
Dos mentalidades, dos programas de vida
«Cree en ti mismo»: la autoconfianza es, hoy en día, uno de los valores más vendidos —y a un precio muy alto.
Ahora bien, las leyes de la oferta y la demanda nos llevan a concluir que si hay venta, hay interés, y si hay interés, posiblemente exista carencia. Nadie se preocupa por el aire acondicionado de su coche, salvo que deje de funcionar. Por lo tanto, esa piedra filosofal llamada seguridad y paz interior quizá sea tanto más buscada cuanto más difícil se ha vuelto encontrarla. ¿Acaso habrá desertado de nuestro mundo?
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En las fotos que ilustran estas páginas vemos, por un lado, a Joseph Goebbels, ministro de propaganda nazi y colaborador muy íntimo de Hitler, hasta que se suicidó en 1945.
Su pasión era la de escribir. Sin embargo, los fracasos sufridos en este campo lo convirtieron en la persona ideal para armonizar con el Führer, un hombre que también había experimentado reveses, pues en su juventud había querido dedicarse a las artes visuales, pero sin éxito. Sus biógrafos señalan que el encuentro entre ambos fue el de un escritor frustrado con un pintor fracasado, que eligieron como segunda opción de carrera la dominación del mundo. El destino tiene sus ironías y el orgullo humano también…
Goebbels se volvió un nazi convencido. Casado con una gran admiradora de Hitler y padre de seis hijos, tenía una familia que, a primera vista, representaba el modelo ario perfecto. Dominados por él, el cine, la radio y la prensa exponían su vida a la admiración de todo el Tercer Reich: en el trabajo, en sus vacaciones, en su casa o cuando recibía la visita del tito Adolf.

No obstante, detrás de las apariencias, el gigante de la propaganda nazi no era más que un enano en el reino de los pigmeos. Y no se vea en esto sólo una referencia a la proverbial baja estatura de Goebbels, que hacía que incluso Hitler pareciera un hombre grande —no un gran hombre, algo mucho más difícil—, sino sobre todo a que Alemania, un país brillante, creció bajo el nazismo tanto que implosionó: de supernova, se transformó en un agujero negro, reduciendo a la nada cualquier cosa que se le acercaba, incluso la vida.
Al recordar todo este engaño, nos preguntamos: ¿Cómo se explica eso?
En Revolución y Contra-Revolución, el Dr. Plinio denuncia la máxima revolucionaria calificada por él como «concepción inmaculada del individuo».1
Como observó André Frossard,2 después de que el pecado original fuera abolido por decreto filosófico, a partir de Rousseau, se decidió que el hombre nace bueno. No se debe desconfiar de uno mismo; al contrario, hay que escudriñar en el interior de uno mismo el impulso para superarse. Ahora bien, cuando el hombre busca en sí aquello que le falta —una situación contradictoria— y no lo encuentra, ¿Qué ocurre? Goebbels.
Actor por interés del Estado —o, mejor dicho, de la también denunciada por el Dr. Plinio «concepción inmaculada de las masas y del Estado»,3 la misma que llevaría a Alemania al suicidio antes mencionado—, no conseguía ocultar su propia inseguridad, delatada por la rigidez de sus gestos, mirada vacía, sonrisa forzada en labios de contornos inciertos. Todo esto indica la frustración de un hombre que adhirió al «cree en ti mismo», una proposición mucho más seductora que el axioma griego: «conócete a ti mismo».
Ahora bien, «la humildad es andar en verdad»,4 dice Santa Teresa, y añade: la verdad es que somos miseria y nada. Todo hombre pasa por momentos en los que la máscara de la «concepción inmaculada del individuo» se desmonta, revelando al desnudo lo que realmente es. En esos momentos, hay dos caminos: o intentar recolocar a toda costa, aunque sea de un tiro en la cabeza, como más o menos hizo Goebbels; o seguir el ejemplo de San Maximiliano María Kolbe.
Este religioso franciscano también se dedicaba a los medios de comunicación masiva. Y fue capaz de extender su radio de influencia hasta Japón, donde, sin inicialmente hablar una palabra siquiera de la lengua nacional, llegó a crear publicaciones que, juntas, superaban la tirada del millón de ejemplares —en un país ajeno a la fe católica, por decir lo mínimo.
Ahora bien, la fórmula de su éxito no estaba asentada sobre técnicas de marketing, sino sobre un principio: «No escribas nada que no pueda ser firmado por la Virgen María».5 Hombre de conciencia delicada, vigilante ante sus malas inclinaciones, se sabía débil. Por eso, se apoyaba en una entrañadísima devoción a Nuestra Señora, a quien invocaba especialmente bajo la advocación de la Inmaculada Concepción.

Kolbe también experimentó fracasos. En varias ocasiones lo vieron triste y ansioso, a veces lloraba ante los reveses. No obstante, nada le impidió superar los obstáculos, porque luchaba a la sombra de la Inmaculada. Veía «a la Virgen María en todas partes y, por consiguiente, dificultades en ninguna parte».6 Basta contemplar su mirada para convencerse de ello.
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Ambos personajes murieron a causa del nazismo y sus cuerpos fueron incinerados, como para confirmar el versículo bíblico según el cual «una misma suerte toca a todos: al inocente y al culpable» (Ecl 9, 2). Pero en la otra vida, Kolbe fue recibido en los brazos de aquella en quien había depositado su confianza. Goebbels, en cambio, no podría salvarse a sí mismo.
Por lo tanto, «concepción inmaculada versus Inmaculada Concepción» no es un juego de palabras vacío, sino una síntesis de dos programas de vida, profundamente antagónicos en su punto de partida, en los medios y, sobre todo, en cuanto a su respectivo destino eterno.
Notas
1 Corrêa de Oliveira, Plinio. Revolución y Contra-Revolución. Bogotá: Fundación Salvadme Reina, 2024, p. 130.
2 Cf. Frossard, André. Excusez-mois d’être Français. Paris: Fayard, 1992, p. 41.
3 Corrêa de Oliveira, op. cit., p. 131.
4 Santa Teresa de Jesús. Moradas del castillo interior. «Moradas sextas», c. 10, n.º 8.
5 Frossard, André. N’oubliez pas l’amour. La passion de Maximilien Kolbe. Paris: Robert Laffont, 1987, p. 93.
6 Idem, p. 52.







