¿Cómo consolar a nuestro Redentor?

Publicado el 03/11/2026

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En la Pasión, Nuestro Señor Jesucristo sufrió mucho más por los pecados e infidelidades de la humanidad que por los dolores físicos que le fueron infligidos. Llevar una vida íntegra es un modo de consolarlo.

Plinio Corrêa de Oliveira

Pronto entraremos en la Semana Santa. El Jueves Santo se conmemora la Institución de la Sagrada Eucaristía, en la Última Cena, donde Nuestro Señor Jesucristo lava los pies de los Apóstoles y les perdona, por tanto, sus pecados. En ese día Judas rompe con el Colegio Apostólico.

El Evangelio es muy expresivo: “Era de noche” (Jn 13, 30). Noche en que Nuestro Señor comienza su Pasión con la Agonía en el Huerto. De ahí toda la secuencia de acontecimientos, al mismo tiempo sublimes y dramáticos, que la piedad católica se complace en reconsiderar todos los años.

El Redentor sufrió más en el alma que en el cuerpo

Para esta ocasión, debemos tener un sentimiento de compasión por lo que le sucedió a Nuestro Señor. Pero no podemos olvidar lo siguiente, pues, a mi modo de ver, debe ser la consideración central de la Semana Santa: Nuestro Señor sufrió mucho más por los pecados de los hombres que por los sufrimientos que le fueron infligidos.

Imaginemos, paradójicamente, que Él estuviese en una hoguera durante horas y horas, sufriendo el suplicio de ser quemado vivo, pero supiese que había a su alrededor, de rodillas, una multitud contrita de dolor, e incluso los propios autores de ese crimen estuviesen contritos de dolor; y supiese también que, a lo largo de los siglos, no se pecaría más, porque Él había sacrificado su vida. El dolor físico sería tremendo, pero su sufrimiento sería mucho menor que el que tuvo.

En la Pasión, su dolor físico fue tremendo, pero su dolor mayor fue el dolor moral. Nuestro Señor Jesucristo, Dios, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad humanada, a pesar de ver su Sangre Divina derramada por nosotros, vio que esta sería injuriada durante siglos y siglos. Vio los pecados que se cometerían y los vio aumentar. De tal manera que se aplica a Él el pasaje: “Quæ utilitas in Sanguine meo?” “¿Qué utilidad tiene mi Sangre? (Cf. Sal 29, 10) ¿Por qué estoy padeciendo todo esto?”.

Hay algo de esa pregunta en el momento desgarrador del “Deus, Deus meus, quare dereliquisti me?” “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Como quien dice: “¿Por qué todo este sacrificio, oh Dios mío?”. De hecho, estas palabras inician un Salmo profético (Cf. Sal 21, 2).

Él desea un acto de amor y reparación de nuestra parte

Vio nuestros pecados, vio el pecado de la Revolución y padeció por todo eso. En estas condiciones, Nuestro Señor sufrió y desea nuestra reparación, desea un acto de amor y de indignación.

Si yo tengo un padre que está siendo abofeteado y miro con mansedumbre a los malhechores, no estoy amando a mi padre. Debo indignarme, debo protestar, debo interponerme entre él y quien lo ataca: “¡No, señor! ¡Esto es conmigo! ¡Yo asumo este caso, quien está en la lucha soy yo!”.

Debemos lamentar que el mundo entero no esté en esa situación. Debemos lamentar que nosotros mismos no tengamos una postura de alma íntegramente así, como exigirían la fidelidad y el agradecimiento a tantos dones. Entonces, no podemos solo presentar a los pies de la Cruz los pecados de la humanidad. Debemos también pedir perdón por nuestros pecados individuales.

Habiendo almas interiores y puras, la Tierra sería renovada

Al mismo tiempo, debemos presentar la Sangre de Cristo y las lágrimas de María al Padre Eterno como modo de agradecer el beneficio inestimable de formar parte de los pocos que dijeron sí. Un sí más fuerte o menos fuerte; más puro o menos puro; más duradero y lleno de entusiasmo, o como el de Nicodemo; pero, en fin, dijeron sí.

Coloquémonos a los pies de la imagen de Nuestro Señor flagelado para rezar, para pedir, para suplicar, por intercesión de su Madre Santísima, que perdone nuestros pecados y haga de nosotros aquellos hombres de Dios contra quienes ningún adversario resiste.

Si hubiese en la Tierra muchos hombres de Dios, muchas almas interiores que sacrificasen todo para ser puras, para no pecar por respeto humano, por orgullo, por vanidad, por comparaciones, por rivalidades; si los tuviésemos en gran número, la faz de la Tierra se renovaría. Pidamos ser de esos hombres.

Renunciar a los defectos o ser un payaso a los propios ojos

Hay un pensamiento que a mí siempre me ha hecho mucho bien. O se renuncia al amor propio, a la impureza y a sus secuelas, o se es un payaso, y un payaso a los propios ojos.

Estoy pronunciando estas palabras. Pues bien, ellas solo conseguirán hacer algún bien en la medida en que yo sea un hombre puro, sin amor propio.

Al terminar el día, cuando vaya a mi casa y, al fin, comience a descansar, debo examinar si pronuncié estas palabras con un corazón recto. Si tengo la conciencia de haber combatido la impureza y el orgullo, puedo recostar mi cuerpo exhausto y decir: “Señor, cuando el cansancio se evapore de mi cuerpo por el reposo, será como un sacrificio que sube a Vos. Quered recibirlo en olor de suavidad ante Vos. María Santísima, intermediaria de todos los hombres ante Dios, dad a mi sacrificio lo que le falta, para que Dios lo tenga por agradable”. Cierro los ojos y duermo tranquilamente.

Si no es eso, ¿qué fue lo que hice? Renuncié a cuántas comodidades, a cuántos placeres, a cuántas ventajas en la vida, pero no hice apostolado. Llevé una vida dura y difícil, pero fui vanidoso, orgulloso y, al final de mi día, gasté el tiempo que Dios me dio haciendo una comedia de apostolado. ¿Qué fui? ¡Un payaso!

No basta con tener los pasos en el camino correcto

Tomemos esto muy en cuenta. Nuestra situación es terrible. Recibimos una opción admirable, pusimos nuestros pasos a lo largo del camino correcto, pero en este camino correcto tenemos que llevar la mente y el corazón acertados. Pidamos esto a Nuestra Señora, preparándonos así para la Semana Santa, con esta jaculatoria que se reza al comienzo de todas las estaciones del Vía Crucis:

Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi, quia per sanctam Crucem tuam redemisti mundum.

 

Os adoramos, oh Cristo, y os bendecimos, porque por vuestra Santa Cruz redimisteis al mundo.

Yo añado: ¡Nuestra Señora de las Lágrimas, Nuestra Señora de los Dolores, rogad por nosotros!

Entremos, pues, con ardor en la Semana Santa. 

(Extraído de conferencia del 26/3/1986)

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