Editorial
Es frecuente, por ocasión del paso de año, que se oiga en las más diversas ruedas, términos como estos: “El año que pasó fue desafortunado”, “espero que el destino me sea favorable en el año entrante”, “Este será el año de la suerte” …
Desgraciadamente, no son raras las personas que, a la medianoche del día 31 para el 1º, se entregan a las más desatinadas manifestaciones de superstición. Algunos se conservan de pie solo sobre la pierna derecha; otros colocan el dedo pulgar entre el índice y el anular; otros, en fin, tocan madera o aprietan amuletos y otros objetos supersticiosos, a los cuales a veces está mezclada alguna medallita representando un Santo.
Todas esas manifestaciones, además de ser impropias a los católicos, alejan de nosotros numerosas gracias. En primer lugar, conviene señalar que la suerte no existe. Lo que existe es la Providencia de Dios.
En su infinita sabiduría, Nuestro Señor dispone los acontecimientos según mejor se ajuste a la santificación de los hombres, condicionando a esa santificación las ventajas temporales de que puedan gozar. Ora interfiriendo en el curso natural de los acontecimientos, ora dejando que este siga al sabor del libre albedrío humano, Dios de todo sabe sacar provecho para a su gloria y para la salvación de las almas. Así, la Iglesia nos manda que adoremos, inclusive en los hechos más dolorosos y sorprendentes, los insondables y amorosísimos designios divinos que escapan a la frágil y miserable comprensión de las criaturas.
Suponer que los acontecimientos, en lugar de ser dirigidos por el Creador, son orientados por fuerzas brutas y ciegas que se llamarían “destino”, “suerte”, “azar” etc., es colocar en lugar de Dios cosas imaginarias. Es, por lo tanto, ofenderlo y, por eso mismo, provocar la acción vengadora de su justicia.
Evidentemente, la Providencia de Dios no es inflexible. Padre amoroso, quiso Nuestro Señor que el hombre pudiese, por medio de la oración, obtener gracias que de otra manera no recibiría. Y tan grande le pareció la importancia de la oración que, después de haber suscitado en los discípulos el deseo de saber orar bien, el propio Salvador les enseñó la oración dominical.
Es lícito al hombre, golpeado por tormentas espirituales o por el peso de desgracias temporales, levantar sus ojos a Dios pidiéndole alivio, que Él concede misericordiosamente, si suplicado de modo conveniente y no nocivo a nuestra santificación. ¡De cuántos beneficios espirituales o temporales se priva el hombre que no sabe pedir!
El Divino Maestro no se limitó a enseñarnos a rezar. Su Iglesia instituyó el uso de ciertos objetos benditos, cuyo porte atrae, por especial disposición de la Esposa de Cristo, gracias particulares, tanto espirituales como temporales. Están en este caso, por ejemplo, el agua bendita, el escapulario, las medallas.
Sin embargo, atribuir semejantes efectos a objetos que no fueron bendecidos por la Iglesia y a cuyo porte ninguna intención piadosa se puede ligar, como amuletos, constituye una ofensa a Dios, pues implica un acto de confianza en materia inerte, en fuerzas preternaturales ocultas y misteriosas, que no pasan de fantasmagorías suscitadas por el demonio.
Así, no cuenten con las gracias de Dios aquellos que las pidan por medios vanos y supersticiosos.
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* Cf. “O Legionário” n. 434, 5/1/1941.







