Auténticos sueños, impregnados por la acción de Dios

Publicado el 01/12/2026

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Debemos saber interpretar las descripciones celestiales de los sueños de San Juan Bosco de tal manera que se sienta el pulchrum de las narraciones, pero sin quitar el sentido de la combatividad y la idea de batalla, de lo trágico, instalados en el mar inmenso y supremo de la felicidad eterna.

Plinio Corrêa de Oliveira

Vamos juntos a pasear a través de los sueños de Don Bosco. ¿Son realmente sueños? Quien los lee comprende que son auténticos sueños, pero que Dios se sirvió de ellos para hacer ver algunas cosas propias del Cielo.

Sueños de significado sobrenatural

Sabemos que en el Antiguo y Nuevo Testamento hubo varios episodios con sueños: fue en sueños que un ángel se apareció a San José y le explicó el más recóndito, el más alto, el más noble y el más hermoso de los misterios que ha ocurrido en la Historia.

De esto podemos entender que el gran San Juan Bosco tenía comunicaciones de Dios a través de sueños. Todo lo que narra parece venir del Cielo. Y lo impreciso del lenguaje utilizado por él para transmitirlos a sus hijos espirituales parece traducir bien su verdadera situación, que no tiene visiones claras. Pero se percibe que son cosas comunicadas por lo sobrenatural, que deben ser tomadas con espíritu de fe por quienes las leen.

San Juan Bosco llamó a sus hijos espirituales “birichini”. No conozco el idioma italiano y no sé lo que significa, pero me parece que quiere decir chiquillo, mocetón, adolescente.

San Juan Bosco tenía enormes grupos de niños que pasaron y se santificaron bajo su mirada. Él fue llamado para educar, sobre todo, a las clases más modestas de la población.

Sueño de San José – Museo Diocesano de Brescia, Italia

Sin la lucha, la vida es insípida y aburrida

El sueño sobre la antecámara del cielo me dejó perplejo, porque cuando comencé a leerlo, me acordé de las fisionomías que, con tanto afecto y estima, tengo ante mis ojos en las reuniones del sábado por la noche. No recordaba la fisonomía de este o aquel individualmente, sino del conjunto, de la “orquestación” fisonómica. Así como uno puede mantener el recuerdo de una orquesta tocando sin individualizar cada instrumento, de la misma manera no he individualizado a nadie. Pero me preguntaba qué efecto esto tendría en las almas de quienes me escuchaban.

El sueño describe un despliegue de armonías, bondades, afabilidades, esplendores, donde todo existe y se relaciona magníficamente con todo. Tuve la impresión de que, una vez descrita la escena, a primera vista sería muy hermosa, pero que, por otro lado, causaría extrañeza y una sensación de insipidez porque no estaba el choque, la contradicción, no había batalla o lucha y, por lo tanto, producía la sensación de una vida no muy apetecible.

Voy a dar un ejemplo. Vivimos superando cacofonías. No hace mucho, mientras algunos proclamaban, si hubiera pasado en ese momento el camión de limpieza pública haciendo su ruido característico, todos se habrían visto obligados a hacer una selección interna para no prestarle atención y seguir escuchando la proclama. Este es un esfuerzo subconsciente pero doloroso, interior, que disocia del alma una categoría de impresiones rechazadas y selecciona otra deseada. Este rechazo tiene un vigor, una fuerza y una varonilidad, tiene un toque de áspero, de rudo, capaz de conferir esa forma especial de nostalgia que tenía un viejo lobo de mar cuando navegaba por mares sin tormentas ni accidentes.

Los marineros dicen que una cosa es navegar en el Océano Atlántico, otra cosa en el inmenso Océano Pacífico, y otra, en el Mediterráneo. El Atlántico es un mar grande y misterioso, que cambia a todo momento; después de proyectar las sonrisas más encantadoras y acariciar con las placideces más atractivas, se transforma repentinamente, quién sabe cómo, y crea problemas, haciendo balancear el barco, dando dolores de cabeza a todos los miembros de la tripulación. Y si el viaje es por el norte, allí aparecen los icebergs; si es en la zona del ecuador, son los calores desoladores, desalentadores deprimentes, agobiantes; más para el sur, la naturaleza comienza de nuevo con sus soplos helados. Así que el océano tiene sus luchas, sus crujidos, sus problemas.

Y un viejo lobo de mar que viajara por el Mediterráneo, mucho más tranquilo, con su mar azul, con sus bellezas más civilizadas, menos llenas de incógnitas, menos fascinantes y más proporcionadas al hombre, podría sentirse navegando insípidamente en un bote dentro de una piscina o en una de esas presas artificiales y aburridas, que, al final, es una especie de inmensa piscina colocada entre montañas, donde el agua no se mueve, con una placidez insípida y aburrida, y en la que la gente rema y rema. Uno tiene ganas de preguntarle a este navegante de represas: “¡No tiene nada con qué pelear, no tiene nada con qué entretenerse! Su diversión es estar en medio del agua. ¿Sabe al menos apreciarla? ¿No lo sabe? Entonces, ¿Qué está haciendo usted aquí? Es lo que hace en todas partes, es decir, nada. ¡Este es usted!”

La naturaleza humana pide la lucha

Ahora, es legítimo que el lobo de mar sienta nostalgias de las tormentas, que sienta añoranza de la lucha. Y si le proponen un viaje ofreciéndole: “Va a salir de Barcelona y va a parar en Alejandría, en el más tranquilo de los viajes. El mar será azul y suave, no habrá olas, no pasará nada; Usted podrá dormir doce horas y el resto es consumir; habrá juego de dados, etc.” Es comprensible que dude y diga: “¿Valdrá la pena ir?”

Hay algo en la naturaleza humana en esta tierra que pide lucha, dureza, tenacidad, fuerza. Y debemos saber interpretar los sueños de San Juan Bosco de tal manera con estas descripciones celestiales, que podamos sentir el pulchrum de ellas, pero sin quitar el sentido de combatividad y la idea de batalla, de lo trágico, instalada en el inmenso y supremo mar de la felicidad eterna. Sin que estas dos cosas estén combinadas, no nos sentiremos en casa ni tomaremos el gusto de la descripción celestial.

Dos razones para querer la lucha

Qué bonito sería imaginarnos navegando en un velero, en un precioso día azul, con el mar azul, en el mes de mayo, cruzando el Océano Atlántico rumbo a Europa. ¡Oh! ¡Qué cosa tan agradable! En el camino ya estaríamos pensando en nuestros amigos portugueses que nos esperan en Lisboa; nuestros amigos españoles, en Barcelona; luego atracaríamos en Francia y cruzaríamos el doux pays de France para visitar a nuestros amigos franceses. Luego iríamos a Italia y pasaríamos a Austria y Alemania. ¡Qué magnífico viaje sería si todos estuviéramos en el mismo transatlántico!

Imaginen un día azul, temperatura moderada, vientos que son brisas y nosotros paseando por el castillo del barco de un lado a otro, disfrutando de la alegría de la convivencia mutua. Tenemos la alegría de estar a bordo juntos, siendo uno y siendo muchos. Cuando conocemos a cada uno tenemos la sensación de ser una novedad; los rumores corren, los murmullos corren, pero sin críticas; todos están contentos, no hay rivalidades entre estados en Brasil, no hay murmuraciones: “¡Mira este estado así, este, aquel, ten cuidado!”, pero hay una confianza plena y serena; no hay rivalidades entre naciones, todos somos uno. ¡Qué agradable y delicioso sería ese día!

Sin embargo, debe entenderse bien que la alegría de este día sería perceptible para nosotros si lo disfrutáramos entre dos tormentas. Ya sea porque fuimos concebidos en pecado original y por eso nuestra naturaleza crepita y busca una consonancia con el crujido, y aquí es un defecto; o porque estamos llamados a la lucha y en ella somos invitados a una confrontación a través de la cual sentimos que hemos llegado al límite extremo de nuestra vocación y nuestra realización. Buscamos y deseamos este límite porque el hombre debe desear la perfección. Y el límite extremo de un hombre es el límite extremo de sus virtudes, que se llama santidad. Allí se entiende que un hombre pueda y deba desear esto.

Efectos trágicos de la Revolución

Hay una tercera razón, negra como el pecado original, que también nos haría extrañar esas armonías celestiales. Es la Revolución. Ella implanta en la mente del hombre contemporáneo una inclinación para no gustar de lo maravilloso, para gustar de lo banal, de lo vulgar; para decirlo todo en una palabra: gustar de lo prosaico. A cada momento, todo lo que nos rodea se va transformando. En el fondo, todos estamos siendo devorados por la atracción del abismo y vamos caminando hacia el abismo de la negación de toda verdad, a través de un relativismo insondable; el abismo de la negación de todo bien, a través de un permisivismo sin medida; la negación de todo pulchrum, a través de una indiferencia indescriptible hacia lo que es maravilloso; casi se diría la pereza de lo maravilloso y de elevarse a las mayores alturas de la admiración; y preferir quedar en lo banal.

Es necesario recordar que la Revolución nos lleva a los horrores que conocemos. Da el gusto por lo feo, lo desordenado, lo repugnante, lo contradictorio, lo chocante, y se corre el riesgo de que la gente se acostumbre a ello. De modo que, cuando se entra en contacto con las cosas celestiales, se siente también el deseo, la nostalgia del placer pésimo, de la cosa chocante, contradictoria, de lo malo; la nostalgia de una anticipación del Infierno.

El Dr. Plinio en 1979

Teniendo muy clara la presencia de este factor, podremos situarnos bien en las descripciones del sueño de Don Bosco. Describe verdaderas maravillas, pero para una “birichinada” que aún no estaba inmersa en la civilización moderna. Estaba en la antesala. En la sombría morada de los horrores, hay una diferencia entre la cámara y la antecámara. Y, a pesar de todo, la situación de su época era muy diferente a la nuestra.

Lo que podría maravillar y encantar a sus “birichini”, ¿hasta qué punto mis jóvenes, sin esta introducción, no tendrían un sentimiento de cierta indisposición y desazón? Les ayudo, pues, a detectar en sí mismos las razones explicables, legítimas y nobles, que provienen de la vocación y del gusto por la lucha; la razón no culposa, pero lamentable, que es el pecado original: en el Paraíso Terrenal no existían tales cosas, ni la razón culpable y pésima de adhesión a la Revolución. Todas estas cosas se suman para producir una especie de disonancia que no quería dejar de acentuar antes de tratar el tema.

Maravillado en la antecámara del Cielo

Habiendo hecho esta introducción, describo lo que sucedió. San Juan Bosco duerme y es introducido en el Cielo Empíreo. Es un ambiente material en el que hay bellezas que lo maravillan y lo dejan deslumbrado. Encuentra allí una enorme cohorte de niños que él formó y santificó, y de ella destaca, con especial brillo, Santo Domingo Savio, uno de los discípulos perfectos que tuvo este santo victorioso y triunfante. El pequeño discípulo entra en diálogo con San Juan Bosco y le dice: “Voy a haceros ver un poco más, porque no soportarías mucho”, dando a entender que esa parte del Cielo es donde la naturaleza de los que no han muerto puede todavía soportar –la otra parte es tan hermosa que el hombre no aguanta– pero sigue siendo el Cielo material. No es la visión de Dios cara a cara.

Y hay un fenómeno en el sueño que es tan espléndido, tan superior a la carga emocional del hombre, que San Juan Bosco da un grito tan fuerte que despierta al sacerdote que estaba durmiendo en la celda contigua a la suya. Es un grito de asombro, donde clama su instinto de conservación; y se despierta, viéndose devuelto a la Tierra.

Recopilación de los sueños

Hago dos reservas. En primer lugar, los sueños de San Juan Bosco son editados por los Padres Salesianos y son auténticos, pero en las “Buenas Noches” de Don Bosco, era el mismo santo el que relataba estos sueños y fueron muchos los que tomaron nota. No había grabadora en ese tiempo. Un buen número de años después de su muerte, creo que veinte años después, tal vez más, por orden de los superiores, un sacerdote salesiano recogió las notas de todos, hizo una recopilación de sueños para poner en un solo libro y tuvo buenos resultados. Sin embargo, hizo un desastre: tomó todas las notas y las quemó. Hoy el original es esa recopilación. Pues bien, quien hace una recopilación, hace una selección. Compilar es, hasta cierto punto, seleccionar. Que todo esto fue soñado por San Juan Bosco es cierto. Pero, ¿soñó solo eso? ¿Con qué criterio se hizo la selección? Es legítimo que nuestra seguridad sea mucho menor. Y, por lo tanto, podemos preguntarnos si el Cielo es solo eso.

Todavía hay una segunda pregunta: ¿las cosas que veía en sueños eran como él describe o eran símbolos de una realidad superior que debemos imaginar? Todo lo que vio es material, no hay duda. Las bellezas del Cielo material simbolizan las bellezas del alma. ¿Las cosas materiales que describió son como fue referido o simbolizan una materia diferente? Todavía no he encontrado una aclaración para este punto.

He leído este sueño con mucha atención y me parece, al menos en lo que a él respecta, que reproduce las realidades materiales tal como él las vio. Por lo tanto, a menos que haya un mejor juicio –tal vez los mismos teólogos salesianos hayan elaborado una explicación para eso– me parece que la cosa puede ser entendida materialmente.

Veamos la descripción de esta antecámara del Cielo y veamos este silbido, este esbozo, este relámpago de lo que podríamos llamar el Cielo más alto, que pasa en zigzag, y analicemos todo esto, porque es el futuro bendito al que Nuestra Señora nos invita. Con la debida reverencia, podemos entrar en la pista de San Juan Bosco y Santo Domingo Savio. 

(Continuará en el próximo número)

(Extraído de conferencia del 8/9/1979)

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