Creo que no es una voz discordante afirmar que el escenario más armonioso con las bendiciones navideñas es aquel enmarcado y engalanado por la nieve. Aldeas recubiertas de una albura inmaculada que se refleja en los tejados de sus casas, en los caminos, en los gajos de los pinos y de los árboles esbeltos; el brillo de un límpido y diáfano azul, sereno y silencioso, diciéndonos algo de aquella quietud ungida de bendiciones del Cielo que envolvió el establo de Belén donde el Verbo Eterno nació para el tiempo, revestido de nuestra naturaleza… La nieve nos habla de la inocencia sin mancha, de la belleza virginal y pura que tiene el don de encantar los ojos y los corazones.
Candidez nívea, la inocencia del Divino Infante, nacido de la Virgen-Madre Inmaculada, bajo los desvelos del castísimo San José… atmósfera navideña, que siempre invita a la humanidad a detener, por una noche, por un día, la laboriosa rutina de su existencia en esta tierra de exilio, y a alegrarse, reconfortarse con las indefectibles promesas de paz y ventura que nos vinieron de lo alto con ese Niño, ahora reclinado en un pesebre…