Como una torre de marfil

Publicado el 01/22/2025

Mediante la realidad insondable que caracteriza la relación entre madre e hijo, el Dr. Plinio compone algunas metáforas, a fin de poner en palabras su profunda unión de alma con Doña Lucilia.

En un caleidoscopio hay cierta distancia entre la vista de la persona y la placa donde suceden los juegos de los vidriecillos coloridos. Este espacio intermedio está enteramente vacío, protegido por una envoltura propia a evitar que luces extrañas penetren allí y perturben la visión, la cual, a su vez, es tan inmediata, que no puede ser dividida en etapas.  

Moviendo circularmente los vidriecillos, se tienen impresiones nuevas: no obstante, se trata de una visión sucesiva de cosas ya antiguas que se reagrupan de modos diversos y causan sorpresas. Así era el alma de mi madre, en la visión de su hijo.

 

Relaciones entre madre e hijo

Cuando un niño es pequeño, el primer “caleidoscopio” que ve, más que a su padre, es su madre: la madre inclinándose sobre él, mirándolo con aquella comprensión entre madre e hijo, madre e hija. Cada mirada penetra en la del otro, como la mirada de aquel que divisa el caleidoscopio y entra a fondo en los vidriecillos.

Podríamos imaginar algo más sorprendente: un caleidoscopio en cuyas extremidades hubiese dos personas, cada cual viendo fijamente a la otra.

Es una hipótesis que incluso no es agradable, pero se puede imaginar para efectos didácticos; mirándose continuamente y sin cesar, acaban teniendo alguna cosa que es siempre la misma, pero, por causa de lo movedizo de la mirada humana, de la influencia de las pasiones sobre la exposición del globo ocular, de los músculos que se distienden, que se tensionan, siempre habría algo para decir. Así era mi intercambio de miradas con Doña Lucilia.

Yo no me acuerdo de la primera vez que la vi y noté quién era ella; pero me acuerdo bien de un conjunto confuso de impresiones primarias a su respecto, las cuales me hacían sentir los torrentes de un afecto tan razonable, que yo percibía cuánto ella amaba el hecho de que yo fuese un niño inocente –como, a propósito, son todos los niños en esa primera edad–. Ella, sin embargo, comprendía el valor de esa inocencia y, por otro lado, tenía una percepción especial, alegre, jubilosa de lo que es ser una madre.

¿Cuál era el factor que me vinculaba a ella y ella a mí? ¿Cuál era esa relación que el orden natural de las cosas había establecido entre nosotros, madre e hijo?

Ella sentía muy bien las semejanzas de temperamento y de modos de ser que poseíamos. Y de mi parte, mirándola, tenía la impresión de verme reflejado en un enorme espejo, pero en una especie de arqui-yo mismo, porque ella me miraba con una complacencia que yo no podría tener.

Como ella, ¡nadie!

Yo tenía una sensación de honestidad de mi madre, porque ella era para mí absolutamente única. Yo tenía muchos otros parientes: mi padre, mi hermana pequeñita, que ya me veía con curiosidad infantil; tenía tíos, tías, toda la familia. Pero, cuando mi madre entraba en contacto conmigo, percibía que había algo excepcional, en el sentido de que nadie me quería como ella, pero también de que las otras personas entre sí, no tenían el grado de bienquerencia que ella me dispensaba.

Caleidoscopio

No quiere decir que yo no juzgase buenas a las otras personas, sino que, ¡como ella, absolutamente nadie! Esto se daba confusamente, pero la idea que me fijaba era esta: ella es única. Y tuve con relación a ella todas las formas de bienquerencia.

Por ejemplo, el mismo día de mi viaje a Europa, en abril de 1950, arreglé todo para que le entregaran dos cestas de flores en horas diferentes, cada una con una carta. Y a lo largo de la vida, cien otras manifestaciones de cariño diferentes. Todo eso refleja, en el fondo, esa convicción que llevaré hasta la sepultura: para mí, ella es única. De manera que, si ella me llegase a faltar, para mí sería como si el sol se apagase.

Sin embargo, aunque su bondad haya despertado en mí un afecto tan inmenso, no puedo dejar de notar que, si había algo que ella no tenía, era la idea de volverse insustituible. Por el contrario, por su presencia y acción, por el modo de relacionarse conmigo, notaba la siguiente preocupación: “¿Qué será cuando yo muera? Plinio, al casarse, estará bien, tendrá su hogar; pero si no se casa, ¿cómo será?” Mi soledad la preocupaba.

No obstante, poco a poco percibí que esa aprensión fue cediendo, porque ella comprobó que la formación religiosa que me había dado me llevó a fundar la TFP. Y que ella, al abandonar este mundo, dejaba en torno de mí un inmenso hogar, dentro del cual me sería tan grato recordar su figura.

Profunda aflicción con el accidente de Doña Lucilia

Cuando yo era aún pequeño, tenía unos siete u ocho años, tal vez ni eso, ella sufrió un accidente. Ella había estado en la oficina de mi padre, en el centro de la ciudad, para tratar algún asunto con él y después fue al dentista, al frente, en el mismo piso del edificio. Al bajar la escalera –muy empinada– para salir, se resbaló.

A fin de no rodar gradas abajo, se agarró en una de las pequeñas columnas que soportaban el pasamanos; al hacer esto, sufrió un dislocamiento muy fuerte en el brazo; creo que tuvo que ir al hospital para enyesarlo, y después volver a casa.

Yo estaba en casa y percibí, en cierto momento, un corre-corre entre los más antiguos, decían cosas en voz baja para que yo no escuchase. Ahora bien, todos fuimos niños, y sabemos que, en esas circunstancias, queremos absolutamente saber qué está sucediendo. Y acabé percibiendo que le había pasado algo muy grave a mi madre; ella llegaría a casa en ambulancia.

Plinio a los 4 años de edad

Hall de entrada al apartamento del Dr. Plinio

Yo tenía una idea infantil de que la ambulancia era el transporte de los agonizantes y me vino la noción de que ella podría morir. Me dio una enorme inquietud.

Me dejaron en la oficina de mi padre, un cuarto común con dos o tres puertas, una de las cuales quedaba libre. Me acuerdo que comencé a andar de un lado a otro, muy preocupado, y en ciertos momentos corría desde el fondo de la sala, saltaba y le daba un puntapié a la puerta, procediendo así un número incontable de veces. Era la reacción característica de un niño, pero indicaba muy bien el nerviosismo y la aflicción en que yo estaba.

Yo no quería que ella muriese. Me acuerdo de que, al final, me fui apaciguando y comprendí que no se trataba de un peligro de vida, era solo un accidente, y lo que ella tenía que sufrir ya lo había sufrido, las cosas volverían a la normalidad. Dormí durante la noche normalmente, pero aquella idea de que ella me pudiese faltar, me dejaba totalmente asfixiado.

Solícita en ayudar, hasta después de la muerte

Comparo esa ocasión con lo que me sucedió cuando el médico que asistía a mi madre en sus últimas horas de vida entró en mi cuarto y me dijo: “Dr. Plinio, si Ud. quiere alcanzar a Doña Lucilia con vida, venga enseguida, porque ella se está muriendo”.

Yo había sufrido una amputación en aquellos días, y andando como podía, entré en el cuarto de mi madre. Cuando llegué, el médico anunció: “Ella ya murió”. Prorrumpí en un gran llanto… Pero, cierta paz invadió mi alma; la besé y fui a mi cuarto, a fin de hacer mi toilette.

Sentí una tranquilidad de alma que era como una ayuda que ella misma me daba. Ella, ¡solícita hasta en ese punto! Era manifiesto que era un movimiento de la gracia; fue solo aceptar, ¡somos siervos de la gracia!

De ahí en adelante, la figura de ella pasó como que viva de esta vida para mi alma. Me acuerdo de ella frecuentemente –las reflexiones que estoy haciendo muestran bien eso–, pero sin lamentos, ¡eso no! Delante de mí hay un nuevo horizonte en la punta del cual está Nuestra Señora, está la Santa Iglesia Católica. No llega a ser nuevo, pero es un horizonte en el cual fui criado y, por acción de ella, incluso antes de saber decir “papá” y “mamá”, yo sabía decir “Jesús” y “María”.

Con su ausencia causada por la muerte, ella pasó a residir en este horizonte mío, el cual debo encontrar cuando llegue mi vez, mi turno de cerrar los ojos y entrar en la eternidad.

A semejanza de una pieza de marfil

En mi madre había un aspecto difícil de describir, pero creo que mediante una metáfora se lo puede comprender bien.

Ella no era una persona normalmente descolorida, como son algunas almas que, con el impacto de un hecho relevante, extraordinario, se encienden y solo entonces muestran lo que realmente son. Es decir, mediante un gran dolor o una gran alegría, se enciende en esas almas una luz interna y lo grisáceo común de la vida de todos los días se sustituye por manifestaciones; o élans de vulgaridad, o de elevación de espíritu.

El crimen y la santidad pueden igualmente revelarse en ocasiones así. Hay, sin embargo, otras personas que no son así; podríamos juzgar erróneamente que son monótonas, pero no es verdad.

Doy como ejemplo el marfil. Tengo en mi casa una bonita pieza de marfil, la cual veo siempre que entro en casa, porque queda en una pared bien frente a la puerta; no me detengo a considerarla, pero de paso me agrada mirarla. Es siempre la misma pieza dura, pura, alba, con aquella forma específica de la punta del diente de elefante; pesada, pero con aspecto de ligera. Para mí, ella no es monótona, y sería una pérdida si dejase de verla, porque las cosas de calidad, cuando son de un solo tono dimanan un tono bonito de muy alta categoría, el cual por nada se desea mudar.

Almas “caleidoscópicas”, almas ebúrneas

Hay, por lo tanto, una diferencia muy grande entre el caleidoscopio y una pieza de marfil: el primero es bonito, tiene unos colorcitos y moviendo la placa nos deleitamos con las sorpresas; por su parte, la pieza de marfil es permanente, con su blancura, lisura y dureza que le son peculiares.

En este sentido, hay ciertas almas caleidoscópicas y conforme la situación de cada momento es agradable analizarlas; y hay también una categoría de almas ebúrneas, de marfil.

Es lo que está contenido en las Letanías de Nuestra Señora, Turris Eburnea. ¡Cómo Nuestra Señora merece ser llamada Torre de Marfil! En un grado indeciblemente inferior al de María Santísima, se puede afirmar que el alma de Doña Lucilia era ebúrnea. La misma siempre, del mismo modo, con la misma bondad, la misma acogida, el mismo perdón; al mismo tiempo, teniendo siempre un juicio serio y objetivo: “Esto lo hiciste bien, aquello lo hiciste mal, porque el bien es el bien y el mal es el mal”. Recomponiendo las impresiones y sensaciones, es lo que me viene a la memoria.

 

(Extraído de conferencia del
30/12/1994)

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