extasiarse con cosas maravillosas de un modo tal, que solo de hecho con la ayuda de la gracia se puede explicar por entero.

En el tiempo en que ella estaba viva, São Paulo no tenía tanta contaminación como tiene hoy. Y el movimiento de automóviles de nuestro barrio era mucho menor, siendo el aire mucho más puro.

En cierta época del año, cuando el sol se pone, aparece por encima de la Rua Alagoas. Y en el andén vecino al jardín de la Plaza Buenos Aires, hay una extensión grande de árboles, hoy ya medio viejos, que en aquel tiempo estaban en todo su verdor. Al ponerse el sol, los árboles forman una especie de cúpula y por debajo se veían rayos de luz que entraban.

Ella se quedaba de pie junto a la ventana, mirando largamente, extasiada. Yo veía que allí la extasiaba el esplendor, junto con el juego delicado de matices, a medida que el esplendor se iba atenuando y transformándose en delicadeza, porque el sol, cuando se va poniendo, se pone con delicadeza. Ella se extasiaba con eso.

Contemplando el mar de Río de Janeiro

Pero yo nunca la vi, delante de una cosa natural, tan extasiada como cuando la llevé a Rio de Janeiro, para asistir a mi posesión como diputado. Le conseguí uno de los mejores cuartos del Hotel Gloria. En aquel tiempo el Gloria y el Copacabana eran los dos mejores hoteles de Rio, por lo tanto, los mejores de Brasil. Y le conseguí un cuarto excelente, de frente, que permitía ver bien el mar.

El mar, con las reformas que hicieron, está lejos del hotel, pero en aquel tiempo casi golpeaba, por así decirlo, al hotel. A unos diez metros del hotel ya había mar, con apenas lo necesario para que pasase una avenida estrecha y un espacio pequeño para que los automóviles parasen y dejasen a los huéspedes.

En el cuarto donde ella se quedó eso no se veía. Se veía directamente el mar. Se podía tener la ilusión de estar en alta mar.

Ella se quedaba mirando la belleza de la playa de Flamengo y de aquella ladera, que en aquel tiempo tenía también un diseño diferente, muy bonito.

Ella tuvo una pequeña indisposición del hígado y dos o tres días que pasamos en Río los pasó casi todos en el cuarto. Pero estaba satisfecha con esa circunstancia, porque se quedaba sentada junto a la ventana, en esas sillas mecedoras, para hacerle bien al hígado, horas y horas, sola y sin tener qué decir de la belleza del panorama.

Hotel Gloria a fines de la década de 1920

Yo me veía obligado a entrar y salir para una cosa u otra, etc. Allá estaban mi hermana, mi padre, que entraban y hablaban un poco con ella. Ella enmudecía la conversación para mirar el panorama, embriagada con el Flamengo, mucho más bonito en aquel tiempo que hoy.

Delante del hotel había dos palmeras –no eran palmeras imperiales, pero tendían a eso– altas y que se intercalaban sobre el panorama del mar. A ella le gustaba mirarlas.

Después llegaba la luna. Ella después daba un relato de todo eso. Y así se iba complaciendo mucho. 

(Extraído de conferencia del 9/4/1983)

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