Editorial
La Santa Iglesia ha enseñado reiteradas veces que ningún fiel, contando tan solo con sus fuerzas, puede practicar durablemente y en su totalidad los Mandamientos. Por eso, parece razonable considerar exagerada toda actitud de mucha exactitud en el cumplimento de la Ley.
En realidad, la solución del problema se halla en otro orden de ideas. Si es verdad que la debilidad de la naturaleza humana es tal que la observancia de los Mandamientos es superior a ella, debemos considerar, sin embargo, la infinita misericordia divina. No para deducir que Nuestro Señor encubre el pecado, el crimen ¡Él, que es la perfección infinita! La misericordia de Dios no puede consistir en dejarnos permanecer desamparados en nuestra corrupción, sino en arrancarnos de ella.
Delante de los ciegos, de los lisiados, de los leprosos, Él no se limitaba a sonreír y a seguir su camino; Él los curaba. Delante de nuestros pecados, su compasión no consiste en dejarnos prisioneros, sino en liberarnos amorosamente y en cargarnos sobre sus hombros. Lo que esperamos de la misericordia de Dios son los recursos necesarios que nos capaciten a practicar la ley moral. Tenemos para esto la gracia que nos fue alcanzada por los méritos infinitos de Nuestro Señor Jesucristo. La gracia torna la inteligencia del hombre capaz del acto de fe, torna la voluntad humana capaz de una energía tal, que se le hace posible practicar los Mandamientos.
El gran don de Dios para los hombres, insistimos, no consiste en condescender con sus faltas, en el sentido de que, sin censurar, los deje con displicencia sumergidos en ellas. El gran don de Dios consiste en darnos los medios sobrenaturales para evitar el pecado y alcanzar la santidad. Y de ahí también una gran responsabilidad para los que rehúsen ese don inestimable.
Símbolo expresivo de ese amor misericordioso de Dios, de la abundancia de sus perdones y de la insistencia con que Él está constantemente convidando al hombre a que se arrepienta, a que pida las gracias necesarias para practicar la virtud, a que por medio de la oración consiga todos los recursos necesarios para la reforma do su carácter, es el Sagrado Corazón de Jesús.
Es, pues, en el Sagrado Corazón de Jesús que tiene su norma y su explicación toda verdadera intransigencia. La bondad no consiste en dejar al pecador en la ilusión de que su estado de alma es satisfactorio. Cabe mostrar al impío todo el horror de su impiedad para disuadirlo de ella, cabe mostrarle las cimas de la perfección para que ansíe alcanzarlas. Lo que le es posible si pide con perseverancia la gracia de Dios y coopera con ella. En esta convicción profunda y alegre de que el hombre todo lo puede con la gracia, está la razón de la santa virtud de la intransigencia cristiana.
Toda misericordia constituye un gran don. Pero constituye también una enorme responsabilidad. Puesto que el hombre, por la oración y por la fidelidad a la virtud, puede y debe practicar los Mandamientos, es evidente que no le resta ninguna disculpa si se obstina en el pecado.
Las gracias brotan superabundantes del Corazón dulcísimo de Jesús. Por eso mismo, la fórmula del apostolado eficaz consiste, no en silenciar a los hombres su malicia, sino en invitarlos a que se laven de ella en la fuente divina, de donde surgen los torrentes de la gracia.
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Cf. “Catolicismo” n. 62, agosto de 1956







