Aspectos del Padre Pío

Publicado el 09/22/2021

Para esconder sus llagas, el Padre Pío comenzó a usar guantes.

San Pío conducía a sus hijos espirituales con extrema ternura, lo que no le impedía dirigirles alguna palabra dura, cuando eran necesaria alguna edificación.

Era común verlo lidiar con los fieles en el confesionario, hasta inclusive expulsándolos de allí.

Paradojalmente, esa aparente severidad no disminuía su atracción: hay quien dice que atendía más de 100 penitentes por día. Y aún los que eran rechazados
volvían a él, contritos.

Cada confesión duraba, en promedio, tres minutos. El Padre Pío no admitía rodeos, justificaciones u omisiones, exigiendo, por encima de todo, un corazón sincero delante del Señor. Poseyendo el don de leer las conciencias, sabía cuando alguien estaba mintiendo, y no dudaba en señalar la falsedad de los corazones.

Con buen humor avisaba: “Yo puedo hasta pegar a mis hijos, pero ¡ay de quien los toque!”

El santo decía que, al confesar a los pecadores, buscaba “desatar a los hermanos de los brazos de Satanás”, ganándolos para Cristo. Para él, ése era el supremo acto de caridad.

El Padre Pío recibía mas de 100 penitentes por día en su confesionario

Reviviendo la Pasión en cada Misa “El mundo puede pasar sin sol, pero no puede pasar sin la Santa Misa”. Esta afirmación de San Pío apunta a un aspecto central de su apostolado.

Son numerosos los relatos de personas que, habiendo asistido a la misa del Padre Pío, la describieron como una experiencia inolvidable.

En la celebración, el Padre Pío se identificaba en forma mística con la Pasión de su
Maestro y, en la medida de sus proporciones humanas, revivía los tormentos sufridos por nuestro Redentor un día.

El santo no conseguía contener las lágrimas durante la consagración del Pan y del Vino, así como en la lectura del Evangelio. Pensaba en la bondad del Señor al hablar a las criaturas y, también, en la ingratitud de los hombres incrédulos delante de Su Palabra.

Cierta vez, preguntado si los ángeles asistían a su misa, respondió: “En multitudes”

Cada Santa Misa, cuando es bien asistida, con fervor y piedad, produce maravillosos efectos en nuestra alma, proporcionándonos abundantes gracias espirituales y materiales como ni podríamos imaginar. Por lo tanto… no dejen de asistir a la Santa Misa (Padre Pío)

Ángel sin alas

La Misa celebrada por San Pío era una experiencia inolvidable, él se identificaba de forma mística con la Pasión de Cristo.

Diecisiete millones de combatientes muertos. Los números dan una idea de la destrucción causada por la Segunda Guerra Mundial (1939-1945).

Mientras estuvo bajo el dominio de los nazis, la región donde se localiza el convento de San Giovanni Rotondo era blanco de bombardeos. Muchos de esos ataques, sin embargo, fueron detenidos por un misterioso fraile, que aparecía en medio de las nubes con los brazos abiertos, haciendo señal para que los pilotos no pasasen.

Asustados, los aviadores volvían a sus bases jurando haber visto un “ángel de barba, sin alas”.

¿Serían delirios, alucinaciones? El gran número de soldados que relataban la misma ocurrencia debilitaba esa hipótesis. Todo apuntaba para la manifestación de un evento sobrenatural.

Al fin del conflicto, muchos pilotos fueron a la búsqueda del famosos “fraile que hacía milagros”. Llegando al convento, reconocieron al Padre Pío como el hombre que habían visto en los aires.

Hay un factor que confiere aún más credibilidad a esos testimonios. Siendo de países de predominancia protestante, como Estados Unidos e Inglaterra, la mayoria de los testigos no eran católicos.

Aliviando el dolor de los enfermos

En los años sombríos de guerra y de posguerra, San Pío presenció la triste situación de numerosos enfermos y heridos que no tenían como pagar un tratamiento adecuado.

Movido por la compasión, comunicó a sus amigos e hijos espirituales la idea de construir un lugar de acogida para los pobres enfermos. Muchos abrazaron la
causa, contribuyendo con trabajo y donaciones venidas de ciudadanos de diversos países.

En 1956, ese proyecto se concretó, con la inauguración de la Casa del Alivio del Sufrimiento, en San Giovanni Rotondo.

El grandioso complejo hospitalario fue hecho con materiales de construcción de la mejor calidad, siendo dotado de equipamientos de última generación y ambiente cuidadosamente decorado.

Al ver esa bella obra, algunos hombres de corazón duro, en vez de alegrarse por los pobres, criticaban la supuesta “exageración”.

Delante de tales comentarios, San Pío reaccionaba:

¿Muy lujosa? !Si fuera posible, yo habría hecho la Casa del Alivio de oro, porque el enfermo es Jesús, y todo es poco cuando es hecho para el Señor! ¡Ciertamente que es lujosa!

Un hombre feliz

Después de discurrir sobre tantas probaciones sufridas por San Pío, se corre el riesgo de dejar al lector, con la falsa impresión de un hombre triste y enojadizo. Sin embargo, aquellos que tuvieron el privilegio de disfrutar de su compañía lo describen como una persona dulce y jovial, que no raramente divertía a todos con una ocurrencia humorística.

Uno de los colaboradores de la Casa del Alivio del Sufrimiento cuenta que, a los seis años de edad, tuvo sus conocimientos de religión testados para la Primera Comunión. El examinador le hizo una pregunta capciosa: “¿Cuántos dioses existen?”. Por detrás del examinador, el Padre Pío fingió ayudar al niño, mostrándole tres dedos. Dando crédito a esa sugestión, el niño respondió, confiante: “Tres!”. Una expresión de risas dominó a los presentes.

En otra ocasión, un sacerdote mostraba al Padre Pío una foto en la que aparecían juntos. Mirando la imagen, el evaluó “Nosotros dos salimos muy bien, para el que no nos puede ver…”.

El Padre Pío bromeaba hasta con su fama de santidad.

Durante la 2ª Guerra, se multiplicaron los relatos de personas que habrían escapado ilesas de los bombardeos por haber llevado una imagen de él en la billetera. Un día, un hermano capuchino lo aconsejó no preocuparse por las amenazas hechas por sus enemigos. Sonriendo, el santo dijo que estaba tranquilo. Después de todo, traía consigo una fotografía del Padre Pío para su protección…

Última misa y suspiro final

En 1968, el Padre Pío cumplió 50 años de sus estigmas. Cinco décadas de sacrificio. Cinco décadas de amor y de entrega.

Ese marco atrajo una multitud a San Giovanni Rotondo.

Visiblemente debilitado, con voz débil y vacilante, San Pío presidió aquella que sería su última misa. Sorprendidos, algunos repararon que los estigmas habían desaparecido completamente de sus manos. Su misión había terminado, y el ya podía decir como San Pablo:

En cuanto a mí, estoy a punto de ser inmolado y el instante de mi liberación se aproxima. Combatí el buen combate, terminé mi carrera, guardé la fe. Me queda
ahora recibir la corona de la justicia, que el Señor, justo Juez, me dará en aquel día… (II Tim 4:6-9)

Al final de la misa, el anciano fraile desfalleció. Uno de sus hermanos capuchinos le dio amparo, impidiendo que cayese al suelo.

Horas después, el santo reunió sus últimas fuerzas para despedirse de sus hijos, saludando con un pañuelo blanco desde la ventana del coro. El pueblo lo aclamó
como un gesto de cariño.

Al día siguiente, San Pío murió de la misma forma que vivió: rezando. A las 2h30 del día 23 de septiembre, partió invocando el nombre de Jesús y María, a quienes tanto amó.

El cuerpo de San Pío fue colocado en una caja de acero cubierta con un cristal, para permitir que el pueblo lo viese.

Santidad reconocida

En el año 2000 San Juan Pablo II que un día había testimoniado una curación por la intercesión del Padre Pío de Pietrelcina, tuvo la alegría de, proclamarlo beato y el mayor místico del siglo XX.

Dos años después, el día 16 de junio, el mismo papa elevó al estigmatizado a la honra de los altares.

“Cuando yo muera, pediré al Señor que me deje quedar en la puerta del Paraíso, y no entraré hasta que el último de mis hijos espirituales entre”.

Confiando en esa promesa, cristianos de todo el mundo buscan en San Pío la cura de los males del cuerpo y del alma, la ayuda para cargar sus cruces, el ejemplo de vida, la fuerza de la fe.

 

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“Caballeros de la Virgen” es una Fundación de inspiración católica que tiene como objetivo promover y difundir la devoción a la Santísima Virgen María y de colaborar con la “La Nueva Evangelización” , la cual consiste en atraer los numerosos católicos no practicantes a una mayor comunión eclesial, la frecuencia de los sacramentos, la vida de piedad y a vivir la caridad cristiana en todos sus aspectos. Como la Iglesia Católica siempre lo ha enseñado, el principal medio utilizado es la vida de oración y la piedad, en particular la Devoción a Jesús en la Eucaristía y a su madre, la Santísima Virgen María, mediadora de las gracias divinas. Sus miembros llevan una intensa vida de oración individual y comunitaria y en ella se forman sus jóvenes aspirantes.

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