Choque entre los embajadores de Cristo y los del demonio

Publicado el 03/11/2024

Los embajadores de Cristo y los del diablo tienen como campo de batalla la sociedad actual y cada alma en particular. ¿Qué lado elegiremos en esta Cuaresma?

Monseñor João Clá Dias, EP

Hoy el mundo está asolado por terribles catástrofes. Cuando no es la amenaza de cataclismos inimaginables en sus más diversas formas, es el peligro de una guerra mundial a punto de convertirse en nuclear que despunta en el horizonte. En medio de esta inseguridad, Dios nos ofrece esta Cuaresma, una vez más, un tiempo propicio para la conversión.

Las falsas promesas de los embajadores del diablo

No hay pecado que no tenga en su raíz el orgullo. Y para combatirlo es necesario contemplar a Dios: cuanto más amas al Señor, más luz recibes para participar de tu felicidad. Esta realidad, tan sencilla de enunciar, constituye la mayor dificultad del hombre en esta tierra. Por eso, quienes quieren servir al diablo en su obra de perdición y, por tanto, convertirse en sus embajadores, utilizan este terrible vicio para conducir a otros por los caminos que conducen al infierno.

Tal locura es estigmatizada por el Divino Maestro en el capítulo sexto del Evangelio de San Mateo, al describir una serie de costumbres practicadas por aquellos a quienes llama “hipócritas”, refiriéndose, sin duda, a los judíos que se dejaban guiar por la práctica religiosa completamente hecha de exterioridades de la secta farisaica.

En este año 2024, este período penitencial adquiere un carácter especial. Como en tiempos pasados, se nos da a elegir entre los embajadores de Cristo, que nos presentan el camino de la salvación, y los nuevos embajadores del demonio que, como los fariseos de la época de Nuestro Señor, ofrecen soluciones basadas en el orgullo y en recursos humanos, cuyo fin último reside en esta tierra.

Se multiplican los descubrimientos científicos que tienen como objetivo hacer más placentera la vida humana y prolongarla indefinidamente, como si la felicidad plena se encontrara en este mundo y no en el Cielo.

Proliferan avances tecnológicos cada vez más audaces e invasivos, cuya aceptación exige siempre una “entrega desinteresada”, dados los efectos nocivos para la salud de los omnipresentes dispositivos cibernéticos. Se impone una nueva religión con una moral propia, cuyos “actos de piedad” tienen como único objetivo impresionar a la opinión dominante, generalmente contraria a la Ley de Dios.

Se ha vuelto bonito, por ejemplo, pedir perdón por los “pecados” cometidos contra el medio ambiente, llegando a veces a extremos que hieren el sentido común, o hacer penitencia por actos considerados “inapropiados” por la nueva moral, incluso si esto significa romper con la fidelidad a la enseñanza tradicional de la Santa Iglesia en materia de Fe y costumbres, mientras que esta misma fidelidad viene a ser considerada rigidez y falta de caridad por no estar de acuerdo con el relativismo reinante.

Los embajadores del demonio, mientras subestiman el valor de los sacramentos y, por tanto, de la gracia divina, sobrevaloran la ciencia, que garantiza poner fin a ciertos males, sin llegar a hacerlo del todo. Al igual que su líder, nunca dan lo que prometen, sino que quitan lo que dicen garantizar. En cada época, finalmente, el diablo crea para el hombre un bienestar pseudo-eterno, que le haga olvidar a Dios.

¿Qué ofrecen los embajadores de Cristo?

En sentido diametralmente opuesto, los embajadores de Nuestro Señor Jesucristo instan a una verdadera conversión del corazón, fruto de un sincero arrepentimiento y de una confiada petición de perdón, que se manifiesta en auténticos actos de piedad y penitencia. Estos embajadores, como subraya San Pablo, dan todo el valor a la gracia de Dios, exhortando a que ella no sea recibida en vano (cf. II Cor 6,1).

Cabe entonces preguntarse: ¿qué nos impide seguir el consejo del Apóstol y dejarnos reconciliar con Dios (cf. 2 Cor 5,20)? Varios factores, entre ellos: no reconocer nuestras propias faltas; no considerar en los acontecimientos que nos rodean la mano de la Providencia que nos llama a sí; no ver en Dios al Padre bondadoso, compasivo, paciente y misericordioso que consintió en sacrificar a su Unigénito para redimirnos (cf. II Cor 5,21); no buscar la salvación en la gracia divina, concedida a través de los Sacramentos. En definitiva, nos detiene el hecho de que escuchemos más a los embajadores de los demonios que a los de Nuestro Señor.

El orgullo lleva al hombre a situaciones ridículas, pero Nuestro Señor, una vez más en esta Cuaresma, nos invita a la sencillez de corazón y a no llamar nunca la atención sobre nosotros mismos. En resumen, nos enseña que quien busca su tesoro en la tierra pierde el del Cielo, y quien niega las recompensas del mundo gana las del Cielo.

Prestemos atención a la voz de Cristo que nos llega a través de sus embajadores. Y si nuestra conciencia nos acusa de alguna falta, hagamos una buena Confesión, que verdaderamente nos reconcilie con Dios y sea el punto de inflexión para retomar el buen camino, en el que perseveremos, con la ayuda de la gracia, de ahora en adelante.

Tomado de Gaudium Press 01/03/2024




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