
Con divina pedagogía, el Señor suele suscitar ejemplos de virtud que casi podríamos calificar de extremos, con el fin de moderar en los hombres, mediante la existencia de un modelo éclatant, las pasiones desordenadas que se le oponen y animarlos a emprender un camino que de otro modo nunca habrían abrazado. Es lo que ocurrió, por ejemplo, con el Poverello de Asís, cuyo radical desposorio con la Dama Pobreza inspiró a innumerables almas a lo largo de los siglos a usar con moderación los bienes de este mundo y a desear los del Cielo.
Bajo esta perspectiva, invito al lector a considerar también la vida del Beato Enrique Suso. Mientras muchos emplean todos sus esfuerzos para huir del dolor, este dominico alemán parecía correr tras él, siempre sediento de sufrir más por amor a Nuestro Señor Jesucristo. Además, ciertas desgracias que no le ocurrirían al común de los hombres parecían perseguirlo, haciendo de su existencia una sucesión de aparentes contradicciones, serenamente aceptadas.
El recuerdo de su vida podrá causar asombro e incluso extrañeza en nuestros días, tan reacios a cualquier sufrimiento, pero no dejará de ser una sana invitación a afrontar con alegría y valentía las dificultades del día a día, como fieles discípulos del divino Crucificado.
En los albores de la vida, la elección de la penitencia
Nacido alrededor de 1295 a orillas del lago de Constanza, en la frontera entre Alemania y Suiza, Enrique Suso se mostraría como una persona poco corriente en el seno de su propia familia. Hijo del conde von Berg, adoptó el apellido materno: Seuss.1
De su infancia se conoce poco o casi nada. Lo que sí se sabe es que su padre deseaba que fuera soldado, pero, al constatar que su propensión no era por las armas de este mundo, lo envió al monasterio dominico de Constanza, con tan sólo 13 años. Allí, el joven disfrutó de una vida despreocupada hasta los 18, edad a partir de la cual una gracia lo impulsaría a tomar otro rumbo.
Un día, estando sentado en la capilla del monasterio, se dio cuenta de lo frívola que había sido su conducta hasta entonces, poca inclinada a la observancia religiosa, y decidió emprender el camino de la penitencia en reparación de sus faltas.
Esta resolución le acompañaría a lo largo de toda su vida, en las diversas actividades que llevó a cabo: estudiante en Colonia y discípulo del Maestro Eckhart; profesor, prior y prolífico escritor de obras espirituales; predicador y director de almas.
Voluntarias mortificaciones corporales
Numerosos fueron los medios empleados por los santos a través de los siglos para mortificarse, ya sea en reparación de sus propios pecados o los ajenos, sea por puro amor a Nuestro Señor Jesucristo. En su caso, Enrique Suso comprendió que sólo alcanza el Cielo quien besa, abraza y carga su cruz con amor, y quiso hacerlo al pie de la letra.
Se fabricó una cruz de madera, con treinta clavos y siete agujas, y se la ató a la espalda, llevándola día y noche, de modo que los clavos le perforaban la carne sin dejarle nunca libre del dolor.
Apenas bebía agua, regulando con un vasito que él mismo había hecho la cantidad exacta que se permitía ingerir durante el día. A veces sentía tanta sed que, durante la aspersión de agua bendita, abría los labios deseando que una sola gota refrescara su lengua seca, pero ni siquiera eso le fue concedido. Todo lo ofrecía para aliviar al Señor en lo alto de la cruz, quien había tenido como refrigerio únicamente vinagre y hiel.
Esa penitencia voluntaria le provocaba lágrimas, porque sentía que no conseguiría mantener el sacrificio que Dios le había inspirado. Para consolarlo, es decir, para darle fuerzas para soportar el dolor, la Santísima Virgen se le apareció con el Niño Jesús, que sostenía un pequeño cáliz lleno de agua fresca. Entonces, se lo dio a beber a Enrique y su sed quedó saciada.
Su mayor sufrimiento sería no encontrar a nadie que compartiera su mismo ideal, lo que le llevaba a buscar cada vez más su refugio en lo sobrenatural
Su cama era una vieja puerta sobre la que había colocado una alfombra hecha de junco que sólo le llegaba hasta las rodillas, y no se cubría con nada. Llevaba una camisa áspera debajo de la ropa y se infligía otras tantas mortificaciones por la noche, muy numerosas para enumerarlas aquí. Cualquier movimiento durante las horas de sueño era una tremenda molestia, pues también se ataba las manos para ni siquiera poder ahuyentar mosquitos.
Su mayor sufrimiento, sin embargo, sería no encontrar a nadie que compartiera su mismo ideal, lo que le llevaba a buscar cada vez más su refugio en lo sobrenatural.
Fortalecido por intensas gracias místicas
No obstante, la Providencia no tardó en hacer sentir al ardoroso religioso toda su predilección, enviándole abundantes gracias místicas. La primera que él cuenta consistió en un éxtasis en el que experimentó las delicias del amor de Dios, tras el cual parecía otro hombre.

En otra ocasión vio a su ángel de la guarda, lo abrazó y le rogó que nunca lo abandonara. El celestial protector le respondió que Dios se había unido de tal manera a él que jamás lo dejaría. Las almas del Purgatorio, incluido su propio padre, así como los santos del Cielo, entre ellos su madre, se le aparecían a menudo, describiéndole, ora los tormentos de las llamas purificadoras, ora las alegrías de la eternidad. También tuvo varias revelaciones sobre el futuro, que lamentablemente no quedaron registradas.
Una vez, en un arrebato de amor, Enrique escribió en su pecho, con un estilete, el dulce nombre de Jesús, que permaneció grabado allí indeleblemente. Al cabo de un tiempo, una pequeña cruz dorada, como incrustada con piedras preciosas, apareció sobre su corazón. De ella también emanaba el Santísimo Nombre del Salvador, en medio de una intensísima luz.
El auge de tales gracias, sin embargo, se produjo con motivo de su desposorio con la Sabiduría eterna, presentada en las Escrituras como una hermosa doncella. Al escuchar la lectura de los Libros Sapienciales, Enrique se sintió arrebatado de amor y comprendió que debía entregarse por completo a la Sabiduría, como siervo suyo. Habiendo suplicado la suerte de verla, Ella se le apareció entre nubes, brillante como la estrella de la mañana y radiante como la aurora, y le dijo con dulzura: «Hijo mío, confía en mí» (cf. Prov 23, 26).
Casi al final de su vida, Enrique tuvo una visión en la que, rodeado de ángeles, le preguntó a uno de ellos cómo se daba la inhabitación de Dios en su alma. El espíritu celestial le dijo que se mirara a sí mismo, y el Beato vio su corazón como a través de un límpido cristal; en él se encontraba la Sabiduría eterna, junto a su propia alma, envuelta en los brazos de Dios.
Armado caballero para afrontar los sufrimientos interiores
Tras dieciséis años de terribles penitencias corporales, otro ángel se le apareció en forma de joven, anunciándole que una etapa de su vida había terminado.
Tiempo después, el mismo espíritu celestial regresó, trayendo consigo una armadura de caballero. Le dijo que únicamente en ese momento Enrique comenzaría su combate espiritual; todo lo que había sufrido no era nada en comparación con lo que vendría. Había luchado tan sólo como un soldado raso, pero Dios quería armarlo caballero. Asombrado, le preguntó cuántos padecimientos le esperaban, y el ángel le respondió: «Si puedes contar esas innumerables estrellas, también podrás llegar al número de tribulaciones que te están reservadas».
Incomparablemente más duros que las penitencias corporales que se infligía serían los sufrimientos morales que le estaban reservados
Entonces le rogó que le hiciera saber en qué consistirían tales sufrimientos, y solamente le fueron revelados tres: perdería su buena fama y reputación, lo que le dolería mucho más que las penitencias corporales que se infligía; no encontraría amistad ni fidelidad por parte de quien siempre las había tenido, y los que le fueran leales sufrirían junto con él; ya no sería consolado ni por Dios ni por los hombres, y cualquier intento de obtener algún placer para sí mismo resultaría frustrado.
Sintiendo que no tendría fuerzas, Enrique se postró en tierra, angustiado, pero suplicando que se cumpliera en él la divina voluntad. Mediante una voz interior, el Señor le aseguró que siempre estaría a su lado, auxiliándolo a superar todas las tribulaciones. A la mañana siguiente, al mirar por la ventana, vio a un perro destrozando un trozo de tela, y Dios le hizo comprender que así debía estar él en las manos de los demás, sufriéndolo todo en silencio, sin quejarse nunca. El religioso recogió la tela y la guardó consigo, como recuerdo de aquel hecho.
En la fiesta de Nuestra Señora de la Candelaria, el Niño Jesús se le apareció diciéndole que quería enseñarle la actitud que debía mantener durante sus padecimientos, una lección que, sin duda, puede ser útil para cualquier cristiano: no pensar en cuándo acabaría el sufrimiento, sino estar listo para aceptar con alegría el próximo que seguramente vendría.

Un torbellino de persecuciones y calumnias
En sus viajes por Europa, le sobrevinieron innumerables desgracias, cumpliendo al pie de la letra lo que le había sido revelado por el ángel. A Enrique Suso parecía sucederle todo lo que no le ocurre a nadie, incluso las cosas más absurdas e inimaginables…
Al llegar a una iglesia de una ciudad, se arrodilló ante un piadoso crucifijo, rezó y luego se retiró. Esa misma noche hubo un robo en ese templo: todas las velas y figuras de cera ofrecidas por los fieles con sus peticiones fueron sustraídas. Ahora bien, una niña de 7 años lo había visto rezando allí y lo acusó de habérselas llevado él, por lo que Enrique tuvo que huir apresuradamente, so pena de que lo mataran.
Durante una estancia en los Países Bajos, motivada por la convocatoria para participar en un capítulo de los dominicos, dos miembros de su propia orden fueron a su encuentro acusándolo de haber escrito libros que contenían doctrinas heréticas, que habían contaminado todo el país. Así que lo condujeron ante el tribunal, donde fue duramente reprendido y amenazado con ser castigado severamente si no enmendaba sus errores. De regreso a su monasterio, le acometió una terrible enfermedad, que lo postró en cama con fiebre, casi llevándole a la muerte.
De tal manera la persecución era una constante en su vida que, tras cuatro semanas sin ser atacado, se sorprendió ante tal hecho. Comentó que estaba tan convencido de que Dios visita a sus amigos con la prueba que, al verse libre de dificultades, temía que el Señor se hubiera olvidado de él. Apenas había terminado de hablar cuando se presentó un hermano dominico advirtiéndole de que el señor de un castillo cercano lo buscaba por todos los monasterios para matarlo, bajo la acusación de haberle robado a su hija, la cual había decidido abrazar la vida religiosa. Otro hombre lo acusaba de haber desviado a su esposa, pues ésta se había vuelto más recatada, y Enrique tenía que pagar por ello. Alegrándose al constatar que Dios no se había olvidado de él, huyó inmediatamente.
En cierta aldea, había una mujer malvada que aparentaba arrepentimiento de sus faltas y se confesaba con Enrique. Sin embargo, al ver que no se enmendaba y seguía llevando una vida de pecado, decidió no volver a verla. La mujer, furiosa, queriendo dañar a quien sólo le había hecho bien, lo acusó de ser el padre del hijo que había tenido fuera del matrimonio. La escandalosa mentira se extendió más que su fama de santidad, llegando hasta el superior de la Orden de Predicadores de la provincia alemana. Muchos, incluso sus más cercanos, dieron crédito a la calumnia y lo maltrataron. Tras un largo período de sufrimiento y terribles angustias temiendo lo peor, se reconoció su inocencia y la mujer que había conspirado contra él murió repentinamente.
Salvado de la muerte por su virtud
Sin embargo, ésa no fue la última vez que escapó de la muerte. Durante un viaje, su compañero, joven y de paso ligero, se adelantó en el camino y lo dejó solo. Antes de adentrarse en un bosque que debía cruzar, Enrique se topó de repente con una joven acompañada por un hombre alto y de aspecto aterrador, que llevaba una lanza y un cuchillo. Ante tal escena, el religioso se santiguó y, temblando, se arriesgó a seguir adelante, con la mencionada pareja detrás de él.
En determinado momento, en medio del denso bosque, la joven se le acercó y le pidió que la confesara. Él accedió y la joven le contó entonces su triste suerte: el hombre que la acompañaba era un asesino, que robaba y mataba a todo el que encontraba, y ella se había visto obligada a convertirse en su esposa. Aún más aterrorizado al ver confirmados sus temores, el beato le dio la absolución y los tres continuaron su tenebroso trayecto.
A cierta altura, el propio asesino se acercó a Enrique pidiéndole también confesarse. Su corazón latía más fuerte y, sintiéndose perdido, pero sin poder negarle el sacramento, empezó a escucharlo. El relato era espantoso. El malhechor le contó los numerosos crímenes que había cometido y, con lujo de detalles, describió uno en concreto: «Una vez vine a este bosque para robar y matar, como he hecho hoy, y, al encontrarme con un venerable sacerdote, me confesé con él mientras caminábamos por este mismo lugar. Cuando terminó la confesión, saqué este cuchillo y se lo clavé, y luego arrojé su cuerpo al Rin». Aterrorizado, al darse cuenta de que le esperaba la misma suerte, el religioso sintió que se desmayaba.

Al verlo palidecer y a punto de desmayarse, la muchacha corrió hacia él y exclamó: «¡No tema, no le matará!». El asesino añadió entonces: «He oído muchas cosas buenas sobre usted, y hoy tendrá su recompensa, pues le dejaré vivir. Ruegue a Dios que, por su causa, me ayude y me favorezca a mí, pobre criminal, en mi última hora».
El ejemplo de un amigo de la cruz
Muchas veces Enrique se sintió débil e incapaz, pero con Nuestro Señor Jesucristo aprendió que la fuerza le vendría de lo alto
Los hechos a narrar serían innumerables, pero toda la vida de Enrique Suso podría resumirse en pocas palabras: amigo de la cruz. Si no estaba siendo perseguido, era atribulado por enfermedades; y cuando se sentía en perfecto estado de salud, alguna otra desgracia le sobrevenía, y no se veía nunca libre del dolor. Muchas veces se sintió débil e incapaz, pero con Nuestro Señor Jesucristo aprendió que las fuerzas le vendrían de lo alto.
A pesar de tantos padecimientos y peripecias que casi lo llevaron a la muerte, Enrique alcanzó una edad venerable y falleció el 25 de enero de 1366 en la ciudad de Ulm, donde había pasado los últimos dieciocho años de su vida. Transcurridos más de dos siglos, su cuerpo permanecía incorrupto y exhalaba un dulce perfume. No obstante, años después, las reliquias desaparecieron por completo.
Pidámosle, pues, al Beato Enrique Suso que haga de nosotros otros amantes de la cruz. No necesitamos para ello fabricarnos un madero y atárnoslo a los hombros, sino solamente llevar con serenidad —¡y con alegría!— las cruces que Dios nos envía cada día, confiando en que, si lo hacemos, un día tendremos nuestra recompensa en el Cielo. ◊
Notas
1 Los datos biográficos del presente artículo han sido tomados de las obras: Beato Enrique Suso. The Life of Blessed Henry Suso by Himself. London: Methuen and Company, 1913; Dorcy, OP, Mary Jean. St. Dominic’s Family. Lives of over 300 Famous Dominicans. Rockford: TAN, 1983.







