Contemplación amorosa de las jerarquías del universo

Publicado el 09/02/2021

Según Santo Tomás de Aquino1, es designio de la Providencia que los seres estén distribuidos jerárquicamente, en una jerarquía dinámica según la cual, habitualmente, los dones divinos vienen del Cielo para los seres superiores y estos los van distribuyendo sucesivamente hasta alcanzar los más bajos. Es, por lo tanto, lo contrario de la visión revolucionaria de la lucha de clases que presenta la jerarquía como una cosa odiosa en que cada grado superior es una especie de chupasangre del inferior.

Vemos así, como la concepción verdaderamente católica de la desigualdad diverge profundamente de la concepción revolucionaria, pues el primer movimiento de nuestras almas en relación a nuestros superiores debe ser de confianza y gratitud, no de hostilidad, como de quien se siente objeto de una rapiña.

Una de las excelencias de la jerarquía está en que las varias escalas intermediarias sean hechas lo más posible con continuidad, de manera que cada grado tenga una semejanza pronunciada con el superior y con el inferior, habiendo una cantidad considerable de matices que conduzcan del menor al mayor.

Así, un orden jerárquico perfecto sería constituido como una escalinata con muchos escalones, cada uno de los cuales, por su vez, construido de modo a representar una escalerita dentro de la escalera mayor, multiplicándose por esta forma los matices. Cuanto más una parte se junta a la otra sin violencia, ruptura o solución de continuidad, tanto más la jerarquía es perfecta.

En esta perspectiva, la jerarquía se nos muestra como un punto especialmente luminoso del orden del universo. Siempre que meditamos sobre cualquier realidad terrena, embebecidos por el orden jerárquico que presenta, con el gusto de ver como sus diversos grados participan unos de los otros y deleitándonos con la vinculación existente entre el mayor y el menor a través de esos varios niveles, recibimos una impresión del orden puesto por Dios en la creación y de su presencia en el universo, particularmente rica y capaz de modelar nuestras almas.

Si quisiéramos tener una vida espiritual que conduzca nuestras almas a Dios, además de otros ejercicios, meditaciones, reflexiones ya consagrados por la piedad católica – tesoros preciosísimos que no podemos abandonar en ningún sentido y por ningún precio – , debemos contemplar amorosamente todas las jerarquías que se presentan ante nuestros ojos observando el universo ordenado por Dios, considerando que cuando hagamos ese ejercicio de la escalera entera, algo en nuestras almas estará preparado para concebir lo absoluto y nos extasiaremos. Es una verdadera preparación moral para estar plenamente abiertos a la consideración de Dios en el Cielo, y de todo lo que más excelentemente lo representa y nos da la impresión de absoluto, eterno e inmutable en la tierra.

Debemos sentir el bienestar y la alegría de ser intermediarios, sin tener envidia de quien sea más que nosotros. Por el contrario, diciendo a Dios por medio de María Santísima:

“Mi Padre y mi Señor, os doy gracias por aquellos que son más que yo, pues me aproximan de Vos; y por los que son menos, porque para esos soy un conducto vuestro, ya que os dignáis llegar hasta ellos por mi intermedio. Amo esa jerarquía y el lugar donde me pusiste donde sirvo de eslabón que une dos extremos para asegurar la perfección de vuestra propia imagen. Es en esa cohesión entre lo muy pequeño y lo muy grande que brilla especialmente vuestra gloria. Aquí estoy para prestarte este servicio ¡Alabado seas!”2

1) Cf. Aula inaugural en la Universidad de París en 1256
2) Cf. Conferencia de 3/10/1975

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